Konrád – Entrevista

Por Mihály Dés, El Observador, 1993

 

 

Escritor disidente y censurado hasta la caída del imperio soviético, presidente del PEN Club Internacional entre 1990 y 1993 y candidato al Premio Nobel de literatura en repetidas ocasiones, György Konrád es el autor húngaro con más renombre fuera y dentro de su país. La editorial madrileña Alfaguara ha publicado la novela El cómplice, su único libro en español.

Pregunta: Junto con los checos Milan Kundera y Václav Havel, el yugoslavo Danilo Kiš o el polaco Adam Michnik, usted ha desempeñado un papel para la opinión pública occidental: el del intelectual disidente del Este de Europa. Ahora, con la caída del imperio soviético, se han quedado sin papel que cumplir.

Respuesta: El papel se da siempre desde fuera. Uno escribe lo que escribe y luego otros le otorgan un papel. Lo que sí puedo explicar son las tareas que yo mismo me he propuesto en una situación tan cambiada. De mí puedo decir lo que afirman los liberales de este país: actuamos como oposición, pero ya no a un sistema sino sólo a un gobierno. De todas maneras, no sé hasta qué punto va a continuar ese papel de escritor disidente que se me asignó. Yo seguiré escribiendo y esto no necesariamente va a coincidir con las posiciones de ningún gobierno.

P: También su reputación internacional tiene que ver con ese papel de disidente…

R: Sin embargo, los lectores occidentales no compraban mis libros porque estuvieran censurados, sino porque les interesaban.

P: Pero tanto a los editores como a los lectores les llama más la atención un autor perseguido por las autoridades comunistas.

R: Hasta cierto punto. Para algunas editoriales y ciertos lectores de izquierdas e intelectuales progresistas, mi disidencia resultaba más bien un inconveniente. Por otra parte, había bastantes escritores no disidentes del Este que también fueron publicados con éxito. Incluso en mi caso, el libro que alcanzó mayores tiradas  en Occidente fue mi primera novela El visitante, publicada sin ningún tipo de problema en Hungría.

P: Luego, sin embargo, casi todos sus libros fueron censurados y han sido publicados en ediciones clandestinas. ¿Cómo se ha recibido en Hungría la aparición normal de libros que de repente han dejado de ser frutos prohibidos?

R: Bueno, han salido algunas críticas favorables, ha habido tiradas considerables…

P: ¿Considerables, hasta qué punto?

R: De El cómplice se han publicado 70.000 ejemplares. La reedición de El visitante anda por los 40.000, y de la última novela, Fiesta en el jardín, se han vendido unos 30.000. Sin embargo, más impresionante ha resultado para mí que durante los años de la prohibición también tenían bastantes lectores. En las recientes presentaciones de mis obras mucha gente aparecía con ediciones samizdat bajo el brazo para que las firmara. Y no sólo intelectuales. Un mecánico, por ejemplo, se divertía contestando a cada frase que yo decía con una cita de algún libro mío.

P: Y la paz, ese nuevo idilio democrático, ¿cómo le sienta a un escritor acostumbrado a los trajines?

R: ¡Ah! A mí me sienta fantásticamente. Y por supuesto, me gusta ver mis libros en los escaparates. Pero en cuanto a la paz tampoco antes podía quejarme. Si alguna ventaja tenía durante la prohibición era precisamente la paz. Porque el exilio interior significa silencio. No te piden artículos, no te invitan aquí y allá, no quieren hacerte entrevistas, salvo algunos periodistas occidentales.

P: O sea, pudo permanecer como persona civil, ciudadano independiente.

R: El siglo veinte, que tal vez empezó en 1914 y terminó en 1989, puede tomarse como una serie de agresiones al ciudadano, a la persona civil. Esta época fue introducida por la novela de Kafka, El proceso. Es decir, desde fuera, de repente, no por un deus, sino por un demon ex machina, aparece una sorpresa desagradable. Así vino la Primera Guerra Mundial; así vinieron los distintos regímenes autoritarios con sus visitas de madrugada; así vino la Segunda Guerra Mundial; así, ese ataque a los judíos, tan incomprensible para ellos. Que uno tema a los demás hombres –un tema que no le es ajeno a la literatura– ha sido una realidad continua en esta región, y puedo añadir que lo ha sido desde mi infancia. Desde hace cuatro años no existe una ideología oficial que margine a quienes no la comparten, pero durante la mayor parte de mi vida ocurrió lo contrario.

P: ¿Cuáles fueron los acontecimientos más determinantes de su vida?

R: Ha habido dos fechas importantes en mi vida 1944-45 y 1956. La primera, por cierto fue más dura para mí. Poco faltó para que me mataran.

P: En su última novela, Fiesta en el jardín, habla de eso. Que de toda la escuela, de unos 200 niños, sólo sobrevivieron 12…

R: No, siete. Y de todo el pueblo, podríamos decir.

P: ¿Qué pueblo?

R: Berettyóújfalu, un pueblo de unos 12 mil habitantes, que contaba con mil judíos: una comunidad ortodoxa. Mi padre era un comerciante acaudalado. Él no era tan ortodoxo, pertenecía más bien a los círculos mundanos judíos. Disfruté de una infancia bastante protegida, y de repente, en 1944, mis padres fueron arrestados por la Gestapo. Yo seguí allí, con mi hermana y un par de primos, y luego, con grandes dificultades, sobornos y artimañas, logramos abandonar el pueblo un día antes de las deportaciones. Todos los demás fueron llevados directamente a Auschwitz.

P: ¿Por qué se llevaron antes a sus padres?

R: Suponían que mi padre era espía de los ingleses y que, desde la buhardilla, enviaba mensajes con una radio. Allí no había ninguna radio. A mí me habría impresionado mucho que mi padre hubiera hecho algo por el estilo, pero el pobre jamás lo hizo. De todas maneras, se lo llevaron. Mi madre fue a protestar porque se habían llevado también algún dinero y los nazis se ofendieron tanto que la detuvieron también a ella.

P: Y nunca volvieron…

R: Sí que volvieron. Porque –otra vez el azar de la vida– gracias a su detención, que entonces parecía una desgracia insuperable, no fueron enviados directamente a Auschwitz como el resto de los judíos del pueblo. También el tren de mis padres iba a dirigirse a Auschwitz, pero a causa de un cambio o confusión los enviaron a un campo de concentración de Austria. Y lograron sobrevivir. Así que la nuestra fue la única familia de la comunidad judía del pueblo que quedó intacta. Cuando en 1945 yo volví a Berettyóújfalu encontré a varios hombres jóvenes que no fueron deportados sino enviados al frente ruso para hacer trabajos forzados. Sobrevivieron,  pero al volver tuvieron que enfrentarse al hecho de que sus hijos y sus mujeres habían sido todos aniquilados.

P: ¿Y después de 1945?

R: Se produjo de nuevo un desafío político. Ideas que o bien compartes y repites obedientemente, o bien te expones a algo desagradable. Yo no las compartía y tuve mis problemas. Surgió además la lucha de clases, la lucha contra la burguesía, una de cuyas consecuencias fue que nacionalizaron la tienda y la casa de mi padre y él tuvo que irse a Budapest como auxiliar administrativo. Le quitaron el espacio vital. Él decía que esos dos hijos de puta, Stalin y Hitler, habían destruido su vida. Porque él veía una relación directa entre esos dos caballeros y la pérdida de su existencia burguesa. A causa de la lucha de clases yo también fui marcado como burgués con una x en las listas de la universidad.

P: ¿Qué estudió?

R: Quería estudiar filología francesa y húngara, pero no me admitieron por mi origen burgués y tuve que estudiar ruso. Cuando el Insituto Ruso se convirtió en Instituto Lenin, me echaron otra vez. Después, en 1953, Imre Nagy fue nombrado primer ministro y proclamó un programa más tolerante. Volvieron a admitirme en la Universidad y terminé los estudios filología húngara, aunque aún fui expulsado dos veces en 1955 porque Nagy cayó en desgracia y volvió la línea estalinista. Me readmitieron porque participaba en el seminario de György Lukács y él me lo arregló.

P: Ser protegido de Lukács suponía una afinidad por las teorías literarias de él, una admiración por el gran realismo… y esto de alguien que no era marxista..

R: No era así. En 1956 escribí una crítica sobre el método de aproximación a la teoría literaria. Pero no olvidemos que en 1955, cuando fui su discípulo, yo tenía 22 años y él unos 70. Era un anciano profesor de gran erudición cuyas clases resultaban fascinantes, mucho más que las de cualquier otro de nuestros profesores. Alguien que podía analizar la estructura novelística de Balzac, Flaubert o Tolstoi de manera extraordinariamente lúcida. Discutía generosamente con los estudiantes. Siempre les atribuía una idea más inteligente de la que ellos exponían. Por ejemplo, me decía: Usted afirma lo mismo que Schelling, de quien yo, por supuesto, aún no había leído una línea. Y a continuación, refutaba a Schelling.

Luego nos vimos rara vez, pero siempre sentí ante él la presencia de un gran hombre. Su conversación siempre era sustanciosa. Nunca hablaba por hablar. No se conformaba con los chismes, aunque por otra parte le interesaran. También es cierto que era un hombre muy curioso y le aburría un poco que alguien repitiera lo mismo que él decía. Lo digo con cautela, pero también se aburría de sus discípulos. Escuchaba con interés a quienes decían algo distinto. En una entrevista que le hicieron a los 80 años, le preguntaron qué era lo que mantenía su vitalidad, aunque fumara puros y le gustara el coñac. Contestó que era la curiosidad.

P: Su curiosidad se refería también a usted.

R: Tanto esa así que cuando apareció El visitante, en 1969, él lo propuso a su editor alemán.

P: Aún antes ocurrió lo de 1956. ¿Cómo vivió la revolución?

R: Para mí la revolución empezó en Életképek (Escenas de vida) en 1955. Ésta fue una revista que podríamos llamar revisionista y se consideraba muy radical. Tenía una retórica antiestalinista, aunque la mayoría de sus colaboradores habían participado activamente en la toma del poder de 1948. Para mi resultó un mundo muy interesante. En la Federación de Escritores pasaban muchas cosas. Era como un clan. Algo tribal. Los viejos junto a los jóvenes. Tibor Déry, Gyula Illyés, László Németh … Era también como un foco de noticias. Y entonces vino 1956, el estallido de la revolución. Al tercer o cuarto día, ya era guardia nacional, es decir, tenía una ametralladora aunque nunca llegué a disparar. No estaba muy definido lo que debíamos hacer. Nosotros, los estudiantes, éramos el grupo armado del primer ministro Imre Nagy. Defendíamos la universidad, hacíamos guardia, actuábamos de guardaespaldas. Entonces, el 4 de noviembre, cuando la invasión rusa, fui a la universidad pensando que íbamos a defenderla, y la defendimos durante tres días. Luego nos dijeron que iban a destruirla a cañonazos si no desaparecíamos. Así que desaparecimos.

P: ¿Hubo represalias?

R: No. Perdí el trabajo, pero tres años después ya trabajaba como asistente social en el departamento juvenil del Ayuntamiento de Budapest. Nos preparamos una vida en la que no esperábamos cambios durante largo tiempo.

P: Pero el hecho que su primera novela, El visitante, se publicase en 1969, es decir, cuando tenía 36 años, tenía que ver con la política.

R: Yo antes de mis 30 años no pensaba que podría escribir una novela. Era bastante consciente respecto de la literatura. Entonces ya había escrito varios ensayos, sobre el nouveau roman, o sobre los clásicos rusos, preparaba antologías, editaba una colección de literatura rusa (de algo servía haber aprendido ruso). Pero no me apresuré a escribir una novela hasta que no la tuve madura. Y esto ocurrió en 1969.

P: Luego vino una novela que sólo se publicó mutilada.

R: El fundador de ciudad, que terminé en 1973. La rechazaron diciendo que era demasiado sombría. Luego se publicó en alemán y francés, y esto fue considerado un pecado capital.

P: En 1973 usted escribió, junto con el sociólogo Iván Szelényi, El camino de los intelectuales hacia el poder, que supuso la confiscación del manuscrito y el arresto de sus autores. Sin embargo, su tesis (que en el Este la intelligentsia constituye la clase dominante) fue contestada no sólo por las autoridades, sino también por muchos disidentes.

R: En Europa del Este la burguesía no era especialmente fuerte. La elite militar y aristocrática no tenía una vigorosa alternativa burguesa. Más fuerte resultó la intelligentsia radical que a principios del siglo se enamoró de un modelo socio-político estatal, centralista, militarizado, el modelo comunista, y luego se convirtió en su elite burocrática y política.

P: Y también en su víctima.

R: Sí, porque con ellos nació un orden político que enseguida intentó rellenarse con cuadros campesinos y obreros, como los llamaban entonces, y la totalidad de la intelligentsia fue puesta bajo sospecha. En la época estaliniana intentaron basar el sistema en los menos sospechosos y eso no dio resultado. En los 60, la burocracia reconoció a los profesionales a condición de que no cuestionaran la hegemonía del partido comunista.

P: Del reconocimiento hasta la llegada al poder hay un trecho…

R: Cuando la mayoría de esa intelligentsia no estuvo dispuesta a seguir aceptando el monopolio de la burocracia, entre otras razones porque adoptó las ideas de los intelectuales radicales y disidentes, entonces se acabó el comunismo. Ya no era el socialismo el que podía asegurarles las posiciones de elite, sino la democracia parlamentaria. Ahora, si la intelligentsia quiere garantizar la democracia recién conquistada, tiene que deshacer ese monopolio estatal que aún existe, ya que la mayoría de los bienes siguen estando en poder del Estado. Haría falta ampliar la clase media. Es decir, la burguesía intelectual tiene que crear la burguesía propietaria. Ésta es una de las extrañas peculiaridades del Este de Europa: crear una burguesía desde arriba.

P:  ¿Y qué papel jugó esa intelligentsia que estaba en el poder?

R: Si alguien desempeñó un papel importante fue la intelligentsia.

P: Pero qué interés tenían en deshacerse del poder?

R: Un pensador húngaro, István Bíbó, refiriéndose a sus diferencias respecto al marxismo, decía que la historia es más bien la historia de los compromisos de clases, no de la lucha de clases. Toda la época de János Kádár se puede describir como un compromiso de clases. Pero si una de las partes no puede garantizar las condiciones del acuerdo, la otra puede no sentirse obligada a cumplirlo . El régimen no pudo garantizar más prosperidad y estabilidad, crecimiento y libertad intelectual a cambio de la legalidad que le otorgó la intelligentsia. Así que la intelligentsia

P: Pero los regímenes comunistas del Este de Europa cayeron, principalmente, por causas externas, una situación mundial, la URSS…

R: Yo diría, sin embargo, que ha sido un proceso autóctono en toda la Europa del Este. Concretamente, el aburguesamiento de los profesionales, intelectuales y otros sectores sociales. Es decir, el aburguesamiento como proceso positivo: la gente empieza a pensar en húngaro económicamente; hay una economía sumergida o paralela a la estatal; hay gente que tiene menos miedo, que se atreve a pronunciar palabras hasta ahora prohibidas y que de repente aparecen hasta en los diarios… Todo esto al mismo tiempo, junto con el endeudamiento gradual, que demostraba la incapacidad del sistema y destruía la ilusión de los reformistas de que una economía socialista podía cambiarse sin cambiar el sistema político.

P: Perfecto. La intelligentsia, cumpliendo el papel de una burguesía inexistente, protagoniza el cambio de poder. ¿Y qué puede hacer con ese nuevo poder?

R: Por el momento hay más ideología que cambio institucional. Se ofrecen distintas opciones. Las menos favorables sería que la estructura profunda siguiera. El comunismo como sistema autoritario no era un fenómeno nuevo y ajeno en estas latitudes.

El imperio alemán, la Monarquía Austro Húngara y los Romanov… En definitiva, no ha habido en esta región una sola revolución burguesa exitosa, ni una transformación democrática o una reforma liberal. Desde mi nacimiento vivo en dictaduras. Así que podemos afirmar que lo que se autodefinió como muy revolucionario después de la Segunda Guerra Mundial, pronto significó un regreso a los esquemas tradicionales. Hasta el punto de que la nueva elite comunista intentó imitar las costumbres de la elite anterior. Y si preguntamos ¿cuándo la población ha tenido la oportunidad de expresar su voluntad en unas elecciones?, ha sido sólo en casos excepcionales. En estas civilizaciones los personajes predominantes eran el hombre que manda y el que obedece. Y existe el peligro de que las mismas estructuras de orden permanezcan y sólo cambie la retórica.

P: Pero si el país necesita la democratización económica, ¿qué intereses pueden respaldar la conservación de las estructuras estatales?

R: En economía libre también puede haber una organización de Estado, como en el comunismo, donde las relaciones y el chanchullo sustituyen los criterios de mercado. Esto es especialmente atractivo para quienes no son competitivos. Si una fábrica no es capaz de mantenerse, está claro que necesitará subvención del Estado y necesitará un Estado que le dé esta subvención. El trabajo inadecuado necesita esta protección.

P: Por el momento, la mayor novedad que ha traído la libertad de prensa es el regreso de la retórica chauvinista-populista de antes de la Segunda Guerra Mundial.

R: Durante los años del socialismo sólo se escuchaban doctrinas socialistas. Muy pocos tenían ideas alternativas. Es lógico pues que se tome como alternativa lo que hubo antes de los regímenes comunistas. Lo que sucede es que ese pasado precomunista es muy variado. Los checos tienen bastante suerte porque al lado de la fotografía de Václav Havel pueden poner la de Mašarik. El caso de los eslovacos no es tan afortunado porque el único momento de grandeza nacional que pueden tomar como referencia fue durante la segunda Guerra mundial, bajo la dictadura fascista de Jozef Tiso. Aquí en Hungría aún no han llegado hasta el almirante Horthy, pero varias instituciones de esa época empiezan a tener relieve. Esto tiene su lado legítimo porque el comunismo ha tratado la historia anterior tal como ahora van a tratar la suya. O sea, demonizándola. Ahora hay quienes consideran que el anticomunismo era bueno. Creo que esto es un extremo. En el centro, sin embargo, hay una posición moderada en la coalición gubernamental que se puede calificar como de centro-derecha, que resalta el carácter nacional y cristiano. Hasta el punto de que el periódico Deporte Popular fue bautizado Deporte Nacional Popular. Como excusa para ese fervor nacionalista podemos decir que no se trata de naciones opresoras, sino oprimidas, que ahora intentan recuperar su identidad con especial ímpetu.

Como el Imperio Soviético intentaba homogeneizar la identidad nacional de todos los pueblos, incluido el ruso, ahora todos resaltan su diferencia lo que, por otra parte está de acuerdo con un intento europeo de no proyectar el futuro del continente de modo homogeneizado.

P: Pero de esa botella recién abierta salieron también algunos antiguos monstruos. Como el antisemitismo, que, por otra parte no es un fenómeno exclusivamente húngaro.

R: En otros países del Este también existe el antisemitismo pero sin judíos. Aquí al menos hay judíos.

P: También existe una auténtica caza de brujas de los ex comunistas o de los que aún lo son…

R: Diferenciemos entre palabras y actos. Es un hecho que en Hungría durante ese proceso no se ha dado un solo golpe. Es un hecho que nadie ha sido sometido a juicio porque hizo esto o aquello. Ciertamente existe un tono mucho más agresivo en el país, pero que no creo que objetivamente sea demasiado peligroso. No creo que tengan mayor representación que la que tienen los partidos de la derecha radical en Europa Occidental, los republicanos en Alemania, el Frente Nacional en Francia .

P: Frente a la caza de brujas, usted ha salido en defensa de comunistas y ex comunistas.

R: Es natural. Si frente a los comunistas defendía los derechos humanos de todos, también defenderé los suyos cuando algunos quieren negarlos.

P: Y el antisemitismo. ¿Ahí también podría ser tan tolerante paternal y objetivo?

R: Si el antisemitismo aparece como una especie de incitación violenta contra los judíos, está fuera de la constitución y hay que tratarlo como un crimen. Lo que apareció aquí es bastante vulgar y repugnante. Apareció, pero también fue rechazado. Antisemitismo siempre hay y habrá. La cuestión es cómo se propaga y cómo enfrentarse a él. Es algo que deben rechazar tanto los judíos como aquellos que sin serlo se oponen a la discriminación de cualquier minoría. Es decir, aquí también se trata de los mismos derechos, de la misma integridad que tiene cualquier ciudadano.

P: La democracia lleva aparejados también los defectos del capitalismo: la imposición de las leyes del mercado en la cultura, por ejemplo, puede ser nefasta en una democracia nueva y pobre.

R: La democracia tiene un gran precio. Este precio lo paga, por ejemplo, el mundo editorial. Se editan masivamente obras valor exclusivamente comercial, y hay menos dinero para las que tienen auténtico valor. Los editoriales no se atreven a publicar autores poco conocidos. Si no puede haber un amplio sistema de subvenciones, hay que encontrar soluciones. En realidad, en la actitud democrática hay un elemento optimista, algo que se puede considerar ilusorio. Los demócratas confían en la publicidad, confían en que la vida pública puede corregir las cosas.

P: En 1990 fue elegido de presidente del PEN Club Internacional, ¿por qué se hizo cargo de una tarea tan exigente?

R: Sentí que debía hacerlo. Murió el presidente anteior, René Tavernier, y el presidente provisional, un autor sueco, Per Eksler, me dijo que la presidencia del PEN, después de los cambios en el Este de Europa, debía corresponder a esa región. Existen además criterios tales como el hecho de ser más o menos conocido, y también el tener un cierto pasado en  la defensa de la libertad del escritor, que esos son los valores que defiende el PEN. Aunque yo correspondía a ese retrato, pedí que buscaran a otro. Ellos insistieron y finalmente dije que sí. El PEN Club es una organización de solidaridad y actualmente hay unos 350 escritores encarcelados que hasta hace muy poco nos defendían a nosotros.

P: Sin embargo, ahora en el último congreso del PEN, organizado en Santiago de Compostela, ha renunciado su cargo.

R: Ha vencido mi mandato y no tenía ganas de volver a ser elegido. Es un cargo, que requiere demasiado apariciones públicas, congresos, entrevistas, acciones, campañas, conferencias… Pero yo soy novelista, y lo que me interesa es escribir.

 

 

Nota biográfica:

Una vida entrecruzada por la Historia

Hijo de un comerciante judío, nació en 1933 en Berettyóújfalu, una pequeña ciudad húngara. Es uno de los siete supervivientes de los doscientos niños judíos de su pueblo natal. En el nuevo orden establecido por la Unión Soviética, su supuesta condición burguesa le impidió estudiar la carrera que quería. Expulsado varias veces de la universidad, bien por su origen burgués bien por sus ideas ligeramente diferentes del canon oficial, pero protegido por el filósofo György Lukács, terminó sus estudios de letras en 1956, poco antes del estallido de la revolución. Durante la revolución llegó a ser miembro de la Guardia Nacional, grupo formado por estudiantes y adicto al primer ministro Imre Nagy.

Después de 1956, vinieron años de marginación, hasta que en 1963 empezó a trabajar de asistente social con jóvenes marginados, labor que le inspiró su primera novela, El visitante (1969). Luego vino El fundador de la ciudad (de próxima publicación en Alfaguara), primero censurada  y finalmente, tras su aparición en alemán y francés, publicada de forma mutilada. Su ensayo, escrito en compañía del sociólogo Iván Szelényi, El camino de los intelectuales hacia el poder, provocó las iras de las autoridades: confiscaron el manuscrito y arrestaron a sus autores. Sus siguientes obras, entre ellas la novela El cómplice (Alfaguara, 1987) y ensayos como Antipolítica (1986) se publicaron sólo en el extranjero o en ediciones samizdat, esto es, por las editoriales clandestinas de Hungría.

 

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