Cría palomas

La invasión de Irak ha suscitado la mayor movilización pacifista desde la guerra de Vietnam. Sin embargo, el autor de este artículo se muestra escéptico al respecto. Y como en España todo el mundo no gubernamental ha dicho No a la guerra, el lector tendrá la oportunidad de conocer por fin un documento auténtico del pensamiento realmente único.

La noche después de la caída de Bagdad volvieron a sonar las cazuelas en Barcelona. Fue algo extraño. Por un lado, todos los posibles e imposibles canales de televisión transmitieron imágenes de los iraquíes saludando al invasor y derrumbando estatuas de su líder; por otro, como cada noche desde el principio del ataque, la protesta popular contra la guerra que acababa de finalizar.

¿Por qué nuestros pacifistas no se sintieron aliviados con la noticia del fin de los horrores bélicos? ¿Por qué no celebraron, con los iraquíes, la caída de un régimen que libró guerras mucho más largas y sangrientas que ésa en la que encontró su tumba? ¿Deseaban, quizás, otro resultado? ¿No les importaba lo que estaban viendo con sus propios ojos?

Usted, impaciente lector, me dirá que no es así, que no protestó contra el fin de la guerra, sino contra su principio, en ambos sentidos de la palabra; que no estaba defendiendo la tiranía de Sadam Husein, sino el derecho de su población a vivir en paz; y que las celebraciones de su caída no las estaba viendo por sus propios ojos, sino por las cámaras de los nada inocentes medios de comunicación. En orden inverso, retomo estos argumentos.

Es cierto que no se puede fiar de las imágenes de estas guerras transmitidas en directo como si fueran la versión bélica del programa Gran Hermano. Pero usted confía en ellas cuando transmiten imágenes del horror. La nula resistencia popular ha sido una prueba contundente de que los iraquíes no tenían las más mínimas ganas de defender su régimen y hasta los comunistas locales saludaron el desenlace. En el primer número de su periódico, publicado gracias a la invasión imperialista, proclaman que “con la caída de la dictadura se han hecho realidad los deseos de la mayoría de los iraquíes”. Pero nuestras ruidosas palomas se empeñaron en salvar al pueblo de Irak aún contra su voluntad.

Por más injusta que fuese esta guerra, oponerse a ella significaba respaldar una dictadura brutal. En una de esas fosas comunes que se descubren últimamente en Irak hay más cadáveres que los que murieron como consecuencia de la invasión. Usted dirá que es de un cinismo aterrador hacer estas comparaciones y yo estaré de acuerdo con usted. Sobre todo, si usted estuviera dispuesto a asumir que aún peor es ignorar a los millones de víctimas de Husein, por los que, si no me equivoco, usted no ha levantado su voz ni su cazuela.

Mucho más razonable parece cuestionar los pretextos del ataque: ¿por qué Irak y por qué guerra? Ciertamente, ésta ha sido la guerra menos justificada entre todas las que haya iniciado una democracia. Bush hijo intenta globalizar el complejo edípico, escribí después del 11 de septiembre, y tanto el azaroso timing, como el difuso casus belli (la reticente colaboración de Husein con los sabuesos de la ONU en busca de armas secretas) sugieren una razón de esa índole. Además de las consabidas motivaciones imperiales.

Desde el punto de vista práctico, en cambio, la guerra ha sido un éxito. Y no sólo en el sentido militar. El nuevo régimen no va a resolver los enrevesados problemas del país pero promete una vida mejor. Las perspectivas dentro del contexto regional tampoco son sombrías del todo. A mí no me parece tan mal que a partir de ahora a organizaciones como la Yihad Islámica se le retire la subvención estatal; que los familiares de terroristas suicidas dejen de cobrar los 25.000 $ que les pagaba Husein por cada atentado; o que la causa palestina no esté exclusivamente en manos de Arafat, más interesado en mantener la devastadora pugna con los halcones de la sociedad israelí que por ponerse de acuerdo con sus palomas.

Si esta guerra resulta problemática en más de un sentido, lo es también el movimiento que se oponía a ella y que cuenta con estrellas de progresía y pacifismo tan probados como el Papa, Chirac o Putin. En España el frente pacífico abarca desde los simpatizantes del terrorismo vasco hasta los aparatchik del Partido Socialista que, si estuvieran en el poder, sin duda alguna hubieran apoyado la guerra, sólo que con menos prepotencia que el PP.

El grueso de lucha contra la guerra lo constituyeron, sin embargo, pacíficos intelectuales, obreros, funcionarios, profesionales y, sobre todo, los estudiantes. Todos hemos leído y oído las entusiastas alabanzas ante esta movilización sin precedentes que al parecer inaugura una nueva era. Pero, como en los telediarios, las apariencias a veces engañan. La noche de la caída de Bagdad tomé la molestia de salir al balcón e inspeccionar la imponente cacelorada. Mi balcón da a uno de esos enormes patios del Eixample barcelonés, formados por unos diez edificios de seis y ocho plantas. Adivinen uds. en cuántos de los cerca de cien pisos se producía el estridente tam-tam de los sartenes. Han acertado: siete.

Parecida experiencia tuve en la Universidad Barcelona. Primero hubo la macromanifestación en la que participó todo el mundo, menos yo. Pero luego cada vez que a la hora de una huelga estudiantil fui a ver la movida, apenas encontré una veintena de jóvenes paralizando el tráfico de la Gran Vía y un puñado de activistas en el Patio de Letras donde según los letreros tenía lugar una asamblea permanente. Por algo en catalán la huelga se llama vaga.

A pesar del menguante seguimiento de las protestas, el No a la guerra, además de omnisciente, fue obligatorio. En una de las pocas clases que logré dar, mis alumnos reconocieron que si estuvieran a favor de la guerra, no se atreverían a decirlo. No sé si fue por esta misma razón, pero tampoco entre nuestros líderes intelectuales ha aparecido un discurso no pacifista. Ni rastros de un Glucksman, Enzensberger, Garton Ash o Alain Touraine.

Además de políticamente correcto, el nuevo pacifismo resulta sumamente selectivo. Aprovechando la desatención universal, Fidel Castro mandó a ejecutar a tres personas que pretendieron huir de su protectorado y castigar con diez y veinte años de cárcel a disidentes políticos, entre ellos a Raúl Rivero, uno de los mayores poetas cubanos contemporáneos. Salvo contadas excepciones, el movimiento pacifista no ha dicho esta boca es mía. Tampoco han enviado nunca escudos humanos al País Vasco ni suelen protestar contra el terror de ETA.

Ese nuevo pacifismo que calla ante crímenes propios y muestra preferencias por causas en las que no tiene posibilidad de incidir, no pide sacrificios a sus acólitos, en cambio les asegura buena conciencia y ambiente festivo. Su denominador común es un antiamericanismo visceral, altamente satisfactorio y nada arriesgado. La variante española incluye la satanización del PP, un partido que por lo visto llegó a la mayoría absoluta por obra de magia. No me sorprendería si ese pacifismo sin riberas ni rumbo contribuiría a la repetición del milagro.

Había un aspecto de esta guerra a la que apenas se ha prestado atención y aún menos reflexión: que se trataba de una guerra ilegal. Gracias a su desarrollo tecnológico, Estados Unidos ha llegado a tal supremacía militar en apenas quince años que la que no había tenido ningún imperio en la historia. Desde esa posición la OTAN cumple una función de comparsa y la ONU, la de una inoperante ONG reducida a misiones humanitarias.

Por falta de una política exterior propia y carente de peso militar, la Nueva Europa, poco tiene que hacer en ese escenario internacional, incluido su propio continente. Si fuera por ella, la antigua Yugoslavia aún estaría en llamas. En cuanto preventiva, la guerra de Irak abre perspectivas no del todo alentadoras. Tal vez habrá mayor control sobre nuestro convulsivo mundo, pero nadie podrá controlar al controlador. Cría palomas y, como mínimo, ellas dejarán que otros te saquen los ojos.

     

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