Era forastero, y no me hospedasteis

(La Vanguardia, 7 de septiembre de 2015)

Una señora octogenaria le consulta aterrada a su médico de cabecera: “¿cómo defenderme de la invasión de los inmigrantes?” Un oyente que llama a una tertulia radiofónica y se presenta como Attila, expresa su repudio contra los “así llamados refugiados que reclaman más derechos que los que tenemos los húngaros”. Una arquitecta solitaria y de mediana edad le comenta a una amiga que ella no es racista para nada, pero que le da mucho miedo que una civilización como la islámica se apodere del país. “Es que ellos practican la ablación de clítoris”, añade…

Igual que la aplastante mayoría de los húngaros, ninguno de los arriba citados ha visto un solo refugiado en su vida, a no ser por televisión. Allí sí, que han tenido la oportunidad con creces. Sobre todo en la pública, donde casi no se habla de otra cosa. Y siempre como si se anunciara el Apocalipsis: hordas de buscadores de la buena vida disfrazados de refugiados políticos invaden nuestro país; son portadores de epidemias y/o terroristas infiltrados… Las imágenes son, también, siempre inquietantes y hasta amenazadoras. Hace poco ha salido a la luz una orden interna de la televisión nacional referente a los refugiados: “¡No mostrar niños!”.

Todo empezó a principios de este año con el bajón de popularidad de FIDESZ, el partido que lleva su segundo ciclo en el poder, a beneficio del JOBBIK, partido de la extrema derecha. Al inspirado primer ministro Viktor Orbán nunca le faltan ideas salvadoras en los momentos difíciles. Después de dar unos cuantos palos de ciego –plantear, por ejemplo, reinstaurar la pena capital– encontró el filón de la inmigración. Es un acierto que lleva preparando desde hace tiempo. En enero, tras participar en la manifestación de París en memoria de las víctimas del atentado contra Charlie Hebdo, culpó por la masacre “a la política liberal migratoria de la UE”. A partir de abril, se sacó de la manga una “Consulta nacional sobre inmigración y terrorismo”, consistente en el envío de una carta, un cuestionario y un sobre de respuesta franqueado a todos los ciudadanos húngaros mayores de edad. La carta llevaba la foto y la firma en color del primer ministro y un texto que ni el Frente Nacional francés se atrevería a hacer público. El cuestionario reproducía el enfoque xenófobo de la carta, evitando la voz refugiado –sustituida por inmigrante ilegal o económico– y asociando a esos náufragos de las guerras contemporáneas al terrorismo. En junio, cuando la actual oleada de refugiados empezó a apuntar, el gobierno sembró el país de carteles gigantes que decían, en húngaro, cosas como: “¡Si vienes a Hungría, no le quites el trabajo a los húngaros!”

En lugar de proseguir con las falacias gubernamentales (que incluye la construcción de un telón de acero en la frontera con Serbia) es necesario aclarar dos cosas. La primera: en Hungría no sólo prácticamente no hay inmigrantes, sino que ni tampoco los habrá en los próximos años, puesto que ninguno de los refugiados actuales quiere establecerse allí. Hay en cambio, medio millón de húngaros (el 5% de la población), casi todos jóvenes profesionales, que han abandonado el país durante los últimos cinco años en busca de trabajo en los países occidentales de la UE. Hay asimismo un número indefinible de ciudadanos extracomunitarios a los que –mediante sociedades off shore– el gobierno les está vendiendo permisos de residencia y, con ella, entrada libre en la UE.

La segunda cosa: durante toda esa histérica campaña de miedo y odio no se ha hecho absolutamente nada para afrontar la crisis migratoria. A la vaticinada invasión de refugiados se la esperaba con la infraestructura de siempre: dos campamentos, uno con capacidad para dos mil personas, el otro para mil. Ni siquiera se ha mejorado el sistema de registro, con lo cual el número de entrantes que se baraja (más de cien mil este año) parece incontrolable y hasta manipulado. Por el momento, refugiados se ven sólo en algunas estaciones de trenes y sus alrededores, esperando su salida en condiciones indignas, cual monumentos vivos de las palabras de Jesús: “Era forastero, y no me hospedasteis” (Mateo, 25; 43).

¿Cuál será el sentido de esa mezcla de inhumanidad e irresponsabilidad institucionalizada, sin duda facilitada por el desgobierno en la política migratoria de la UE y el egoísmo de muchos de los países que la integran? La razón más obvia es que Orbán quiere recuperar votos de la extrema derecha y desviar la atención de los verdaderos problemas del país. La otra hipótesis –que no excluye la primera– es que le interesa provocar caos para justificar medidas extraordinarias que afiancen aún más su autoritario poder. Sea como sea, gracias a Chéjov se sabe que si aparece un rifle en el primer acto, en el tercero va a disparar. En el drama en curso hay más armas de fuego que un simple rifle y las ha puesto allí un régimen que se mantiene gracias a Unión Europea.

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