Viaje a la muerte. Transmisión en directo

Mihály Dés

 

Es un viejo recurso del teatro y del cine de género mostrar —paralelamente con lo que hace o piensa el protagonista— el peligro que le amenaza sin que él lo sepa. Curiosamente, el privilegio de prever y, en cierto sentido, esperar el trágico desenlace, aumenta el suspense en lugar de neutralizarlo. No es casualidad que sean los géneros con espectador los que puedan sacar provecho de ese recurso. Por más que se empeñe, el autor de una obra narrativa tiene dificultades para crear espacios temporales realmente paralelos. Como mucho, puede presentar lo que hace el héroe y luego añadir lo que ocurre a sus espaldas. Que no es lo mismo que verlo preparándose para una cita, pongamos, mientras su asesino lo acecha detrás de la cortina.

Lo que ni el teatro ni el cine han podido lograr es que sea la misma víctima quien ofrezca al público esa doble mirada. Esto vendría a ser como si Desdémona nos informara tanto de su desconcierto ante la actitud cambiada de Otelo como de las razones de dicho cambio, es decir, de las intrigas de Yago. Pero lo que no puede la ficción, lo puede la vida convertida en literatura. El modelo más conocido de ese paradójico —y en este caso, trágico— logro es el Diario de Ana Frank. Otro ejemplo mayor es el libro que se presenta aquí.

Las coincidencias entre los diarios de Ana y Eva son tan evidentes, como lógicas sus diferencias: dos chicas judías —una en Ámsterdam, la otra en Nagyvárad, pequeña ciudad a la sazón húngara y hoy rumana con el nombre de Oradea—  que encontrarán la muerte en un campo de concentración alemán, narran sus vivencias durante el terror nazi. Los paralelos llegan a detalles tan simbólicos como que ambos diarios se inauguran justo en el día del decimotercer aniversario de sus autoras —en junio de 1942 el de Ana y en febrero de 1944 el de Eva— y terminan en el verano de 1944 inmediatamente antes de que ellas fueran deportadas. Los dos años que median entre Ana (nacida en 1929) y Eva (en 1931) marcan una de las grandes diferencias entre sus relatos.

Por decirlo así, Ana tenía más tiempo. No sólo para contar la historia de aquellos días fatídicos, reflexionar sobre lo que ocurría en el mundo, describir su entorno, sino también para evolucionar como persona, como escritora y como mujer. La exploración de ese proceso —junto a su extraordinaria capacidad de observación y redacción— es la que hace destacar su diario entre los textos de género y temática parecidos. No es de sorprender que muchas de las mejores páginas de su diario sean precisamente aquellas que —a causa de imperativos editoriales y la comprensible censura de su padre— faltaban de las primeras ediciones: las que se refieren a su pésima relación con su madre y al descubrimiento de su sexualidad.

Los tres meses y medio que abarca el diario de Eva Heyman no pueden llegar a tanto, pero ofrecen, en cambio, una intensidad y un dramatismo sin parangón incluso en la literatura del Holocausto. Es un texto al que no le sobra una sola palabra y —lo que es más sorprendente aún— tampoco le falta. En sus apenas setenta cuartillas cabe un impresionante retablo de personajes, relaciones y hechos, la representación de dos mundos opuestos (las ruinas casi idílicas de una vida burguesa apaciblemente caótica y el delirio fascista que se adueña de ella sin dificultad alguna) y la descripción de esa transmutación, que muy pocos, ni siquiera Ana Frank, han logrado captar y expresar.

El relato de Eva es tan conciso y, a la vez, complejo, su dramaturgia es tan perfecta y eficaz que llegó a levantar dudas acerca de su autoría. También en eso existe un paralelismo entre los dos diarios. Pero en el caso de Ana sobrevivieron todas las versiones del manuscrito, el texto original de Eva, en cambio, nunca apareció. Tal como consta en su última anotación, ella lo pasó a Mariska, la cocinera de la familia. Después de la guerra Mariska lo entregó a la madre, quien aparece en el texto como Ági, diminutivo de Ágnes, que en húngaro se pronuncia «Agui». La madre publicó el diario de su hija en 1947 con un prólogo emotivo, pero poco esclarecedor para el lector de hoy, que aquí se añade como epílogo. Su edición —igual que la nuestra— incluye al final una carta de Mariska, que corrobora que fue ella, la cocinera, quien salvó el diario. Ági seguramente lo repasó y lo corrigió, pero resulta muy difícil que lo inventara ella misma, aunque fuera parcialmente, puesto que Mariska aún vivía, igual que varias personas que aparecen en el Diario.

Pero hay una prueba mucho más decisiva en cuanto a la autoría de Eva: el texto mismo que, sin la menor duda, fue escrito por alguien que había conocido y padecido los horrores del gueto de Nagyvárad. ¿Y por qué no habría de ser Ági ese alguien? En parte, por el punto de vista y conocimientos típicamente (pre)adolescentes de la narradora y en parte, por lo que —en relación con el Antiguo Testamento— algunos estudiosos llaman verdades incómodas. Si los compiladores del texto bíblico hubieran querido ajustar la verdad al mensaje sagrado, habrían depurado —para poner un solo ejemplo— los deshonrosos actos —codicia, lujuria, asesinato y demás lindezas— que cometió el rey David, quien, junto a Moisés, es el personaje más insigne de la historia judía.

Por la misma razón, si fuera la madre la autora del Diario, habría censurado las referencias en las que queda mal parada. No es que ella haya cometido algo contra su hija, pero su relación fue bastante complicada. Los padres de Eva se divorciaron cuando ella tenía cuatro años y acordaron que viviera con los abuelos maternos: un adorable farmacéutico de Nagyvárad apellidado Rácz y su neurasténica mujer que en el Diario aparece como la abuela Rácz o la abuela a secas. No pudo quedarse con su padre, el arquitecto Béla Heyman, un hombre dominado por su despótica madre, la abuela Lujza. Tampoco fue posible que se juntara con su madre, casada en segundas nupcias con el periodista y escritor Béla Zsolt, que aparece en el texto como el tío Béla, quien para entonces se convirtió en un perseguido por partida doble: por ser judío y de izquierdas.

La pareja vivía en Budapest en circunstancias cada vez más difíciles a causa de las sucesivas medidas (las leyes judías del Diario) que a partir de 1938 marginaban a los judíos hasta excluirlos por completo de la vida social, económica y cultural del país, pero que no llegaron a su deportación, es decir, a su entrega a los alemanes. La situación de la pareja empeoró aún más cuando en el verano de 1942 el tío Béla fue llevado a Ucrania en una unidad de trabajo forzado, institución reservada para los varones judíos.

Ági permaneció en la capital tratando de mover cielo y tierra para salvar a su marido, a consecuencia de lo cual podía visitar menos a su hija en Nagyvárad. Eva comprendía la situación, pero igualmente le dolía la ausencia de su madre. Y no sólo eso. El Diario deja claro que le tenía celos a Ági, quien era hermosa, culta, mundana, es decir, un modelo de mujer que ella no creía poder alcanzar. La suya no era la típica relación filio-maternal, como tampoco era usual en la época que Eva la llamase por su nombre, en lugar de «mamá». Por su parte, Ági era consciente de no estar a la altura de su papel maternal e intentaba compensarlo haciéndose la mejor amiga de su hija.

Los remordimientos de Ági llegaron al delirio suicida cuando —por circunstancias que no podía registrar el Diario— ella y Eva fueron deportadas separadamente y, más aún, cuando supo que había sobrevivido a su hija. Después de la guerra Ági trató de retomar su vida, pero terminó suicidándose. Esto ocurrió en 1951. Su marido murió dos años antes como consecuencia de los sufrimientos padecidos en la unidad de trabajo forzado en Ucrania y en el gueto de Nagyvárad, retratados en su obra más importante, titulada Nueve maletas y publicada en 1946. Es ése un brillante testimonio de tono hosco, casi cínico, sobre los horrores por los que su autor había pasado y sobre un país que no sólo permitió el exterminio de más de medio millón de sus ciudadanos, sino que colaboró en su deportación y expolio.

La historia de Nueve maletas arranca donde termina la narración de Eva Heyman: en el gueto de Nagyvárad, y los dos relatos en ningún punto se contradicen. Pero el libro de Béla Zsolt retrocede en el tiempo y describe todo el camino que lleva a Hungría a la barbarie fascista. El Diario de Eva, que avanza en tiempo real, narra sólo el tramo final, si bien hace referencias a sus hitos más importantes, que son los que siguen.

Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, Hungría pierde unos dos tercios de su territorio y un tercio de su población de lengua húngara a favor de los países vecinos. Es cierto que en la Gran Hungría histórica más o menos la mitad de la población pertenecía a alguna minoría étnica (rumana, eslovaca, alemana, serbia…); que la política magiar reservaba un lugar de ciudadanos de segunda a los integrantes de esas minorías; y que la mayoría de los habitantes de los territorios anexionados no era húngara. Aun así, el golpe fue muy duro. Ciudades y regiones étnicamente húngaras (más de tres millones de personas) quedaron fuera de las nuevas fronteras. No es de sorprender, pues, que la Hungría independiente que —después del experimento frustrado de una república tipo soviética en 1919— nace de las ruinas de la monarquía austro-húngara tenga un espíritu revanchista, ni que —bajo el mando del almirante Horthy— termine buscando la alianza con Hitler, con cuya ayuda recupera parte de sus tierras, a costa de Checoslovaquia en 1938 y de Rumanía en 1940. Es así que Nagyvárad o Várad, como la llaman sus habitantes, vuelve al seno de la madre patria.

La reconquista de aquellas tierras significó no sólo un gran triunfo para el nacionalismo húngaro, tradicionalmente antisemita, sino una celebración para los judíos de las regiones recuperadas, tradicionalmente patriotas húngaros. El Diario de Eva ofrece varios ejemplos de ese patriotismo no correspondido. El cambio en la relación entre la sociedad mayoritaria y los judíos señala cómo cambiaron los tiempos en Hungría. El casi medio siglo anterior a la Primera Guerra Mundial parecía un modelo —algo imperfecto— de convivencia. Iban desapareciendo los muros de la segregación y abriéndose las puertas de la participación en la vida económica, cultural y, hasta cierto punto, política, a lo que la inmensa mayoría de los judíos húngaros correspondía con gratitud.

La emancipación de los judíos tenía que ver con el relativo liberalismo reinante en la multiétnica monarquía austro-húngara, cuya nación más grande era la húngara. Pero había otra razón. El nacionalismo húngaro, entonces mucho menos feroz, necesitaba a los judíos. No tanto porque era el grupo social más dinámico, un auténtico motor para el desarrollo del país, como para asegurar el equilibrio étnico. Según el censo de 1910, el 54% de los habitantes del país era húngaro. Lo que no dice esa estadística es que dicho porcentaje incluye el 5% de la población judía —que orgullosamente se declaraba húngara—, sin la cual no hubiera existido la ansiada supremacía numérica magiar.

Después de la Primera Guerra Mundial Hungría no sólo pierde territorios y población, sino también sus minorías nacionales. Se convierte en un país étnicamente homogéneo, donde ya no hace falta compensar la cuota nacional mediante los judíos. Al contrario: de las tierras anexionadas llegan multitudes de refugiados para las que habrá que buscar un sitio. A costa de los judíos, por supuesto. Así nace en 1920 la Numerus clausus, primera ley racial del siglo XX, que restringe el número de judíos que pueden cursar estudios superiores.

A partir de allí, impulsado por el afán de recuperar sus territorios perdidos, el país entra en una deriva, que lo llevará a la coalición con Hitler, las sucesivas leyes judías, la invasión de la Unión Soviética y las consiguientes derrotas… Cuando hacia el final de 1943 el almirante Horthy empieza a comprender que el tiro le ha salido por la culata, intenta salir de la guerra. Pero ya es tarde: los alemanes están enterados de todo. El 19 de marzo de 1944 las tropas nazis invaden el país aliado sin encontrar resistencia alguna. Horthy sigue en su puesto y nombra un gobierno completamente favorable a Hitler. Pronto empieza la liquidación de la judería húngara: la expropiación de sus bienes, su señalamiento con la estrella amarrilla, su encierro en guetos, su deportación a los campos de concentración, principalmente a Auschwitz, entre cuyas víctimas una de cada tres era húngara.

Adolf Eichmann necesitó 56 días y un equipo que no llegaba a 200 personas, secretarias incluidas, para la deportación de 435.000 judíos húngaros, o sea, de todos ellos, menos los de Budapest y los de las unidades de trabajo forzado, a quienes trataron de liquidar más adelante. Tal como se puede leer en el Diario, la acción se realizó con la solícita participación de toda la administración del régimen Horthy, desde los alcaldes hasta el último guardia civil, y con la aprobación o indiferencia de la mayoría de los ciudadanos.

También de eso informa Eva: de la indiferencia, del odio, de la vileza. Pero también de la solidaridad, el sacrificio y el diabólico mecanismo que impidió actuar a los justos e, incluso, a los mismos judíos. Pocos libros como este Diario hacen ver tan claro hasta qué punto el Holocausto no fue un asunto meramente judío, y pocos lugares en el mundo ofrecen un escenario tan fatalmente ideal para ilustrarlo como Nagyvárad.

Lugar de sepultura de reyes húngaros y de nacimiento de príncipes de Transilvania; de notables cardenales y obispos, tanto calvinistas como católicos; dominio de los políticos más influyentes de fin del siglo XIX y principio del XX: los habsburguianos Tisza; y tierra de la más ultramontana pequeña nobleza anti-Habsburgo, este bastión de la Hungría tradicional era, después de Budapest, la ciudad más moderna del país, en gran parte gracias a su ambiciosa burguesía judía.

En la primera mitad del siglo XX, alrededor del 25% de su población era judía. Casi todos asimilados y muchos de ellos —como la familia de Eva— ni siquiera observantes, fueron impulsores de una industria y comercio de alcance nacional y aportaron al país periodistas, científicos y artistas de primera línea. Fueron también ostentosos patrocinadores y promotores, gracias a los cuales Várad llegó a ser el foco de la nueva poesía y del pensamiento liberal, el lugar donde se forjaron gigantes de la literatura húngara, como Endre Ady o Gyula Krúdy, y la ciudad que ofrece una de las muestras más compactas de la arquitectura modernista a pesar de las literalmente demoledoras intervenciones urbanísticas del dictador comunista Ceaucescu en los años setenta del pasado siglo.

Es un milagro negativo que en esa ciudad que tanto le debía a los judíos y en la que tan integrados estaban hasta hacía unos años, Eva pudiera anotar —cuando los sacaron de su casa y los llevaron a un recién asignado gueto en un camión en el que tenían que viajar de pie— las siguientes líneas: «Me acurruqué junto a la abuela para no ver a los arios que hacían su desfile de la tarde por la Calle Mayor como si fuera la cosa más natural del mundo que desde ahora nosotros viviéramos en un gueto. […] En el centro de la plaza de la iglesia había una mesa larga y alrededor de ella estaba sentado un comité. El abuelo le dijo en voz baja al tío Béla que los conocía a todos: eran los señores del Ayuntamiento, pero ellos hacían como si nunca lo hubieran visto cuando antes seguramente se habían tratado de tú…»

27.000 judíos de Nagyvárad, a la sazón de 90.000 habitantes, fueron encerrados en ese gueto, sin contar otro, más pequeño, para los de las aldeas vecinas. Parece un dato sumamente instructivo sobre la vigencia del Holocausto y la desinformación, a veces mezquina, que se propaga por Internet que según el artículo de la edición húngara de la Wikipedia sobre la ciudad, en 1941 vivían allí tan sólo 1.560 judíos, cuando apenas tres años más tarde, incluso de acuerdo con la meticulosa contabilidad nazi, fueron deportados 27.000 de ellos a Auschwitz, más los 8.000 del gueto pequeño.

No sólo el lector del Diario conoce de antemano la indigna muerte de Eva: ella también la presintió. En 1941 fue deportada su mejor amiga en el marco de una disposición del gobierno húngaro de expulsar a unos 20.000 judíos que no tenían la ciudadanía. Fueron entregados a los alemanes y todos ellos asesinados en un pueblo ucraniano llamado Kamianets-Podilskyi. La noticia de la masacre llegó a Nagyvárad y Eva supo o, más exactamente, imaginó el destino de su amiga. Su Diario da cuenta de cómo le atormenta esa muerte y cómo se obsesiona con la idea de que va a terminar igual que ella.

La figura de la amiga aparece ya en la primera anotación, junto con todo el universo de su tragedia, como ocurre sólo en las mejores obras de teatro. Ahí sí que se nota la mano de la madre. Es casi seguro que fue ella quien determinó el punto de comienzo del relato, suprimiendo así lo escrito anteriormente, que, según referencias del mismo Diario, debió de tratar asuntos banales propios de una niña. Gracias a la intervención editora de Ági el texto empieza, al igual que las grandes obras clásicas, en medio del asunto: el 13 de febrero de 1944, día de su decimotercer cumpleaños y con la noticia de que su madre no puede participar en la fiesta porque tiene que atender a su marido, que acaba de salir de la cárcel militar de Budapest, donde pasó unos meses después de haber logrado liberarse de la unidad de trabajo forzado en Ucrania.

El relato escueto, pero plásticamente personalizado de acontecimientos históricos se mezcla aquí con el cómputo infantilmente jubiloso de los regalos de cumpleaños y demás niñerías. La mezcla de atrocidades de trascendencia universal y de minucias de la vida cotidiana crea la misma tensión, casi efectista, que la que late entre la voz cándida de Eva y los horrores que narra. Al impacto de ese contraste entre lo que ella es y por lo que tiene que pasar se suma el desgarrador desarrollo de un thriller infernal. Es cierto que el dramaturgo de esa trama no es Eva Heyman, sino la Historia misma, pero quien la escenifica, quien la llena de detalles de fuerza metafórica, quien dosifica el suspense es una niña de trece años, que logra así la meta más grande a que puede aspirar el arte: que el relato de su marcha hacia la muerte se vuelva en una triunfal reivindicación de la vida.

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2 Comments

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2 responses to “Viaje a la muerte. Transmisión en directo

  1. Excelente! ¿Conoces “La niña alemana”, de Armando
    Correa? Tiene traducción al español. Un abrazo!

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