Un señor de antaño

 

(El cómplice de György Konrád; introducción de Mihály Dés; Círculo de lectores, Barcelona, 1992)

En uno de sus ensayos característicos, mezcla de diario, crónica y meditación, György Konrád, escritor húngaro, se definió a sí mismo como un señor de antaño. La cuestión consiste en saber qué se entiende ahí por antaño, ya que, al menos en el Este de Europa, los viejos tiempos solían significar la época anterior a la Segunda Guerra Mundial, anterior a la era del socialismo real. Y ésta no es una simple cuestión generacional. Para nosotros, los del Centro y/o del Este de Europa, el mundo más o menos burgués, más o menos subdesarrollado de nuestros padres y abuelos, indistintamente, constituía lo de antaño. El nuestro, el de las dictaduras del proletariado, aunque abarcase la vida de varias generaciones, suponía un presente tan duradero como para incluir también todas nuestras visiones del futuro. Pero, imprevisiblemente, como siempre, la Historia ha dado un vuelco. Ese presente que prometía ser perenne ha pasado a ser lo de antes, y nosotros, parafraseando la letra de un tango mítico, hemos entrado en nuestro pasado. Así pudo escribir Konrád en 199o: «Desde los quince hasta los cincuenta y siete = cuarenta y dos años; toda una época. También la mayor parte de mi vida. Las cosas más importantes que le pueden pasar a una persona, me han ocurrido durante el comunismo. Como mi nombre ha sido asociado a la imagen de uno de los enemigos públicos del régimen, me siento con el derecho de pronunciar la necrológica de una época, y la de mí mismo. Un señor de antaño… ».

¿Por qué, al presentar a un novelista húngaro, debemos empezar hablando de cambios de regímenes políticos, del peso y el paso de la Historia? ¿Hace falta acaso enfocar a Stendhal desde las guerras napoleónicas o a Flaubert desde la monarquía de Luis Felipe o la II República? Dejando de lado que estos autores no necesitan presentación (mientras los del Este, incluidos sus clásicos, sí la necesitan), y que, además, el contexto histórico en el caso de un escritor occidental siempre es conocido (mientras que en el de un húngaro, checo o polaco casi nunca), hay al menos dos razones por las que resulta inevitable introducir a Konrád esbozando antes su entorno histórico-político que sus tradiciones literarias, las cuales, al fin y al cabo, son occidentales y, por tanto, no tan específicas. Un escritor francés, norteamericano o inglés sólo en situaciones límite se topa directamente con la Historia, mientras que la historia de un centroeuropeo (sea artista, comerciante o campesino) ha constituido en este siglo una auténtica sucesión de situaciones limite. En estas literaturas resulta inconcebible una mera historia de amor o ambición, no porque se considere una frivolidad, sino porque no existe un solo segmento o rincón de la vida privada que no haya sido condicionado, en general de manera violenta, por la Historia. Incluso los escritores más apolíticos llegaron a estar involucrados en los asuntos públicos, aunque de manera pasiva, es decir, como víctimas. Sin embargo, existen también las inclinaciones individuales. Y esto constituiría la segunda razón por la que en el caso de Konrád se debe hablar tanto sobre po- lítica. Porque él es un homo politicus en el sentido más noble —el ético— de la expresión: un señor de antaño que no sólo da testimonio en sus obras de todo lo que ha vivido, sino que ni en su literatura ni en su vida ha dejado so meterse nunca a la terrible presión de la Historia. Por otra parte, cabe preguntar: ¿hasta qué punto se trata de una elección individual? Sin buscarlo la mayoría de las veces, a Konrád le ha tocado una vida en la que parece difícil imaginar a alguien capaz de permanecer en una torre de marfil. Y aunque conocido sobre todo como el autor disidente de Hungría, sería un error atribuir sus peripecias sólo al régimen comunista.

Hijo de un comerciante judío acaudalado e ilustrado, György Konrád nació en 1933 en Berettyóújfalu, un pueblo húngaro de doce mil habitantes. Aunque el protagonista de la novela El cómplice es bastante mayor que el autor, sus recuerdos de infancia resultan fundamentalmente autobiográficos, y podemos hacernos una idea de esa idílica y pintoresca niñez provinciana que vino a ser truncada brutalmente cuando en 1944 los fascistas se hicieron duenos del país. Sus padres fueron arrestados por la Gestapo bajo la acusación de espiar para Inglaterra, y a pesar de que los deportaron a un campo de concentración de Austria, esta acusación absurda fue la que les salvó la vida: los otros judíos del pueblo, detenidos más tarde, fueron transportados directamente a Auschwitz. Un día antes de esa deportación masiva, Konrád y su hermana lograron abandonar el pueblo gracias a las artimañas de sus tíos. Los dos niños pasaron los últimos meses de la guerra en Budapest y muy poco faltó para que no fuesen víctimas de aquellos fusilamientos callejeros que recientemente evocó la película de Costa Gavras, La caja de músuca.

«Mi situación resultó bastante problemática hasta 1945 —comenta el autor en el mencionado ensayo—; si el régimen antiguo hubiese durado unos meses más, yo no viviría ahora aquí, en Buda: mi cadáver hubiese sido arrastrado por el Danubio» Y luego añade: «A partir de la victoria del comunismo [1948], mi situación volvió a ser problemática, pero no por lo que hice yo, sino por mis padres. Desde el punto de vista de ambos regímenes, resulté molesto como fenómeno socio-racial». Efectivamente, Konrád, uno de los siete supervivientes entre los doscientos niños judíos de su pueblo (su familia fue la única que quedó intacta), tuvo que enfrentarse a nuevas agresiones de la Historia. La ferretería de su padre fue nacionalizada, y la familia, una vez despojada de sus bienes, calificada de burguesa, sinónimo de enemiga del pueblo en aquella época. Se trasladaron a Budapest, donde el padre emprendió una nueva vida como auxiliar administrativo, y su hijo, una vez rechazado por su origen burgués en la universidad donde quería cursar filología francesa y húngara, empezó a estudiar ruso. Cuando la Escuela Rusa se convirtió en Instituto Lenin, lo echaron. La muerte de Stalin tuvo también en Hungría sus efectos benéficos e incluso favoreció la formación universitaria de Konrád: el reformista Imre Nagy fue nombrado primer ministro y con su gobierno empezaron a soplar vientos algo más apacibles, al menos lo suficiente para que el futuro escritor fuese admitido en la facultad de letras, donde se diplomó en 1956, aunque antes, siempre según la variable meteorología política, fuese expulsado aún en otras dos ocasiones.

Luego vino la revolución de 1956. Konrád, en compañía de otros estudiantes, formaba parte de una fantasmal Guardia Nacional, un servicio de seguridad del Primer Ministro Imre Nagy, que jamás llegó a disparar y que con la llegada de los tanques rusos se disolvió. Miles fueron ajusticiados por el nuevo poder, encabezado por János Kádár, que más tarde pasaría a la historia con el nombre de socialismo gulash, el régimen más liberal y llevadero entre las dictaduras del proletariado. Afortunadamente, la sangrienta y sobredimensionada venganza de los vencedores, que culminó en la ejecución de Imre Nagy, no alcanzó a Konrád. Estuvo apartado de cualquier actividad pública apenas tres años. En 1958 traba- jaba ya, si no en su oficio, en algo que luego le inspiraría su primera novela, El visitante: era asistente social en el departamento juvenil del ayuntamiento.

Durante siete años estuvo Konrád visitando hogares de familias destrozadas, de padres alcohólicos, de criminales o, simplemente, hogares de los cuales (dos, tres o cuatro años después de 1956) se habían llevado a los hijos, según iban cumpliendo los dieciocho años, cuando ya podía aplicárseles la pena de muerte por haber participado en la insurrección. En estos años y con estas experiencias se forjó El visitante, publicada en 1969, cuando el autor contaba ya treinta y seis años. El libro es el monólogo de un hombre de profesión y edad similares a las del Konrád de aquel momento, y narra, en medio de centenares de in- creíbles vivencias y anécdotas, la imposibilidad en que se halla el protagonista para resolver el caso de un niño subnormal cuyos padres acaban de suicidarse. Esta hermosa y dura novela, que tuvo las debidas dificultades para poder publicarse, cayó como un aguacero en medio de la Fiesta, pues incluso los hasta entonces censurados y los recién liberados celebraban la generosidad y bienestar del régimen. Muchos no querían admitir que toda esa degradación, espiritual y económica; todos esos padres sádicos, siniestros, suicidas; todos esos exhibicionistas, violadores y violadas, prostitutas y pederastas, alcohólicos e incestuosos, estuvieran entre nosotros. Y costaba aún más aceptar que, tal como aparece en la novela, esos destinos abatidos, ese existir miserable, constituyera no una realidad marginal o exageradamente sombría, sino la más auténtica Hungría. La estúpida y a veces malintencionada polémica que levantó esta obra desvió la atención de su otra posible lectura: la teológica. Porque, en el fondo, ésta es también la historia de una redención frustrada, el relato de la imposibilidad de entregarse, de servir, de vivir para los otros.

Konrád había publicado antes algunos ensayos literarios sobre clásicos rusos y franceses, que sin duda dejaron su impronta en su arte de narrar. No es que su escritura tenga que ver con las estructuras y modos de representación del gran realismo, pero heredó de ellos, de Gogol y Tolstói, de Stendhal y Balzac, una vocación totalizadora, la dialéctica de presentar la sociedad a través del individuo y al individuo a través de su contexto social.
El visitante tiene además todas las claves y características de su narrativa futura. La primera, entre ellas, la que se palpa en cualquiera de sus páginas, es que sus textos no parecen del todo ficción. Sea por la primera persona, que invariablemente utiliza, y por el notorio (aunque no exclusivo) componente autobiográfico, sea por su fuerte carga histórico-política, sus novelas parecen situarnos ante un señor de antaño que ha vivido y observado mucho y que ahora nos cuenta lo que ha visto en su camino. La otra constante de su obra sería la tensión entre la violencia de su material narrativa y la belleza de su manera de contar. Porque el lenguaje de Konrád es hermoso: su prosa abunda en imágenes y metáforas, el ritmo y la prosodia de sus frases tienen el aliento de los poemas épicos. En su narrativa encontramos también la dicotomía entre su interés sociológico-documental y su proclividad a lo visionario y lo onírico. En todas sus novelas hay páginas donde el protagonista ensaya versiones imaginarias de su vida, como cuando el héroe de El cómplice imagina que vive con su mujer y con el amante de ella. Puestos a definir, podría decirse que la verdadera destreza de Konrád no consiste en desarrollar una trama, sino en tejer su textura. Sus argumentos suelen ser sencillos, casi inmóviles; por lo general, alguien, en un punto muerto de su vida, se pone a repasarla. Pero esa sencillez argumental otorga una base firme a sus libros, sobre la que construir la frondosa arquitectura de la narración, compuesta de una continua sucesión de anécdotas, personajes, recuerdos y meditaciones.

En 1965 Konrád empezó a trabajar como sociólogo en un instituto urbanístico. Este empleo le dio la oportunidad de recorrer de cabo a rabo el país, de conocer como ningún escritor otras facetas de la realidad húngara, y le inspiró, además, dos de sus obras: una novela y un libro de ensayo. La primera, El fundador de ciudades, escrita en 1973, fue rechazada por las editoriales y sólo cuatro años más tarde, después de haber sido editada en alemán y francés, se publicó en Hungría, si bien algo censurada. La otra, El camino de los intelectuales hacia el poder del Estado, finalizada también en 1973, le costó su empleo. Ya no le fue permitido ocupar un cargo público hasta que en 1990 lo eligieron presidente del Pen Club Internacional.

Por qué György Konrád volvió a ser una persona problemática? ¿Y por qué precisamente en una época en que el socialismo húngaro cosechaba sus mayores éxitos como el régimen comunista más liberal y permisivo? Ciertamente, y a diferencia de los otros países del Este, ningún escritor húngaro de peso estuvo marginado durante esos años. No ocurrió lo mismo con los ensayistas, considerados mucho más peligrosos, y de los cuales varios importantísimos filósofos, sociólogos, historiadores y politólogos fueron desterrados de los reinos de la legalidad. De hecho, también en el caso de Konrád, su faceta de ensayista hirió más la sensibilidad del poder. Pensar por ello que el autor de El cómplice fuera un provocador nato sería una equivocación. Él, simplemente, no estaba dispuesto a ejercer la autocensura que, a falta de la oficial, todos los autores practicaban en mayor o menor medida. No aceptaba el famoso compromiso ofrecido por el régimen de Kádár, basado en dejar una generosa libertad a cambio de no cuestionar el sistema, de no hurgar en su pasado. Su novela El fundador de la ciudad no es sino la historia de un hurgar: el arquitecto principal de una ciudad provinciana repasa en ella su vida y la de su urbe. Obviamente, el resultado de este inventario no resultó demasiado favorable para los comunistas, como tampoco lo fue para los otros ocupantes que les precedieron: los fascistas, los turcos o los tártaros…

En cuanto a su libro de ensayo, escrito en colaboración con el sociólogo Iván Szelényi, no sólo fue cuestionado por las autoridades, sino también por la intelligentsia local. Konrád y Szelényi afirmaban nada menos que los intelectuales y profesionales, colaboradores cada vez más asiduos de un sistema progresivamente tecnocratizado, se encaminaban hada el poder y que finalmente se harían con él. Esta tesis, considerada ingenua y absurda, se hizo realidad con los años, y el aburguesamiento de los profesionales, que cada vez tenían y necesitaban mayor participación en el poder, fue una de las causas de la caída del comunismo en Hungría. Las azarosas tesis de Konrád no se limitaban a la política interior. En sus tres sucesivos libros de ensayo, todos publicados en ediciones samizdat, es decir, clandestinas, se ocupa principalmente de cuestiones de Europa Central y de la política internacional. En el volumen Antipolitica, por ejemplo, cuestiona el sistema mundial trazado en Yalta y sostiene que la solución a la pugna entre las dos superpotencias (y, por ende, el remedio para los pequeños estados satélites del Este) no puede traerla ni la carrera armamentística ni ninguna otra demostración de fuerza, sino única y exclusivamente el entendimiento entre los Estados Unidos y la URSS. Pro- pone, como si fuera una doncella de primera comunión y no un intelectual que ha conocido todos los horrores de nuestro siglo, que los dirigentes de esos dos países se sienten a conversar, se conozcan y que se pongan de acuerdo en acabar con la preparación para la guerra nuclear, en desmilitarizar Europa y en dejar que los países raptados de Europa por el pacto de Yalta, como dijera Kundera, emprendan su propio camino. Esta tesis no pasaría de ser un lapsus simpático y fantasioso de un intelectual por lo demás brillante, si unos años más tarde la desaparición de los dos mundos ideológica y políticamente enfrentados no hubiera ocurrido de una manera muy similar a como la predijo Konrád.

Gracias a las continuas traducciones de sus obras el autor húngaro alcanzó durante estos años un considerable prestigio internacional que no se limitaba a su condición de escritor disidente, como lo demuestra el hecho de que su obra más editada (en trece idiomas) ha sido El visitante, un libro publicado oficialmente. Tampoco su marginación interna resultó demasiado feroz, y Konrád, muy poco proclive al martirio, supo sobrellevarla. En realidad, tenía todo lo que quería tener. Le dejaban en paz, sus derechos de autor extranjeros le aseguraban una modesta pero desahogada vida, las autoridades le permitieron viajar al extranjero y, lo más importante, no tenía otro compromiso en la vida que escribir. Y él aprovechó su extraña independencia. Aparte de los mencionados ensayos, durante esta época nació su obra más ambiciosa, El cómplice.

Hubo un chiste en los arios setenta que recorrió toda Hungría: «Tú sabes —preguntaba uno—, que el socialismo es el mayor experimento del siglo XX?». Y el otro le contestaba: «Pero si lo es, ¿por qué no se experimenta primero con animales?». Terminada en 1980 y publicada en edición samizdat, El cómplice se propone precisamente novelar la historia de este experimento. Existen otras notables disecciones literarias de la era comunista. Pero El cero y el infinito del también húngaro Arthur Koestler, La segunda muerte de Ramón Mercader de Jorge Semprún o las obras de Milan Kundera, describen sólo un momento, un aspecto, un hilo de la tragedia de ese experimento universal, mientras que Konrád aspira aquí a algo de mayor envergadura.

Novela histórica de varias épocas, epopeya de una ideología, picaresca del socialismo, El cómplice tiene algo del afán representativo de las grandes novelas realistas decimonónicas, si bien su construcción circular y su ritmo vertiginoso es más propio de nuestros tiempos. Representativo resulta su protagonista: un intelectual húngaro mitad judío y mitad cristiano, de origen burgués por su padre y de linaje de hidalgos por su madre. Representativa (o, en el lenguaje del realismo socialista, típica) es también su trayectoria. Después de una primera juventud bohemia, tan característica de los hijos de papá de la época, conoce las salas de tortura del régimen húngaro semi fascista (por ser un comunista), los trabajos forzados en el frente ruso (por ser judío), el trato desconfiado del KGB (por ser un voluntario sospechoso), la destrucción de la guerra en Hungría (adonde llega como oficial del ejército de liberación-ocupación), el sabor del poder (por ser un destacado militante comunista), el encarcelamiento, las nuevas torturas (a cargo de sus ex camaradas), la borrachera de la libertad (en la revolución de 1956), el nuevo encarcelamiento, el astuto idilio del socialísmo gulash, y finalmente, la reclusión en un manicomio adonde llega voluntariamente para confinarse en el silencio y la inactividad y donde evoca su vida ejemplar.

No todo es, sin embargo, historia política en esta novela, que si bien a veces recuerda un cuadro del Bosco, una danza de la muerte colectiva, un retablo del Apocalipsis del siglo xx, constituye asimismo una novela de acción o, si se quiere, de aventuras, en la que arriesgadas obsesiones, ingenuos sacrificios e indomables pasiones buscan y encuentran su fatal destino. Además, aquí también aparece el elemento redentor de las otras novelas. El protagonista de El cómplice también se encuentra (se encontraba) en el lado del poder, sale al mundo para salvarlo y fracasa estrepitosamente en su empresa. Al contrario que los personajes de Kundera, los héroes de Konrád padecen la insoportable responsabilidad del ser o, para ser más precisos, la imposibilidad de cumplir con esa responsabilidad. Sus móviles, en principio, son éticos, pero las circunstancias les impiden actuar según sus mandamientos. Y no llegan a ser más que eso: visitantes, cómplices y arquitectos de una realidad que ni eligieron ni les gusta demasiado, pero de la cual no pudieron cambiar nada o casi nada. Exactamente como la inmensa mayoría de la gente a quien le tocó vivir esa época.

Si esta presentación del autor húngaro tenía que empezar por el esbozo de su contexto histórico, es justo acabar señalando que, más allá del interés y del placer que despiertan sus libros, sería difícil comprender ese contexto sin ellos.

 

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