Entrevista a Paula Izquierdo

(Lateral, nº 66, mayo 2000)

Paula Izquierdo (Madrid, 1962) irrumpe en la escena literaria con La vida sin secreto (Plaza, 1997), una suerte de bildungsroman madrileña sobre una adolescente desdichada y ambiciosa. Las virtudes de esta primera obra de raíz autobiográfica (una escritura precisa y sin florituras, la minuciosa y nada indulgente construcción del personaje central, su capacidad de escenificar situaciones) vuelven ahora en una novela más madura y compleja, El hueco de tu cuerpo (Anagrama) en la que una mujer nel mezzo del camino y en la cama de un hombre que no es su marido repasa su vida en busca de una decisión definitiva. Paula Izquierdo estudiaba ballet, se doctoró en Psicología, fue directora de programación cultural de la FNAC, trabaja de periodista cultural y es una escritora con voz propia.

Paula, usted tiene fama de ser una mujer muy atractiva y la verdad es que la impresión personal confirma tales rumores. La belleza, tan ventajosa en casi todos los campos, ¿lo es también en el de la literatura?

La diferencia es muy difícil de aceptar tanto si el otro es subnormal o superdotado. Quizá la prueba esté en que cuando se está delante de una persona minusválida uno se siente incómodo. Con la belleza pasa absolutamente lo mismo. Me da igual que alguien pueda rechazarme por mi aspecto: “Esta tía es muy guapa y no puede ser al mismo tiempo inteligente, es mentira. Yo la rechazo”. A mí esa gente no me interesa, mis libros no van dirigidos a ellos.

¡Alguna ventaja debe tener ser bella!

Empecé a escribir un diario con ocho años y hasta ahora no he dejado de hacerlo. Jamás he sentido lo que es la felicidad. Jamás fui ni una niña ni una adolescente feliz. He sufrido muchísimo. En todos los aspectos. Uno de ellos ha sido la incapacidad para poder integrarme en un grupo debido al rechazo rotundo que provoca ser diferente. Y no sólo por el aspecto físico sino también por otras diferencias de tipo familiar.

¿Qué tipo de diferencias, si no es una indiscreción?

Mi madre sufre, desde toda la vida, una depresión nerviosa y yo he sufrido las consecuencias de esa enfermedad. No tuve adolescencia. Fui demasiado ­responsable.

He vivido siempre fuera de casa, he tenido a mis padres relativamente cerca pero no me he sentido querida en absoluto, siempre fuera del cesto, siempre distinta y eso lo he pagado y lo pagaré ­durante toda mi vida.

Nunca jamás he sido una mujer feliz, jamás, y me he equivocado siempre. La literatura es lo único que me salva. Es el único desahogo, la única forma de poder entenderme y entender el mundo y la única explicación para poder seguir viva.

¿Esa misma función cumplió en su infancia y juventud el ballet, al igual que en la vida de la protagonista adolescente de su primera novela?

En realidad, yo buscaba en el baile el reconocimiento que no tenía en la calle. Y lo obtuve durante algún tiempo, pero llegó un momento en que se convirtió en una relación demasiado neurótica. El baile es una profesión muy esclava, muy sacrificada, muy competitiva, pero, sobre todo, que anula cualquier otra posibilidad de desarrollo mental. Yo decidí no dejar de estudiar y gracias a eso puede hacer una carrera. Di un giro de 180 grados a mi vida y me convertí en psicóloga. Entre una cosa y otra, al final encontré la literatura. Ella me permite, con todos los conocimientos adquiridos y con todas las experiencias que he vivido, construir una visión del mundo distinta.

Pero ¿por qué dejó el baile? Tengo entendido que usted prometía…

Me di cuenta de que no iba a llegar más lejos y me convertiría en una mediocre y en ballet no se puede ser mediocre. En la novela no ocurre así pero podría haber ocurrido. Esa chica es desahuciada como bailarina precisamente por haber bailado demasiado y tener muy desarrollados los músculos. Yo también los tenía muy desarrollados pero jamás llegaron a decírmelo.

¿La protagonista de su nueva novela es esa bailarina veinte años después?

La protagonista de El hueco de tu cuerpo no tiene nada que ver con la protagonista de la primera novela. Ésta es una mujer madura con una infancia brillante y lo que busca a lo largo de esa madrugada en que repasa su pasado es qué hacer con su vida. Tiene que ordenar y, a partir de ahí, tomar una decisión. Es como un juicio con todos los testimonios: todas las pruebas se van poniendo sobre la mesa y, al final, ella decide.

Un planteamiento feminista…

Lo que esta mujer se plantea no es un problema ni de feminismo ni de machismo ni nada por el estilo, sino el problema de ser en sí misma, sin necesidad de ninguna muleta. Ella, que tiene la tendencia de poseer (la fotografía, los hombres, su hijo), de lo que no se da cuenta es de que tiene que poseerse a sí misma. Esta novela es como un parto. Es un parto de un parto de un parto. Es un parto donde yo escribo, donde un narrador pare a una mujer y una mujer se pare a sí misma.

Su protagonista es una adúltera nada culposa. ¿La mujer es tan polígama como se supone que lo es el hombre?

Yo soy favorable a que la gente se ­conozca y una forma de conocerse es el sexo. La protagonista de El hueco de tu cuerpo le es infiel a su marido y me pareció interesante ahondar en sus mecanismos de defensa. Una vez ha engañado a su marido por vez primera, llega a su casa y se mete en la cama con él. Creo que las mujeres somos tan polígamas como los hombres, simplemente, es un problema de tradición. Y en nuestro caso no hay tradición. Hemos vivido siempre bajo la ­dependencia.

¿Y si su marido le es infiel?

¿Si estaría dispuesta a asumirlo? Lo que hay que hacer es no casarse. Yo comprendo que los hijos necesitan un referente, un padre y una madre, desde el punto de vista social y cultural es así. El problema de que eso no sea así tiene como consecuencia un montón de traumas y problemas psicológicos en los niños. Como mujer no creo en absoluto en el matrimonio. Lo interesante es ir conociendo gente a lo largo de la vida, pero ésta es una forma de vida en la que no puedo entrar porque yo ya he tomado una decisión.

Ha elegido ser madre, por ejemplo. ¿Cómo puede compaginar su papel de intelectual con el rol materno?

No me considero en absoluto mala madre porque creo que tengo, como cualquier madre, capacidad para amar a mis hijos. Como tengo menos tiempo, cuando estoy con ellos soy una esponja. Hoy le decía a mi hijo Diego, que no quería despertarse para ir al colegio: “Estoy notando que te han crecido muchísimo las manos”. A mí los niños me despiertan la imaginación. Diego se ha despertado y ha abierto los ojos para ver si, efectivamente, le ha­bían crecido las manos.

Entonces no hay ningún problema…

Creo que es muy importante que los hijos se den cuenta de que su madre está trabajando y está sacando adelante su trabajo para que ellos puedan ir al colegio. Es decir, que existe una relación directa entre mi trabajo y su formación, que podamos ir al cine, comprar. Y, aunque sean muy ­pequeños, lo entienden.

Su profesión oficial es la psicología. ¿Psiquiatría o psicoanálisis?

Acerca del psicoanálisis tengo, para ser psicóloga, una opinión excesivamente subjetiva. No quiero saber cuáles son las razones por las que tú te comportas como te comportas ahora. Me importa cómo eres ahora y cómo puedes mejorar, cómo puedes ser feliz. El psicoanálisis se plantea en los antecedentes y desde ese punto de vista como terapia no me parece excesivamente fino. Tiendo más al conductismo. Pero tampoco me interesa la psiquiatría. Los psicólogos no pueden medicar, voy por la terapia conductista.

Psicología y literatura buscan la misma respuesta: ¿por qué se es infeliz?

Lo más importante en esta vida es estar a gusto con uno mismo. La felicidad no existe, es una quimera, una utopía; todo el mundo tiende a buscarla pero jamás se alcanza. Si se alcanzara alguna vez no seríamos conscientes de ello. Por tanto, la felicidad es como el deseo.

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