Cuentos de fin de milenio

 (In European Culture in the 21st Century; European Parliament, Directorate-General For Research, Education and Culture Series, Estrasburgo, marzo de 2001)

 

Toda reflexión sobre el futuro es un intento de dar sentido al presente. Nuestras previsiones apenas son un saldo razonado; nuestra fantasía, una mera proyección; y nuestras advertencias, una especie de exorcismo. Hablar, entonces, de la cultura del siglo venidero no es sino interrogar el presente, hurgar en el pasado. ¿Qué es lo que nos ha dado o quitado el siglo que se despide? ¿Qué nos llevamos de él a la otra centuria? En lo que hay consenso es en que Europa y su amplia órbita cultural llegan al nuevo milenio sin los Grandes Relatos de su pasado: sin Dios ni las ideologías totalitarias que pretendían sustituirlo. En su lugar, tenemos varios Pequeños Relatos (¿o serán más bien cuentos?), que según el talante del contador, amargan o endulzan nuestra posmodernidad. He aquí alguno de ellos.

 

Del mestizaje cultural

Se dice que el futuro será multicultural o no será, pero apenas se pronuncia sobre cómo se llega a este estado ideal o, en cualquier caso, inevitable. Los discursos de nuestros prohombres sobre la otredad, la tolerancia, el pluralismo, la diversidad o la ética de la hospitalidad recuerdan el viejo cuento sobre el amor al prójimo y transmiten una idea del mestizaje como si fuera una especie de festival folklórico de los pueblos, etnias y credos… Sin embargo, las pocas pistas que tenemos sobre el asunto refutan este cuadro festivo. Conflictos étnicos y religiosos, integración fracasada de los extranjeros o los diferentes, indigerible inmigración y emergente racismo son el presente del futuro multicultural.

Abogar por la convivencia constituye el primer paso por un camino con objetivo y sin fin, mas muchos intelectuales parecen darse por satisfechos con esta simple declaración de intenciones. Si vis pacem, para bellum, decían los romanos, y hoy tampoco vendría mal armarnos (de argumentos, políticas y proyectos) para preparar una coexistencia pacífica multicultural. Ante todo, sería preciso desmontar los prejuicios, aunque sean positivos y políticamente correctísimos. No es posible abrirse hacia otras culturas desde la ignorancia de la suya. Integración no debería significar sustitución. El sentimiento débil europeo siempre se topará con algún tipo de marketing fuerte, fundamentalismo rampante o noble causa agresiva. El modelo a seguir podría ser el concepto hegeliano de la superación (aufhebung), la transformación que salvaguarda su esencia, pero esto requeriría un debate a fondo sobre las responsabilidades de los salva-guardianes y sobre la función social de la cultura.

Del uso de la cultura

No hay cuento más obsoleto hoy en día que el del arte comprometido.  Pero el tardío reconocimiento de que ni la novela más incendiaria va a modificar las próximas elecciones no tiene por qué significar la renuncia de una inquietud social del arte, amén de que hasta la obra más neutral forja gustos, hace hábitos y transmite valores. Los horrores totalitarios del siglo enterraron también el mito de la cultura como antídoto contra el Mal. La imagen del nazi amante de Beethoven (que por supuesto tiene su equivalente bolchevique) despierta dudas muy amargas acerca de si el arte ennoblece y la educación hace mejores a las personas.

Merece la pena reflexionar asimismo sobre la relación invertida entre el peso de la cultura en una sociedad y el grado de libertad de la misma. No es de sorprender, pues, que en nuestra democrática comunidad europea del bienestar la principal función social de la cultura es el ocio, inseparable ya del neg-ocio. Cumple también un papel de representación corporativa (PPRR, imagen, promoción, publicidad…), pero a nivel de usuario, como se dice hoy, se ha mermado su prestigio y su valor como fuente de conocimiento.

Mientras escribo estas líneas, uno de los violinistas más brillantes de nuestros tiempos toca Stille nacht en la televisión en nombre de una marca de champán, rodeado de medio centenar de Lolitas vestidas de angelitos… El mercado es un rey Midas que todo lo que toca transforma en baratilla. Mozart está a punto de convertirse en un compositor de supermercado y Botticelli es el diseñador de 37 millones y medio de postales. Es muy posible que en la sociedad de consumo la cultura sea tan sólo espectáculo, pero, al menos, este espectáculo es de todos.

De la cultura popular

El mito de la cultura popular también es de origen romántico, asimismo fue expropiado por los totalitarismos y revitalizado por el mercado. Su renacimiento en los años sesenta (vía cómic, música rock, novela policíaca, cultura pop…) provocó uno de los debates más sonados entre apocalípticos e integrados, según los bautizó Umberto Eco. Pero lo que ha ocurrido en los últimos veinte años ha superado todos los pronósticos. Gracias a sus posibilidades comerciales, esta cultura originariamente llamada baja ha llegado a los estratos más altos, incorporando en su órbita parte de la cultura alta con un doble resultado: la banalización de la parte integrada (notables y, a menudo, difíciles autores convertidos en best sellers; exposiciones minoritarias y conciertos de música clásica que convocan multitudes, etc.) y la elitización y aislamiento de la que resulta indigerible para el consumo masivo. Y como si no tuviera a su favor todo el sistema, la cultura de masas ha encontrado un nuevo y poderosísimo aliado en las nuevas tecnologías.

 

De la cultura virtual

De las bendiciones y los peligros de la cultura virtual ya se ha dicho todo. Sentenciaron los apocalípticos y se pronunciaron los eufóricos. Quisiera, entonces, hacer hincapié en un aspecto particular del fenómeno desde la experiencia. Cuando mis alumnos bajan del internet interminables e inabarcables bibliografías, en lugar de una ayuda, tienen un problema. Remitiendo a lo dicho respecto a la cultura del mestizaje, se trata de universitarios para los que la mayor parte del patrimonio cultural europeo, incluida su propia historia, ni siquiera significa palabras huecas. Sencillamente, lo desconocen. Así que, más que un acceso al saber, lo que les ofrece internet es un one way ticket al caos. Por lo pronto, se deducen dos cosas de esta perspectiva hecha ya realidad. Que, además de globalizar, la cultura virtual fomenta la segmentación: la creación de vínculos planetarios entre representantes de pequeñas comunidades, identidades, intereses, causas o hobbies. Y que el manejo de la información en internet necesita criterio, que será privilegio de una élite cultural convertida así en una especie de policía de tráfico del saber en las autopistas de internet. Hay que ver al servicio de quién.

Está claro que nuestra cultura ha llegado a un punto de inflexión que muchos consideran el fin de una civilización. Lo que ocurre es que ante el Apocalipsis no hay mucho qué hacer, y esto, en cierto sentido, quita responsabilidad. Parafraseando una notoria tesis: hasta ahora los intelectuales más radicales y previsores se han dedicado a anunciar el fin del mundo. El desafío ahora sería resignarse a una posibilidad menos terrible, pero acaso más complicada: continuar aquí.

 

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