La hora de los adioses

Lateral Nº 133, enero 2006

 

Iba yo pensando en cómo escribir para el próximo número de lateral (el primero del 2006) mi personal salutación a la nueva era de prohibiciones –entró en vigor el pasado 1 de enero con una ley contra el humo público procedente de la incineración privada de las hojas del tabaco– cuando me sobrevino mi decisión de acabar con la revista.

Por más decepcionante que fuese esta determinación, estoy convencido de que nadie me preguntará por qué la he tomado. Siempre hay más razones para cerrar una publicación cultural que para esforzarse a mantenerla viva. Ni siquiera vale la pena indagar en el por qué, precisamente ahora. Es cierto que si uno ha aguantado más de once años, ya está capacitado para eternizar esta digna forma de la agonía empresarial. Pero también es cierto que puede llegar el momento en que ya no se puede o no se debe insistir en un perenne struggle for life, que, al final, no sólo afecta a la salud mental de uno, sino también a la calidad de lo que está haciendo. Y por ahí no pasamos.

Entre las varias lecturas que se le pueden dar al cierre de lateral tiene que haber alguna que lo interprete como un fracaso. ¡Hombre, triunfo, lo que se dice triunfo, no es! Pero si el imperativo categórico de cerrarla es un fracaso, lo es en cuanto ha sido algo importante, ya que la desaparición de una mediocridad se debería considerar como toda una victoria. Por tanto, mientras mayor es el fiasco, mayor es también mi orgullo por haber tenido el gusto de comandarlo.

Hay muchos otros logros negativos en nuestro haber, que nos han dado cierto ánimo en estos años. Por ejemplo, en el país de los premios (existen más de tres mil galardones culturales en España, entre ellos docenas destinados a las mejores revistas ibéricas) nunca nos ha tocado distinción alguna. Tampoco hemos sido dignos de figurar en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Cataluña.

De esa clase de méritos podría compilar una lista larguísima. Pero no lo haré. Para una revista que lleva el nombre que lleva, inspirado, además, en una cita de Canetti, ese tipo de ninguneos son un signo de distinción, y están en una reconfortante contradicción con la estima y el respeto que nos han manifestado dentro y fuera de España tantos lectores, intelectuales, colaboradores, gestores culturales, editores, etc.

No oculto que me sentiría algo decepcionado si, al recibir la noticia de la clausura, esa comunidad lateral no formara una cadena humana bloqueando las vías y edificios públicos (los segundos ya sin humo pero todavía con humos) para exigir la urgente restauración de la revista. Pero también comprenderé si no es así, o si la movilización popular resultante no surte efecto a causa de la resistencia represiva de los poderes fácticos y eclesiásticos.

Ustedes me perdonarán que en un momento tan melancólico intente ponerme gracioso, pero una de la razones más sólidas para no cerrar una revista como lateral sería evitar el lloriqueo, la autocomplaciencia y la queja, que son propios de la situación. Porque, ¿qué demonios se puede decir en una ocasión como ésta que no sea afirmar la decadencia cultural y moral de Occidente, preguntarse dónde vamos a ir a parar, o clamar, con Edith Piaf, que non, je ne regrette rien?

En estos casos siempre se habla del pasado (glorioso) y del futuro (luminoso), así que yo prefiero referirme al presente, que nadie ha definido mejor que Robert Juan-Cantavella, Redactor Jefe saliente, en el correo electrónico en el que ha informado sobre el acaecimiento a los miembros del Consejo de Redacción: “Señoras y señores, esto se ha acabado”. Para hablar del pasado, ahí están los 133 número de la revista, y para señalar el horizonte, no tengo otra cosa que ofrecer que nuestra página web y, mediante la asociación Círculo lateral, una serie de proyectos culturales que, de alguna manera, aseguran la continuidad.

No me hago ilusiones. Los once años de lateral no han marcado una época, pero, al menos, tampoco la época –dominada por una mezcla de cultura ferial e industrial– ha marcado a lateral. Y este legado constituye, acaso, la mayor esperanza de aquellos que, como yo, están afligidos por la desaparición de la revista y desean su resurrección. Esto es lo que permite recordar aquí lo que, en un poema otoñal y de título sintomático (“Bueno, digamos que hemos vivido”) el cubano Virgilio Piñera le escribió a su compatriota Lezama Lima: “Mas, es sólo una pausa en nuestro devenir. / Pronto nos pondremos a conversar. / No encima de las ruinas, sino del recuerdo, / porque fíjate: son ingrávidos / y nosotros ahora empezamos”.

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