Cuentos de la Happy card (1) – Miklós

(Lateral, nº 132, diciembre de 2005)

La ‘Happy Card’ es una de las tarjetas telefónicas para llamadas de bajo coste a la que se han aficionado tantos inmigrantes. También el cincuentón narrador de esta historia, quien la utiliza para platicar con su octogenaria madre, a 2.000 kilómetros de distancia.

Mi madre es la clase de mujer que hasta cuando te elogia tiene un punto de reprobación o desafío, así que no encontré nada raro en que me comunicara la muerte de Miklós con un claro deje de reproche. Lo que sí me sorprendió es que la causa de la muerte de mi tío fuese el suicidio. Tenía ochenta años, y si no llegó a matarse con ocasión de ninguna de las mayores incidencias de su vida, no veía yo por qué tenía que hacerlo precisamente ahora, que estaba jubilado y vivía con su segunda mujer y primera novia.
Como siempre, llamé a mi madre el domingo por la noche, y todavía quedaban más de dos euros en mi tarjeta. Por el tono acusatorio de su saludo entendí que había alguna mala noticia. Lo normal hubiera sido que le pasara algo a ella. Los problemas más frecuentes que le ocurren de un domingo a otro suelen ser la vuelta de uno de sus dolores errantes, la muerte súbita de su coche –un Trabant de 21 años–, o algún incidente en la piscina a la que acude cada día a las seis de la mañana para hacer sus 700 metros.
Mas la noticia no era ella, sino Miklós. A él lo había visto unos tres meses antes, y me había parecido que tenía mejor aspecto que como lo recordaba de la infancia. “Pero si la semana pasada me contaste que acabó de visitarte, y comió y habló hasta hartarse”, le dije a mi madre. “Ya”, contestó ella sin soltar lo del suicidio, “pero ahora está bien muerto”. Como el tono de reproche no cedía, supe que tenía que haber algo más, pero no podía imaginar qué.
Miklós era el hermano menor de mi padre, muerto hace quince años. Mi madre nunca tuvo una gran amistad con él, y mi padre directamente lo detestaba. Le acusaba de egoísta, miserable y codicioso, y lo despreciaba públicamente las pocas veces que se veían. Pero después de despotricar lo suyo, y mirando a un punto fijo que sólo él habría sabido ubicar, siempre añadía: “si supierais lo maravilloso que era de joven ese hijo de puta”.
Después de la muerte de mi padre, Miklós volvió a aparecer en nuestra vida, y con cierta regularidad visitaba a mi madre. Incluso, buscaba encontrarse conmigo cada vez que se enteraba de que yo estaba en Budapest, sobre todo, después de que un día grabé su historia. Todavía tengo varias cintas de conversación con él, sin saber muy bien para qué pueden servirme.
“Pero ¿de qué murió?, le pregunté a mi madre, ¿si además de la psoriasis nunca tenía nada? ¿Te acuerdas que Padre siempre decía que ese cabrón nos sobreviviría a todos?” “Ya”, volvió a decir mi madre dos veces, pero tan bajito y pausado que parecía un murmullo. “Bueno, pero ¿qué le pasó?”, insistí. “Suelta de una vez.” Y entonces, cambiando de tono, lo soltó, casi triunfante: “Se mató”. Y después de una pausa digna de la actriz que lleva dentro, añadió: “tirándose al vacío desde su balcón”.
Conozco muy bien ese balcón en la sexta planta de un edificio donde empieza la parte buena de Buda. Da a la Montaña de Águilas, una vista preciosa. Muchas veces me asomaba desde allí mirando abajo hasta que el vértigo me hacía retroceder. Ese piso originalmente era mío, hasta que, a principios de los ochenta, lo intercambié con Miklós, quien en aquel entonces estaba viviendo con su madre.
Mi abuela tenía una vivienda enorme en la avenida Bajcsy Zsillinszky, en pleno centro. Era el hogar familiar desde los años veinte, allí creció mi padre, Miklós y Aranka, la mayor de los tres hermanos, y aquella fue mi última morada en Budapest. Cuando Miklós se casó por segunda vez, fue a vivir con su madre a cambio de hacerse cargo de ella. Esa fue una de las muchas razones del encono de mi padre. Miklós y su segunda mujer ocuparon todo el piso, con excepción del comedor, y desarrollaban una vida en la que mi abuela no tenía cabida.
Cuando llegamos a ese punto de la rememoración, mi madre ya recobraba su tono de voz natural, que es una especie de grito sin levantar la voz. Hasta podía ver las venas hinchadas de su cuello. “¡No la invitaban ni a una taza de café! ¿Te acuerdas que yo cocinaba para ella dos veces a la semana, y tu pobre padre tenía que llevárselo desde Buda, en autobús y metro?” Claro que me acordaba. Mi madre es una diosa del fogón, y cocinar para su suegra, a quien nunca llegó a querer, era una venganza dulce.
Recordamos las demás vilezas de Miklós. Cómo se había apoderado de la herencia familiar, una huerta de melocotoneros, cerezos y nogales en los confines de Budapest. Cómo había descuidado a sus tres hijos –pequeños monstruos que sembraban el pánico en la familia–, de los cuales sólo uno le hablaba, si hablar es llamar a veces, y no tener nada qué decir…
Sin embargo, la nostálgica coda de mi padre cada vez que arremetía contra él tenía fundamento. Miklós era el más prometedor de entre tres hermanos talentosos destinados al fracaso. Era un pequeño genio en matemáticas, y un virtuoso del piano. Estudiaba en el mítico colegio politécnico Kálmán Kandó, y para costear sus estudios, tocaba el piano en bares nocturnos. Con 17 años llegó a tocar en el Club Polo, en la isla Margarita, frecuentado por jóvenes aristócratas e hijos de millonarios. Fue de los primeros en tocar jazz en el país. Tenía un porvenir sin límites. Era alto, esbelto y hermoso, de esa manera anticuada y galante que ni las mejores películas pueden reconstruir. En la fotografía que tenía mi abuela enganchada en el marco del gran espejo del comedor, la cara fina, la frente alta y la mirada a la vez soñadora y pícara recordaba a Leslie Howard.
Luego vino la guerra. Después de una acelerada formación, lo enviaron al frente ruso con el grado de subteniente. Allí vio todos los horrores que se podía ver, y a finales del 44, aprovechando un permiso, decidió evadirse. Mi padre ya lo había hecho, y la casa de la abuela en el centro, se convirtió en un refugio no sólo para ellos dos, sino también para mi madre –judía, comunista y embarazada–, y su hermana Vera, que acababa de escapar de un intento de detención con tiros y muertos. Aquello no podía sostenerse mucho tiempo. Iban cambiando de refugio, sobrevivieron a razias, salvaron a otras personas, se enfrentaron a situaciones que hasta en una película de Hollywood parecerían excesivas.
Después de que el Ejército Rojo liberara Budapest, los dos hermanos se afiliaron al Partido Comunista y empezaron a construir un futuro luminoso en cuyo advenimiento creyeron con infantil certidumbre. Miklós hizo una fulminante carrera militar, hasta llegar a comandante del Instituto de Investigación Técnica del ejército. Su caída también resultó fulminante. Cuando en el 49 empezaron las purgas en el Partido, él también fue detenido. Pero tuvo suerte: ni lo ejecutaron ni lo encarcelaron. Tan sólo fue degradado a soldado raso, expulsado del Partido, y obligado a trabajar de mecánico en una fábrica a cincuenta kilómetros de Budapest. Nunca se supo cuál fue el cargo.
Pero mi madre, todavía comunista creyente, no acepta que ese asunto fuese la causa de su cambio de carácter. “Fue en el 56”, insiste. Después de la muerte de Stalin, también en Hungría se produjo un deshielo. Miklós fue rehabilitado. La revolución del 56 lo pilló en la sede del Comité de Budapest del Partido. Estuvo allí de guardia durante cuatro días y cuatro noches, cuando le dieron un permiso de 24 horas para ver a su familia. Al volver, encontró a sus camaradas asesinados, colgados de los árboles de la plaza de la República…
La voz automática de acento germánico de la tarjeta me avisó que ya no quedaba crédito en mi Happy Card. “¡Mamá, mamá!”, grité de repente asustado. Pero ya no logré despedirme de ella. Luchando con mis lágrimas, decidí que al día siguiente buscaría en el despacho las cintas con la historia de Miklós. Por lo que fuese, nunca he llegado a hacerlo.

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