Morir del éxito

La edición española

“Klopot z urodzajem. Hiszpanski rynek wydawniczy” (“Morir del éxito. La edición en España”; Dekada Literacka, Nº 12. Cracovia, 31. XI, 2005

A la edición de libros española le pasa algo parecido a lo que a ciertos actores de talento cuando las cosas empiezan a irles demasiado bien: después de haber alcanzado un sólido prestigio en el teatro o en un cine de calidad, aceptan papeles en filmes cada vez más comerciales, entran en el mundo de la televisión protagonizando telenovelas hasta que, al fin, del gran artista sólo queda la popularidad y los honorarios correspondientes. Desde hace unos veinte años, al mundo editorial español también empezó a irle demasiado bien y, en la última década, llegó a convertirse en una de las más poderosas productores de libros, alcanzando el cuarto puesto en el ranking mundial por títulos publicados. Le adelantan los Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania y únicamente Francia le pisa los talones. Más allá de las impresionantes cifras (que corresponden a un promedio de entre 45-50.000 nuevos títulos publicados al año y 170–180.000, si consideramos también las reediciones), ese olímpico cuarto puesto significa el liderazgo absoluto del libro español en el área de lengua española, que incluye el voluble pero inmenso mercado latinoamericano.

No siempre fue así. Durante los interminables y grises años de la dictadura franquista, sobre todo en las primeras tres décadas (ya sabemos: sólo los primeros treinta años suelen resultar difíciles), el libro español se estancó totalmente. En cuanto a calidad de la edición, sólo los libros de la Cuba socialista hubieran podido competir con los españoles: papel que incluso de nuevo parecía no sólo antiguo, sino también usado, un diseño chato y monótono, una tipografía incómoda y sin fantasía, una impresión pésima y a menudo borrosa… En lo referente a los títulos publicados, el horizonte más bien correspondía al libro polaco de la época comunista pre-gomulkiana, pero con signo contrario. Nada importante de lo que se escribía en Occidente llegaba a España y lo mejor de la intelligentsia del país vivía en el exilio, en caso de que todavía viviese. Intelectualmente hablando, el más activo y creativo factor de la época resultó ser la censura: en una popularísima película americana, por ejemplo, en la que una mujer casada mantenía relaciones amorosas extramatrimoniales, con la ayuda del doblaje y la supresión de algunas escenas convirtieron al seductor en hermano de la mujer caída, haciendo de esta manera de una simple aventura de amor, una escabrosa historia de incesto.

Con todo, lo mejor de la cultura española, incluida la edición de libros, no se desapareció por completo, sino, como nos enseñaron en la escuela, se transformó. Junto con los más destacados creadores (Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado…) muchos editores también se fueron al exilio, la mayoría a América Latina, donde fundaron importantes sellos editoriales (como Grijalbo en México o Losada y Paidós en Argentina) que luego tendrían un papel preponderante en el renacimiento del libro español. Esa época, el del renacimiento, llega en los años sesenta y tiene que ver al menos con tres fenómenos. El primero es el boom de la economía española, que coincide con el crónico debilitamiento de la latinoamericana, incluso en el caso de sociedades relativamente prósperas y estables, como era la argentina. Una razón suficiente para que el peso de la edición en español pasara a la Península Ibérica. El segundo asunto era la relativa apertura del régimen. Y el tercero: la aparición de una nueva generación de intelectuales, menos reprimidos que sus antecesores y ansiosos por ponerse al día de lo que ocurría en la cultura occidental.

En este contexto nacen, a principios de los sesenta, iniciativas editoriales que intentaron (y lograron) introducir las nuevas corrientes literarias y los autores contemporáneos, sobre todo en lo que a la ficción se refiere. En el campo del pensamiento aún hacía falta esperar la muerte del caudillo, acaicida en 1975, para que ciertas ideas (izquierdistas, como era la mayoría) pudieran ser publicadas en España. La más importante y duradera de esas iniciativas fue la editorial Seix Barral, de Barcelona, que además de publicar importantes autores contemporáneos de otras lenguas y de descubrir toda una generación de jóvenes escritores españoles (entre ellos, a Juan Goytisolo, Eduardo Mendoza o Juan Marsé), promovieron la narrativa contemporánea latinoamericana, a la sazón absolutamente desconocida en España. En Seix Barral aparecieron, causando estupor y entusiasmo, autores como el peruano Mario Vargas Llosa, el cubano Cabrera Infante, los argentinos Julio Cortázar y Manuel Puig, el chileno José Donoso, el mexicano Carlos Fuentes o el uruguayo Juan Carlos Onetti.

A partir de entonces, España se convirtió en el trampolín de los autores latinoamericanos para su promoción internacional, incluyendo su descubrimiento en los países hispanoamericanos donde, puestos los ojos siempre en París y Nueva York, tendían a ignorar lo que ocurría en los países de su propio continente.

La verdadera apertura, esta vez acompañada por una aguda crisis económica, llegó después de la muerte de Franco. En la segunda mitad de los setenta aparecieron pequeñas editoriales independientes que causaron una auténtica revolución en el mundo de las letras e ideas, publicando todo lo que hasta entonces no se podía editar en España. Se trata, sobre todo, de las casas Alfaguara, Alianza, Taurus en Madrid y Anagrama, Tusquets, Lumen, en Barcelona.

A pesar de su enorme prestigio y su aportación a la configuaración del nuevo mapa intelectual de España, estas nuevas editoriales independientes se enfrentaban a graves problemas económicos. Resulta curioso observar hoy cómo llegaron a consolidarse. Había dos vías. La más obvia era su incorporación a un gran grupo que les aseguraba la supervivencia y el crecimiento. Éste es el caso de las madrileñas Alfaguara (que se destacaba por la publicación de autores contemporáneos tanto españoles como extranjeros), Taurus (especializada en libros de ensayo y de pensamiento) y Alianza (que tenía una de las primeras y más importantes colecciones de bolsillo, tanto de obras literarias como de non-fiction). Las dos primeras fueron absorbidas por el grupo Santillana; la tercera, Alianza, por Anaya. Curiosamente, ambos grupos ostentaban un imperio en el mercado de los libros de texto. La absorción fue el destino también de Seix Barral, que se incorporó al grupo Planeta.

Más interesante o, si se quiere, más providencial fue el caso de aquellas editoriales que se empeñaban en mantenerse independientes. Además de ciertos cambios en la línea editorial y en el diseño, el éxito comercial (que en cada uno de los casos se producía a mediados de los ochenta, época de un nuevo boom de la economía española) se debía al arrollador éxito de un único libro, cuya recaudación era capaz de salvar la editorial del hundimiento y señalaba a la vez el camino a seguir. En el caso de Anagrama este libro fue una novela norteamericana que en su tierra nunca ha llamado la atención: La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Hasta entonces, Anagrama había asegurado un sólido prestigio y una precaria existencia con la publicación de textos del pensamiento contemporáneo izquierdista y libertario, de la contracultura o de exquisiteces minoritarias como el ensayo de Sandauer sobre Gombrowicz. A partir del éxito de La conjura de los necios, Anagrama busca un tipo de narrativa contemporánea, mayoritariamente anglosajona, entre lo comercial y lo contracultural o posmodernista (Paul Auster, Richard Ford, Carver, Barnes…). A la vez, apuesta por los nuevos autores españoles, de los cuales el más conocido será Javier Marías, llegando a ser uno de los principales artífices del fenómeno más comercial que literario llamado la nueva narrativa española, que promueve a una serie de autores hoy cuarentones y cincuentones que alcanzaron un notable éxito de crítica y de público.

En el caso de Tusquets, de línea parecida a la de Anagrama pero con una importante colección de narrativa, el milagro se produce con La insoportable levedad del ser de Kundera, autor que hasta entonces había sido publicado, sin ninguna resonancia, por Seix Barral. Lumen ha sido acaso la editorial más personal, caótica y anti-comercial. Su catálogo exquisito y heterogéneo parecía la biblioteca de un buen, y por ende, caprichoso lector. Entre otras cosas, fueron los editores de los ensayos de Umberto Eco. Era lógico, pues, que publicasen también la primera novela, comercialmente no muy prometedora, del semiólogo italiano. Pero El nombre de la rosa resultó ser uno de los éxitos más sonados de las últimas décadas y la editorial pudo proseguir su andadura particular.

La historia de esas editoriales independientes, sin embargo, no acaba ahí. El año pasado Tusquets se vio obligada a asociarse con Planeta y, recientemente, Lumen fue absorbida por el Grupo Bertelsmann, que tiene en España el mayor club de libros y una importante editorial comercial, Plaza & Janés. La misma suerte corrieron dos editoriales madrileñas que aparecieron en los ochenta. Siruela tuvo un éxito sorprendente con la publicación de clásicos medievales (novelas de caballería, el ciclo artúrico…) en edición lujosa, elegante y cara. El año pasado fue absorbida por el grupo Anaya. En cuanto a Debate, lo fue por Bertelsmann.

Como contrapunto de ese fenómeno, en los noventa ha aparecido un número casi incontable de pequeñas editoriales, por lo general especializadas, a base de autoedición (esto es, sin honorarios y, a menudo, compartiendo gastos de imprenta), en poesía o narrativa española de la generación más joven. La única editorial independiente con peso que sigue funcionando y, además, económicamente muy consolidada es Anagrama.

¡Editores del mundo uníos!

La concentración editorial es un fenómeno mundial que a España llegó, incluso, con retraso. Hoy, en cambio, domina absolutamente el panorama editorial: en 1994 los siete grupos más poderosos se repartieron el 70 % de la facturación. Gracias a las nuevas adquisiciones y una agresiva política de expansión, hoy en día este porcentaje debe rondar el 80 %. Entre ellas destaca el grupo Planeta que controla el 25 % (hoy seguramente algo más) del mercado. La de Planeta es una estas historias de carrera meteórica en que tanto abunda la mitología de éxito del siglo. Fundada durante los primeros años del franquismo por un self-made man que declara darle lo mismo vender libros o zapatos, se consolidó con la venta directa de enciclopedias y libros ilustrados y con la fundación, en los años cincuenta, de un premio literario de concepción exclusivamente comercial. Su crecimiento fue tal que, en los ochenta, el fundador llegó a prometer a su mujer regalarle una editorial en cada uno de sus cumpleaños; lo más sorprendente es que hasta ahora haya cumplido su promesa.

Estos grandes grupos tienen una ventaja inigualable a la hora de distribuir sus productos, de comprar papel en grandes cantidades y a precio bajo, de presionar a la hora de negociar o de invertir en nuevas tecnologías. Por lo tanto, pueden ofrecer libros más baratos y mejor distribuidos. ¿Por qué, entonces, surgen voces disonantes contra el fenómeno? ¿Por qué esa nostálgica defensa de las pequeñas casas editoriales independientes cuya estructura es incapaz de competir con los grandes grupos y, por tanto no resulta apta para este fin de siglo?

El peligro viene, al igual que en otros campos, de la monopolización que, por lo general, significa uniformización. Con un agravante: el libro no es sólo un producto comercial; su mercantilización puede causar (de hecho, ya está causando) graves daños la cultura libresca, tal como la hemos concebido en los últimos siglos. Un pequeño editor independiente suele tener vocación, es capaz de arriesgarse y buscar alternativas. En cambio, en una multinacional, quienes deciden es el gerente y los especialistas del marketing.

Tal como podemos ver en España, la situación no corresponde a un estado de cosas cuando una editorial grande se enfrentaba a una pequeña, pero que las dos tenían su lugar bajo el sol. Hoy en día las pequeñas editoriales sencillamente no tienen ningún lugar. Sus libros apenas se ven en las librerías, cuyo peso, por cierto, se ha reducido notablemente frente a la distribución en quiscos y grandes espacios, que controlan los grandes grupos. Por otra parte, el promedio de presencia de una novedad en las librerías es de uno o dos meses (si la obra no resulta comercial, se la retiran incluso antes) y sólo las grandes editoriales tienen capacidad de estar siempre presentes gracias a una producción industrial de nuevos libros. La crítica (cuyos representantes, por lo general, tienen pluriempleos en los grandes grupos, participando en jurados de premios o siendo lectores) también prefiere tratar los libros de moda y a los autores famosos que, invariablemente están en las manos de las grandes casas. Los grupos editoriales suelen controlar, además –como accionistas o como fuerza de presión– los medios de comunicación, o sea, la recepción de los libros, que no sólo incluye la crítica, sino también las entrevistas y las noticias sobre presentaciones, etcétera. Editorial Alfaguara, por ejemplo, forma parte del Grupo Prisa, al que pertenece El País, el diario más influyente de España, varias revistas y un canal de televisión. Como se puede imaginar, sus libros no tienen dificultad en recibir buen trato en todos estos medios.

Éste es el modelo que se está imponiendo en el mundo desarrollado y éste es el modelo que los ex países comunistas ansiosamente pretenden seguir. Será unas de las pocas metas que seguramente cumplirán.

 

Mihály Dés

 

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Filed under Irodalom, Könyv, Kultúra, Publicisztika, Web

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