La tentación de la servidumbre

Lateral No 126, junio 2005

No se preocupe el lector, que éste no es un artículo sobre el presente, no habla de los sátrapas que aupamos al poder, ni acerca de los mecanismos que nos llevan a hacerlo: es mera arqueología histórica, un frío ejercicio de análisis. Nada más.

El otro día participé en el programa de Àngel Colom, Mil·lenium, que es uno de los escasos espacios televisivos donde se platica con cierta profundidad y pleno sosiego. Pero el tema de la conversación –que era Hitler– más bien conducía al desasosiego. Tanto por el aspecto desagradable del asunto –que no es otro que el Mal Absoluto encarnado en uno de nosotros, o sea, en un ciudadano casi cualquiera–, como por su desmesurada dimensión, que abarca demasiadas cosas, todas sumamente importantes y horrendas.

Cuestión de números redondos: últimamente se ha recordado mucho semejantes crímenes y criminales, y es difícil saber si tanto homenaje sirve para algo más que una tardía compensación para las víctimas y sus allegados (que ya lo justificaría), y para reforzar la ya de por sí robusta buena conciencia de las autoridades. Claro que en estos casos es mejor recordar que olvidar, lo que ocurre es que esta memoria tiende a convertirse en una abstracción sacralizada, en un monumento del horror con el que pocos pueden asociar su existencia.

La verdad acerca de nuestros horrores mayores es tan compleja y comprometedora que resulta muy difícil digerirla. Tal vez por eso se prefiere, entonces, ignorarla o minimizarla. La banalización del Mal puede ser una forma de desconocimiento, pero también una manera de aprovecharlo para uso propio. Esto es lo que se ha hecho en Rusia, donde, durante los festejos conmemorativos de la victoria sobre los nazis, se ha reivindicado la figura de Stalin. Es también lo que sucede en mi patria magiar, donde una parte de la clase política se empeña en convertir la invasión contra la URSS en una lucha de liberación contra la barbarie asiática. Y es lo que están haciendo los que comparan la aniquilación programática e industrial de millones de seres humanos con atrocidades de nuestros días. Lo último en ese terreno –y para no citar siempre a Saramago– ha sido un manual del Ayuntamiento de Barcelona, firmado por Joan Pagès y Montserrat Casas y destinado a educadores, en el que se ponen dos ejemplos actuales comparables con el Holocausto: “la construcción del muro de la vergüenza en Palestina y el encarcelamiento de prisioneros talibanes en la base militar que Estados Unidos tiene en la isla de Cuba, en Guantánamo”.

Así que allí estábamos, en el estudio de televisión –los especialistas Rosa Sala, Ferran Gallego, Richard Overy y un servidor–, disertando sobre Hitler y, por supuesto, la cuestión más inquietante era la que se preguntaba sobre cómo fue posible todo aquello. Se sucedían las explicaciones, que ustedes más o menos conocen y que son todas ciertas, pero que son también deprimentes, porque confirman que de darse ciertas circunstancias, la cosa –o alguna de sus variantes– puede volver a ocurrir. De hecho, está ocurriendo sin cesar, y poco consuelo ofrece el hecho de que ni en su magnitud ni en sus principales características sea equiparable con la Segunda Guerra Mundial, el Gulag y el Holocausto.

Pero si en realidad tan evidente y abominable es ese pasado, ¿por qué la confusión, la nostalgia y la banalización? Una vez más, el caso de Hitler resulta instructivo. Se dice de él –ha salido también en el programa de Àngel Colom– que no engañaba a nadie, que enseñaba sus cartas ya desde el Mein Kampf. Yo no creo que fuera exactamente así.

Para empezar, al principio de su carrera, Hitler era un estrafalario político local. Para que unos diez años más tarde se volviese respetable y triunfador fue necesario el colapso institucional de la república de Weimar, una crisis económica agravada por la Gran Depresión, la miopía, vileza y mediocridad de la inmensa mayoría de la clase política alemana (como ven, condiciones fáciles de reunir) y, finalmente, que lograra engañar tanto a sus rivales como a sus votantes. A los primeros, haciéndoles creer que era más domable y menos peligroso de lo que en realidad era, a los segundos, haciéndose pasar por alguien más constructivo y pacífico. Es un error suponer que un tercio de los votantes alemanes (y no la mayoría, como sostiene una sintomática creencia) votó a Hitler para que los arrastrara a una nueva guerra y aniquilara a los judíos. Al contrario, para ganar en las urnas, Hitler prometió paz y se cuidó muy mucho de no permitir que aflorase, en toda su plenitud, su patológico antisemitismo. Entre las prioridades de ese tercio de votantes que le abrió el camino hacia la cancillería, no figuraba “la cuestión judía”. Pero aceptaban (con resignación, indiferencia o satisfacción) el provisionalmente amainado antisemitismo del Führer a cambio de la promesa de un futuro más seguro, próspero y germánico. Para sorpresa de muchos, una vez en el poder y con los posibles rivales liquidados o amenazados, Hitler cumplió con su promesa y, por tanto, logró el respaldo de la mayor parte de la sociedad alemana.

El segundo gran engaño de Hitler fue la Solución Final. Sin el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, Hitler sería recordado como un exitoso político alemán del siglo xx. Se ha especulado mucho sobre si el pueblo alemán sabía o no lo que estaba ocurriendo. Existen libros muy documentados que demuestran la culpabilidad colectiva de los alemanes. Alguna responsabilidad –no poca–, claro que tenían. Pero no es cierto que conociesen de antemano la Solución Final. Llegados a este punto de mi argumentación, alguien podría recordarme las leyes de Nürenberg, la Noche de los cristales rotos, la marginación, despojo y desaparición de los judíos, proceso que, por otra parte, favorecía a muchos ciudadanos arios. Todo esto es tristemente cierto, pero si a esa gente se le dice que sus vecinos van a terminar en cámaras de gas, seguramente se hubieran quedado horrorizados.

Hitler pudo estar completamente poseído por su delirio antisemita hasta el punto de subordinar a él la política de Estado, pero con una esquizofrénica precisión, sabía que no podía compartir su perverso plan con la población. Una investigación dirigida por el historiador israelí David Bankier sobre los medios de comunicación nazis, arroja como resultado que entre 1939 y 1945 los noticieros alemanes dedicaron un total de tres minutos a la cuestión judía. Probablemente, la información sobre el Gulag en la Unión Soviética andaba a la par.

Ya ven, no por sus crímenes se quiere al tirano. De eso se entera uno con retraso, cuando ya nada puede hacerse. Pero en el largo camino hacia la servidumbre, hay muchos pequeños pasos previos, hechos de concesiones, insensibilidades, venganzas, intereses y rencores, y siempre a costa de la libertad, que no garantiza riqueza o justicia ni tampoco da soluciones perfectas. En cambio, nos deja a nuestra suerte. En los últimos tiempos se han publicado muchos estudios sobre el carácter gregario del ser humano, por lo visto, condición necesaria para la supervivencia. Un repaso de la Historia confirma que la libertad, efectivamente, aparece como una anomalía, un virus enloquecido que de tiempo en tiempo contamina a un grupo de personas y, a veces, hasta a una sociedad. Ahora, con el avance de la ciencia, se puede confiar en que, con un buen trabajo sobre alguna célula madre, habrá remedio para ese romántico mal. Será la solución final para alcanzar la eterna paz social.

 

 

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