Quisera mera sebe

QUISERA MERA SEBE

Lateral 131, noviembre 2005

Muchas veces, las socas están más claras de lo qe pareceotras en cambio, estas mismas socas, pareciera que no etan tán claras, incluso dan la impresión de cierto desconcierto. Pero otras como la Paga Que trata el Manager, quiser es poder.

Frigyes Karinthy (1887-1938) es el mayor humorista húngaro de todos los tiempos –que es algo así como ser el mejor cervecero entre los checos–, y lo es por la sencilla razón de que él se ha molestado en contar con objetividad las vivencias y ocurrencias que otros prefieren callar. Algo parecido suele pasarme incluso a mí, sólo que, por el momento, sin cobrar derechos de autor por ello: cuando doy la versión más ponderada posible de un hecho, la gente se parte de la risa por lo gracioso y exagerado que me encuentran. En cambio, si pretendo contar una chiste, me toman por un pesado. Por eso –por pura coquetería– hablo siempre en serio.
Creo que no existe una sola situación en la vida de la que Karinthy no hubiera escrito un humoresque de esos que producen los mismos síntomas que un ataque epiléptico: espasmos, agudo dolor abdominal, cara desfigurada, lágrimas en unos ojos que quieren saltar… Ya saben, síntomas de pasarlo fenomenal.
Si uno tiene acceso al idioma de los magiares, resulta inevitable recordar a Karinthy. Sin embargo, últimamente me acuerdo de él incluso más de lo habitual. La culpa la tiene una nadería suya sobre un joven que un día se le acercó, tímido, en el café New York de Budapest (Karinthy escribía sus piezas en este lugar público porque así –mediante algún botones de los que siempre pululaban por allí– podía mandar sus textos a la Redacción, cobrarlos de inmediato y gastarlo en el acto), se le acercó, pues, el desconocido joven, y después de las debidas presentaciones y excusas, le dijo con suavidad:
–¿A usted también, maestro, el camarero quisera mera nin?
–Disculpe, se disculpó El maestro, y le pidió repetirlo.
El joven también se disculpó y lo repitió. Como siguió sin entenderlo, El Maestro volvió a pedirle que lo repitiese. El joven no supo si le estaba tomando el pelo, pero lo repitió algo asustado: Sólo quería preguntarle si el camarero en este café también quisera mera sebe beguava devolver…
A Karinthy empezó a darle vueltas la cabeza y comprendió que éste era el principio del fin. De repente recordó pequeñas señales –en realidad, advertencias– a las que no les prestó atención. Todavía hizo un esfuerzo más para tratar de comprender al joven. Y luego otro. Y finalmente, hizo lo que yo suelo hacer cuando mi amigo habanero Radamés Molina, en cuyo asombroso acento santiagueño no han hecho mella los largos años pasados en España, me cuenta uno de sus delirantes proyectos de los que sólo entiendo que se trata de algo muy importante –para él: No queriendo decepcionar de nuevo a su interlocutor, Karinthy le dijo que sí, que claro, que cómo no.
Fue un momento de alivio para ambos, pero el joven directamente se veía radiante: Entonces, quisera mera, me las da, y ya me las llevaré… –le comentó.
–¿Las qué? –preguntó culposo Karinthy.
–¿Qué van a ser? ¡Las cinco coronas…!
En nuestra época, el genio timador no está más encorsetado en semejante procedimiento artesanal. Gracias a las nuevas tecnologías, la estafa no tiene fronteras geográficas ni sociales, y el timo se ha vuelto global y democrático. Con sólo consultar por la mañana el correo electrónico, tiene uno a su alcance un impresionante despliegue de bribonadas –sin contar las proposiciones políticas que nos transmiten los medios.
Ante esa oferta, de veras muy amplia, uno puede tomar dos posturas. Si el baremo ha de ser la cantidad, en mi caso el primer puesto lo ocupan las ofertas de endurecimiento y/o alargamiento del pene, cosa que me sorprende un poco, puesto que yo no se lo he contado a nadie. Si, en cambio, como querían Rilke o Stalin, nuestro objetivo es la calidad, lo más conveniente es establecer categorías e instaurar premios.
En la categoría multicultural, por ejemplo, Nigeria es tradicionalmente el país de mayor proyección, aunque últimamente otros estados africanos están pisándole los talones, indicando, acaso, una salida para el continente más pobre de la Tierra, que los gobiernos y las ONGs no aciertan a encontrar.
El esquema de estas seriales oportunidades de negocio únicas es que el albacea de algún prohombre (preferentemente, de un jefe de estado recientemente fallecido) solicita ayuda para gestionar el millonario patrimonio del difunto. Ustedes pueden encontrar pueril el truco nigeriano, pero a mí me parece llamativo que el único estafador profesional que conozco –no en calidad de víctima– haya sido timado precisamente por este método.
Mi personal galardón en dicha categoría no recae, sin embargo, en la ¡frica negra, sino en una propuesta que me hizo Suha Arafat, viuda del finado líder palestino (o más bien algún pillo en su nombre), quien me pidió la cuenta corriente donde depositar temporalmente 21 millones U$S, que logró salvar de las garras de la autoridad palestina. Además de los ingredientes habituales, hay aquí una serie de elementos narrativos meritorios: jugar con la notoria corrupción de Arafat, Suha y la Autoridad Palestina, o que Suha, cristiana, afirma ser víctima de la misoginia musulmana…
Siendo hommes de lettres, procuro valorar asimismo el estilo y el lenguaje. Mi última oferta preferida es la del Grupo Sateny (observen la sutil referencia a una tela tan apreciada), que nos colma con frases como “el grupo de las Finanzas Sateny puede ayudarle hacer sus suenos de ser realizado, recibiendo el sueldo mensual que influye sobre Internet”. O: “Trabajando para nosotros como la Paga Que trata el Manager, os haceis por la parte de la tendencia nueva en el sistema mundial bancario. La posicion es simple, y los ingresos dependen solamente de sus esfuerzos.”
Y ya que ha salido el tema, permítanme introducir una idea nueva en la coyuntura. Tengo aquí, este, una propuesta que, debido a su trascendencia internacional y su probada autoridad intelectual, Lateral quisera mera sebe, al fin y al cabo, puede interesarles…

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