No ha sido así. GCI in memoriam

Lateral no 123, marzo 2005

Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) ha sido uno de los grandes narradores hispanoamericanos de todos los tiempos. Su lúdico genio, la festiva brillantez de su obra contrastaba con los hechos de su vida, de la que más de la mitad ha pasado en el exilio. 

Estaba cumpliendo cuarenta años de exilio. Se trata de estos números inconmensurables con los que no se sabe qué hacer. ¿En qué se traducen cuatro decenios de destierro? ¿En 480 meses de pena? ¿2080 semanas de amargor? ¿14600 días de añoranza…? Los minutos prefiero no contarlos. Ya debió hacerlo él más de una vez durante estos ominosos años.

No todos padecen con la misma gravedad el exilio. Kundera sigue peleado con su patria, incluso ahora que desde hace quince años podría haber vuelto. Brodsky ni siquiera consideraba patria la suya, y jamás se le ha ocurrido volver. Pero Cabrera Infante vivía en tierras ajenas como si no hubiera salido. Sufría la partida como si le hubieran partido. Ha sido un Ovidio inverso, que en un Londres no exactamente bárbaro lloraba su Roma tropical.

Lo que le atormentaba a Ovidio era no estar más en el ajo. Por lo demás, y a pesar de sus lamentos públicos, se lo pasaba bien en Tomi o, en cualquier caso, podía vivir en paz. Pero a Guillermo incluso este sosiego casero de los confinados se le estaba negado. Emigró en el peor de los momentos al peor de los lugares: a esa España provinciana y represiva de los 60, donde los intelectuales progresistas veían en la festiva pesadilla revolucionaria la realización de los sueños que les negaba la dictadura de Franco.

Obviamente, el que abandonaba el edén revolucionario tropical, sólo podía ser un renegado, un traidor, un agente de la CIA, un gusano… Cabrera Infante fue marginado y vilipendiado por la inmensa mayoría de la intelligentsia española e hispanoamericana, pero tuvo que vérselas también con la burocracia franquista que, descubriendo en él un presunto agente de Castro, le negaba el asilo político. Así llegó a Londres, donde tuvo que rehacer su vida en total aislamiento y grandes estrecheces económicas. El esfuerzo le costó un colapso nervioso en 1971, del que pudo recuperarse sólo gracias un largo tratamiento de electrochoques.

Con el tiempo, su situación se normalizaba, la hostilidad espontánea se amainaba, pero la calumnia y conspiración nunca han cesado contra él. Las anécdotas de su acoso podrían llenar un volumen mayor de su obra póstuma. Pero además del acoso de orden político, sufría también envidia y rencor de carácter profesional. Ya hace treinta años se lo declaró escritor acabado, o, como mucho, autor de un solo libro: Tres tristes tigres, que, dicho sea de paso, ganó el premio Biblioteca Breve en 1964, o sea, un año antes de que se conociera su ruptura con el régimen de Fidel Castro.

En el ámbito lingüístico de Cervantes no debería extrañar la existencia de un autor de un solo libro, y si Cabrera Infante no hubiera escrito nada más, con Tres tristes tigres habría cumplido con creces para estar entre los mejores. Pero no ha sido así. Él es uno de los más sólidos cuentistas en castellano y autor de la mayor hazaña novelesca de la nostalgia, que es La Habana para un infante difunto (1979).

Se lo llamó también rencoroso y paranoico, un hombre intratable y huraño, que padecía manía de persecución. Dadas las circunstancias, tampoco hubiera sido raro que fuese así, pero ocurría más bien lo contrario. Como tantos hombres con un sentido del humor excepcional, era tímido y reservado. Cuarenta años de exilio no endulzan el carácter, pero una vez vencida su desconfianza, resultó ser un hombre no sólo fascinante, sino generoso y solidario, que –a diferencia de su compatriota Carpentier– ayudaba a sus colegas y defendía a los perseguidos.

Se decía también que era un malabarista facilón de la lengua, un compulsivo fabricante de juegos de palabras. No ha sido exactamente así. Es cierto que desde Quevedo nadie ha tenido semejante ingenio en castellano, pero toda esa acrobacia verbal no era simple mímesis del habla cubana ni el despliegue narciso de un don, sino que tenía una función poética. La lúdica oralidad era su métrica, los juegos palabras, sus metáforas.

Lo que pasa es que era un hombre de grandes pasiones, tanto, que éstas llegaron a convertirse en ideas fijas, y como tales, resultaron inagotables. Entre todas ellas, las más fijas han sido el cine, la literatura y la política. Cada una corresponde en su obra a un tiempo, un lugar y un género.

El cine fue la primera y, aunque su campo de interés se reducía prácticamente al Hollywood de los 40 y 50, es el crítico de cine más recordado del mundo hispánico. Su narrativa corresponde a una época y un lugar aún más definido: La Habana de los cincuenta. La política es su pasión más tardía, a pesar de que la tenía presente desde la cuna, gracias a la militancia comunista de sus padres. Fue el exilio que hizo de él un escritor político, el más feroz y lúcido crítico del régimen castrista. Igual que en su faceta de comentarista de cine, logró hacer narrativa de un género menor. Vista del amanecer en el trópico (1973), es una conmovedora crónica de la lucha por la libertad en Cuba desde los tiempos de la colonia, y Mea Cuba (1992) incluye magistrales semblanzas sobre los más importantes creadores cubanos, protagonistas y víctimas de la historia moderna de la isla.

Cualquiera diría que al elegir el exilio renunció lo que más le importaba. Pero no ha sido exactamente así. Lo que él había dejado se ha perdido de todos modos, y donde más perdura es precisamente en sus libros. Además, la nostalgia generada por esa pérdida es la que alimentaba su obra, por tanto, se puede contabilizarla también como una ganancia. Y, finalmente, había algo que aún le importaba más que la ciudad de sus ensueños, una forma de ser y hablar o su público natural, que sólo puede leerlo clandestinamente: la libertad, que para él no ha sido una abstracción política, sino también una condición creadora.

Resulta triste como una derrota que haya muerto sin poder volver a su Isla, pero hay que ver si los que se quedaron han logrado ser más felices y cabales. La derrota no es suya, no únicamente. Alguna vez le sugerí que no le diera tanta importancia a un tirano que, por más perenne que parezca, pasará. Mi comentario le pareció una frivolidad. No lo era. Sándor Márai, tan integro como él, también ha pasado cuarenta años en el exilio. Ahora es leído en el mundo entero y venerado en su patria. Ya nadie recuerda aquellos secretarios generales del partido que le hacían indigna la vida en su país, como tampoco importa quien era el gobernador de Cuba, cuando José Martí o José María Heredia, otro icono del exilio y la libertad.

La obra es para el escritor es algo así como la doble vida para un mortal común: un escape, una alternativa, un complemento, casi nunca una continuación. Con el tiempo, en Guillermo Cabrera Infante obra y vida llegó a unirse con una coherencia inusual. Por eso, cuando por fin volverá a su tierra, será considerado como un modelo no sólo literario, sino también ético. Será la recompensa del futuro por cuarenta años de libertad en el más acá.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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