Roberto Bolaño: 2666

El libro de la Bestia

(Anagrama, 2004 – Lateral, Nº 121, enero de 2005) 

         Seis parece ser el número clave de esta novela y seis son también las razones que obligan al crítico a emprender su lectura con especial cautela: la inevitablemente prejuiciosa comparación con Los detectives salvajes, la gran novela ya canonizada de Roberto Bolaño; el mito que se ha creado en los últimos años alrededor de su vida y milagros; la santidad de autor maldito que ha alcanzado con su muerte prematura; la calidad póstuma de 2666, que es como una suerte de salvoconducto para cometer cualquier fechoría literaria (ya saben: de mortuis aut bene aut nihil); la leyenda de opus magnum, que acompañaba la larga gestación de 2666, y que ha creado una expectativa difícil de satisfacer; y, finalmente, la sospecha de que el texto no ha alcanzado su redacción definitiva.

Me permito adelantar que la lectura del libro desbarata cada una de estas suposiciones más que lícitas, y confirma 2666 como la obra mayor de su autor y una de las más grandes que se ha escrito en castellano, una novela fundacional, arriesgada y desmesurada, que renueva la escritura ya por sí radical de su autor y que constituirá un punto de inflexión en la prosa hispanoamericana, con todo lo que esto supone, epígonos y furor hermenéutico incluidos.

Empezando con lo cuantitativo: se trata de cinco libros, que en total suman 1119 páginas y pesan, al menos en esta primera edición, exactamente un kilo, abarcan múltiples historias que mueven multitud de destinos a lo ancho del planeta y a lo largo del siglo xx, sobre todo su último decenio. Siguiendo con lo estructural: cinco tramas enlazadas por uno de estos dos motivos, que al final convergen: la búsqueda de un misterioso novelista alemán y el no menos misterioso pero prosaicamente real asesinato de cientos de mujeres en la ciudad mexicana de Santa Teresa. La investigación (literaria y policiaca) está, pues, en el centro de la novela, organiza su estructura y mantiene el suspense de la lectura. Además de los registros habituales de Bolaño, se emplean varios géneros, incluidos el periodístico, el policial, el ensayístico, el testimonial, etc.

Por lo demás, 2666 empieza –con el libro “La parte de los críticos”– como una variante más irónica de Los detectives salvajes: el perseguido es el misterioso escritor alemán y los detectives forman un cuadrángulo amoroso y profesional, que termina sus cuitas en Santa Teresa. Sigue con “La parte de Amalfitano”, un cuento de Bolaño sobre vidas extraviadas, vacías y, a la vez, intensas. Esta vez el cuento va sobre un profesor de filosofía chileno, exiliado primero en Barcelona, luego en Santa Teresa. Continúa con “La parte de Fate” (que es el nombre de un periodista estadounidense negro a quien el azar coloca en Santa Teresa), en la que se revela la verdadera naturaleza de la novela. Ésta es la que se explicitará en “La parte de los crímenes”, el libro más monstruoso y, al mismo tiempo, más testimonial de los cinco. En él se describe uno por uno el caso de multitud de mujeres secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas en Santa Teresa. El último libro, “La parte de Archimboldi”, narra la vida del enigmático escritor alemán, que a su vez encierra la historia de un intelectual judío ruso, víctima del estalinismo, cuyo diario cayó en manos del joven soldado que todavía no se llamaba Archimboldi. Los caminos del anciano escritor también conducen a Santa Teresa…

Ahora bien, ¿dónde agarrar esta historia, cuya magnitud, riqueza, matices y bifurcaciones es imposible de resumir en este espacio? Lo lógico sería empezar con el título, suficientemente extraño como para ignorarlo. Hasta el momento, a los comentaristas del libro no ha parecido importarles demasiado que, según el Apocalipsis, el número 666 es “la marca, el nombre de la bestia o el número de su nombre”. Como bien sabe, la bestia se suele asociar con el Anticristo y también con el fin del mundo, previsto, por lo general, para la vuelta de alguno de los milenios. Por tanto, el 2666 no es un número de ciencia ficción, sino de carácter cabalístico, que refiere a la bestia de este fin del mundo, el Anticristo del año 2000, o si se quiere, al Apocalipsis now.

Pero ¿de qué clase de apocalipsis hablamos? Obviamente, no de la aparición de una secta satánica que amenaza con destruir nuestro planeta. Destrucción y violencia abundan en el libro, pero lo llamativo aquí es, precisamente, que el mundo convive en relativa paz con esa realidad apocalíptica. En este sentido, resulta instructiva la frase de Baudelaire, que sirve de epígrafe: “un oasis de horror, en medio de un desierto de aburrimiento”.

Puede haber otra lectura. Originariamente apocalipsis significa revelación, y Nietzsche otorga a su Anticristo no sólo el papel del destructor, sino también el de redentor. El enigmático Archimboldi, aunque poco tiene de justiciero, bien podría ser un mutante de ese Anticristo nietzscheano. Hay toda una simbología en la novela que avala su condición de Bestia, desde su gigantesco tamaño hasta su extraño vínculo acuático. Sea como fuera, los futuros estudiosos de la novela deberán adentrarse en las expuestas aguas del triángulo de las Bermudas formado por las profecías del Marqués de Sade, Dostoievski y Nietzsche. El primero, con su delirante desafío al orden vigilado por Dios; el segundo, atormentado con la idea de que si Dios está muerto todo está permitido; y el tercero, que firmó el acta notarial de su defunción.

Por consiguiente, esta novela –que dentro de la obra de Bolaño se remonta a La literatura nazi en América– es, ante todo, una indagación sobre el Mal en un mundo sin Dios, y por tanto, sin pecado, donde el crimen que se investiga queda sin castigo no sólo en el sentido judicial. Pero el aspecto teológico no eclipsa, sino complementa las otras dimensiones de la novela, cuya reflexión central se plasma en un contexto histórico concreto y una realidad social identificable, de la cual se destaca con especial fuerza ese México postindustrial, que, curiosamente, Juan Villoro llama postapocalíptico.

Dada la magnitud de la empresa, a nadie sorprenderá que se trate de una novela excesiva, un pecado por el que Bolaño se siente en el banquillo de los acusados en la compañía de Balzac, Tolstoi, Dostoievski, Proust y Joyce. A veces se pierde en digresiones, otras, resulta demasiado detallista y enciclopédico. Es de aquellos narradores que no siempre se conforman con representar la punta del iceberg y se ponen a describir también la geografía submarina del fenómeno. 2666 es una de esas “grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido”, que reivindica Amalfitano en la novela.

El profesor chileno es uno de los personajes de 2666 en el que se desdobla su creador. El otro es Archimboldi, una figura salvaje e intransigente, marginal y desarraigado. Ese “bárbaro germánico”, ese “lumpen literario” que finalmente será candidato al Nobel, ese genio bestia, que construye su obra sobre la destrucción guarda mucha relación con Bolaño, cuya vida ha sido la puesta en práctica de los principios que encarna Archimboldi. 2666, un libro escrito en una carrera desesperada contra la muerte, es el logro mayor de su arriesgada apuesta.

 

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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