Celebración de la falda

Lateral 129, septiembre 2005

En las antípodas del cool-hunter, el articulista se disfraza aquí de cool-realizer, y añadiendo una nueva pieza a su colección de editoriales de verano, analiza los pros (a decir verdad, deja a un lado los contras) de esa prenda inmortal que es la falda.

Las luminosas brisas de la primavera ya rumoreaban algo de la buena nueva, que entonces no era sino una vaga, pero esperanzadora premonición: volverán la falda y el vestido femenino. A lo mejor fue anunciado también de manera oficial. Me refiero a las decisiones eufóricamente transmitidas por los medios y solícitamente cumplidas por la ciudadanía, que enigmáticos despachos toman en relación con lo que el mundo occidental debe llevar en la temporada venidera. Pero como últimamente no he tenido que ir al dentista, no me he enterado de si el regreso de esas tradicionales prendas femeninas respondía a una operación planeada por la industria de la moda o a una manifestación espontánea.
Sea como fuere, se trata de un fenómeno que va contra el espíritu de nuestro tiempo. Por consiguiente, más que de un come back, sería preciso hablar de una rebelión o de una conspiración. Porque, ¿qué es lo que nos exige el Zeitgeist? Como es bien sabido, por una parte, el unisex, y por otra, explicitar hasta la más desnuda obviedad los atributos de cada sexo. Apostar por los extremos siempre ha sido propio de las edades, sea por mera compensación, sea porque los extremos se tocan, y hasta se toquetean. Nada más elitista que el humanista Renacimiento, nada más cachondo que el ascético Medievo, y nada más morboso que la puritana época Victoriana, a la que, por cierto, se le debe también el uso público del cuerpo desnudo con fines decorativos.
En cuanto a las dos señas de distinción de nuestra era, el sexo unificado no requiere comentario, ya que corresponde a una realidad sociopolítica que tiene como objetivo prioritario el de erradicar toda diferencia injusta y ambigua entre los pocos sexos que nos quedan. Por otro lado, tenemos lo evidente, lo explícito y lo expositivo, que es fiel transposición del tándem exhibicionista-voyeur que domina la década de los teléfonos móviles, y a lo que más adelante le dedicaré unas duras reprobaciones.

Pero, una vez más, los extremos coquetean. A los muy femeninos pantalones más o menos por encima del pubis y con la obligatoria información sobre el color de las bragas y el arco de las tangas entrando en las nalgas; en su versión masculina (es un decir), corresponde el mismo atuendo comenzando a la misma altura, con vista sobre unos calzoncillos en los que, además del color, se ve también la marca. Asimismo, en el terreno de las depilaciones, se observan notables logros unificadores entre los géneros. Puesto en perspectiva, el asunto promete. No hace mucho, tan sólo teníamos a las adolescentes con los ombligos y riñones al aire, incluso en temperaturas inhóspitas. Pero el campo de libre observación se expande ahora en todas las direcciones. El usus de afeitar los sectores tradicionalmente íntimos amplía el territorio que enseñar; el ansia por parecer joven impulsa a los treinta y hasta cuarentañeros a imitar el exhibicionismo juvenil; y la moda, originariamente barriobajera, alcanza ahora hasta las capas más repipis de la sociedad.

A estas alturas, sería lícito que me preguntase: ¿qué es lo que tengo contra la moda actual, en concreto, y los pantalones femeninos, en general? A falta de tiempo y espacio, les seré franco. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, en general, puedo resumirles mis reparos a los pantalones femeninos de la siguiente manera: bien (o mal, qué sé yo) sirven para esconder y neutralizar todo –en el caso de ser demasiado amplios–, bien para enseñar demasiado, hasta las últimas hendiduras.

Con el exhibicionismo de diseño, en concreto, también tengo dos problemas: el primero surge cuando –en una deprimente mayoría de los casos– a las portadoras no les favorece esa manifiesta desnudez; el segundo se plantea cuando las jóvenes exhibicionistas resultan buenísimas.
En cuanto al primer caso, no les voy a mortificar con la descripción de las miserias físicas a la vista de todos, que oscilan entre los síntomas de la sobrealimentación y la anorexia. Queda mucho peor ahondar en la fealdad ajena que exponerla a tus narices. Además, lo que me intriga es el oscuro impulso que empuja a parte de mis hermanos de especie a vestirse contra sus predisposiciones físicas. ¿Se acuerdan de aquella moda de hará unos quince años, que obligaba a mujeres de hasta 150 centímetros de alto (y a veces de ancho) a llevar abrigos de cosaco con hombreras del Ejército Rojo? Parece que en el secular debate sobre el libre albedrío, la moda ha aportado la última e irrefutable ratio en su contra.

Naturalmente, el auténtico problema se plantea en el segundo caso: cuando la joven que muestra públicamente su desabrigo es una hermosura. Si se puede pedir damnificación a las tabacaleras, estas chicas deberían pagar a los hombres –o al menos a mí, ya en una franja de edad peligrosa– una indemnización vitalicia. Sinceramente, no hay derecho. No sé hasta donde podrá aguantar mi delicada salud la dolorosa vista de asustadizas beldades que –ante la codiciosa mirada de los pasajeros masculinos de un transporte público– tratan de cubrir con su top la desnuda verdad que se extiende entre sus senos y el pubis.
Llegados a este punto, hasta mis más reticentes lectores deben comprender por qué, entre la terrible pinza de las dos versiones aquí expuestas, saludo jubiloso las más tradicionales vestimentas femeninas: la falda y el vestido. No se me escapa que estoy celebrando unos vestigios del pasado, sospechosos de sexismo y de discriminación. Pero verán, si hasta las más insostenibles danzas folklóricas gozan de subsidios de la Administración, ¿por qué una sencilla prenda de mujer, que no pide subvención ni patrocinio, no debería tener derecho a existir?

La falda, la halda, la saya, la hopalanda, la pollera…, si supieran ustedes la alegría que le daban esos sencillos atuendos a generaciones enteras de hombres a lo largo de los siglos. Ahí está mi primer argumento: elemental pero irrefutable. Al que aprendió las manualidades desabrochando el sostén con una sola mano (la otra se necesitaba para otras urgencias) siempre le faltará algo al desvestir a una chica a la cual no hay casi nada que quitarle. Pero más allá de los argumentos personales e historicistas (no abogaré aquí por las ventajas de la forma milenaria de llegar al objeto de deseo, frente al prosaico acto de bajarle la bragueta a una mujer), existen argumentos estéticos de gran calado a favor del vestido femenino y su expresión más radical, la falda. Es como en la literatura: exponer o sugerir, explicitar o representar. Realidad o ficción. Naturalismo o Realismo. El exhibicionismo en boga te enfrenta con una realidad cotidiana y banal. Con la evidencia. Las curvas, texturas y líneas de un vestido femenino, que van cambiando con el andar, la luz y el viento, te exigen soñar, ilusionarte, imaginar.

Escribo estas líneas pocos días antes de las vacaciones, consciente de que las leerán a la vuelta. Pero las faldas no engañan, tan sólo proponen. En esto consiste su grandeza. Su esperado pero sorpresivo regreso les augura, tanto a los hombres como a las mujeres, un verano más pleno de lo habitual. Ya me dirán si ha sido así. A mí tan sólo me preocupa que no dispongo de la versión femenina de mi diagnóstico. ¿Quiere alguien hacer el favor de decirme qué trapo ponerme para este verano?

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Filed under Kultúra, Publicisztika, Web

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