En busca de los papeles

Lateral 127-128, julio-agosto 2005

Éste no va de política, sino de gramática. De cómo comprender mejor las palabras, interpretar dichos y hacer un uso adecuado de la lengua. Bueno, también va de actuación. De cómo hacer los papeles y cómo perderlos, por ejemplo.

Dicen que para aprender un idioma lo mejor es echarse novio nativo, pero sostengo que no hay maestro de la lengua comparable con la vida pública. Ni en la cama se penetra tan profundamente en los secretos y sabores de la lengua como cuando uno se revuelca en los asuntos públicos. Hasta la defunción del papa Juan Pablo II, por ejemplo, no logré tener una comprensión cabal de la expresión “morir en olor de santidad”. Ahora, en cambio, podría dictar sobre ella una clase magistral, sobre todo para infieles.

Todos tenemos nuestra lista de dichos, refranes, frases echas y giros predilectos. La mía está encabezada por aquella feliz expresión catalana de cornut i pagar el beure (“cornudo, y pagar la bebida”), que es el estado natural del ciudadano en una democracia desarrollada. Con todo, la locución que mejor ilustra el actual estado de la cuestión, sin distinción de sexo, geografía y credo, es aquella de perder los papeles. Característicamente, la gramática no está a la altura. En el Mª Moliner no consta. En el artículo “papel” se encuentran acepciones como “hacer el papel” o “invertirlo” y en el de “perder” se enumera un montón de cosas que se pierden (los estribos, la confianza, el conocimiento, la cuenta, la continuidad, las huellas, el juicio…), menos los papeles. Y sin embargo, yo sostengo que los papeles son los que más se pierden y los que menos se encuentran luego. Y aunque se los encuentren… Fíjense si no, en los de Salamanca.

A ningún lector de nuestra revista, sea catalán, castellano o, incluso español, se le escapa esta referencia. Pero hay que pensar también en las futuras generaciones (por definición desmemoriadas) y en el público extranjero (por excelencia, poco sensible para con nuestros problemas). Hace falta explicarles, pues, en qué consiste el debate de más enjundia de los últimos años, tanto desde el punto de vista patriótico, como archivero. No será nada fácil –se trata de un embrollo que ha sacado a la calle hasta a los timoratos militantes del Partido Popular–, pero, ¿qué le vamos a hacer?, me llaman los desafíos. Generalizando, pero muy mucho, ocurrió que las tropas de Franco expoliaron en todo el país los documentos de las autoridades civiles y militares relacionados con la Guerra Civil, los juntaron en un archivo en Salamanca, donde hasta el momento se encuentran, y los nacionalistas catalanes reclaman la devolución de la parte que les corresponde.

Me imagino que desde el punto de vista historiográfico deben haber argumentos concluyentes tanto a favor de la descentralización, como a favor de la unidad de dicho archivo. Pero en el terreno de las emociones y la representación simbólica, la verdad de la devolución resulta mucho más vigorosa y sentida, por tanto, no deberían darle más vuelta a esos papeles, sino ponerlos en camiones y mandarlos a casa, que por otra parte, parece que es lo que, finalmente, va a ocurrir.

Hasta aquí, éste es un conflicto mínimo, y hasta lógico, al borde del happy end. Lo ilógico es que la vieja reivindicación se haya convertido en una piedra de toque del patriotismo catalán, una prioridad máxima, muy por encima de las urgencias económicas, sociales y culturales que pesan sobre Cataluña. La causa de los papeles ha movilizado a partidos y partidarios, ha enardecido y amargado el ánimo de muchos patriotas, y ha conducido a extremos anecdóticos como cuando –hace menos de un año– murió el destacado historiador catalán Javier Tusell, que vivía en Madrid: la necrológica de una importante radio catalana apenas llegó a mencionar su último título, pero sí destacó que el difunto era partidario de la devolución de los papeles de Salamanca.

Si estos papeles han hecho perder los papeles a tanta gente en Cataluña, ¿cómo no van a provocar el mismo efecto en la Castilla profunda? Por consiguiente, los papeles se han convertido en una causa también en Salamanca, donde sus enardecidos pobladores, muy en la tradición de Fuente Ovejuna, decidieron defenderlos con cuerpo y alma.

Pero no es oro todo lo que reluce, ni tampoco todas las protestas desmadradas están fuera de órbita. La manifestación masiva el otro día en Madrid contra el matrimonio

bi-, tri- u homosexual me pareció que estaba muy en su sitio. Incluso, sostengo que significó una especie de normalización, en en tanto ciertos sectores conservadores, hasta ahora relegados al ostracismo de la COPE, tuvieron la oportunidad de salir del armario para gritar a los cuatro vientos su condición de heterosexual y profamilia. El único peligro de socializar esa postura es que empuja a otros a hacer lo mismo.

Por el contrario, puede plantear problemas de confusión de papeles un gesto tan civilizado y reflexivo como el reciente manifiesto antinacionalista de un grupo de intelectuales en Cataluña, que tenemos el honor de presentar al público [pág. 6]. ¿Dónde el problema y por qué el honor? Empezaré con el segundo. Que una propuesta impulsada por tan relevantes figuras, avalada por cientos de intelectuales y profesionales y, posiblemente, compartida por un segmento significativo de la población de Cataluña, no haya sido publicada (pero sí atacada) en los medios de comunicación catalanes, ya justifica su reproducción. Pero, indirectamente, justifica también la denuncia que presenta el manifiesto.

Que en Cataluña hay un superávit nacionalista lo sabe todo el mundo que no lo es, que son muchos, y que sin embargo tienen dificultad para hacer oír su voz, sobre todo si son de izquierdas. Que ese predominio nacionalista no es un mero juego de proporciones, sino que tiene consecuencias negativas reales, lo acusa cualquiera que no sea su beneficiario. Que más allá de esos perjuicios concretos, la política catalana ha tomado un rumbo de confrontación de baja intensidad con Madrid, España y la Constitución, sin que haya alguna prueba fehaciente de que esta postura sea voluntad de la mayoría de los catalanes, es un hecho que no ven sólo aquellos que propugnan y comparten esa política.

Ser nacionalista es tan normal como parece que ya no lo es ser lo opuesto. El que profesa valores universalistas es percibido como representante de otro nacionalismo, en este caso, obviamente, el español. El nacionalista cree que por serlo, ama más a su patria que el resto, y que le hace mayor y mejor servicio. Según esta lógica, la corrupción nacionalista, por ejemplo, es mejor corrupción que la antinacionalista…

Dicho esto, queda claro que en sus principales planteamientos y referencias concretas, apoyo el manifiesto antinacionalista. Tiene, sin embargo, un punto clave que no comparto, ése que propone un nuevo partido. Tengo dos razones para oponerme a la constitución de una nueva formación política. La primera es práctica: no le encuentro viabilidad.

La otra razón tiene que ver con el papel que cada uno le asigna al intelectual. Yo sostengo que no tenemos que fundar y ni siquiera proponer partidos políticos. Si el nacionalismo despierta en mí sospechas fundadas (¿qué no se ha cometido en nombre de la patria en los últimos cien años?), ¿qué no va a despertar la palabra partido? Ya sé que ninguno de los firmantes aspira a tener una carrera política, pero entonces, ¿para qué perder los únicos papeles que nos quedan? Hostigando o defendiendo las gestiones de los partidos, nuestra acción tendría que limitarse a aquello que justifica nuestro oficio: tratar de comprender, opinar, y, cuando no hay otro remedio, protestar. En este último caso, el modelo que sugiero es el de las Chartas de los intelectuales checoslovacos. A ellos tampoco les daban mucha bola, y, enemigos del comunismo, finalmente fueron barridos por los nacionalistas.

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