Juan Villoro: El testigo

(Lateral, nº 122, febrero de 2005)

Quería el azar que el mismo año aparecieran dos novelas –ésta, y Ventanas al Norte de Álvaro Pombo– con el trasfondo de la guerra cristera, episodio oculto de la historia mexicana de principios del siglo XX. La coincidencia de que dos escritores tan distintos se interesen por ese tema prueba que la olvidada revolución católica contra la Revolución atea tiene algún mensaje para nosotros. Los enfoques no pueden ser más diferentes: Pombo narra la vida de una fascinante mujer de la época, y en la novela de Villoro, que transcurre en el presente, la guerra cristera tiene una presencia de fantasma, que acecha por doquier al protagonista, que es Julio Valdivieso, de profesión hispanista, con domicilio en París, y los mismos 48 años que su inventor al publicar el libro, de los cuales la mitad ha vivido fuera de su país.

La novela empieza con el retorno de Julio a México, donde el pasado viene a su encuentro con la misma urgencia avasalladora que el presente. En este sentido El testigo es como una novela rusa decimonónica: amigos, parientes y desconocidos abordan al protagonista sin cesar, todos se confiesan con él, y todos tienen montada una trama, que incluye también a Julio.

Un ex compañero de taller literario, por ejemplo, lo requiere como asesor para una futura telenovela sobre los cristeros. Algo parecido le pide otro ex tallerista y ahora convertido en una autoridad no sólo literaria. Lo que acredita a Julio para esa consultoría no son sus conocimientos históricos, sino los archivos de su familia, patricios de provincias perjudicados por la Revolución y vinculados a los cristeros, y también a Ramón López Velarde (1888-1921), para muchos el mayor poeta mexicano, cuya indiscutible obra y discutida personalidad está en el punto de mira de varios de los personajes, entre ellos el mismo Julio. A él le aguarda otra sombra también: su prima carnal y el amor de su vida, ahora muerta, con la que iba a escapar a Europa…

El mito de Ulises, que tiene aquí una lectura inversa (lo que importa no es el viaje, sino lo que ocurre después de llegar a Itaca) es tan sólo una de las referencias en esta novela que son muchas. Por ejemplo, una sobre México: su sórdido y fascinador presente, sus viejas heridas. Hay una brillante componente ensayístico (las reflexiones sobre López Velarde o la religión); la historia de una búsqueda: de una patria, una autenticidad, el sentido…; una novela de humor (con dos comentarios por página como éste: “la crisis de un matrimonio va del momento en que tu mujer empieza fingir orgasmos al momento en que empieza a fingir dolores de cabeza”); una saga familiar; un roman à clé; una novela de generacional, de la prole perdida y podrida del dichoso taller literario; y una historia de amor, y también de misterio. Este último elemento pertenece al registro ruso de la novela, en la que termina produciéndose una especie de milagro y, la que en gran medida trata la fe.

Tanta complejidad tiene sus riesgos (de morosidad, por ejemplo), compensados aquí por el vigor del corpus narrativo, la riqueza de personajes y anécdotas, el suspense de las tramas más o menos policíacas, y un despliegue de ingenio aún mayor de lo usual en Villoro. Su patrón de utilizar sucesivamente conceptos como imágenes y aforismos como metáforas –una vez más– traen a colación a Bruno Schulz y, confirman a Villoro como un autor barroco o, más bien, un autor con un sistema narrativo barroco y una sensibilidad manierista, que es lo que corresponde a la sensación de un mundo quebrado, que transmite su obra.

Con El testigo, su novela más ambiciosa, madura y valiente, Villoro ha abandonado el terreno seguro de sus logros anteriores para conquistar espacios poco transitados por la narrativa contemporánea. Sin embargo, uno de estos logros me parece problemático. Me refiero al sesgo religioso de la obra, que culmina en una suerte de revelación. Si la literatura clásica nace del conflicto con los dioses y sus reglas del juego, la moderna surge de la ausencia, ora dolorosa, ora embriagadora, de esa presencia real. Las recaídas de los Claudel tan sólo fueron modas efímeras. El mismo Villoro acaba de demostrar en esta poderosa novela que la religión sigue siendo un asunto central y fascinante, que la literatura sigue sin ser un acto de fe.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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