Sobre los nuevos dioses

(Lateral nº 110, febrero de 2004)

¿Quién está al cargo ahora? ¿Quién ostenta el Poder Supremo? ¿Quién ostenta el monopolio de la Creación? ¿Existe, acaso, un Mandamiento que casi todos compartimos? Éstas y otras cuestiones afines son objeto de la siguiente reflexión que, pese a su desmesurado objetivo, no pretende proponer una teología nueva.

Los antiguos fueron temerosos a Dios, y los modernos a sus sucedáneos totalitarios. A nosotros, en cambio, no nos da miedo nada ni nadie, entre otras cosas porque no tenemos constancia de ningún ser Todopoderoso. Ya Orwell observaba durante la guerra, cómo el desconocimiento incapacita para imaginar el peligro real y conduce a un optimismo infundado.
A mí, personalmente, me cuesta resignarme a la idea de que después de milenios de inquebrantable, aunque variada omnipresencia, el Demiurgo se esfumara, así como así. Para mí que sigue estando ahí, al acecho, observándonos y anotando todo en una libreta marrón-grisácea. Su ausencia no es ninguna prueba de que no exista. Más bien al contrario: me aventuro a afirmar que su esencia siempre ha sido brillar por su ausencia.
Él, Ella, Ellos o Ellas deben estar ahí, pues. Y no lo digo por una inquietud teológica, sino por una cuestión de lógica: si, tal como nos enseñaron, la materia no desaparece, sino que sólo se transforma, tampoco las substancias inmateriales dejan de existir. Ahora bien, ¿en qué se han metamorfoseado las deidades de antaño? Habrá quien diga que en los poderosos de turno. Pero ¿qué clase de dioses son aquellos, cuyos multitudinarios y combativos herejes se expresan en su contra, tan poco temerosos al castigo divino? Otros señalarán al dinero como nuestro Señor. ¿Pero no es ese viejo dios del que nos explican desde la cuna que, precisamente, no lo es Todo?
Para darse con un Dios ausente, lo más aconsejable resulta detectar la religión que lo sustenta. Si detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, detrás de cada religión (o tal vez, delante) debe haber al menos un Dios. Y como ustedes saben, la única fe que profesa el mundo desarrollado, y que quisiera compartir con él el resto del planeta, es el consumismo.
Naturalmente no aludo al eterno anhelo del ser humano de comer el triple de lo que necesita, de disfrazarse para que se note que lo que lleva encima ha costado lo suyo, o de apoderarse de todo tipo de objetos y bienes que ni siquiera le aseguran comodidad o salud. Me refiero a que en nuestro mundo desarrollado, ese anhelo se ha vuelto realizable para la mayoría de los mortales.
Llegar a este edénico estado ha sido producto de una evolución compleja, que incluye elementos meramente cuantitativos (ahora mucha gente tiene lo que antes era privilegio de los happy few, o sea, ahora casi todos somos iguales, aunque algunos sigan siendo más iguales todavía), y factores nuevos que han causado cambios cualitativos. Entre estos últimos figuran los productos de la revolución tecnológica, y de forma más destacada, los de la telecomunicación.
En su reincidente rivalidad con los dioses, nunca el ser humano ha llegado a apoderarse de tantos atributos divinos como hoy. Viaja por el cielo, se comunica a lo largo y ancho del planeta y, gracias al móvil, se ha vuelto ubicuo y omnipresente. Refiriéndonos a las nuevas tecnologías, solemos destacar lo práctico que resultan. En realidad, lo práctico sería -tanto desde el punto de vista de la salud mental, como de la comunicación con los semejantes en cuerpo presente- apagar de vez en cuando el móvil y no consultar cada media hora el correo electrónico. Y si no hacemos caso a ese consejo es porque estos artilugios ofrecen algo más grande que la posibilidad de estar en todo momento ubicable, como si de un policía jefe o un ginecólogo en espera de partos se tratara. Y este algo no es sino la suspensión transitoria de la soledad inmanente al hombre, eso que padece a causa de saberse mortal. Mientras estamos conectados, no nos ensordece el silencio cósmico. Pero para estarlo, nos hace falta cierta asistencia técnica.
Al igual que para comunicarse con los dioses de antaño se requería un servidor, el suministro de la nueva fe también lo administra una iglesia, en este caso una iglesia llamada Compañías de Telecomunicación. Tal vez porque en lugar de un Poder Central Supremo tienen que atender a millones de pequeños candidatos a dios, la relación con la nueva jerarquía eclesiástica todavía resulta algo dificultosa, el suministro es algo defectuoso.
Desde hace algún tiempo, creadores especialmente susceptibles al Progreso venían a visionar una sociedad que ejercía su poder a base de una mera proyección: juicios sin causa, guerras sin enemigo, represión sin resistencia. Pero hasta en la más terrible metáfora de Kafka (“Ante la ley”), el protagonista, que lleva toda una vida ante la puerta de la Justicia, aunque nunca podrá atravesarla, antes de su muerte recibe la compensación de unas palabras del guardián que compartió con él su espera vitalicia. Ahora bien, intente usted hablar con un sacerdote de AUNA: sólo logrará escuchar a autómatas que le invitan a pulsar botones cada vez más enigmáticos, o a jóvenes que actúan como autómatas.
Un amigo me ha comentado que su señora madre llegó a llorar ante el aparato telefónico después de una tarde de intentos frustrados para presentar una reclamación. Cuestión de talante, yo suelo despotricar, pero exactamente con el mismo resultado, y no conozco a nadie que haya podido cursar una baja en estos servicios sin meses de histérica gestión. Cuando tenía contratada una tarifa plana para internet con Retevisión, en lugar de la suma acordada de unas 4.000 ptas., empezaron a llegarme facturas de entre 30 y 50.000. Cada vez que protestaba, empezaba un ping-pong que me obligaba a llamar a nuevos departamentos, hasta que les saqué una promesa de investigar el caso, cosa que jamás ocurrió.
La pésima gestión de esas compañías todopoderosas es propia de toda corporación (Estado incluido) de poder desmesurado. Por otra parte, todas estas llamadas en espera, los botones que te obligan a pulsar, las cotorras que siempre te remiten a otro departamento, pueden formar parte de una estrategia, al igual que el redondeo de las fracciones de minutos de nuestra llamada que, al parecer, aporta entre un 20 y 30 % de sus beneficios.
La omnipotencia de estas compañías está en proporción con nuestra necesidad de sus servicios, que es ilimitada y está en permanente crecimiento. Esto no ha hecho más que empezar. El futuro como terminal móvil replantea las agotadas formas de la lucha de clases. Si vivimos en una sociedad de consumo, éste también debe ser el eje de la lucha social. Pero las propuestas que llegan a mi ordenador y móvil invitándome a boicotear los servicios de las compañías que me transmiten el mensaje, están condenados al fracaso, tal como sucedió en su día con la destrucción de las máquinas por parte del primer movimiento obrero inglés.
La principal dificultad de articular la lucha contra los nuevos falsos dioses consiste en que, primero, se necesita una buena red de telecomunicaciones, y, segundo, pese a sus posibilidades globalizadoras, integradoras y liberadoras, en su uso cotidiano y masivo, las nuevas tecnologías fragmentan. En lugar de abrir puertas al mundo, ofrecen la posibilidad de encerrarse en el de uno mismo: en ludopatías, cofradías, hobbies, sectas, manías, fans, clubs… En los años treinta, el polaco Bruno Schulz lo previó todo al proclamar -mediante uno de sus personajes: un delirante padre anciano- el derecho a la Creación por cualquier humano. No quería competir con la perfección del Demiurgo. Revindicaba creaciones “casi provisorias, hechas para un solo uso”: perfiles de cara, una pierna, la realización de un gesto. O sea, “crear el segundo hombre a imagen del maniquí”. La profecía se ha cumplido. La alta tecnología nos ha hecho partícipes de esta segunda Creación, pero a cambio de un contrato de consumo. Ante esa realidad tan poderosa, pero también tan fragmentada, no me queda otro remedio que proponer organizarse. ¡Consumidores del mundo, uníos!

 

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Filed under Közélet, Kultúra, Publicisztika, Web

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