Este o éste

(Lateral No. 114, mayo 2004)

Ante la reciente ampliación de la Unión Europea y su apertura hacia los países del Este, se impone una reflexión sobre las afinidades y compatibilidades de dos regiones que han vivido históricamente separadas. El autor, desde su doble condición de europeo del Este y del Oeste, señala algunas claves para entender este acercamiento.

El otro día tuve el gusto de conocer dos puntos de vista para mí nuevos sobre la Unión Europa. Andaba yo de anfitrión con un equipo de la televisión húngara que rodaba un documental sobre la percepción de su flamante ampliación hacia el Este. El equipo llegó al Camp Nou, donde se topó con unos escolares noruegos, y al reportero magiar no se le ocurrió nada mejor que interrogarles acerca de la UE. Sin una sola excepción, le contestaron -en un inglés que invita a pedir la renuncia retroactiva de todos los ministros de Educación desde el fallecimiento de don Francisco Franco- que de la Unión Europea nones, que ellos, que tienen petróleo, no la necesitan, como tampoco que países mucho más grandes que Noruega les digan lo que tienen que hacer.
Ese mismo día, el guión del documental nos condujo a una clase de periodismo en la Universidad Pompeu Fabra, donde, como si nada, por cada alumno había un ordenador. Los futuros comunicadores y formadores de opinión no fueron tan contundentes como los bachilleres vikingos, y su respuesta introducía un matiz: “Jo no estic en contra de l’ampliació, però…”. El “pero” servía para encabezar una relación de quejas sociales y nacionales, que se podría resumir de la siguiente manera: por una parte, la UE no es la unión de la democracia, los derechos humanos y la justicia, sino del neocapitalismo y del mercado; por otra, en esa Europa mandan los países grandes, y ellos, como catalanes, conocen muy bien lo que es pertenecer, contra su voluntad, a un Estado y sentirse limitados en el ejercicio de su lengua y libertades…
Sea por razones mercantiles o por su contrario, la Unión Europea no parece gustarles demasiado a los, por lo demás, manifiestamente solidarios y progresistas jóvenes de la mitad occidental del continente. No así a sus contemporáneos del Este, entre quienes la idea de una Europa unida despierta esperanzas y entusiasmo.
Ellos saben, por ejemplo, algo de lo que los universitarios catalanes no parecían tener conciencia, y que hasta los adolescentes noruegos destacaron: España es uno de los países a los que más ha aportado el ingreso a la UE, y el que más ha podido aprovechar estas posibilidades. Y aunque a los del Este ya no les tocarán tantas ayudas y oportunidades, el ejemplo sigue calentando los corazones.
En el Este saben también que, a diferencia de lo que piensan muchos occidentales, ahora pueden contar con el apoyo de los Estados, y sobre todo con el de los grandes. Confían más en los tratados y convenios que en la buena voluntad de la gente. La Unión Europea no es un proyecto caritativo, pero sería mucho suponer que Alemania no hubiera logrado la misma hegemonía económica en el Este sin la existencia de ese marco paneuropeo. Por otra parte, ¿qué interés imperialista impulsaba a Alemania a financiar buena parte de los fondos europeos de los que tantos beneficios sacaron países como España o Portugal?
Con todo, el europeísmo de los ciudadanos del Este es mucho más cultural que económico, por tanto, más incólume que el amor al mercado. Sus raíces están en la cultura cristiana común, tomó conciencia en el Siglo de las luces, se convirtió en programa patriótico con el Romanticismo, en orgullosa denominación de origen en la época del positivismo y en amarga nostalgia durante el siglo xx.
Ese amor hacia un continente que a veces los maltrató y casi siempre los ignoró marca en sí una diferencia casi abismal entre las dos Europas. Hay otras también. Es llamativo que Europa occidental no conozca invasiones desde la entrada de los árabes en la Península Ibérica y la retirada de los vikingos de sus costas atlánticas. En el más difuso y abierto hemisferio oriental, en cambio, las invasiones se han sucedido hasta ayer. La destrucción cíclica conllevaba la constante necesidad de volver a empezar desde cero, de replantear todo, de ver censurados o aniquilados los valores.
En el último siglo y medio, por ejemplo, cada generación de Europa central tenía que construir una nueva identidad, forjar una nueva conciencia, adaptarse a un nuevo orden. En este sentido, la ampliación de la Unión Europea, por más positiva que sea, no es ninguna excepción.
El hemisferio occidental también ha conocido terribles vicisitudes durante el mismo período, pero en ningún lugar se puede encontrar algo parecido a un checo, por ejemplo, de la generación de Bohumil Hrabal, quien ostentó seis nacionalidades diferentes sin moverse jamás de su país.
Todas esas experiencias han provocado una relación diferente con la realidad, que en muchos aspectos recuerda a las que los latinoamericanos tenían con la suya. Borges describe así a sus compatriotas -y donde dice argentino, podría decir europeo del Este-: “El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los Gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Aforismos como el de Hegel ‘El Estado es la realidad de la idea moral’ le parecen bromas siniestras”
Las diferencias entre las dos mentalidades son tan notables que a veces da la impresión de que en el Este todo está al revés: los liberales son considerados de izquierdas, la izquierda (con excepción de la marxista leninista) es pro occidental, y el odio al capitalismo, a la economía de mercado, es propio de la extrema derecha e incluye el repudio de la democracia.
El intelectual del Este que defiende los valores de la tolerancia y la justicia social aborrece la simplicidad de la cultura popular estadounidense (su vestir, comer, diversión…), por lo general tiene una opinión pésima sobre los productos de Hollywood y sospecha de una película que ha merecido el Oscar; pero en lo político no es tan visceralmente antiamericano como sus semejantes occidentales, ni siquiera cuando se muestra radicalmente contrario a una política o a un político. Éste podría ser el caso de la guerra de Irak, también impopular en el Este, pero no menos que la dictadura de Sadam Hussein. Lo mismo se puede decir en relación con el conflicto de Oriente Medio: en el Este no se acuerdan sólo de las barbaridades cometidas por Israel, sino también de los crímenes de los palestinos.
Resulta, asimismo, poco probable que en el Este de Europa despierte solidaridad un presidente latinoamericano con pasado golpista y presente autoritario como es el venezolano Chávez. En caso de que lo conozcan. Porque es muy probable que no sepan de su existencia. Ésta es una de las debilidades del Este: tiene mucha sensibilidad para su propio martirio y poca para los que padecen los demás, especialmente los del Tercer Mundo.
Lo que está claro es que si existiera diálogo entre las dos mitades de Europa, tendría mucho que aprender la una de la otra. Ahora que la UE ha crecido con 75 millones de consumidores y que incluso los países que no han podido ingresar están más cerca, las posibilidades económicas de Europa pintan bastante bien para ambas partes.
En otros aspectos, en cambio, la unión parece más difíl. Entre la opulenta indiferencia de la mitad occidental y las acomplejadas ansias de la oriental puede haber poco acercamiento. Ya lo había previsto Gombrowicz en relación con su patria: “¿Qué es Polonia? Un país entre el Este y el Oeste donde Europa casi termina; un país de tránsito donde Este y Oeste se debilitan mutuamente”. O sea, puede ocurrir que de aquí a unos años las todavía deliciosas frutas del Este tampoco sepan a nada, y que los lavabos del Oeste también estén hechos una porquería.
Esto en el peor de los casos, que no necesariamente tiene que llegar. Depende de si lo miramos con ojos del Este, donde suelen consolarse con la frase “No te preocupes, aún vendrán tiempos peores”, o lo miramos con los del Oeste, donde para todos los problemas hay una rebaja irresistible o un plan de hipotecas vitalicio.

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