Paisaje después del masacre

(Lateral No. 112, abril 2004)

Los apenas cuatro días que separan el atentado de Madrid el 11 de marzo y la victoria del Partido Socialista en las elecciones generales no sólo han cambiado el mapa político de España, sino que han creado una nueva sensibilidad. Resulta difícil digerir todo lo que ha ocurrido, pero, desde ya, se sabe que sus consecuencias trascienden más allá de los resultados electorales.

La tragedia carece de protocolos, así que la noticia de un devastador atentado en la estación de Atocha en la mañana del jueves 11 de marzo produjo las típicas reacciones de esos casos para los que nadie está preparado: desconcierto, rabia, compasión, impotencia, dolor, miedo… Pero una vez repuestos del primer shock, se pusieron en marcha los consabidos mecanismos psicológicos y sus correspondientes aplicaciones sociales.
Como al principio parecía (y no sólo porque lo decía el gobierno) que la masacre fue obra de ETA, cundió el pánico entre los simpatizantes del ecumenismo nacionalista de Carod-Rovida, partidario de mantener una relación civilizada con los terroristas vascos, y hubo fundamentados temores entre la izquierda, en el sentido que el atentado le daría la mayoría absoluta al Partido Popular en las elecciones que se celebraban tres días después.
Lógicamente, en el otro lado había cierta satisfacción y un ambientillo de “ahora os enteraréis, capullos”. Pero conforme crecía el número de cadáveres, a eso de las cuatro de la tarde y con unos 180 muertos, empezó a reforzarse la tesis que adjudicaba la autoría de la masacre al grupo islamista Al Qaeda, noticia que causó una honda preocupación en la derecha y un palpable alivio en círculos izquierdistas y nacionalistas, que últimamente comparten afinidades electivas.
El día del viernes, el distanciamiento interpretativo entre los dos bandos había llegado a tales extremos que daba la impresión de que, en realidad, se habían producido dos atentados en dos países diferentes. Imperturbable ante los resultados de las investigaciones, el portavoz del gobierno seguía defendiendo su tesis sobre la autoría de ETA, al mismo tiempo que ciertos grupos nacionalistas e izquierdistas intentaron convertir las masivas manifestaciones contra el terrorismo en actos de repudio antigubernamentales. El sábado, la rabia de estos grupos empezó a transmutarse, hasta que a las diez de la noche, y con 199 muertos, presencié desde mi balcón una cacerolada realmente festiva contra la guerra de Irak y el Partido Popular.
Así llegamos a las elecciones generales del domingo, en que, contra todos los pronósticos, salió ganador el Partido Socialista. Como era de esperar, el vuelco político, en lugar de serenar los ánimos, atizó los antagonismos. Desde el bando de los perdedores, se sugería que los socialistas ganaron gracias al terrorismo islámico, y en el otro lado se oían voces que señalaban al gobierno como responsable último del atentado.
Negar la relación entre la participación de España en la guerra de Irak y el atentado de Madrid es tan absurdo como establecer una relación directa de causa-efecto entre los dos hechos. Si esa ecuación fuera cierta, también debería serla aquélla según la cual la victoria del PSOE está manchada de sangre. Por definición, el crimen crea una relación con sus víctimas. Stalin liquidó a la aristocracia rusa, la burguesía, la Iglesia, los campesinos acomodados, la intelligentsia, los nacionalistas y los diversos izquierdistas porque hacían peligrar su poder, el poder de los soviets ¿Lo hacían peligrar de verdad? En cierto sentido sí, por tanto, fueron responsables de su propia eliminación. Al menos, así es como argumentaban, entre otros, los antepasados ideológicos de muchos de los progres actuales.
La hipotésis según la cual la masacre de Madrid fue un castigo por la responsabilidad bélica de España en Irak ignora la naturaleza del terrorismo e, indirectamente, justifica su actuación. Esa idea de “se lo buscaron” afloró con vigor después de los atentados contra las torres gemelas, y está al orden del día en relación con Israel. Su versión ibérica es equiparar el terror de ETA con “el terrorismo de estado” del Partido Popular, y, a partir de la invasión de Irak, tacharles de criminales de guerra.
Hay muchos países que tienen soldados en Irak y que, por tanto, podrían ser objetivos de un ataque terrorista. La elección de Al Qaeda poco tiene que ver con ese tipo de responsabilidades. Necesitaban dar un nuevo golpe, y posiblemente España ofrecía un campo más fácil que Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Japón o Polonia.
Todo esto, partiendo de la idea de que el atroz atentado fue consecuencia de la guerra -lo cual, dicho sea de paso, además de sembrar el caos, devolvió la libertad religiosa a los musulmanes de Irak, en nombre de quienes asesina Al Qaeda-. Y si Aznar hubiera sido tan buen chico como la paloma Chirac, ¿estaríamos a salvo? Los días anteriores de la matanza de Atocha, esa Francia valientemente antibelicista estaba paralizada de miedo a causa de la amenaza de un desconocido grupo islamista. Por lo visto, deseaban expresar su desacuerdo con la ley del velo.
No hay manera de quedar bien con Al Qaeda y sus semejantes. Su enemigo principal no es Aznar ni la derecha, sino Occidente y su democracia: esas mujeres que se atreven a opinar, esos jóvenes impíos que actúan como les da la gana, esa intelligentsia multiculturalista y descreída.
Todo lo demás es cierto: el terrorismo no se puede erradicar sólo con medidas policiales y militares, es necesario contribuir al desarrollo social y económico de los países islámicos, la lucha antiterrorista no puede justificar cualquier desmán, el PP ha pecado de arrogancia, etc., etc., etc.
¿Ha sido, quizás, esa arrogancia lo que les ha hecho perder las elecciones? Votos, seguramente, no les ha hecho ganar. Sin embargo, en las municipales -con la guerra de Irak y el desastre del Prestige a flor de piel- salieron reforzados. Como esta tesis no se sostiene, ahora prevalece la teoría de que su derrota fue consecuencia de “sus mentiras” al informar sobre la masacre. Algo de eso seguramente hay, aunque tampoco había tiempo ni espacio para mucha manipulación, que, por otra parte, fue debidamente desenmascarada por varios medios de comunicación y la mayoría de las misivas de reenvío electrónico.
Por más vueltas que le demos, no pudo haber otra causa capaz de cambiar el curso político en tres días que la conmoción causada por la masacre. A todo el mundo le incomoda esta idea, pero la historia se escribe así, y en ningún caso sería culpa del vencedor Partido Socialista. La creación de Israel hubiera sido impensable sin el Holocausto, pero no por eso los israe-líes deberían responsabilizarse por los crímenes del nazismo. Si el atentado hubiera sido de ETA -como podría haber sido-, el PP probablemente hubiera ganado por mayoría absoluta. Los mismos que ahora se indignan ante la suposición de que el atentado de Atocha pudo contribuir a cambiar la opinión de una parte del electorado, y a movilizar a otros que tradicionalmente no votan, ¿rechazarían también la idea de que ese hipotético atentado de ETA hubiese reforzado al PP?
No veo en esta supuesta atribución el punto débil del triunfo socialista, sino en que el triunfo no ha sido del todo conquista propia. Se trata de una victoria contundente, limpia y merecida, pero también coyuntural. Por más positiva que sea la imagen personal de Zapatero, el número de votantes que separa el inesperado y apoteósico resultado de la esperada y dulce derrota no ha dependido de la propuesta social o el modelo económico del PSOE, sino de unas circunstancias excepcionales en las que las emociones desempeñaron el papel protagonista. No es la primera vez que ocurre, y no hay nada malo en ello. Como dirían en un departamento de marketing, “no es un problema, sino una oportunidad”. Pero significa también que si no se cumplen ciertas expectativas -por otra parte, difíciles de cumplir-, las aguas volverán a su cauce. Para que no sea así, no bastará el buen talante de Zapatero, que ahora tendrá cuatro años para ganar a pulso las elecciones que acaban de darle un triunfo holgado.

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