La tristes putas de García Márquez

 

Lateral Nº 120,  diciembre 2004


Como era de esperar, Memoria de mis putas tristes (Mondadori, 2004), la última novela de Gabriel García Márquez, se ha convertido en un acontecimiento. Lo es también para el autor de este artículo que también ha quedado un poco triste.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero me toca hacer algo peor aún: anunciar el más triste ejemplo de decadencia literaria de nuestro tiempo. En realidad, el declive de García Márquez empezó mucho antes –concretamente, en El general en su laberinto (1989), ese panegírico novelado de Simón de Bolívar–, pero donde se hizo patente fue en el primer volumen de sus memorias (ver Lateral Nº 98). Con todo, Vivir para contarla (Mondadori, 2003) fue un libro límite, tan sólo al borde de la indecencia estética. Su fanfarronería, sus ominosas omisiones y su superficialidad se le escapaban a muchos lectores porque –si bien chirriando– allí funcionaba aún el conocido poderío retórico de su autor. Esas memorias representaban una suerte de malversación de fondos literarios, pero en esta nueva novela ni siquiera hay materia que malversar.

Ya se sabe que, con el tiempo, un porcentaje demasiado alto de artistas destacados se convierten en epígonos de sí mismos. Pero el caso de las putas tristes de GGM es más grave que eso. No es simplemente un libro menor o malo, sino el patético colofón de una trayectoria brillante y, al tiempo, una suerte de espejo retrovisor desde donde toda su obra se ve bajo la chabacana luz que emana de esta novela.

¿Qué puede ser tan terrible en un relato que, por otra parte, ha sido saludado por la crítica y los medios de comunicación como un magistral hallazgo, una obra sabia y vital, un “proteico” himno a la vida, un gozoso homenaje a Eros y a la tercera, incluso, la cuarta edad? Memoria de mis putas tristes narra la historia de un hombre de noventa años, periodista por profesión, tímido por carácter, feo por nacimiento y putero por falta de elección o erección; no me ha quedado claro. Después de un par de décadas de abstinencia sexual, al hombre se le antoja una virgen de 14 años, que, adormilada, le será servida noche tras noche por una vieja alcahueta, amiga suya. Gracias a esa pasión en principio platónica y al final correspondida (sic.), su décimo decenio se anuncia luminoso. Junto con el amor verdadero, el seductor nonagenario descubre “la vida real”, y hasta su siempre modesta carrera periodística da un vuelco triunfal: sus crónicas sentimentales, inspiradas en su amour fou por la niña dormida, lo convierten en un ídolo de los medios y, por consiguiente, de las masas humanas.

Sólo con esto –una trama bochornosa– sería más que suficiente para desautorizar a su autor. Pero, tristemente, hay más. Con sus putas tristes, García Márquez rinde homenaje a la La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata. Medirse con la perfección suele ser una aventura arriesgada incluso si el aspirante es también un maestro. Pero en este caso la comparación es vejatoria. Ya no digo que a las putas tristes le falte esa cualidad esotérica que Mishima le atribuye, con razón, a la noveleta de Kawabata. Le falta asimismo la dimensión social que la relación entre doncellas y viejos verdes implica, y, por ende, le falta de toda credibilidad narrativa. Lo que en el relato japonés, con un protagonista de 67 años, es opresión, derrota y degradación, en el de García Márquez, con ese Don Juan de 90, es una tierna seducción con happy end. En lugar de objeto de burla, pena o disgusto (como es habitual el tratamiento del tema desde la Biblia o Bocaccio hasta Svevo), la pasión del vejestorio de GGM por una niña de 14 es objeto de admiración, y mucha gente de la calle hasta le desea un “buen polvo”.

Algún incondicional de García Márquez y/o del realismo mágico podría aleccionarme arguyendo que se trata de una fantasía y no de una narración realista. Por supuesto. Pero es una fantasía muy fea –contestaría yo–, casi repelente, y para comprobarlo, propongo visualizarla como si fuera una película. La escena, por ejemplo, en la que el viril vejete, vestido sólo con unos “calzoncillos de besos estampados”, le hace cariñitos a la niña dormida. O aquella, en la que explica cómo su también matusalénica criada “me encontró desnudo en la hamaca a las diez de la mañana. La vi con los ojos turbios de la codicia y la invité a revolcarnos desnudos…”
El recurso de la desmesura y la exageración, que con tanta destreza había utilizado el autor, se ha trocado aquí en una chulería infantil y machista. Después de haber logrado la representación de la soledad más duradera, la lluvia más prolongada, el dictador más longevo, el amor más largamente reprimido, García Márquez ha decidido crear el nonagenario más cachondo de la historia universal de la literatura. Una anciana prostituta, por ejemplo, confiesa sentirse feliz con su marido chino, aunque esto fuera como “estar casada con el dedo meñique…”, circunstancia que contrasta con la proverbial “pinga de burro” que tiene el veterano protagonista.

En resumen, se trata de un anciano muy completo. De los achaques propios de su edad, GGM tan sólo destaca la quemazón de culo, pero por otra parte, tiene una meada fenomenal: “modestia aparte, con un chorro inmediato y continuo de potro cerrero”, que, como todo el mundo sabe, es signo de hombría.

Además de fea, esta fantasía es falsa. En sus grandes libros, García Márquez se distinguía por la creación de espacios fantásticos en los que hasta la realidad más increíble se tornaba verosímil. Ahora, en cambio, ha insertado una fantasía kitsch en un tejido narrativo realista. Nada bueno podría haber salido de esta operación, pero aán así desconcierta la chabacanería del acabado. La siempre enfática adjetivización del autor llega aquí a resultados paródicos. Cuando el añoso caballero ve por primera vez a la niña dormida, constata que “lo mejor de su cuerpo eran los pies grandes de pasos sigilosos…”. Algunas páginas más adelante, y ya con mayor conocimiento de causa, los mismos pies llegan a ser de “pasos tenues”. Y, con una admirable economía de medios, tenue será, dieciocho líneas más abajo, la respiración de la nena adormilada. Aún así, lo más triste de estas putas tristes es su cursilería sin riberas, de la que apenas dan un tenue reflejo las pocas máximas que puedo citar aquí: “La edad no es la que uno tiene sino la que uno siente.” O el tan citado “El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”.

Hace cuatro años, un poema especialmente sensiblero y tonto (que se puede leer en Lateral Nº 71) fue adjudicado a GGM por millones de lectores. Al Nobel colombiano (y también a servidor) le escandalizaba esa suposición. Ahora ha quedado claro que el poema incriminado no sólo podría, sino debería haber sido escrito por él. Éstos son, pues, mis versos más tristes esta noche.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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