¿Qué hay de malo en lo bueno?

Lateral no 109, enero 2004

Si se le da crédito a Lev Nikoláievich Tolstoi y se acepta que los matrimonios felices son dichosos siempre de la misma manera y los infelices, en cambio, lo son cada uno de un modo distinto, cualquiera puede constatar que en la cultura, que es un asunto aún más complicado que la vida conyugal, siempre está asegurada la máxima variedad.

Ahora bien, ¿de qué manera particular es infeliz la cultura española de los últimos años? ¿En qué consiste su malestar? Aunque suene a puro efectismo, yo diría que peca precisamente de una excesiva felicidad. Parafraseando un dicho cubano prerrevolucionario (“lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”), me atrevo a sugerir que el mal de la actual cultura española está en lo bien que se ha puesto.

Que le va bien, no hay quien lo niegue. Ni siguiera yo, que pretendo demostrar lo contrario. ¿Cuál es el problema, entonces? ¿Por qué calificar de fracaso tamaño éxito? De acuerdo. No hablaré de fiasco. Constato, simplemente, que el éxito suele tener su precio. Sobre todo si llega demasiado rápido. Apenas hace unas décadas España fue una tierra baldía culturalmente apagada, pobre y provinciana, muy por detrás, incluso, de varios países latinoamericanos. Hoy es una democracia próspera, el miembro con mayor crecimiento económico de la Comunidad Europa.

No hay ejemplo más ilustrativo de este cambio que el mercado editorial, en que la lengua común que nos separa permite una instructiva comparación. Buena parte de los míticos sellos latinoamericanos (Sudamericana, Paidós, Losada, Grijalbo, Emecé…), varios de ellos fundados por exiliados de la Guerra Civil, están hoy en manos de grupos españoles o de filiales ibéricos de holdings multinacionales. A su vez, todas las editoriales españolas de peso tienen sucursal y/o distribución en América Latina, cosa que no ocurre al revés. Las casas latinoamericanas no distribuyen sus libros en España o, cuando lo hacen (caso de Fondo de Cultura Económica, por ejemplo), parece una operación secreta cuyo objetivo es no llamar la atención de los irritables nativos.

Esta situación tiene consecuencias económicas muy desiguales para las dos partes, pero no tiene por qué perjudicar en lo cultural. Sin embargo perjudica, y –de acuerdo con la lógica asimétrica de la globalización– ese suministro monopólico español más que abrir espacios, crea compartimentos estancos.

En su día el kulturpolitik del imperio soviético establecía tres tipos de obras artísticas: la prohibida, la tolerada y la apoyada, siendo esta última la oficial. La política de marketing de las editoriales españolas, asimismo, ha creado tres categorías para sus libros latinoamericanos: los de exclusivo uso local; aquellos cuya edición autóctona merece una timorata distribución en algunas librerías de España; y las obras de los autores internacionales, publicadas a bombo y platillo también en España. Para llegar a la selección internacional, como mínimo, hace falta escribir un best seller. Desde los tiempos del boom, lo han logrado principalmente autores del perfil literario de Isabel Allende, Ángeles Mastretta o Luis Sepúlveda. Editoriales como Anagrama, que apuesta con el mismo ímpetu por todos sus autores, sólo confirman la regla.

Por otra parte, gracias al inestable mercado latinoamericano, España es uno de los mayores productores de libros del mundo, disputándose el cuarto lugar con Francia. Tomando en cuenta el período analizado, en 1993 se publicaron 39.000 títulos; en el 2000, unos 58.000 y, actualmente, cerca de 70.000. Eso sí, cada vez con menor tirada. 70.000 títulos al año corresponden a unos 5.800 libros al mes, a 1.340 a la semana, y 192 al día. Restemos lo que se edita en catalán (15 %), en vasco (2,2) o gallego (2,3); quitemos lo que es reedición; obviemos lo que es libro de texto, científico, técnico, gremial, ilustrado o infantil; olvidemos los que son catálogos o publicaciones comerciales… Aún quedan unos 30-40 títulos en principio legibles y reseñables para cada uno de los días del año, incluidos los feriados. En semejante situación, sólo un milagro y las editoriales más potentes pueden asegurar cierta presencia en las librerías, los medios de comunicación y el corazón de los lectores. Casualmente, estas editoriales cada vez más suelen pertenecer a los grandes grupos.

La concentración editorial llegó con notable retraso a España pero, tal vez por esto mismo, se impuso con vigorosa urgencia. Hoy en día más o menos el 70 % de la producción está en manos de seis grupos. Entre ellos el Planeta que, con más de 50 sellos (incluidos enciclopedias, productos multimedia y fascículos que se venden en los quioscos) domina el 25 % del mercado.

Que no se me interprete mal: mis reparos a la concentración editorial no son de orden ideológico, sino estético. La economía de una gran empresa necesita una producción masiva, sostenible sólo mediante libros de fácil consumo. Para manejar este proceso industrial, se requiere un buen gestor (un gerente, un jefe de marketing…) y no un editor artesano y escrupuloso. Esto es así aun cuando la producción de varios sellos de dichos grupos pueda considerarse meritorio (Alfaguara, de Prisa o Seix Barral, de Planeta), innovador (Mondadori, de Randomhouse-Mondadori) y hasta exquisito (Galaxia Gutenberg, de Bertelsman).

Es cierto que en esta última década han nacido muchas editoriales pequeñas, pero también lo es que la inmensa mayoría de ellas ha perecido o que tiene una existencia agónica. Tampoco les ha valido descubrir a autores de gran interés o, incluso, de éxito. Como en el fútbol, los equipos pobres sólo sirven de cantera para los clubs del Champion Leage. En todos estos años, tan sólo una editorial se ha sumado a los históricos sellos independientes –Anagrama, Tusquets, Siruela– que se mantienen airosos en primera línea del fuego: Salamandra, una escisión de Emecé, entre cuyos múltiples aciertos figuran Sándor Márai y Harry Potter.

Los grupos fabrican más barato, dominan las librerías, dictan en distribución, disponen de recursos para la promoción y, además, a menudo tienen que ver con algún medio de comunicación. El ejemplo más completo lo ofrece el Grupo Prisa, un imperio mediático que tiene, entre otros, el diario más leído (El País), el suplemento cultural más influyente (Babelia), canales de televisión, revistas varias, una cadena de librerías (Crisol) y un holding editorial (Santillana, con sellos como Alfaguara, Taurus o El País-Aguilar). Uds. seguramente ya han adivinado que los libros de dicho grupo no quedan del todo desatendidos en sus propios medios de comunicación.

Frente a esta supremacia del marketing, tenemos los ejemplos edificantes de la consagración nacional e internacional de autores como Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño o Javier Marías. Resulta sintomático, sin embargo, que los tres narradores más grandes que han surgido en España después de Marsé, Benet y Goytisolo tuvieran un reconocimiento tan tardío y tortuoso. Hasta los 43 años, cumplidos en 1996, Bolaño fue mucho menos que un escritor marginado. Vila-Matas, una referencia ineludible en México o Argentina desde los 80, hasta hace poco ha sido un modesto autor de culto en su patria. Y, en cuanto a Marías, llegó al estrellato cuando el crítico alemán Reich-Ranicki lo declaró uno de los mayores prosistas del siglo.

Siguiendo con los aspectos positivos, tenemos varios importantes eventos culturales al aire libre, como el día de Sant Jordi en Cataluña y la Feria de Libros en Madrid. Son auténticas fiestas del libro, con las multitudes empujándose delante de los estands en un hermoso día de primavera. Tal vez como previsión a las dificultades de movimiento, en todas las casillas exhiben exactamente las mismas obras, menos en los puestos de algún partido radical o secta. Pero no importa, al menos se vende una ingente cantidad de libros. El día de Sant Jordi, por ejemplo, representa el tercio de la facturación en Cataluña. Lo que no se sabe con exactitud es cómo se reparten los dos tercios del consumo libresco en los restantes 364 días. Se sabe, en cambio, qué es lo que se vende en estas populosas ocasiones: lógicamente, las obras de los famosos. No tienen que ser escritores, y los más vendidos efectivamente son presentadores de televisión, locutores de radio, meretrices, personajes mediáticos… Y cuando se trata de escritores profesionales, suelen ser de la estirpe de Antonio Gala, el más cursi de los autores ibéricos.

El mismo proceso se observa en las otras disciplinas. Existe en España una docena de festivales de jazz, pero más que propuestas individuales parecen las estaciones de una misma gira que, además, se repite cada año. Diecisiete llevo en este país y, descontando los decesos, veo anunciar siempre a los mismos músicos, desde los inevitables cubanos hasta Chick Corea, Ian Garbarek y otros monstruos sagrados del género. Parece la escenificación jazzística del eterno retorno.

De la misma manera, o sea, sin apuestas, y sobre todo sin trascendencia, suceden los numerosos festivales de cine. La excepción sería el de San Sebastián, que si bien ya no constituye una referencia internacional, mantiene su glamour, ahora al servicio de la producción cinematográfica nacional.

En artes plásticas, mientras que se ha puesto de manifiesto la crisis del sector, sobre todo en lo que a las galerías se refiere, emprendieron su marcha triunfal las megaexposiciones mediáticas. Siguiendo una fórmula exitosa de Nueva York, Londres y París, el buen trabajo de marketing ha convertido en eventos sociales de consumo casi obligatorio algunas exposiciones realmente espectaculares, gracias a las cuales, el público español ha podido por fin conocer –a cambio de una cola de varias horas– a pintores como Velázquez o Goya. Incluso, la mera existencia de un original edificio, el Guggenheim de Bilbao, ha provocado una peregrinación multitudinaria a una ciudad adonde nunca nadie iba antes por motivaciones estéticas o turísticas.

Las grandes promesas de los noventa (el Reina Sofía de Madrid, el IVAM de Valencia el MACBA de Barcelona…) han perdido fuelle y personalidad. El primero de ellos, por ejemplo, ofrece tan novedosas muestras en la presente temporada como las dedicadas a Rafael Albertí, Juan Gris o Tàpies. También aquí el sector privado ha tomado las riendas y las exposiciones más arriesgadas han sido organizados por fundaciones de bancos y grandes empresas, entre las cuales destaca la fundación de La Caixa y la de Telefónica.

Asimismo, en el terreno del teatro y la danza, el general apocamiento se combina con lo grandioso y mercantil, salvo excepciones honrosas, sobre todo en el flamenco y sus fusiones. Los grandes festivales no tienen ninguna trascendencia internacional. El Festival de Otoño de Madrid es un vistoso pupurri, y el Grec, de Barcelona, representa una confusa mezcla entre lo comercial frustrado y lo elitista epigonal…

Tiene un gran valor simbólico el hecho casual que los acontecimientos que podrían ofrecer el marco referencial de estos diez años son, por un lado y en 1992, las Olimpiadas de Barcelona, La Expo de Sevilla y el V Centenario del Descubrimiento de América, y por otro, el Fòrum Universal de las Culturas de Barcelona, que se organizará en 2004. La diferencia entre estos eventos de carácter festivo y popular marca la tendencia de la época. Independientemente de la opinión que pueden merecer los festejos del 92, todo el mundo sabe de qué iban y qué finalidad tenían. Al contrario, aún nadie ha logrado descifrar cuál es el contenido del Forum 2004, a pesar de los costosos esfuerzos de sus organizadores para comunicárnoslo.

Este acontecimiento, que se anuncia como algo nunca visto y es financiado por tres administraciones antagónicas (el ayuntamiento socialista, el Gobierno catalán nacionalista y el gobierno español derechista), constituirá un hito en la cultura de la posmodernidad. Su presupuesto admitido es de 327 millones de euros, o sea 54 mil millones de pesetas, de veras algo nunca visto. Entre sus ofertas estrellas figuran el Mesías de Händel dirigido por Rostrópovich, una puesta en escena de Peter Brook y la exposición del ejército de terracota chino. Por más extraordinarios que sean, los mencionados artistas veteranos son asiduos de los escenarios españoles. Los guerreros chinos de barro, ciertamente representan una novedad, aunque por la misma inversión podrían traernos las pirámides de Teotihuacán. También gustarían mucho al público de Barcelona.

En cualquier caso, ninguno de estos tres espectáculos de presupuesto desorbitado tiene mucho que ver con los presupuestos ideológicos del Forum, que también los tiene, y que se fundamentan en tres sólidos ejes: Paz, Tolerancia y Sostenibilidad. Además de ofrecer, pues, múltiples atracciones, se organizará una serie de eventos para justificar tan nobles objetivos. Así, por ejemplo, habrá una reunión de premios Nobel a favor de la Paz. Esto es, dependiendo de los honorarios que se les ofrezca, un grupo todavía indeterminado de galardonados acudirá a Barcelona para declarar solemnemente que, en un principio, prefiere la paz a la guerra.

Como pueden apreciar, este gran evento (que muchos perciben como una camuflada operación urbanística para mejorar, y también encarecer, un depravado barrio costeño de la ciudad) no es una feria cualquiera, sino un modelo para el futuro. En estos diez años, el hedonismo consumista ha encontrado su media naranja en la corrección política. Sin que la agit-prop dejara de ser la rama más creativa de la ideología, hemos llegado al umbral de una época en que la ideología pasa a ser una rama del marketing. No se trata del peor de los mundos posibles, aunque sí de uno de los más banales. Peores fueron casi todos, empezando por el franquismo. Pero en aquella época había, al menos, alguna esperanza; la gente se consolaba pensando que no podía haber nada peor. Ahora, en cambio, se resigna a que difícilmente habrá algo mejor. Es una situación extraña que, con tantas cosas al alcance, invita a abandonarse al desasosiego. Suerte de aquella graciosa frase cubana, capaz de levantar la moral hasta en los mejores momentos: “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”.

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