Márai: el hombre que escogió su propio destino

Entre los muchos intelectuales singulares del siglo XX, el húngaro Sándor Márai (1900-1989) se distingue con iluminadora ejemplaridad por haber elegido de acuerdo con sus principios todos los momentos decisivos de su vida, incuída la muerte. Proveniente de una burguesía alemana afincada hacía siglos en el país, como primer ejercicio del libre albedrío, el joven escritor hungarizó su germánico apellido Grosschmid. Su voluntarismo patrio cobró un significado altamente poético en el momento en que, tras la Primera Guerra Mundial, se hundió el Imperio de los Habsburgo y con él, la Hungría histórica que entrega a sus vecinos dos tercios de su territorio. La patria chica de Márai, esa región norteña y subcarpática, con su ciudad natal Kassa / Kosice, formará parte de la flamante Checoslovaquia, hoy desaparecida.

No hay tierra literariamente más fecunda que la del paraíso perdido, ni tampoco fuerza más creativa que la nostalgia. Ese mundo desaparecido inspira varias de sus mejores obras, entre ellas, las memorias Confesiones de un burgués o la novela El último encuentro. El hundimiento del país y de los valores que se le atribuía, en los años 20, llevan a Márai al exilio. Primero vive en Francia y luego en Alemania, donde, incluso, ensaya una prometedora carrera como periodista del Frankfurter Allgemeine Zeitung. En 1927 volvió a Hungría, pero no por nostalgia, sino por desilusión: aquella Europa humanista, liberal e ilustrada de sus ideales ya no existía. Una Europa de las masas y sus caudillos estaba imponiéndose. Y en su Hungría tampoco pintaban mejor las cosas. Con todo, ésa es la más gloriosa época de su carrera. Ejercía en todos los géneros: periodismo, teatro, narrativa, poesía, ensayo, crítica y memorias.

Cuarenta y un libros publicó Márai entre 1927 y 1947. Éxito, fama y dinero eran sus compañeros de viaje en aquellos años. Tenía varios pisos, coches y amantes. Aunque nadie lo diría al ver sus fotos tomadas de viejo, Márai era buen mozo y un seductor. Lo único que no le sedujo jamás fue el poder, ni siquiera cuando más cerca se encontraba de él. Su independencia y valentía en lugar de aflojarse, crecieron durante el terror nazi. Su mujer era judía y él se mantenía firme y protector a su lado. Cuentan que Márai le prohibía ponerse la estrella amarilla (ya por esta falta podrían haberlos fusilado ambos en el acto), y salían a pasear como si nada. Cuando caían en las redes de las cada vez más frecuentes  razzias nazis, él apartaba con un gesto majestuoso, y sin duda previamente practicado, al soldado que les reclamaba los documentos. A la vista de su imponente figura aristocrática  los esbirros nunca se atrevieron a insistir. Su Diario de guerra, de 1943-1944, es un testimonio insuperable de esa época terrible que finalizó con la llegada del Ejército Rojo.

Por un momento parecía que la democracia iba a ser posible. Márai intentó volver a empezar, incorporarse a ese nuevo mundo, pero al ver cómo el Partido Comunista, con los soviéticos en la sombra, se hacían con el poder y forjaban una nueva dictadura, en el año 48 decidió emigrar, sin sospechar, naturalmente, que ya nunca volvería. Coincidencias de la vida y de la literatura: durante cuarenta y un años estuvo esperando el viejo coronel protagonista de El último encuentro –esa virtuosa pieza a dos voces que arrasa por toda Europa casi sesenta años después de su concepción– para volver a ver a su único amigo y supuesto traidor. Exactamente, los mismos años que duraría el exilio de Márai.

Primero vivió en Suiza, luego en Italia, país al que se debe su resuscitación, y después de pasar un tiempo por Inglaterra y Canadá, se instaló en Estados Unidos. Al principio es el héroe mimado del exilio magiar, y se le publican todos los libros, incluidos los nuevos. Pero pasan los años y las décadas y cada vez es mayor el vacío alrededor de él. Va perdiendo lectores, empiezan a escasearle los editores y a menguar los honorarios. Hungría también ha cambiado: desde la calderilla del comunismo goulash, incluso le invitan a regresar, le prometen publicarle. La tentación es enorme, pero Márai no es hombre de concesiones. Con la libertad no se regatea. Una vez más ejerce su libertad, y de nuevo contra sus propios intereses materiales. Los últimos años los pasa en San Diego, California, un lugar en el lado opuesto de su hermosa y cosmopolita Budapest. Viejo, enfermo y pobre, Sándor Márai aún tuvo que encajar el golpe de sobrevivir a Ilona, su compañera de una vida entera. Su diario registra el momento: “Espero la llamada de las armas, no tengo prisa, pero tampoco pienso postergarla. Es el momento.” El siglo XX acabó de cumplir 89 años; los mismos que Márai. Frente a la agonía y la soledad, él prefirió la libertad de la muerte. Unos meses después cayó el muro de Berlín, y con él finalizó también el siglo. Como si no hubiera podido sobrevivir a unos de sus hijos más emblemáticos.

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