Lecciones positivas sobre la negatividad

Sobre Imre Kertész.

(Antrophos n0 203, 2004)

 

 

Cuenta Primo Levi que en el verano del 44 el húngaro llegó a ser la lengua más hablada en Auschwitz después del yiddish. Casi medio millón de judíos magiares deportados de un mes a otro contribuyeron a esa mutación lingüística del campo de exterminio más grande de la historia. Entre ellos se encontraba el adolescente Imre Kertész (Budapest, 1929), quien treinta y un año después publicaría una novela sobre su terrible experiencia. ¿Por qué una novela, y por qué tardó tanto tiempo en escribirla? En la respuesta está la clave de una de las trayectorias literarias más radicales de nuestro tiempo.

Se sabe que la traumática vivencia de los campos de concentración, en lugar de inspirar, enmudece, y que casi todos los cronistas del Holocausto (desde Eli Wiesel hasta Jorge Semprún o Ruth Krüger) tardaron mucho en escribir sobre lo que habían vivido. Pero las razones psicológicas no llegan a explicar del todo las tres décadas de silencio que miden entre la liberación de Kertész y la publicación de su novela Sin destino. Entre otras cosas, porque en su caso no se trataba exactamente de liberación.

Él mismo se describe en su conferencia “Patria, hogar, país” como una persona que “durante la ocupación rusa titulada socialismo, pasó cuarenta años de exilio interior […] para reconocer por fin, después de la primera euforia por el vuelco de 1989, su inalterable extranjería, como si fuera la última estación de un larguísimo viaje, a la cual llegó, de hecho, sin haberse movido de su sitio…” (Los ensayos aquí citados del autor, en caso de que no señale otra fuente, pertenecen al volumen Un instante de silencio en el paredón, Herder, Barcelona, 1998.)

Efectivamente, al ser liberado de Auschwitz, Kertész –de deplorable origen pequeño burgués y de sospechosa actitud apolítica– se encontró en medio de un nuevo horror. Volvió a ser un enemigo: del Pueblo, del Estado, de la redentora ideología oficial. Sobrevivió a trancas y barrancas: terminó la escuela secundaria, empezó a trabajar como periodista, y cuando en 1950 lo despidieron, sólo encontró trabajo en una fábrica. El año siguiente le tocó el servicio militar y cuando en 1953 se reincorporó a la vida civil, se dedicó a cualquier cosa, con tal de no integrarse. Principalmente a labores difíciles de casar tanto con su sombrío pasado, como con su futura obra: escribió libretos para musicales de poca monta, piezas cómicas, letras de canciones bailables, y, ya en los sesenta, algunas veces ejerció incluso como una especie de “creativo” de publicidad, inventando guiones, eslogans y gags para el tipo de anuncios que podía existir en un país comunista que empezaba a coquetear con el consumismo.

Finalmente, a partir de los setenta, se forjó cierta reputación como traductor, entre otros, de Nietzsche, Wittgenstein, Freud, Hofmannsthal, Canetti y Joseph Roth, pero tampoco la mejora laboral llegó a alterar su esencial condición de marginado. Y eso que entretanto ya había publicado su primer libro.

A mediados de los años cincuenta Kertész ya consideraba suficiente su experiencia vital e intelectual como para darle forma y ponerse a escribirla. Después de haber fallado con varias novelas, emprendió la escritura de la que sería su obra cumbre. Trece años tardó en terminar Sin destino, que luego estuvo esperando durante otros cinco un destino mejor que el cajón de su buró. Finalmente, se publicó en 1975, cuando su autor tenía ya 46 años. Pero tampoco la publicación causó el más leve cambio en la vida de Kertész: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales comprendió que se trataba de una de las obras capitales de la literatura contemporánea.

Por lo demás, la vida de Kertész seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un piso de 29 metros cuadrados. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas. La primera fue Sin destino, su obra maestra (Plaza & Janés, 1996, El Acantilado, 2002). La siguiente, El fracaso, apareció en 1988, o sea, trece años después de Sin destino, y en cierto sentido la complementa. Narra la historia de un superviviente del Holocausto que primero se dedicaba a escribir libretos de musicales y piezas cómicas, y que luego –después de haber publicado un libro sobre sus vivencias en los campos de concentración– fabricaba obras de consumo fácil. Una crisis creativa le empujó a retomar un viejo proyecto y elaborar la historia de un escritor de Budapest, superviviente del Holocausto, que en su crisis creativa decide visitar a un amigo suyo en una ciudad extranjera, que finalmente resulta ser la misma Budapest pero más gris, represiva y kafkiana. O sea, se trata de un viaje en el tiempo que transporta al Kertész de los años setenta a los años cincuenta, la época estalinista.

Su tercera novela, Kaddish por el hijo no nacido, es de 1990 (El Acantilado, 2001) y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos. Aquí también el protagonista guarda más parentescos con su autor que lo que el concepto de la ficción tradicionalmente permite y su material narrativo –tal vez no sería apropiado hablar de trama en este caso– corresponde a las vivencias e inquietudes de un intelectual superviviente del Holocausto que, precisamente a causa de su insuperable vivencia, decide no tener hijos.

Después de la caída del muro de Berlín, Kertész se volvió más productivo. Publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos largos La bandera británica (1991) y, junto con un texto de Péter Esterházy, Acta notarial (1993), los ensayos El holocausto como cultura (1993) y Un instante de silencio en el paredón (1998), que es una edición considerablemente ampliada del volumen anterior; y el híbrido Yo el otro (1997). También estaba algo más presente en la vida cultural húngara y empezó a vivir, incluso, con cierta holgura, gracias a su tardío descubrimiento en el extranjero, principalmente en Alemania. Pero nada cambió en lo esencial: él seguía siendo un autor desconocido para la mayoría de los lectores, y no reconocido –o, incluso, rechazado– por las autoridades culturales húngaras, que a menudo intentaron impedir su incipiente carrera internacional, que básicamente se limitó a Alemania. De todas maneras, y descontando esa paradójica revelación germánica, el desinterés por Kertész, por así decirlo, no conocía fronteras. Su obra no cotizaba en la literatura de y sobre el Holocausto. No solamente ningún autor o autoridad sobre el tema le ha dedicado un análisis, sino que ni siquiera le citan o se refieren a él. Su nombre no figura, por ejemplo, en el por lo demás excelente libro de Enzo Traverso La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales (Herder, 2001), publicado originalmente en Francia en 1997, o sea, cuando Kertész tenía ya 68 años.

 

Las patrias de Kertész

Si el desconocimiento internacional del Kertész pre-nobeliano se explica con el aislamiento de la lengua húngara, con el cerco que imponía el sistema comunista a la cultura no oficial, y con el lugar periférico que ocupa Europa del Este en la conciencia Occidental, el persistente rechazo de que es objeto en su propio país precisa de explicaciones más matizadas. Para empezar, entre las tres identidades que se le atribuye –escritor húngaro, superviviente del Holocausto–, la de húngaro le resulta la más problemática.

“Existe un país en que nací, cuyo ciudadano soy y, sobre todo, en cuya maravillosa lengua hablo, leo y escribo mis libros; sin embargo, este país jamás ha sido mío; más bien, yo he sido suyo, y durante cuatro décadas demostró ser mucho más cárcel que hogar. Si quisiera llamar por su verdadero nombre al coloso, que era la forma adoptada por este país al que siempre me enfrenté, lo denominaría: estado. El estado, sin embargo, nunca puede ser nuestro”, explica Kertész en su conferencia “Patria, hogar, país”.

La distinción entre patria y Estado es tan importante como frecuente es su confusión, que en el caso de Kertész llegó a extremos tan letales como grotescos. Cuando en su marcha hacia Auschwitz, el tren de mercancía en el que viaja el adolescente protagonista de Sin destino llega a la frontera húngara, guardias civiles magiares recorren el transporte y encomiendan a los judíos apiñados en los vagones de ganado a entregarles sus objetos de valor y dinero, apelando al sentimiento patrio: “Lo que llevéis os lo quitarán los alemanas –nos aseguró–. Entonces –continuó diciéndonos desde lo alto de la ventana–, ¿no es mejor que se quede en manos húngaras? Después de una corta pausa que me pareció solemne, añadió con una voz cálida, casi íntima que parecía olvidarlo todo y perdonarlo todo: al fin y al cabo, vosotros también sois húngaros”. Efectivamente, hay entre los deportados quien está dispuesto a entregarles sus joyas a cambio de un cubo de agua. Pero el patriótico guardia quiere cobrar antes de darles de beber y el negocio no se cierra. Enfadado, el buen hombre les espeta: “Asquerosos judíos, pretendéis hacer negocios hasta con lo más sagrado.”

Al desproveerle a Kertész la patria original, se le asignó una nueva: Auschwitz. Su Nobel constituye un homenaje a ambas: es el primero que reciben los húngaros en literatura, y el primero que, en esa misma modalidad, hace honor a las víctimas del Holocausto. El galardón de Kertész es, entonces, el más alto reconocimiento a esa comunidad internacional de los hundidos que constituye el auténtico novum del siglo XX. Ser húngaro, coreano o catalán puede ser, como quería Borges, una fatalidad o una mera afectación, pero no constituye una cualidad nueva en la historia de la humanidad. La ciudadanía del Holocausto sí. Rechazado por su país natal, no es de extrañar que Kertész se identifique más con esa comunidad sin patria que con la patria que le negó la comunidad. Y tal vez haya alguna lógica providencial y justiciera en el paradójica hecho de que fuese precisamente Alemania el país que le diera una proyección internacional, y que, en definitiva, le hiciera posible el premio Nobel.

 

La singularidad de Sin destino

Como Cervantes, Swift o García Márquez, Imre Kertész es autor de varios libros importantes, pero será recordado principalmente por uno solo. En su caso, esa obra es Sin destino. ¿En qué consiste la radical novedad de ese novela?

En un principio todo en esta obra es como suele ocurrir en semejantes historias: un chico de 15 años, es deportado a Auschwitz y después a Buchenwald. Tampoco falta la descripción del viaje en el vagón de mercancías, el impacto de la llegada, los detalles del horror, aunque mucho menos de lo que se espera en estos casos. Acaso ahí radica la primera diferencia. Levi, Anthelme, Borowski, Semprún y otros grandes cronistas del Mal Radical, lo que analizan y describen son los mecanismos del terror y los límites de la condición humana. A Kertész le interesa más bien el significado de su experiencia y lo que ésta tiene que ver con la vida normal, libre. Nadie ha logrado representar la terrible lógica de esa relación y detectar el vínculo íntimo que existe entre los dos mundos. Nadie ha podido expresar la naturalidad del proceso (también en el sentido kafkiano) de despertarse un buen día para convertirse, sucesivamente, en un señalado, en perseguido, en un condenado a muerte e, incluso, en mucho menos: en un no-ser, un número, un objeto que finalmente se rompe.

Otra de las diferencias entre Sin destino y la mayoría de los textos sobre el Holocausto escritos por supervivientes consiste en que es una novela, o sea, que está concebida como una obra de ficción y no como memorias. En este sentido, por más extraño que parezca, éste es el libro menos autobiográfico de Kertész, un autor que, por lo demás, en todos sus textos se alarga o se literaturiza a sí mismo.   Por supuesto, también aquí coinciden las vivencias del autor y su protagonista. Pero su proceso mental, su actitud ante los acontecimientos, probablemente no. “Quería plasmar en una forma clara y límpida una historia, y la de mi propia deportación se me ofrecía como la más adecuada –explica en una entrevista (Szombat, 4/1994)–. En ningún momento se me pasó por la cabeza escribirla en su cruda y sangrienta realidad. Sin destino es un libro objetivo, trata la vida como una totalidad, y a pesar de ser una novela del yo o una novela de campo de concentración, no utilicé mis propias vivencias, o más exactamente: las utilicé en la medida que el mundo filosófico y lingüístico de mi novela lo exigía.”

Puede parecer una frivolidad plantear estrategias literarias para un libro sobre Auschwitz, sin embargo, ésa era la manera de encontrar un tono y un lenguaje que le permitían ir más allá de los hechos, la denuncia y la moralización. Como todos los grandes acontecimientos de la historia, también el Holocausto ha creado sus tópicos, clichés de un martirio colectivo que permiten apartarlo –solemnemente y con sincera conmoción– de nuestros ojos y vivencias. Gracias al proceso de objetivización novelística, Kertész logró romper ese cliché y liberarse del punto de vista del hombre maduro que recuerda lo ocurrido, para construir la conciencia de un adolescente que lo estaba viviendo.

Desde ese ángulo todo resulta diferente. La estrella amarilla, por ejemplo, “cuando iba solo, no me importaba llevarla e incluso me divertía…” Cuando en Budapest cae en una estúpida redada (un solo policía le detiene a él y, una por una, a varias docenas de personas) ni se le ocurre escapar. No le parecería honrado. En la fábrica de ladrillos, donde los agrupan con cientos de judíos, les ofrecen la posibilidad de ir a trabajar a Alemania. Él, junto con sus amigos, aprovecha la oportunidad: “Principalmente esperaba encontrar en el trabajo una vida nueva, ordenada y ocupada, experiencias nuevas y algo de diversión.” Su afán de comprender a sus verdugos y colaborar con ellos no disminuye ni siquiera cuando entiende su destino. Empieza su trabajo de esclavo dispuesto a enseñar a “ésos lo que sabemos hacer en Budapest”. Como tantos otros, pretende ser un “buen preso” y cuando comprende que resulta imposible ya es tarde: entra en una decadencia física y espiritual en la que sólo desea “seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso”.

Treinta años tardó en gestar este su primer libro Kertész y trece en escribirlo, en llegar a hacer compuestos como campo de concentración hermoso, crear esas frases rotas en las que lo terrible del significado está interrumpido y contrapunteado hasta la perversión por excusas, correcciones y aceptaciones. Todos estos reconozco, admito, mejor dicho del protagonista no son sino patéticos residuos de la buena educación, la obediencia, el respeto a las autoridades y la confianza en las instituciones, residuos de un mundo civilizado y burgués que no sólo no pudo impedir Auschwitz, sino que de alguna manera –indirecta, pasiva, casi jovial– lo engendró y lo toleró. Y esto es lo que, cual una cegadora iluminación permite entender esta novela. Sin destino es un gran libro no porque sea una convincente y conmovedora historia sobre el Holocausto (de esas hay varias), sino porque es capaz de implicar a los lectores y sus pacíficas existencias en esos lejanos horrores con los que nunca pensaban que iban a tener algo que ver. Pero precisamente, en esa implicación reside su incomodidad.

Después de Sin destino, no vuelve tratar a el Holocasto en su narrativa, al menos no directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo es Auschwitz. “Nuestra mitología moderna –dice– empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz.”. Pero esa negatividad absoluta tiene su lección positiva. El Holocausto constituye un valor, afirma, porque “condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable; por eso esconde también una reserva moral inconmensurable.”

Su postulado puede parecernos excesivamente optimista. Pero, entonces, Kertész dice que “la importancia de las cuestiones depende de si son vitales”. Y Auschwitz lo es. Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. “Si existe la libertad, no puede existir el destino”, descubre el héroe adolescente de su primera novela. La vida y la obra de Imre Kertész es la sufrida y tenaz refutación de este descubrimiento. Su flamante galardón es la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a su hijo, en este momento, más famoso.

 

 

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Filed under Holokauszt, Irodalom, Könyv, Kritika, Politika, Publicisztika, Web

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