Jocs del destí

“Jocs del destí. La vida i obre exemplars d´Imre Kertész (in Premis Nobel de l´any 2002, Institut d´Estudis Catalans, Barcelona, 2004)

 

 

Cuenta Primo Levi que en el verano del 44 el húngaro llegó a ser la lengua más hablada de Auschwitz. Casi medio millón de judíos magiares deportados de un mes a otro contribuyeron a esa mutación lingüística del campo de exterminio más grande de la historia. Entre ellos se encontraba el adolescente Imre Kertész, un chico  de apenas 15 años que hasta entonces sólo había conocido su ciudad natal, Budapest. Exactamente como el protagonista de Sin destino, la primera novela que treinta años después escribiera el nuevo inquilino de Auschwitz.

El adolescente héroe de esa novela –y tal vez el mismo Kertész– pretendía ver siempre el lado positivo de la vida. Creía que llegaba a Alemania, y a trabajar. Lo tomaba como una aventura, algo extraña, que le permitiría conocer mundo y practicar la lengua. Porque hablaba un poco de alemán. Y eso le salvó la vida. Al menos, ese día.

En la estación de Auschwitz unos seres extraños en uniforme de preso y con la cabeza rapada subieron al vagón de mercancía para recoger las pertenencias de los recién llegados, y en un  alemán estrafalario –que luego resultó ser yiddish– insistieron en que, en lugar de 15, él tenía 16 años. El joven no entendía nada y no les hacía caso. Pero cuando un poco más tarde, en una cola interminable, le tocó pasar delante de un oficial médico, que, casi sin mirarles, les preguntaba la edad que tenían, por algún impulso misterioso él dijo que 16. Sus compañeros, que no tuvieron esa iluminación o cuyo aspecto no convenció, fueron enviados directamente a las cámaras de gas. En cualquier caso, salvarse en esa primera selección tan sólo fue una prórroga: el ciclo vital en Auschwitz sólo en casos muy excepcionales superaba los tres mes.

Imre Kertész (Budapest, 1929) no había elegido nada de lo que luego inapelablemente se convirtió en su destino. Nacido en el seno de una modesta familia judía asimilada (esto es, no practicante), por razones cronológicas y geopolíticas, le tocaba vivir un destino judío, con todas las consecuencias que a la sazón esto conllevaba.

“Yo había vivido un destino determinado; no era mi destino pero lo había vivido.” –medita el alter ego del autor en su novela Sin destino (Plaza & Janés, 1996, El Acantilado, 2002), cuando al volverse del campo de concentración intenta entenderse con algunos supervivientes de su familia y vecindad– “No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido.”

 

La dificultad de escribir sobre el holocausto

Se puede intuir que ese imperativo de conectar con algo la experiencia de Auschwitz, de encontrarle un sentido al sinsentido, era lo que convertía en escritor a Kertész, y que toda su obra constituye el testimonio, la plasmación, de esa búsqueda. Lo que ocurre es que, tratándose de lo que se trata, la operación resulta sumamente problemática.

Dos son las razones de la casi infranqueable dificultad de escribir sobre Auschwitz y lo que el nombre de ese pueblo polaco engloba: la singularidad de los hechos que se pretende relatar y el problema de que no existía lenguaje apropiado para contarlo ni oído capaz de escucharlo.

Aunque los horrores del Holocausto tuvieron lugar en un contexto histórico concreto con fechas, lugares y nombres, lo ocurrido fue la misma negación de cualquier experiencia propia o ajena. “Porque sucedió, hasta resulta difícil imaginarlo”, dice Kertész en su conferencia “Sombra larga y oscura” (Los ensayos aquí citados del autor, en caso de que no señale otra fuente, pertenecen al volumen Un instante de silencio en el paredón, Herder, 1998 .)

En cuanto al lenguaje capaz o incapaz de representar lo sucedido, las dificultades se multiplican. “¿Cómo puede el horror ser objeto de la estética si no contiene nada original? A diferencia de la muerte ejemplar, los meros hechos sólo pueden ofrecer montañas de cadáveres”, dice Kertész en el citado ensayo.

Pero incluso hay algo de perverso o, al menos desagradable, en el mismo planteamiento de hablar de problemas estéticos, cuestiones de estilo o lenguaje apropiado en relación con el evento más siniestro de la Historia, la negación más radical de todo valor ético que ha acumulado y consensuado el hombre desde los Diez Mandamientos hasta la Declaración de los Derechos Humanos. Sin embargo, mucho más que cualquier otro acontecimiento histórico, incluidos los genocidios, el Holocausto ha generado un vasto acerbo cultural, que abarca la música, las artes plásticas, el cine, la fotografía y, sobre todo, la literatura en sus más variadas vertientes.

Toda esta dolorosamente rica herencia del horror es un valor y –nos guste o nos disguste– lo es en el mismo sentido que cualquier otro producto cultural. En última instancia, una sinfonía, una novela, un ensayo o, incluso, unas memorias sobre Auschwitz se juzgan de la misma manera que una obra sobre los salones parisinos de antaño o sobre el ocaso del Imperio Austro-Húngaro. Igual que cualquier otro acontecimiento relevante, también esta macabra temática tiene sus escribanos y sus cronistas gigantes: Primo Levi, Tadeusz Borowsky, Imre Kertész, Jean Améry o la misma Anna Frank, en el caso del horror nazi, y Solzhenitsin y Shalámov, en el del Gulag. Lo que pasa es que hasta los literariamente más mediocres textos sobre el terror totalitario suelen poseer un valor documental y ético que perturban al lector y desarman su vigilancia estilística.

También en el terreno de la cultura el Holocausto constituye una excepción y culmina una regla: se somete a las leyes de la estética y a las condiciones socioculturales, pero al mismo tiempo las trasciende y las refuta. Escribir sobre los campos de concentración plantea preguntas implacables y fundamentales sobre el alcance, el sentido y el papel del arte y sobre la necesaria relación entre estética y ética. Contrariamente a lo que sugería la algo demagógica pregunta de Adorno, no sólo se puede escribir poesía después de Auschwitz, sino que ya no es posible crear nada realmente esencial y trascendente sin tenerlo en cuenta, sin tener conciencia de ello.

 

La desilusión como terapia contra el suicidio

Resulta relativamente fácil establecer estos principios, pero muy difícil llevarlos a la práctica. Relatar las vivencias en los campos de concentración supone un desafío extraordinariamente duro para el superviviente. Para empezar, una vivencia tan traumática en lugar de inspirar, más bien enmudece. Casi todos los cronistas del Holocausto (desde Eli Wiesel hasta Jorge Semprún o Ruth Krüger) tardaron mucho en poder escribir sobre lo que habían vivido. Kertész tampoco es una excepción: Sin destino se publicó en 1975, cuando su autor tenía 46 años.

Además, lejos de ser uno proceso catártico y liberador, enfrentarse con ese pasado significa revivirlo, experiencia de lo que nadie sale indemne y a muchos (Paul Celan, Tadeusz Borowski, Jean Améry, Primo Levi, entre otros) les empuja al suicidio.

Kertész aventura que, paradójicamente, lo que le salvaba de ese destino, era que al sobrevivir el totalitarismo nazi le tocó vivir (otra vez inapelablemente) bajo el totalitarismo comunista. Lo explica en su diario de 1991, elocuentemente titulado Diario de galera.

“Me salvó del suicidio […] la sociedad que, tras la vivencia del campo de concentración, demostró en la forma del llamado estalinismo que no se podía ni hablar de libertad, liberación, gran catarsis, etcétera, de todo aquello que los intelectuales, pensadores y filósofos de otras regiones del mundo más afortunadas no sólo mencionaban, sino en lo que a buen seguro también creían; me salvó la sociedad que me garantizaba la continuación de una vida esclavizada y que de este modo excluía también la posibilidad de cometer cualquier error. Por eso no me llegó el aguaje de la desilusión, el cual empezó a golpear, como una marea creciente golpea alrededor de unos pies que huyen, en torno a personas de vivencias afines, pero residentes en sociedades más libres y, por mucho que apuraran los pasos, el agua poco a poco les llegó hasta el cuello”.

 

Reclusión en libertad 

Efectivamente, al liberarse de Auschwitz, Kertész se encontró en medio de un nuevo horror. Para el recién instaurado régimen estalinista de Hungría, él era hijo de pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Volvió a ser un enemigo: del Pueblo, del Estado, de la redentora ideología oficial. Pero al menos no querían aniquilarlo físicamente.

Sobrevivió a trancas y barrancas: terminó la escuela secundaria, empezó a trabajar como periodista, y cuando en 1950 lo despidieron, sólo encontró trabajo en una fábrica. El año siguiente le tocó el servicio militar y cuando en 1953 se reincorporó a la vida civil, se dedicaba a escribir piezas cómicas para un cabaret, letras de canciones bailables, y, ya en los sesenta, algunas veces ejercía incluso como una especie de “creativo” de publicidad, inventando guiones, eslogans y gags para el tipo de anuncios que podía existir en un país comunista que empezaba a coquetear con el consumismo.

Finalmente, a partir de los setenta, se forjó cierta reputación como traductor, entre otros, de Nietzsche, Wittgenstein, Freud, Hofmannsthal, Canetti y Joseph Roth.  Pero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los redactores de algunas casas editoriales de Budapest no cambió su esencial condición de marginado. Y eso, que para esas fechas, a mediados de los setenta, ya había publicado su primera novela.

A finales de los años cincuenta Kertész ya consideraba más o menos suficiente su experiencia vital e intelectual como para darle forma y ponerse a escribirla. Después de haber fallado con varias novelas, emprendió la escritura de la que sería su obra cumbre, su mejor novela. Trece años tardó en terminar Sin destino, que luego fue rechazada por una importante editorial, con fama de abierta y liberal. Su director, un judío, tachó a Kertész casi de antisemita. Esa peculiar acusación recuerda el caso de Primo Levi, cuyo primer libro, Si esto es un hombre, un texto clave sobre los campos de concentración, también fue rechazado en su día a causa del informe de un destacado escritor judío italiano. Pero lo de Levi, ocurrió en 1946, cuando realmente casi nadie quería o podía percibir la trascendencia del Holocausto. Por otra parte, debe haber algo en la novela de Kertész que efectivamente irrita o, al menos irritaba, a muchos judíos. Posiblemente en ese algo se encuentra la clave su singularidad. Por eso mismo, será analizado más adelante.

Finalmente, Sin destino se editó en 1975, pero su publicación no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor:  no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, y gracias a la reivindicación de un joven colega, György Spiró, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esa obra capital de la narrativa contemporánea.

Por lo demás, la vida de Kertész seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un piso de 29 metros cuadrados. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas. La primera fue Sin destino, y la siguiente El fracaso, que apareció en 1988. Trece años tardó, pues, en publicar este su segundo libro, que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias en la época estalinista. La tercera, Kaddish por el hijo no nacido, es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.

Sólo cabe añadir a este melancólico repaso la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos “La bandera británica (1991)” y “Acta notarial (1993)”, los ensayos de Un instante de silencio en el paredón (1998); el híbrido Yo el otro (1997).

También es cierto que en esa década poscomunista, los noventa, Kertész estaba algo más presente en la vida cultural húngara y empezó a vivir, incluso, con cierta holgura, gracias a su tardío descubrimiento en el extranjero, principalmente en Alemania. Pero nada cambió en lo esencial: él seguía siendo un autor desconocido para la mayoría de los lectores, y no reconocido –o, incluso, rechazado– por las autoridades culturales húngaras, que a menudo intentaron impedir su incipiente carrera internacional. Por ejemplo, cuando los convocantes de un importante premio alemán –que aquel año querían otorgar a un autor húngaro– consultaron al correspondiente responsable ministerial magiar, se encontraron con la respuesta de que Kertész no sería el autor idóneo para el premio, puesto que en realidad no es húngaro, sino judío. En otra ocasión, el director del Instituto Húngaro de Berlín trató de impedir que una poderosa fundación local invitase a Kertész, arguyendo que se trataba de un escritor mediocre y nada apreciado en Hungría.

La segunda parte de su afirmación, sin duda, era más que cierta, pero, también es verdad que el desinterés por Kertész, por así decirlo, no tenía fronteras. Ni siquiera en la literatura de y sobre el Holocausto gozaba de muy buena reputación. En el excelente libro de Enzo Traverso, La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales (Herder, 2001), publicado originalmente en Francia en 1997, o sea, cuando Kertész tenía ya 68 años, ni siquiera figura su nombre.

 

La consagración de un fracaso

Llegando a este punto, tal vez no sea exagerado afirmar que el Nobel de este autor húngaro significa, entre otras cosas, el reconocimiento y la distinción de una categoría que nunca hasta ahora se ha premiado ni con este galardón ni con ningún otro, y que es el fracaso.

Es cierto que varios de los autores laureados habían sido desconocidos internacionalmente antes de su Nobel y es verdad asimismo que había incluso autores marginados entre los premiados, casi todos de la órbita marxista-leninista. Pero marginado no quiere decir necesariamente que fuesen marginales también. Podían haber sido censurados y vilipendiados por un régimen político concreto o por una camarilla literaria determinada, pero todos eran figuras admiradas, al menos, en su propio entorno.

Por supuesto que Imre Kertész cumple satisfactoriamente hasta con los más exigentes requisitos para obtener el título de autor desconocido y marginado, pero también los agota y los trasciende. En su caso la marginación no se suscribe a un único régimen político, sino que abarca a todos que le ha tocado vivir; el rechazo que le ha acompañado a lo largo de su vida no se limita a su obra, sino incluye también a su persona; y su fracaso, que en el fondo no es suyo, resulta ser tan radical y todopoderoso que se ha vuelto en su razón de ser y de escribir.

Tres son los registros en que se circunscribe ese sufrido y redentor fracaso.  El primero, el pecado original de su condición de judío, burgués e intelectual que, en este mismo orden, provoca su condena a muerte por el fascismo, su aniquilación como ciudadano por el estalinismo, su marginación por el comunismo goulash y su ninguneo en la época postcomunista. Todo esto meramente por existir, o, para aplicar una categoría heideggeriana, como castigo por su ser-ahí.

En el segundo registro, en cambio, el fracaso es adquirido a pulso, y se refiere a su natural rechazo a integrarse, a colaborar, a buscar aunque sea la más mínima compensación social. Dicho de otro modo, se debe al afán de permanecer fuera del sistema, de todos los sistemas, y ver su vida civil como una continuación del lager del que milagrosamente había logrado salvarse.

La tercera vertiente de su fracaso es literaria: con esmero y dificultades elaboró una obra escasa y tardía, vocacionalmente incómoda y minoritaria, que –como hemos visto– no ha tenido el más mínimo reconocimiento hasta los últimos años. Ciertamente, con el tiempo se convirtió en un autor de culto, pero tan oculto que cuando la noticia de su Nobel, no había obras suyas en las librerías húngaras y los lectores magiares, por lo demás de excelente reputación, se preguntaban entre perplejos y algo molestos que quién era ese anciano calvo al que de repente, y desde el extranjero, se les presentaba como su mayor escritor.

 

Las patrias de Kertész

Convertirse de repente en una gloria nacional, debió incomodar a Kertész, ya que entre las tres identidades que se le atribuye –escritor húngaro superviviente del Holocausto–, la de húngaro le resulta la más problemática.

“Existe un país en que nací, cuyo ciudadano soy y, sobre todo, en cuya maravillosa lengua hablo, leo y escribo mis libros; sin embargo, este país jamás ha sido mío; más bien, yo he sido suyo, y durante cuatro décadas demostró ser mucho más cárcel que hogar. Si quisiera llamar por su verdadero nombre al coloso, que era la forma adoptada por este país al que siempre me enfrenté, lo denominaría: estado. El estado, sin embargo, nunca puede ser nuestro”, explica Kertész en su conferencia “Patria, hogar, país.”

La distinción entre patria y Estado es tan importante como frecuente es su confusión. Curiosamente, Kertész habla del Estado como si fuera uno solo, cuando es obvio que, en su caso, se trataba de regímenes absolutamente diferentes, incluso antagónicos, como se decía antes. Sin embargo, parece haber entre ellos un denominador común que no debía favorecerle y que le indujo a describirse a sí mismo como una persona a quien “las autoridades legítimas de su país –Hungría– entregaron en un transporte de mercancías sellado a una gran potencia extranjera con el objeto expreso de que fuera asesinado, por cuanto dicha gran potencia –la Alemania nazi– perseguía la eliminación masiva de los judíos aplicando unos métodos mucho más desarrollados”.

“Más tarde –continua su autorretrato en tercera persona–, durante la ocupación rusa titulada socialismo, pasó cuarenta años de exilio interior en ese mismo lugar para reconocer por fin, después de la primera euforia por el vuelco de 1989, su inalterable extranjería, como si fuera la última estación de un larguísimo viaje, a la cual llegó, de hecho, sin haberse movido de su sitio…”

En esa “inalterable extranjería”, extrañeza, enajenación o, freudianamente, unheimliche, encuentra Kertész su auténtica patria, que, como en el caso de José Martí, en realidad son dos. “Dos patrias tengo yo / Cuba y la noche”, rezan los hermosos versos del poeta cubano, y también en el caso de Kertész la otra patria es la noche. Pero la suya es la más oscura y siniestra que jamás ha conocido la historia humana. Su Nobel constituye un homenaje a ambas patrias: es el primero en literatura que reciben los húngaros, que en otras modalidades tienen once, y el primero que hace honor a las víctimas del Holocausto, si descontamos a Eli Wiesel, quien, con buen criterio, fue distinguido con el de la Paz.

El galardón de Kertész es, entonces, el más alto reconocimiento a esa comunidad internacional de los hundidos que constituye el auténtico novum del siglo XX. Ser húngaro, coreano o catalán puede ser, como quería Borges, una fatalidad o una mera afectación, pero –dejémoslo así– no constituye una cualidad nueva en la historia de la humanidad. La ciudadanía del Holocausto y del Gulag sí. Pero la comunidad de los campos de concentración representa todo lo contrario de lo que debería ser una patria. Es una comunidad negativa, basada en valores derrumbados y derechos renegados, una nación de la que se forma parte gracias al hundimiento de la patria original. No es de extrañar que Kertész se identifique más con esa comunidad sin patria que con la patria que le negó la comunidad. Y tal vez haya también alguna lógica providencial y paradójica en el hecho de que fuese precisamente Alemania el país que le diera una proyección internacional, y que, en definitiva, le hiciera posible el premio Nobel.

Esta alta distinción literaria llegó a Hungría un poco de rebote, un poco como importación. Allí, más o menos todo el mundo que debía leer a Kertész ya lo había hecho antes del premio, y ahora han comparado sus libros los que no podrán terminarlos. A una parte de la opinión pública con ganas de negarle la ciudadanía a la otra, le ha irritado sobremanera ese reconocimiento universal de un escritor que, además de ser judío, se siente agradecido a su patria por “la experiencia negativa” que ésta le ha dado. La perversión política propia de los países del Este ha hecho que el premio de Kertész –un intelectual sin ambiciones cívicas o políticas, que se confiesa “un hombre de convicciones conservadoras” pero “políticamente liberal”– es saludado por la izquierda húngara y repudiado por la derecha.

Por otra parte, hay que analizar si la ingratitud de la patria para con su hijo,  es correspondida, a su vez, con la misma moneda. Al liberar el campo de concentración de Buchenwald, los americanos le preguntaron al adolescente todavía débil, todavía enfermo, a dónde quería ir ahora. “Me recomendaron instituciones suecas o suizas para recuperarme. Me ofrecieron estudiar en Estados Unidos. Pero yo quería volver a casa. Como si de manera inconsciente hubiera seguido el antiguo mito de la épica, cuyo motivo fundamental es, como todos sabemos, el regreso del héroe a casa después de superar sus pruebas. En un camión del ejército norteamericano me llevaron a la frontera de la zona soviética: a partir de ahí –nos comunicaron con tono de mal agüero– ya no se responsabilizaban de nuestras personas.” (“Cartas de la patria”)

Así que el antipatriático joven decidió volver al país que se le entregó a sus asesinos. Luego le pasó lo que le pasó. Pero once años después se le presentó una nueva oportunidad para liberarse de esa patria que no sabía sino maltratarle.

“Tenía 27 años, y acababan de sofocar el levantamiento de 1956. Cada una de mis fibras nerviosas deseaba marcharse de aquí; pero una decisión anterior, que determinaba de otra manera mi vida, me tenía apresado. Poco antes, hacía dos o tres años, me había ocurrido una cosa peculiar: lleno de las experiencias vitales de dos regímenes de terror, de dos tipos de totalitarismo y saliendo de un bolígrafo publicitario de tinta roja, que parecía una cánula introducida en una de mis venas, empezó a derramarse  sobre el papel, el texto empapado de color rojo. Comencé a escribir, con la sensación de no querer dejar esa actividad. Y sabía perfectamente que si me iba de aquí, donde la gente hablaba mi lengua, nunca más volvería a escribir. Era tarde. A los dieciséis años de edad aún podría haberme apropiado de otra lengua; a los 27, ya era imposible,” , escribió en su ensayo de 1997, “Budapest, una confesión inútil”.

Elegir la patria en esas circunstancias tiene un precio muy alto.

“He vivido durante sesenta años en un país donde –excluyendo las dos radiantes semanas de la rebelión de 1956– siempre he estado del lado de los enemigos declarados. Mientras mi país combatía en el mismo bando que la Alemania nazi, depositaba todas mis esperanzas en las armas de las fuerzas aliadas; más tarde, en el período del llamado socialismo, deseaba la victoria del llamado capitalismo o, mejor dicho, el triunfo de la democracia sobre el partido único”, escribe en “Patria, hogar, país”, y para que podamos entenderlo mejor, pone algún ejemplo concreto.

“Imagínense, por ejemplo, a un niño de catorce años, un chico bien plantado como podía ser yo en el verano de 1944. A pesar del sofocante día estival llevaba una chaqueta porque tenía cosida la estrella amarilla. Trabajaba por aquel entonces en la empresa de un pequeño industrial que fabricaba y reparaba maquinaria vinícola, y el jefe acababa de mandarme al centro de la ciudad a cobrar alguna factura pendiente. Cuando salí del edificio para encaminarme hacia el tranvía, los voceadores de periódicos salían corriendo de la cercana imprenta con los diarios frescos bajo el brazo y gritando a voz en cuello los titulares: ¡Ha empezado la invasión! ¡Ha empezado la invasión! Era el 6 de junio , o sea, como supe un año más tarde, el día D. Compré un diario a toda prisa, lo abrí allí en medio de la calle y leí con una amplia sonrisa en los labios que habían desembarcado en Normandía los aliados, los cuales, según el periódico, parecían consolidar sus cabezas de puente. De pronto alcé la vista porque percibí que la mirada de los transeúntes se fijaba en mí, en ese chico con la estrella amarilla en la chaqueta que se alegraba de manera ostensible del éxito enemigo. Es indescriptible la sensación que tuve cuando de golpe tomé conciencia de mi situación: fue como una caída inesperada al pozo sin fondo del sometimiento, del miedo, del desprecio, de la condición de extranjero, del asco y de la exclusión. Viví algo parecido unos veinte años más tarde, aunque con bastante más experiencia acumulada, cuando en 1967 la radio y la prensa de mi país esbozaban con tono delirante cómo iba a entrar Nasser en Tel Aviv…” (“Patria, hogar, país”)

 

¿Excepción o regla?

¿Pero acaso no estoy presentando como un luminoso ejemplo un destino excesivo en sus desgracias? Según cómo se mire. En Europa del Este, por ejemplo, abundan ese tipo de destinos. Y no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la historia de esos países. En las dos Guerras Mundiales, por ejemplo, Hungría participó del lado de los derrotados. En la Primera había perdido el 70% de su territorio y el 40 % de su población de lengua húngara. En la Segunda Guerra Mundial se perdió algo mucho peor que tierras históricas de la Nación: más de 200.000 de sus soldados perecieron en el frente ruso y unos 560.000 judíos fueron exterminados (con la intensa colaboración de las autoridades húngaras y en medio de la ominosa pasividad de la población gentil), entre ellos varios de sus más grandes autores, como el poeta Miklós Radnóti, el ensayista y novelista Antall Szerb y el narrador Andor Endre Gelléri.

Pero tampoco había sitio en ese país entregado al delirio bélico y racial para los cristianos con una postura ética. “Entre asesinos, cómplice es el que calla”, escribió desesperado poco antes de su muerte, en 1941, Mihály Babits, el católico poeta-príncipe de la Hungría de la época de Entreguerras. Más o menos sobre esa fecha emigró, entre muchos otros, Béla Bartók, el mayor compositor húngaro de todos los tiempos, a quien, por cierto, su país tampoco supo valorar, con la excepción de unos pocos.

Y tal como lo ha señalado Kertész, el fin del horror nazi, la liberación, tan sólo significó el comienzo de otra esclavitud. El régimen estalinista de Hungría, la dictadura de Mátyás Rákosi, obligó a exiliarse a narradores de la talla de Lajos Zilahy o Sándor Márai, y al exilio interior, al silencio, a la marginación, a varios de los más grandes escritores y artistas. El mismo Bartók, fallecido en 1945 en su precario destierro estadounidense, fue un compositor considerado decadente y su música fue prohibida hasta 1955.

La larga sombra de los horrores de los dos totalitarismos alcanzó también a las generaciones siguientes. El destacado narrador Péter Nádas, por ejemplo, era un niño –perseguido aunque no deportado– en la época del Holocusto, y luego, durante el estalinismo, su padre trabajó en la temida policía secreta de la dictadura de Rákosi. El brillante Péter Esterházy, celebrado escritor desde sus comienzos en la segunda mitad de los setenta, procede de unas de las históricas familias aristocráticas de Hungría. En la corte de uno de sus antepasados –un impresionante palacio neoclásico, hoy santuario de las peregrinaciones turísticas y musicales–, Joseph Haydn fue el director de la orquesta doméstica. El padre de este escritor fue ya un hombre venido a menos, un intelectual, un simple traductor, pero en los años cincuenta igualmente fueron desterrados a las más remotas y atrasadas provincias, como enemigos del pueblo. Son historias difíciles de superar, entre otras cosas porque, cual fantasmas, siempre vuelven para atormentar a sus víctimas. Este mismo año –y después de haber publicado un libro inspirado en la figura de su padre–, hurgando en los archivos de los servicios secretos, Esterházy supo que su progenitor había sido un chivato, un informador hasta el mismo día de la caída del régimen.

Es cierto que, a partir de los sesenta, el comunismo goulash logró integrar a buena parte de la intelligentsia magiar, dejándole un margen de libertad que no existía en ningún otro país del Pacto de Varsovia, con la excepción de Polonia. Pero también es cierto que hasta la barraca más alegre del campo de concentración soviético –que era el otro nombre del régimen de János Kádár, primer secretario del Partido comunista desde 1956 hasta 1989–, hasta en ese comunismo llevadero, decía, quedaban muchos artistas excluidos o autoexcluidos del rancho de goulash. Seguía censurado, para poner un solo ejemplo, István Bibó, el historiador y pensador político húngaro más importante del siglo XX. De las siguientes generaciones, varios de los que empezaron publicando en los sesenta, terminaron censurados a partir de los años setenta. Este fue caso del novelista György Konrád o el poeta György Petri, ambos figuras decisivas de la literatura húngara contemporánea.  Pero ambos fueron intelectuales disidentes, algo que no puede decirse de Imre Kertész.

“En contraposición a la gran mayoría –explica en su ensayo “El intelectual superfluo” –, no me interesaba cómo vivir en este mundo, sino cómo describirlo. Y la forma artística mostraba este mundo tal como era para la experiencia humana: como un mundo rechazable. Por tanto, la cuestión no era para mí si con él o contra él, pues mi respuesta era la siguiente: ni con él ni contra él, sino fuera de él.”

Entonces, la diferencia entre Kertész y muchos otros europeos, consiste no tanto en la experiencia vital, sino en la postura ante esas vivencias radicalmente negativas. Su obra literaria es la consecuencia de esa actitud, también radical, que es, al mismo tiempo, su particular ética, convertida en escritura. Ningún libro suyo ilustra mejor este proceso y esta ética que Sin destino.

 

La singularidad de Sin destino

Como Cervantes, Swift o García Márquez, Imre Kertész es autor de varios libros, pero será recordado principalmente por uno solo. En su caso, esa obra es Sin destino, que ahora, mediante el premio Nobel, le ha asegurado un destino universal no previsto en esa marginada trayectoria. ¿En qué consiste la radical novedad de ese novela?

Como todos los grandes acontecimientos de la historia, también el holocausto ha creado sus tópicos, los clichés de un martirio colectivo, que permiten apartarlo –solemnemente y con sincera conmoción– de nuestros ojos y vivencias. Por esto resulta incómodamente perturbadora la imagen tan poco complaciente y victimista que transmite sobre ello esta novela. En un principio todo en esta obra es como suele ocurrir en semejantes historias: un chico de 15 años, es deportado a Auschwitz y después a Buchenwald. Tampoco falta la descripción del viaje en el vagón de mercancías, el impacto de la llegada, los detalles del horror, aunque mucho menos de lo que se espera en estos casos. Acaso ahí radica la primera diferencia. A Kertész le interesa más bien el significado de su experiencia y lo que ésta tiene que ver con la vida normal, libre. Nadie, ni siquiera Primo Levi, ha logrado representar la terrible lógica de esa relación. Nadie ha podido expresar la naturalidad del proceso (también en el sentido kafkiano) de despertarse un buen día señalado para convertirse, sucesivamente, en perseguido, en un condenado a muerte e, incluso, en mucho menos: en un no-ser, un número, un objeto que se arrastra hasta que se rompe.

A diferencia de la mayoría de los textos sobre el holocausto, Sin destino es, ante todo, una novela y está concebida como una obra de ficción. “Quería plasmar en una forma clara y límpida una historia, y la historia de mi propia deportación se le ofrecía como la que más. En ningún momento se me pasó por la cabeza escribirla en su cruda y sangrienta realidad. Sin destino es un libro objetivo, trata la vida como una totalidad, y a pesar de que sea una novela del yo o una novela de campo de concentración, no utilicé mis propias vivencias, o más exactamente: las utilicé de tal manera y cuánto el mundo filosófico y lingüístico de mi novela se lo pedía.”

Puede parecer una frivolidad plantear estrategias literarias para un libro sobre Auschwitz, sin embargo, ésta era la manera de encontrar un tono y un lenguaje que le permitían ir más allá de los hechos, la denuncia y la moralización. Sólo así Kertész logró liberarse del punto de vista del hombre que recuerda lo ocurrido y reconstruir la personalidad del adolescente que lo estaba viviendo.

Desde ese ángulo todo resulta diferente. La estrella amarilla, por ejemplo, “cuando iba solo, no me importaba llevarla e incluso me divertía…” Cuando en Budapest cae en una estúpida redada (un solo policía le detiene a él y, una por una, a varias docenas de personas) ni se le ocurre escapar. No le parecería honrado. En la fábrica de ladrillos, donde los agrupan con cientos de judíos, les ofrecen la posibilidad de ir a trabajar a Alemania. Él, junto con sus amigos, aprovecha la oportunidad: “Principalmente esperaba encontrar en el trabajo una vida nueva, ordenada y ocupada, experiencias nuevas y algo de diversión.” Su afán de comprender a sus verdugos y colaborar con ellos no disminuye ni siquiera cuando entiende su destino. Empieza su trabajo de esclavo dispuesto a enseñar a “ésos lo que sabemos hacer en Budapest”. Como tantos otros, pretende ser un “buen preso” y cuando comprende que resulta imposible ya es tarde: entra en una decadencia física y espiritual en la que sólo desea “seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso”.

Treinta años tardó en gestar este su primer libro Kertész y trece en escribirlo, en llegar a hacer compuestos como campo de concentración hermoso, crear esas frases rotas en las que lo terrible del significado está interrumpido y contrapunteado hasta la perversión por excusas, correcciones y aceptaciones. Todos estos reconozco, admito, mejor dicho del protagonista no son sino patéticos residuos de la buena educación, la obediencia, el respeto a las autoridades y la confianza en las instituciones, residuos de un mundo civilizado y burgués que no sólo no pudo impedir Auschwitz, sino que de alguna manera –indirecta, pasiva, casi jovial– lo engendró y lo toleró.

Al protagonista de la novela se le impuso un destino, Auschwitz, que a la vuelta a casa habrá que “conectarlo con algo”. No era imposible, puesto que “no podía haber ninguna cosa insensata que no pudiéramos vivir de manera natural”. Hasta podría ser feliz. Incluso en los campos “había habido algo que se parecía a la felicidad”.

Sin destino es un gran libro no porque sea algo más que una novela sobre el Holocausto, sino porque es capaz de implicarnos a nosotros y nuestras pacíficas existencias con estos lejanos horrores con los que nunca pensábamos tener algo que ver. Precisamente, en esa implicación consiste su incomodidad para muchos lectores.

Después de Sin destino, no vuelve tratar el Holocasto en su narrativa, al menos no directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo es Auschwitz. “Nuestra mitología moderna –dice– empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz.”. Pero esa negatividad absoluta tiene su lección positiva. El Holocausto constituye un valor, afirma, porque “condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable; por eso esconde también una reserva moral inconmensurable.”

Su postulado puede parecernos excesivamente optimista. Pero, entonces, Kertész dice que “la importancia de las cuestiones depende de si son vitales”. Y Auschwitz lo es. Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. “Si existe la libertad, no puede existir el destino”, descubre el héroe adolescente de su primera novela. La vida y la obra de Imre Kertész es la sufrida y tenaz refutación de este descubrimiento. Su flamante galardón es la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a su hijo, en este momento, más famoso.

 

 

 

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Filed under Könyv, Kritika, Kultúra, Politika, Web

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