En ojo ajeno (Frankfurt)

 

The beam in another man´s eye. Political Correctness as a literary happening in 7 lenguages. Con la participación de Nedim Gürsel (Turquía), Artur Liskowacki (Polonia), Michal Hvorecky (Eslovaquia), Ana Paula Tavares (Angola), Juan Villoro (México), Juli Zeh (Alemania) (11 de octubre de 2003, International Center, Feria del Libro, Frankfurt)

Introducción al acto

El asunto que nos ha reunido esta mañana se lo conoce como un fenómeno típicamente norteamericano, una pintoresca manifestación de esa cultura de revindicaciones que caracteriza a los EEUU. Mucho se ironiza sobre las exageraciones a las que ha conducido en EEUU el fenómeno PC, pero poco se ha reflexionado sobre su equivalente en otros lugares. Esto es lo que pretendemos hacer ahora. Siete autores de diversas procedencias nos hemos reunido aquí para intentar descubrir la viga en el ojo propio o, al menos, en su propio entorno. Y como cada uno de nosotros desconoce lo que dirá el otro, lo más probable es que no lleguemos a ningún consenso sobre el fenómeno que tratamos. Empezaré yo, pero no para desafiar el protocolo habitual en estos casos, sino porque hemos decidido hablar en orden alfabético. Es la única manera de evitar que luego ustedes me reprochen que por qué no primero las mujeres, los hombres, los gays, los países pobres, grandes o pequeños. No me hagan caer en contradicciones políticamente incorrectas, por favor. Así que, con su permiso, me paso la palabra.

La conferencia

El día en que la izquierda estadounidense comprendió su imposibilidad para hacer la revolución social, decidió emprender la revolución semántica. Como siempre, la intención fue buena: combatir los residuos lingüísticos de la discriminación racial, sexual o física. Ipso facto, el negro pasó a ser gente de color, el ciego invidente, y el homosexual o maricón, gay. Pero claro, esto de no llamar las cosas por su nombre, también puede tener sus inconvenientes. Si en nombre de la justicia histórica y la igualdad étnica los indios son (auto)declarados Native Americans, el resto de los estadounidenses (incluidos los que llegaron con el Mayflower) automáticamente se convierten en unos inmigrantes advenedizos, unas espaldas mojadas.

La triunfante revolución semántica pronto se vio reforzada por otro movimiento reivindicativo: el multiculturalismo. El patrimonio espiritual de Occidente pasó a ser una especie de club de hombres blancos y muertos, a los que era preciso sustituir por representantes de la cultura viva, preferentemente minoritaria…

En Europa nos divertimos mucho con esa nueva perversión estadounidense, que –todo hay que decirlo– ayudó a conocer realidades y culturas minoritarias, periféricas o, simplemente, poco conocidas.

La PC americano no ha tenido tanto predicamento en España, aunque nuestros compatriotas también han hecho sus pinitos. Empezó con los alumnos y alumnas (si hacía falta, treinta veces en el mismo discurso), y terminó, en relación con las prostitutas más concurridas de los últimos tiempos, con lo “subsahariano”, expresión que, además de poner a prueba nuestros conocimientos geográficos, borra del mapa africano a los blancos de Rodhesia o Suráfrica.

Sin embargo, la contribución realmente novedosa de España a la causa universal de la corrección política ha sido convertir la PC en una especie de insulto, sinónimo de lo socialmente oportunista, del cortesano, del esbirro del poder, o sea, justo lo contrario de lo que originariamente significaba ese fenómeno de inspiración izquierdista y liberal. De repente, empezó una furibunda carrera entre todos los bandos políticos y estéticos por declararse lo más incorrecto posible, equivalente de rebelde y inconformista, acusando a los contrincantes de profundamente correctos. No conozco a nadie en España, incluido yo mismo, que se confiese correcto, aunque sea políticamente.

La corrección política, entonces, es como el pensamiento único, que sólo existe en forma de acusación. Nunca he escuchado a nadie que se haya confesado partidario de esta amenazante corriente filosófica. De hecho, el único pensamiento único del que tengo conciencia es aquel que, en todos los foros posibles, constata que hoy por hoy el mundo está regido por el pensamiento único.

Por otra parte, la corrección política ibérica muestra cierta proclividad por combatir causas abstractas y algo nebulosas parecidas al pensamiento único, como la misma corrección política o la globalización. En cambio, defiende asuntos muy concretos y urgentes, como la sostenibilidad, la integración, la diversidad cultural o la dieta natural… Por lo general, le gustan las causas nobles, lejanas y poco comprometedoras, de las cuales, la paz está en el lugar más elevado. En La insoportable levedad del ser, Kundera ya había dedicado algunas páginas memorables al fenómeno de la gran marcha, que iba hacia un mundo mejor, la paz y la justicia. Si alguien se atrevía a señalar, recordaba Kundera, que dichos movimientos están manipulados por ideologías totalitarias, inmediatamente pasaba a convertirse en un enemigo de la paz y la justicia.

De La insoportable levedad del ser hemos pasado a la confortable levedad de la lucha social. La gran marcha de Kundera se ha convertido en un transplanetario e-mail colectivo. Las causas igualmente son nobles, la protesta sigue siendo necesaria, pero la acción se reduce a pulsar un botón. En cuestión de unos 17 segundos, y sin siquiera salir de casa, puede uno tranquilizar su conciencia.

Además de llamativamente cómoda, la corrección política de mi entorno es también sumamente selectiva. Se protesta por la lapidación de una pobre mujer nigeriana, pero poco se manifiesta contra la violencia terrorista en el País Vasco. Se protesta contra los abusos, ecológicos o económicos, del gran capital, pero se tolera casi medio siglo de represión en Cuba; se protesta contra la invasión de Irak, pero en su día nadie salía a la calle contra Saddam Hussein, responsable personal de múltiples genocidios.

Pero no crean ustedes que tengo algo personal contra la corrección política, que, igual que la mentira, cumple una función muy necesaria en nuestras vidas en cuanto generador de una imagen favorable de uno mismo. Lo que pasa es que si prolifera demasiado –otra vez como la mentira– puede llegar a ser algo contraproducente: convertirse en una especie de tiranía, en cuanto opinión pública dominante, y en una forma colectiva de la falsa conciencia. Lo vimos durante la guerra de Irak, cuando un combativo pacifismo se apoderó de las calles y los medios de comunicación, creando la certeza de que en las próximas elecciones iban a barrer el gobierno servilmente proamericano. En lugar de esto, la derecha española volvió a ganar con mayoría absoluta.

En el más famoso punto de su tesis sobre Feuerbach, Marx proponía a los filósofos que, en lugar de seguir intentado interpretar el mundo, procurasen cambiarlo. Tal vez el mayor problema del pensamiento políticamente correcto, incluso cuando se lo llama incorrecto, es que –por su maniqueísmo y su autocomplaciencia–  no está en condiciones de plantear ninguna de esas dos posibilidades. Tal vez por eso resulta tan satisfactorio para sus usuarios.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kultúra, Politika, Publicisztika, Web

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