Gabriel García Márquez: ¡Calla memoria!

Sobre Vivir para contarla de GGM

(Lateral nº 98, febrero de 2003)

Hace exactamente un cuarto de siglo que hablé por primera y última vez con Gabriel García Márquez (1927) y ya en aquel entonces me aseguró que estaba por empezar a escribir sus memorias. Llegué a su chalet del Distrito Federal gracias a Vera Székács, su traductora al húngaro. Ella me concedió la oportunidad de conocer personalmente a mi idolatrado autor como contraprestación por haberle presentado al pintor Rufino Tamayo, a quien yo tenía acceso.

No se preocupen, no estoy colándoles mis propias memorias, sólo pretendo datar las de GGM. A mí me impresionó sobremanera que un hombre de cincuenta años se propusiera contar una aventura de la que aún le quedaba mucho por vivir, pero él me explicó que, para hablar de su pasado, no tenía por qué esperar hasta una edad en que quizás ya no lo recordaría. Y sin embargo, esperó.

Durante el asedio que siguió a la publicación de Cien años de soledad (1967), a menudo le preguntaban a García Márquez por qué todos sus libros se inspiraban en su infancia. Él invariablemente contestaba que aquella era su vivencia más fundamental y que desde los ocho años de edad, cuando murió su abuelo, “todo me resultó bastante plano” –para citar la entrevista canónica de Luis Harss–. “Desde entonces no me ha pasado nada interesante”.

Visto así, la mayor parte de estas memorias narran lo que según el propio autor no vale la pena conocer; el resto, en cambio, revela lo que sus lectores ya conocen de sobra. Pero no se debe aceptar acríticamente la versión del autor, ni sobre su  obra ni sobre su vida. Los escritores inventan mucho cuando no es ficción lo que están escribiendo. Por supuesto que le pasaron un montón de cosas interesantes a GGM después de haber cumplido ocho años. Y por supuesto que no se puede determinar de antemano que se le haya agotado la fuente de la eterna infancia: esas aguas ya habían alimentado más de una de sus obras maestras. La cuestión es más bien si estos dos planos funcionan juntos.

Siguiendo la habitual estructura circular de su otras obras, el libro abre con la visita que su madre le hizo cuando él tenía 23 años, vivía en Barranquilla y pretendía ser escritor. Ella quería llevarlo a Aracataca para vender la casa de los abuelos. Empieza entonces un viaje a la semilla que tiene el tono y el tema de un cuento, menor, de García Márquez, y revela el génesis de una de sus más perfectas novelas, La hojarasca (1955). Durante el reencuentro con ese pueblo de fantasmas en que se había convertido Aracataca, él comprendió que ése era el mundo sobre el cual debía escribir.

Cuando se cierra ese círculo familiar, se abren otros: hacia sus tiempos de estudiante en Bogotá, sus prácticas de periodismo en Medellín, su regreso efímero a la casa de sus padres… Pero siempre hay saltos atrás, a la infancia, como para apuntalar el presente. Girando y dando vueltas, pero la historia avanza: desde que está en Barranquilla colaborando asiduamente pero casi gratis en la prensa local y pergeñando sus primeros cuentos, debidamente kafkianas, hasta que en 1956, después de haber publicado su futuro Relato de un náufrago en El Espectador, por cuestiones de seguridad, sus jefes lo envían a Europa.

Sorprendentemente en un autor con una voz narrativa siempre muy unitaria, a los dos ámbitos temáticos y temporales (infancia y formación) corresponden aquí tonos por completo diferentes. En el primero de los planos recurre al realismo mágico. Es el tono, por ejemplo, del viaje de vuelta a Aracataca, historia que al principio se alza con fuerza, pero ni en sus mejores momentos permite liberarse de la sensación de haberlo leído ya. El otro registro es el de un periodista hábil y memorioso que evoca sus años de formación, sus amistades y cuitas, sus pinitos como escritor y periodista.

Salvo fragmentos, algunas historias excepcionales y varios destellos de genialidad (el viaje a Aracataca, su personal versión del Bogotazo, la anécdota de su accidentada llegada a Cartagena, varias escenas de familia, etc), los dos registros no funcionan ni por separado ni conjuntamente.

Hay una poética común, sin embargo, que enlaza los dos planos narrativos, y cuyo lema saluda al lector desde la mismísima portada: vivir para contarla. En efecto, estas memorias parecen sugerir que no sólo el autor, sino también todos sus conocidos y hasta la misma Colombia existe únicamente para ser contados por GGM. Esta ambición tan loable en la ficción resta verosimilitud a un libro testimonial. Una cosa es que el género autobiográfico se reconozca como obra literaria, y otra distinta cultivarlo según las pautas de una novela, y menos aún, si es de realismo mágico. En unas memorias hace falta ese espacio narrativo en que el lector pueda aceptar cualquier milagro, por más que el autor siempre insistía en que “nosotros nacemos y vivimos dentro un mundo de realidades fantásticas” (a Armando Durán).

En cierto sentido GGM siempre estaba escribiendo sus memorias. Hasta el tono y el lenguaje de sus libros son heredadas o, si se prefiere, recordadas: “Yo llego a la conclusión de que Cien años de soledad tenía que ser escrita así porque así hablaba mi abuela”, le dijo a González Bermejo en 1970. Pero ahí está precisamente la diferencia: en estas memorias es un escritor veterano quien habla y no su abuela o el niño que alguna vez él había sido, y cuyas voces aseguraban el realismo de lo irreal.

Aquí decanta tanta frase certera, tanta sabiduría, tanto azar milagroso. En cualquier sitio se encontraba sólo con gente estupenda, excéntrica, generosa, culta y lectora que, por otra parte, desde el primer momento reconocen su excepcional talento. A pesar de sus prolongadas dificultades económicas, parece que desde la primera raya que trazó, todo el mundo tenía claro que se trataba de un genio y así lo celebraban. Según lo que cuenta aquí, la suya es una historia de éxito, desde mucho antes de Cien años de soledad.

Esa complacencia es extensiva a su misma persona: le gusta rememorar que se le consideraba loco, un caso perdido, enfermizo y debilucho, o que hasta hoy comete errores de ortografía.

Por otra parte, sus memorias son un abuso de la memoria. Recuerda todos los detalles (la descripción minuciosa de todos los pasajeros de un viaje de hace 52 años, p. 25) y todas las frases, además de manera literal. Esto le lleva a abundar en los diálogos, un recurso con el que confiesa tener dificultades –aquí perfectamente comprobadas.

Será por la incomodidad de escribir en primera persona; su retórica se nota cansada. Sus medidas son el más y el menos, el siempre y el nunca: “los parientes más remotos en los lugares menos pensados”, “siempre he pensado”, “no la olvidé nunca” Incluso, hay demasiada adjetivización: “un rocío tenue de polvo ardiente”, una amante “de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados.” ¿Y qué decir de semejante imagen: la violencia política “entró a la casa en puntillas, pero con paso firme”?

Mis reparos pueden parecer quisquillosos, pero, cuidado, estoy hablando de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo: fue él quien puso el listón tan alto. Naturalmente sus memorias tienen mucho interés, pero es un libro complementario, subalterno y contextual. Ayuda a saber algo más sobre el sabio catalán y otros amigos suyos, sobre sus andanzas, y sus lecturas (de las que apenas ofrece más que una lista adjetivada) y sobre el aprendizaje de su oficio. Pero él no se abre, no hay aquí confesión ni revelación, no dice nada esencialmente nuevo, como lo hizo, por ejemplo Nabokov en Habla, memoria.

En la época que conocí a García Márquez, una negra promesa suya recorría el mundo: no publicaría nada mientras Pinochet estuviera en el poder. Cuando lo pregunté por la razón de su particular huelga literaria, me contestó con vaguedades políticas y personales que a mí, sin embargo, me convencieron en el acto. Pero cuando un poco más tarde cambiamos de tema y me interesé por sus proyectos y en lo que estaba trabajando en aquel momento, de repente me dijo: “llegué a la pared, se me acabó el carbón”. Y entonces fue cuando empezó a hablar de las memorias que aún le quedaban por escribir. Desde entonces siempre he pensado que en el caso de un autor tan eminentemente autobiográfico escribir las memorias era señal de no tener ya mucho que recordar.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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