Crónica de un número no Anunciado

(Lateral, nº 100, abril de 2003)

El número cien constituye un hito tan grande en la trayectoria de una revista cultural que resulta muy difícil no hacer solemnes balances, una evaluación inevitablemente positiva, resaltar méritos propios, rebajar los ajenos, o ejercer la modestia al resumir nuestras obras y milagros. El autor del presente artículo se enfrenta, sin embargo, con este difícil reto.

Llegar al número cien de una revista cultural es como cuando un mortal llega a los cien años. No quiero insinuar yo que haya alcanzado mi primer centenario –aunque, modestia aparte, en realidad he entrado ya en el segundo siglo de mi vida–, pero varias veces he visto en la tele cómo lo celebraban otros. Más o menos como se celebra el número cien de una revista: un vejete en silla de ruedas recibe –con la cabeza temblorosa y algo ajeno a lo que ocurre a su alrededor– las efusivas felicitaciones de sus parientes y allegados. La principal diferencia consiste en que a mí me felicitan también los enemigos y que –mi lumbago recurrente sea el testigo– todavía no me he hecho con la silla adecuada.
Les pongo un ejemplo concreto, una situación plausible. Va uno con las mejores intenciones posibles a un premio literario que tiene fama de servir gambas (un crítico que se precie no se personifica en fiestas con cruasanes de jamón dulce y minipizzas) y en el momento menos pensado (por ejemplo, en medio de la soterrada lucha por una copa de Rioja) se encuentra con el colega, inevitable en estos eventos, que le formula la inevitable pregunta: “¿Cómo va la revista?”
Como soy una persona educada en el pudor y la mesura, ni se me pasa por la cabeza decirle la verdad. Le contesto, pues, con un decoroso “bien, bien, ahí andamos”, y procuro respaldar mi evasiva con una sonrisa alentadora. Él parece satisfecho y sentencia: “Sí, ya es una revista muy asentada…” “Asentada…”, asiento yo, pero la cosa nunca queda ahí. El colega inevitable está empeñado en meter el dedo en la llaga y, como de manera casual, me dirige su dardo más venenoso: “¿Por qué número andáis?”


Los tiempos que corren
¡Ya está! Ya estoy en la silla de ruedas y empieza a temblarme la cabeza. Y para que no se note, la agacho. “Bueno –murmuro–, estamos preparando el número cien”. “¿El cien?” –repite incrédulo, y en su inevitable cara aparece la inevitable mueca entre pena y admiración. “¡Joder!”, enfatiza, y acto seguido inicia una disquisición sobre los difíciles tiempos que corren para la cultura y, particularmente, para las revistas de literatura. “De cultura”, digo para mis adentros, “Lateral es una revista de cultura y no únicamente de literatura, imbécil”, pero no me atrevo a corregirlo porque quedaría en evidencia que no suele leerla y entre sus aclaraciones y excusas yo perdería la copa de Rioja.
Él no ceja: “Debe ser duro aguantar tanto tiempo. Pocas revistas llegan hasta el 100”. Sí, me digo, la mayoría perecen entre los 70 y 80 de muerte natural, pero conocí una a la que le dio un infarto a los 43 (a ella o a sus lectores), incluso me acuerdo de otra, muy prometedora y siempre pulcra, que murió en un accidente de tráfico siendo aún muy joven… Por suerte mi colega está a punto de terminar. “Pero hay que resistir”, concluye, y para no defraudarlo, le prometo una resistencia numantina. Para despedirme, levanto el puño izquierdo en señal de “no pasarán”, mientras con el derecho atravieso el muro antirriojano y agarro una copa.
Ahí está la otra similitud con el vejete centenario. Nadie le pregunta si valió la pena vivir tanto. Pero, claro, si cada año de su vida fue un desastre, una calamidad, un infierno, multiplíquenlo por cien y tengan el morro de felicitarle. O imaginen que fuese un canalla. ¿Por qué tanto interés en que semejante bribón –una vergüenza para su familia, un lastre para la sociedad– tenga tanta margen para sus fechorías? ¡Que estire la pata lo antes posible! Los cien números de una revista de cultura también parecen más un prodigio de longevidad o una hazaña de la resistencia que un mérito intelectual. Hasta tal punto que a veces me siento antes un valiente guerrillero que un hacendoso editor. Casi me da apuro recordar que hay ahí (bueno, aquí) una publicación de cierto valor y prestigio, incluso internacional, y que todos esos números conforman una trayectoria. La Lateral de los inicios no es la revista mucho más variada y desinhibida pero también más comprometida que estamos haciendo ahora.

Lo que no ha sido Lateral
A estas alturas ya no vale la pena hablar de lo que es esta revista –si alguien todavía no se ha enterado, ya sería un poco tarde, ¿no?–, pero tal vez sí de lo que no es o lo que no ha conseguido. Por ejemplo, no ha logrado entrar jamás en la Biblioteca Nacional de Cataluña. No parece estar a la altura. Tampoco hemos ganado nunca un premio. Ni la revista, ni ningún texto o ilustración que se haya publicado en ella. Todo un signo de distinción si consideramos que, según una reciente estadística oficial, sólo en Cataluña existen más de 1.200 premios literarios. Por suerte, esta desconsideración patria se compensa con un reconocimiento externo bastante halagador: Lateral representa a Cataluña o España, según desde donde se mire, en diversos foros internacionales y muchos de los textos que publicamos se reproducen en varios países.
Nuestra lista negra –que incluye injurias desde todas las aceras políticas– es tediosamente larga y, sobre todo, indigna de esta festiva ocasión. Más curioso puede resultar saber cómo, a pesar de las adversidades, hemos llegado hasta aquí. También en el caso de un anciano centenario, lo único que intriga es cómo ha conseguido tamaña longevidad. Se hurga en su dieta y se estudia su biorritmo. Se le supone alimentado a base de frutos secos, kefir o queso de cabra, pero finalmente casi siempre resulta que había fumado, bebido y, posiblemente, fornicado como cualquier hijo de vecino.
Nosotros también hemos hecho de todo, menos lo que ustedes, ya saben. ¡Cuidado! Aquí ha habido mucha contención y disciplina. Pero como ocurre con casi todos los hitos en la vida, sean cien años o cien números, también lo nuestro se ha logrado gracias a una no premeditada mezcla de exceso de vitalidad y de inconsciencia. A veces me preguntan si había pensado alguna vez si llegaríamos al número cien. Pues, claro que sí. Si al principio de su vida uno no tuviera la secreta convicción de que es inmortal no seguiría viviendo. Y para cuando se desengaña, ya es demasiado tarde. Otra cuestión es si, sabiendo lo que sé hoy sobre el asunto, me habría metido en semejante berenjenal. Pues, claro que no. Pero como no lo sabía, me metí, y ahora ya me costaría mucho arrepentirme. Quieran o no, cien números obligan.
Por eso, preferiría no hablar del lado oscuro de todos estos años, del esfuerzo por lo general desmesurado, los malos ratos, los sustos y los apuros. En este sentido, también resulta válida la analogía con el centenario del vejete de la cabeza temblorosa. Pero ésta es una idea para la que estoy preparado desde mi más tierna infancia. En el folklore húngaro, cuando el joven héroe se pone a trabajar para algún ser mágico –una bruja o un dragón de siete cabezas– se le advierte que en ese lugar tres días valen por un año. En Lateral, son tres números. Pónganse a calcular.
Al final de mi primer editorial, hará ya casi nueve años, me referí a una idea de Faulkner que decía que “los escritores deberíamos ser juzgados por la brillantez de nuestros fracasos en la realización de lo imposible”. Yo, demasiado altivo y ambicioso, imploré entonces, al menos un fracaso brillante. Estos cien números que estamos celebrando ahora me han hecho mucho más humilde. Hoy me conformaría con una simple victoria opaca.

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