La hora magiar

La narrativa húngara del siglo XX

(Suplemento Hoja por hoja del diario Reforma, México, febrero de 2003)

Como casi todas las culturas periféricas de Occidente, también la húngara tiene su auténtico despertar en el Romanticismo y su expresión literaria más cabal en el género poético. Son países con una lírica de muy alto vuelo y con una narrativa de modesto alcance. Este cliché decimonónico perduró hasta tiempos recientes tanto en América Latina como en Europa del Este, y parecía tener especial validez en la literatura húngara.

Efectivamente, en las letras magiares del siglo XX no hay nada parecido al revolucionario trío de la prosa polaca –Witkiewicz, Schulz, Gombrowicz–, ni tampoco autores de la trascendencia de los checos Hasek, Capek o Kundera. Ni siquiera los había tocado un Nobel, como a los extintos yugoslavos, con el galardón de Ivo Andric. Pero esto ha cambiado. Ha llegado la hora de los húngaros.

Esta insólita revalorización internacional empezó con el descubrimiento póstumo de Sándor Márai (1900-1989), que diez años después de su muerte se convirtió en un best-seller literario en toda Europa, y culminó el año pasado con el Nobel de Imre Kertész (1929). Naturalmente, había muchas otras cosas más, sobre todo en la órbita germánica, donde narradores como György Konrád (1936), Péter Nádas (1942) o Péter Esterházy (1950) lograron forjar un merecido prestigio.

El hecho de que, después de un prolongado goteo, lo mejor de la prosa húngara llegase a la conciencia literaria de Occidente de golpe y sin distinciones generacionales, permitió incluir en la oferta clásicos de otra manera imposibles de rescatar. El más importante de ellos es Dezsö Kosztolányi (1885-1936), de quien Ediciones B publicó en el 2000 Alondra, una deliciosa novela sobre la infelicidad, y está a punto de sacar su obra maestra, Ana Dulce.

Hijo de la histórica clase media húngara –aristocrática, aburguesada, cristianísima y venida a menos– Kosztolányi nació en una soñolienta ciudad, hoy perteneciente a lo que queda de Yugoslavia. Ese escenario autobiográfico le inspiró las virtuosas ñoñerías de sus primeros poemarios y dos de sus cuatro novelas: Alondra (1924) y Cometa de oro (1925).

Pero el ambiente provinciano es sólo una de sus referencias. Su primera novela, Nerón, el poeta sanguinario (1922) tiene la premonitoria novedad de concebir al dictador como artista frustrado, como diletante resentido. Lo que pudo parecer una exaltación modernista resultó ser una inquietante premonición histórica y psicopatológica.

Paradójicamente, las cualidades poéticas hacen de Kosztolányi un narrador único: la capacidad de crear con muy pocas palabras una situación, un personaje, una atmósfera; la ausencia de toda psicologización; la redacción concisa hasta la austeridad, en la que la imagen no sirve para adornar sino para hacer atajos. Esas virtudes están especialmente presentes en sus novelas. La más grande entre ellas, Ana Dulce (1926), narra la historia de una joven criada, dulce y tímida, que –sin motivos aparentes– asesina a sus amos.

Polifacético y exitoso como Kosztolányi, pero de temperamento literario completamente distinto, Sándor Márai (1900-1989) era un hombre que había sido capaz de decidir todos los momentos decisivos de su vida, incluida la muerte. Como primer ejercicio del libre albedrío, hungarizó su germánico apellido Grosschmid. Su voluntarismo patrio cobró un significado altamente poético en el momento en que, tras la Primera Guerra Mundial, se hundió la Hungría histórica, que se vio obligada a entregar a sus vecinos dos tercios de su territorio, entre ellos la Región Alta (hoy Eslovaquia), la patria chica de Márai.

Ese mundo desaparecido inspira varias de sus mejores obras, entre ellas, las memorias Confesiones de un burgués o El último encuentro, la novela a la que debe su redescubrimiento.  Cuarenta y un libros publicó Márai entre 1927 y 1947. Éxito, fama y dinero eran sus compañeros de viaje en aquellos años. Tenía varios pisos, coches y amantes. Su independencia y valentía en lugar de aflojarse, crecieron durante el terror nazi. Su mujer era judía y él se mantenía firme y protector a su lado. Su Diario de guerra, de 1943-1944, es un testimonio insuperable de esa época terrible que finalizó con la llegada del Ejército Rojo.

La nueva dictadura, la comunista, lo empujó a emigrar. Al principio fue el héroe mimado del exilio magiar. Pero con los años y las décadas empezaron a escasearle los editores y a menguar los honorarios. Hungría también cambió: lo invitaron a regresar, le prometieron publicarlo. Pero Márai no era hombre de concesiones. Viejo, enfermo y pobre, aún tuvo que encajar el golpe de sobrevivir a su compañera de una vida entera. El siglo XX acabó de cumplir 89 años; los mismos que Márai. Frente a la agonía y la soledad, él prefirió la libertad de la muerte. Unos meses después cayó el muro de Berlín.

En su Diario de guerra anota Márai desolado un día del verano de 1944 que vio desde el tranvía un grupo de judíos amontonados como ganado en una fábrica de ladrillos de Budapest. Entre esa gente detenida allí a la espera de su deportación se encontraba un adolescente de 15 años  llamado  Imre Kertész, que milagrosamente logró sobrevivir Auschwitz, pero después de la liberación volvió a ser un paria, ésa vez, del recién instaurado régimen comunista.

Hasta su tardía consagración, Kertész había vivido la típica vida anodina de un intelectual no integrado del Este: marginación, periodismo con despido, trabajos físicos, y más adelante, traducción (de Nietzsche y Wittgenstein, entre otros). Sin destino, que es su primer y más importante libro, se publicó en 1975. Catorce años tardó Kertész en terminar esta novela tan poco complaciente, cuya dificultosa publicación se produjo en medio de la mayor indiferencia. Sin destino es un gran libro no porque sea una convincente y conmovedora historia sobre el Holocausto (de esas hay varias), sino porque es capaz de implicar a los lectores y sus pacíficas existencias en esos lejanos horrores con los que nunca pensaban que iban a tener algo que ver.

A partir de  los ochenta, Kertész se vuelve más productivo y publica, entre otros, las novelas El fracaso (1988), que reconstruye sus vivencias en la época estalinista; y Kaddish por el hijo no nacido (1990), cuyo título revierte el sentido de una oración judía que se reza al homenaje de los padres muertos; y el volumen de ensayos Un instante de silencio en el paredón. Pero seguía siendo apenas un autor de culto, y la mayoría de sus compatriotas se sorprendió cuando el último Nobel recayó a ese anciano compatriota suyo del que nunca había escuchado hablar.

En los años 50, cuando Kertész intentaba sobrevivir con trabajos ocasionales, el niño Péter Esterházy pasaba una infancia idílica en una aldea donde su familia estuvo desterrada por el régimen comunista. Aristócrata de origen, matemático de formación y futbolista por afición, Esterházy es el narrador más original e inventivo que ha dado la literatura húngara. Su linaje le ha otorgado una relación familiar con la historia de su país (en la corte de uno de sus antepasados  había ejercido Haydn de director de orquesta), mientras  que su biografía personal le indujo a hacerse con una visión del mundo plebeyamente sabia e irónica. Las matemáticas le dieron, acaso, esa capacidad de plantear la escritura como una especie de arte combinatoria.

Entre sus numerosas obras destacan Pequeña pornografía húngara (1984), anecdotario orgiástico sobre inocencias eróticas y perversidades políticas; Los verbos auxiliares del corazón (1985), una recopilación morbosa y conmovedoramente irónica de textos propios y ajenos entorno a la muerte de su madre; Libro de Hrabal (1990); en que dos ángeles vestidos de paisano intervienen en el caso de un aborto; y Harmonia Celestis (2000), su novela familiar, tanto en el sentido literario como psicoanalítico.

Con Esterházy no termina la prosa contemporánea húngara, pero sí, la del siglo XX, de la que sus compatriotas creían que no estaba a la altura de las grandes narrativas. Pero esto ha cambiado. Ha llegado la hora de los magiares.

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