Holocaustomanía

 

(Lateral nº 99, marzo de 2003)

El éxito universal de La lista de Schindler y de ¡Qué bella es la vida!, los Oscars de El pianista, basada en las extraordinarias memorias de Wladyslaw Szpilman (Turpial & Amaranto), y el Nobel de Kertész, que en los primeros 73 años de su vida no fue precisamente una persona reconocida, son las muestras más visibles del creciente interés por el Holocausto. ¿A qué se debe?

Mi amigo Tomi tiene la costumbre de repetir en forma de resumen lo que acaba de decir cuando le importa mucho que le entiendan bien, o sea, casi siempre. Esta vez, sin embargo, se supera y es la tercera vez que me advierte a propósito de El Pianista: “Que nadie crea que Polanski ha inventado algo. Todo es como ocurrió en la realidad. Literalmente. Las filas de los deportados, los asesinatos en plena calle, todo…”

Mi amigo Tomi sabe de lo que está hablando: él mismo vivió ese horror. Bueno, no en el ghetto de Varsovia –como Polanski, Szpilman o Reich-Ranicki (ver Lateral nº 71)–, sino en el gigantesco ghetto en que se convirtió Budapest para un judío en el año 1944. Tenía dieciséis años y se salvó gracias a su arrojo y clarividencia. A diferencia de millones de sus semejantes, él comprendió al vuelo qué destino le habían asignado los nazis y no estaba dispuesto a aceptarlo. Logró salir varias veces de las filas que se dirigían hacia el tren de Auschwitz, pero una vez escapado, no sabía a dónde ir. Toda la ciudad se convirtió en una trampa mortal en la que inevitablemente volvía a caer.

Hoy en día Tomi es un ingeniero jubilado que vive en Barcelona, habla todas las lenguas cultas, que se decía antes, practica la natación, el esquí y otros deportes cuya mera evocación me produce agujetas, ejerce de asesor literario mío, es un experto en música clásica –en una ocasión nos escribió para corregir algunos datos erróneos en el artículo de un reputado musicólogo– y por un buen concierto es capaz de viajar hasta Madrid o Valencia en compañía de su mujer Évi, también melómana.

Ella no tuvo que pasar por los horrores que se rememoran en El pianista. No tan directamente. Aunque hayan asesinado a la mayor parte de su familia, Évi y sus padres lograron sobrevivir con papeles arios. En cambio, después de la liberación les tocó la peor parte. Para el régimen comunista, Tomi, hijo de profesionales, fue tan sólo un ser sospechoso. Pero la familia de Évi, ex propietaria de una fábrica de mantequilla, fue declarada enemiga de clase, y desterrada a una región lejana para vivir y trabajar en un régimen semipenitenciario.

Yo vi la fotografía de esa empresa capitalista: un pequeño edificio de una sola planta en el centro de un pueblo soñoliento. Évi me enseñó también la foto del monumento a las víctimas locales del nazismo con el nombre de los judíos aniquilados. Son más de cien y, como siempre en estos casos, impresiona ver familias enteras suprimidas en grupo. Casi nadie sobrevivió, y el que sí, no quería regresar al pueblo donde nadie había querido defenderles. Es ése, pues, un monumento fantasma en un cementerio muerto. Pero, como es bien sabido, los fantasmas tienen la inquietante costumbre de volver.

Tomi y Évi no encuentran placer alguno en hurgar en el pasado; sus biografías paralelas reflejan más bien una permanente huida de él. Y como esto no resultó posible, a su pesar, se han vuelto expertos en la materia del horror totalitario. Así, en calidad de peritos, fueron a ver El pianista, que por supuesto ya habían leído. Évi en seguida quiso salir del cine, y hasta Tomi quedó afectado: “Yo ya lo viví una vez, y te aseguro que fue más que suficiente.”

Uno puede imaginar por qué mis amigos no son capaces de liberarse de estos asuntos macabros. Más misterioso resulta comprender por qué en los últimos años se ha producido un auténtico renacimiento de esta temática que durante décadas permaneció marginada y minoritaria.

Antes de que sea tarde, quisiera desmarcarme de la suposición de que todo eso es obra de los grandes poderes mediáticos y las fábricas de ocio. Ocurre al revés. Detrás de las obras ungidas por la fama (La lista de Schindler, El pianista o Sin destino) hay cientos y miles de memorias, investigaciones, novelas y reflexiones, cuya recepción ha mejorado tanto que hasta Hollywood se ha atrevido con el tema.

Llama la atención que el creciente interés por el Holocausto no se extienda también al Gulag, que no queda atrás ni en número de víctimas ni en perversidad. Entre otros, Kertész ha reflexionado sobre este interrogante (ver Lateral nº 4), y llega a la conclusión de que el Holocausto se presenta como un mito más límpido, y por tanto, más comprensible. En varios de sus ensayos, Kertész interpreta el Holocausto como un mito sobre el Bien y el Mal, acaso el único válido de nuestro tiempo. Para él ése es el mayor acontecimiento “desde la Cruz”, y aventura que el tardío reconocimiento de su significado se debe a las mismas razones por las cuales las enseñanzas de Jesús también tardaron en difundirse.

Como realidad histórica, el Holocausto no pudo ser digerido por la opinión pública. A diferencia del Gulag, en menor o mayor grado, directa o indirectamente, todo Occidente estaba implicado en él: como víctima, verdugo, cómplice, colaboracionista, testigo y, en menor medida, como oponente… Hacía falta la aparición de generaciones nuevas que no tuvieran relación directa con él, para quienes no fuese historia viva.

Como mito, el Holocausto ha llegado a ser universal, pero está por ver si el resultado de esa popularidad no es una simple banalización. Hay señales de que el mayor crimen de la humanidad se ha convertido en un tema tan inocente como un cuento gótico, y de que las nuevas generaciones interpretan esas historias en clave de películas de suspense. Otra posible explicación de la actual holocaustomanía es que la gente de nuestra época se reconoce en él. Al fin y al cabo, los actuales conflictos armados, al menos los locales, se parecen cada vez más al modelo de la matanza industrial.

Mirando a esta hermosa pareja me inunda la sensación de que ellos representan algo mejor, o como mínimo, mucho más interesante, que la inmensa mayoría de mis contemporáneos. Y de repente lo veo claro: nuestro interés por el Holocausto no puede basarse únicamente en la negatividad –en la incrédula fascinación ante el Mal Radical–, ni mucho menos en escarmientos moralistas para los que la humanidad jamás mostró inclinación alguna. Tiene que haber algo positivo allí, algo que admirar aunque sea como falta o ausencia. A lo mejor es la nostalgia por los valores que representan Tomi y Évi, por ese humanismo liberal y burgués moderno del que habla Steiner en “Una especie de superviviente”. Es la nostalgia por una Edad de Oro que tal vez nunca lo fue, pero que en muchos aspectos se presenta como un ideal. Era un mundo tan injusto como el nuestro, pero más optimista y espiritual, culturalmente más rico. En realidad, su hundimiento se produjo antes, en la Primera Guerra Mundial, pero en ningún contexto se percibe tan dolorosa y violentamente la pérdida como en el del Holocausto. Lo conmovedor en la historia de Ana Frank no es sólo la bestialidad de un mundo que se propone eliminarla, sino la belleza de ése otro que con ella desaparecía: una niña de trece años que lee a Goethe, que sueña con servir a la Humanidad y jura a su querido diario que luchará por la igualdad de las mujeres…

Hemos terminado la sopa de champiñones, el pollo a la paprika con galushka y ensalada de pepino. Seguimos platicando sobre El pianista, y como es su costumbre, Tomi repite lo que considera esencial:  “Tienes que entender que realmente ocurrió así”. Le aseguro que lo he entendido, pero no me atrevo a decirle que no sé para qué me servirá ese saber, como tampoco sé si le ha servido a él. Llega la hora de los adioses. Para despedirse, me deja las memorias de Ágnes Heller y me llama la atención sobre el capítulo dedicado a una Budapest sometida al delirio fascista en el 44. Yo le recomiendo La crónica del guetto de Varsovia de Ringelblum. Nos damos la mano. Salgo. El pálido sol de la tarde de febrero me deslumbra como si hubiera salido de un matiné. Nuestro pacífico mundo feliz vuelve a acogerme.

 

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Filed under Holokauszt, Kultúra, Publicisztika, Web

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