En nombre del padre

Harmonia celestial de Péter Esterházy

(Lateral No. 105, Septiembre, Barcelona, 2003)

 

El azar ha sido favorable a las letras magiares en estos quince minutos que median entre el éxito póstumo de Sándor Márai (1900-1989) –cuyo El último encuentro, escrito en 1942, llegó a ser un best seller pan-europeo en 2000, once años después del suicidio de su olvidado autor– y el reciente premio Nobel de Imre Kertész, de quien hasta el momento de su galardón pocos habían escuchado hablar incluso en su propio país. Gracias a esa repentina moda magiar, que Lateral anticipó en su nº 62, se ha publicado una serie de escritores contemporáneos (a Péter Nádas, por ejemplo) y rescatado a algunos clásicos, entre ellos al extraordinario Dezső Kosztolányi.

Hay un solo escritor húngaro que no precisaba de ese empuje colectivo para lograr un reconocimiento internacional: Péter Esterházy (1950), una especie de ídolo literario en su país desde sus primeros libros publicados a mediados de los setenta, quien en las últimas dos décadas se convirtió en una referencia mayor también en el extranjero, sobre todo en Alemania. Su duradero éxito, su condición de hijo favorito de los dioses literarios –en las antípodas del perseguido, marginado y, finalmente, ignorado Kertész–, en realidad contradice a su procedencia más que dudosa para el régimen comunista en el que logró el reconocimiento, a su arriesgada escritura y a su aura de disidente, que no le ha abandonado ni siquiera ahora que su país está vagando por los senderos inescrutables de la libertad política.

Aristócrata de origen, matemático de formación y futbolista por afición, Esterházy es el narrador más original e inventivo que ha dado la literatura húngara. Las matemáticas le dieron, acaso, esa capacidad de plantear la escritura como una especie de arte combinatoria. Su linaje le ha otorgado una relación familiar con la historia de su país (en la corte de uno de sus antepasados Haydn fue el director de la orquesta doméstica, un tatarabuelo suyo fue primer ministro…), mientras que su biografía personal (que empieza con una idílica infancia aldeana a causa del destierro de su familia en los cincuenta) le indujo a hacerse con una visión plebeyamente sabia e irónica.

Entre sus obras destacan Novela de producción (1979), cuyo título se refiere a un género literario obligatorio en los tiempos estalinistas; Pequeña pornografía húngara (1984), anecdotario orgiástico sobre inocencias eróticas y perversidades políticas; Los verbos auxiliares del corazón (1985), un collage conmovedoramente irónico de textos propios y ajenos en torno a la muerte de su madre; Introducción a las bellas letras (1986), monumental recopilación de escritos ya publicados y otros inéditos; y Libro de Hrabal (1990), en que dos ángeles vestidos de paisano intervienen en el caso de un aborto.

 

Noblesse obige

Esterházy no es precisamente un escritor autobiográfico, pero en todas estas obras (y también en las aquí no citadas) abundan elementos tomados de su propia vida y del legendario familiar. Lo que ocurre es que en su caso lo autobiográfico, lo familiar inevitablemente adquiere la categoría de lo histórico, y esta circunstancia sin duda enriquecedora, literariamente supone un desafío difícil de abordar. Será por eso que, mediante unos juegos lingüísticos, el autor siempre ha procurado decontextualizar y decronologizar lo narrado. Propenso a alterar su prosa con citas no declaradas y elementos estilísticos ajenos al contexto, a menudo Esterházy empieza su frase en un registro para terminarla en otro, incluso de otra época.

Lo que ha sido una presencia constante pero lateral –una suerte de coqueteo irónico con su propia historia, que es también la de su país– se volvió central en Armonía celestial (2000), su novela familiar tanto en el sentido genérico como psicoanalítico. Fruto de diez años de escritura, ésta es su obra más ambiciosa, en la que finalmente se ha atrevido con su pasado personal/nacional. Y como guía para orientarse en ese vasto legado, ha elegido la figura del Padre.

Padre, patria…, patrimonio putrefacto, ¡cuántas vilezas políticas y literarias se han cometido en vuestro sagrado nombre! ¿Qué debe hacer un escritor con escrúpulos estéticos para no caer en la trampa canalla de vuestros tópicos si ya no le queda la alternativa de callar? Por lo pronto, tiene que huir de los géneros que constituyen el caldo de cultivo de la auto complacencia y la cursilería: la saga familiar y la novela histórica. Esto es lo que él hace precisamente, y de manera radical.

Para no dejar dudas de que no estamos ante una novela familiar y/o histórica al uso, él ha configurado dos libros completamente diferentes sobre el mismo tema. No es la primera vez que recurre a la doble estructura, a la dialéctica del anverso y el reverso –hay un juego de espejos también en Los verbos auxiliares del corazón o su novela gemela ¿Quién garantiza la seguridad de la Lady? (1983)– pero aquí no hay paridad entre las dos partes, sino más bien una relación de causa-efecto.

Uno de los libros que componen Armonía celestial –cuyo título procede de una pieza musical atribuida a un antepasado dieciochesco del autor– narra la historia, fragmentada pero cronológica, de la familia Esterházy desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la juventud del autor, y casi puede ser considerada como una novela tradicional. El otro, titulado “Frases numeradas de la vida de la familia Esterházy”, es una especie de mosaico de anécdotas sin relación cronológica o temática cuyo protagonista es el así llamado “mi querido padre”, y su narrador, “el hijo de mi querido padre”. Este libro es la negación de lo que es una novela. Lo curioso es que Esterházy empieza con este libro, o sea, con la deconstrucción.

Lo más desconcertante en esta virtuosa primera parte –un gran trabajo de la traductora Judit Xantus– es que el referido “mi querido padre” no resulta ser, no necesariamente, el progenitor del autor y ni siquiera un Esterházy. A veces es un personaje histórico, a veces alguien anónimo, a veces un héroe, otras un villano. Puede vivir en las épocas más variadas. También en países diferentes. Ese “querido padre”, que son todos los padres, anula la posibilidad de identificación sentimentaloide, al tiempo que abre enormemente el zoom de la narración. De hecho, Esterházy utiliza la palabra padre, con su enorme carga mítica y personal, cual una lente muy peculiar a través de la cual todo se ve diferente pero que le da un denominador común a todo.

Después de semejante iniciación, no es posible leer la segunda parte como una mera novela familiar. El lector está sobre aviso y, a pesar de que reconoce los principales elementos novelescos y que la lectura discurre fluida y festiva, sigue topándose con minas que hacen añicos su natural tendencia a tomar todo de manera literal, a sentirse ante un testimonio, a darle un valor estético a la veracidad no literaria sino biográfica.

Gracias a estos efectos de distanciamiento, Esterházy logra asumir sin complacencias ni nostalgias las terribles contradicciones inherentes en esta gran historia familiar y nacional, y llevar a cabo su ajuste de cuentas literario con la figura de su padre. Porque entre otras cosas, Armonía celestial es una novela edípica, un libro del Hijo sobre el Padre, el padre todopoderoso y también el moribundo, que yace inerte en sus excrementos.

Todo este ingenioso y valiente proceso tiene, naturalmente, un precio, que tiene que pagar la trama. En Esterházy hay historias, muchas; anécdotas, inagotables, pero no hay trama, al menos no en el sentido tradicional. Da la impresión de que Esterházy parte de la idea borgiana de que todos los libros están ya escritos, todas las historias concebidas, pero que ante la incomodidad de volver a contar llega a una solución distinta que el argentino. Borges propone hacer comentarios en forma de relato sobre los grandes temas; Esterházy supone que compartimos la trama que va a tratar, y a partir de esa complicidad empieza a menear la historia, sacarle lustre, añadirle detalles, mezclarla con otras, darle la vuelta a lo consabido. Y, ciertamente, todo lo conocemos en esta historia que narra Armonía celestial –un país, una familia, al fin y al cabo, no hay nada nuevo bajo el sol–, menos lo que él es capaz de sacar de ella. O lo que ni él mismo podía conocer.

La vida le dio una extraña vuelta de tuerca a esta magna novela, a la que el autor se vio obligado a añadir un doloroso colofón. Armonía celestial ya estaba imprimiéndose cuando Esterházy se enteró de que su padre, ese fascinante aristócrata venido a intelectual, era un confidente de la policía secreta. De esa indigerible revelación nació el libro más personal y terrible de Esterházy, Javított kiadás (Edición corregida). Se cumplieron las proféticas primeras palabras de Armonía celestial: “Es harto difícil mentir sin conocer la verdad.”

 

 

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Web

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