Acuso a la vida

(Lateral, nº 96, diciembre de 2002)

Según observa la sabiduría popular, todas las cosas buenas de la vida o engordan o son inmorales. Pero esto ha cambiado. Los placeres, que hasta ahora se pagaban caros, se han convertido en un negocio que permite recuperar la inversión con creces. Estamos al albor de una nueva era: la Era de las Indemnizaciones. Todo depende de si tenemos un buen abogado.

 La vida es una enfermedad mortal cuyo sombrío desenlace nadie ha logrado evitar aún. “He vivido; / otros muchos han muerto ya de esto”, sentenciaba Attila József, poeta húngaro de la época de Entreguerras, y el ruso Serguei Yesenin llegó a la conclusión en su último poema de que “en esta vida morir no es nada nuevo / y tampoco vivir, por supuesto”. Dicho esto, ambos poetas se suicidaron. El primero tenía treinta y dos años, el segundo treinta. Pero resulta que la mayoría de los mortales carece de una visión de futuro tan clara y prefiere alargar su estancia en el hospicio de la vida.

Todo esto viene a colación porque, frente a la poiesis y las metafísicas tradicionales, están surgiendo voces realistas que tratan de sacar partido de esa partida perdida de antemano. Me refiero a las reclamaciones dinerarias basadas en los supuestos daños causados por algún factor, generalmente placentero, de la vida. El blanco más frecuente de esas acusaciones es el hábito de fumar.

Recientemente, un jurado popular de California, por ejemplo, impuso a la tabaquera Philip Morris una sanción de 28.000 millones de dólares por no haber informado debidamente sobre los peligros de fumar a una señora que, tal vez en relación con ese horripilante vicio, ahora padece cáncer del pulmón. El abogado de la compañía confía en que “igual que ha ocurrido con casos anteriores, la sanción multimillonaria […] quedará reducida a una multa cuantiosa pero no descomunal”. Él se daría por satisfecho pagando sólo cien millones.

 

Esas reclamaciones abren unas perspectivas para el bien público que ni Jesús ni Marx hubieran osado soñar. El tabaquismo puede perjudicar seriamente la salud, pero es una fuente prodigiosa de ingresos tanto para las compañías, como para el Estado. A partir de ahora, puede que también lo sea para las autoridades sanitarias y aseguradoras. Si una humilde trabajadora californiana es capaz de sacar indemnizaciones millonarias a una corporación, ¿qué no podrían arrebatarle las masas organizadas, para quienes servidor se ofrece como asesor vitalicio? Bien mirado, la sociedad debería fomentar el hábito de fumar, que es la condición sine qua non de los beneficios económicos y el malestar social necesarios para crear, mediante indemnizaciones y multas, un sistema sanitario democrático pero eficaz, en el que habría dinero, por fin, hasta para las enfermedades derivadas del tabaquismo.

Pero ¿por qué acotar las multas a los fabricantes de cigarrillos y puros? ¿Por qué no extenderlas a todos los ámbitos de la vida social, natural y espiritual? La redención por reclamaciones económicas supera con creces las ofertas de la lucha de clases o del amor universal. Para empezar, promete la salvación en cash, o si se quiere, más que salvación, ofrece una solución. Luego, a diferencia de cualquier causa de antaño, en lugar de sacrificios, tan sólo requiere abogados. Pero su aspecto más novedoso es que se denuncia cosas que, por lo general, pertenecen a la órbita del libre albedrío. Antes se protestaba contra las injusticias; ahora, por las consecuencias de algo que uno mismo hace o elige, como fumar, comer como un cerdo o practicar deportes y otros excesos…

Esas iniciativas constituyen un sensible cambio en la historia de las buenas causas, colocando en su epicentro la salud y las compensaciones dinerarias. Pero yo propongo ir más lejos y me pregunto: si la vida es la responsable última de nuestra muerte, ¿para qué andar con rodeos? ¿Por qué no pedirle responsabilidades civiles? Ha llegado la hora de la verdad: Por la presente acuso, entonces, a la vida entera y a cada uno de sus componentes, sean o no personas jurídicas.

Podría empezar con el tabaco –al que me aficioné a los trece años– pero, además de parecerme un poco epigonal, me temo que no hay mucho que esperar de las extintas marcas Plan Quinquenal y Obrero, que me introdujeron en dicho vicio. Y es que esto es lo que me pasa siempre. La única vez que mi coche fue embestido por otro, causando el siniestro total de los dos vehículos y daños colaterales a mi señora y a mí, no tuve el gusto de cobrar indemnización alguna, y en los ocho años transcurridos la aseguradora Comercial Unión ni siquiera me ha pagado lo que valía mi coche perdido.

Por eso propongo yo un giro copernicano en la historia de las reclamaciones, para extenderlas a esferas en principio no previstas. Tomemos un ejemplo al azar. Se suele denunciar la guerra y ensalzar la paz. Pero la realización del concepto kantiano de la paz perpetua en según qué país africano, por ejemplo, equivaldría al genocidio más monstruoso que se puede imaginar. En la larga cadena de perjudicados, cuyas penas no discuto ni por un momento, yo represento el último eslabón. Al observar cada día en el telediario los horrores que suceden en esos lugares remotos, se altera mi bioflora, se perturba mi sistema gastrointestinal y me pongo de un humor de perros que perjudica incluso a mi entorno. ¿Y quién va a pagarme por esos daños y perjuicios? Estoy esperando una propuesta sensata.

Y hablando de guerra y paz, denuncio asimismo a León Tolstoi, entre otras cosas, por aquella primera frase de Ana Karenina que constata la aburrida uniformidad de los matrimonios felices y la entretenida variedad de los infelices. Después de haber leído una idea tan convincente, díganme: ¿quién es el imbécil que escoge el monótono modelo de la felicidad? Pero luego tenemos lo que tenemos, y ¿a ver quién me compensa ahora por tanta variedad y diversión?

Según el poeta chileno Nicanor Parra, las arrugas son cicatrices, y yo añadiría que cada una de ellas tiene detrás una historia por la que reclamar indemnización: el aire mefítico que respiramos; los alimentos enigmáticos que comemos; los disgustos, calamidades y desilusiones que son nuestro pan de cada día; “las patadas que recibe de los indignos el mérito paciente”, que decía Hamlet; el agobio, las prisas y la angustia; el afán de poseer y el miedo a perder; el deseo, la traición, la desidia y demás son todos clavos en nuestro ataúd. La lista de agravios es interminable y por cada uno de ellos exijo compensación.

Acuso, por poner un ejemplo, a mis educadores, incluidos a mis padres, que me inculcaron todo tipo de sandeces sobre la bondad humana, el respeto y la solidaridad. Sus enseñanzas me han causado un sin fin de malentendidos y amarguras. Descendiente lejano del señor Quijano, de Madame Bovary y de otros tantos malogrados por el vicio de la lectura, denuncio también a la literatura, que, a cambio de algunos ratos placenteros, me ha convertido en un enajenado. Denuncio así mismo a Hollywood, cuyos actores me enseñaron a poner cara de póker (que a mí siempre me sale de mus) ante mujeres de las que debería haber huido.

Y ya que ha salido el tema: desde ya advierto a quien corresponde que por las penas de amor no valen compensaciones de tabaquera. Terribles son las culpas de la pasión, y la indemnización tiene que estar a la altura. Denuncio, pues, a cada una de las mujeres que se hartaron de mí, hundiéndome en un océano de melancolía y desazón. Pero denuncio con igual rigor y energía también a aquellas, pocas, que fueron abandonadas por mí, causándome tales remordimientos y mala conciencia que me hicieron añorar los tiempos en que fui usado y tirado.

Como ven, la vida me está matando. Pero no se trata de hurgar en las heridas, sino de computarlas y, sobre todo, de ponerles un precio. La vida es una enfermedad mortal que ahora puede curarse, sin embargo, con un buen plan de viabilidad.

 

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