También la corte está desnuda

(Lateral nº 95, diciembre 2002)

El desconcierto que el último Premio Nobel de Literatura ha causado en el mundillo cultural ha demostrado que no estamos preparados para ese tipo de sorpresas. Partiendo de ese caso, el autor del presente artículo intenta descifrar cómo es posible que los profesionales de la literatura ignoren valores que no sólo podrían, sino también deberían conocer y promover.

Con su habitual nocturnidad y alevosía, la academia sueca resolvió distinguir a un oscuro autor húngaro con el último Nobel de Literatura. La sorpresiva decisión causó revuelo en los círculos literarios y puso en un aprieto a los medios de comunicación. ¿Quién es ese Imre Kertész del que nadie habló como favorito? ¿Cómo informar sobre un escritor del que no se ha leído una sola línea? ¿Dónde diablos conseguir una foto suya con menos de setenta años y con más cabellos que aquellos cuatro que le cuelgan hasta el hombro desde una cabeza como una bola de billar, otorgándole un aire de payaso jubilado, que se ha emocionado porque alguien le había reconocido? ¿Cómo se les ocurre a los caballeros suecos semejante galardón para cuya celebración nadie estaba preparado: ni los periodistas culturales, ni los críticos, ni los libreros ni sus propios editores, y aún mucho menos el público lector? ¡Suerte del Planeta, que se entrega poco después del Nobel, ahí uno siempre sabe a qué atenerse!

Modestia y patriotismo aparte, puedo aportar algún dato sobre el trasfondo del affaire Kertész. En su día recomendé a algunas editoriales que publicasen Sin destino, su primera novela. Al final me hizo caso Enrique Murillo, a la sazón Director Literario de Plaza & Janés, la editorial que luego oportunamente se deshizo tanto de Murillo, como de esa obra tan poco comercial. Por lo demás, Kertész colaboró con Lateral desde el inicio de la revista. También procuramos dar eco de sus libros conforme iban saliendo en castellano. Yo mismo escribí sobre sus obras fundamentales: Sin destino (Plaza & Janés, 1996, y reeditado por Círculo de Lectores) y el volumen de ensayos Un instante de silencio en el paredón (Herder, 1998).

Luego, Jaume Vallcorba, director de reputado olfato de la editorial catalana Quaderns Crema y de la castellana El Acantilado, descubrió a Kertész por su cuenta. Publicó Kaddish por el hijo no nacido (2001) y Yo, el otro (2002), recuperó los derechos del descatalogado Sin destino, y estaba a punto de contratar una nueva obra suya cuando, aprovechando la resaca del Nobel y su ilimitada capacidad para realizar opas, Alfaguara se la había arrebatado en la mismísima Feria del Frankfurt, donde el autor y su editor catalán-español estaban celebrando la inesperada victoria.

No vayan a creer que cuento todo esto para calificar la actuación de Alfaguara, que no precisa de mi comentario, o que estoy alardeando de mis conocimientos sobre Kertész. Cuando el Nobel se lo dieron al chino Xingjian, yo me encontraba en la misma situación que mis colegas con ese húngaro. Y eso es justamente lo que me gustaría plantear: ¿por qué los profesionales de la literatura ignoramos esas cosas y esos casos? No me acuerdo de cómo fue lo del chino, pero Kertész no era lo que se dice un autor inédito en España antes de su Nobel. Cuatro libros traducidos en los últimos seis años, uno de ellos editado dos veces y por Plaza & Janés y Círculo de Lectores, no es un balance del todo negativo.

Y si quieren más datos sobre su manifiesta clandestinidad, sepan que sus libros han recibido críticas positivas (en caso de que hayan recibido alguna); que en Lateral se podía leer artículos suyos (también en nuestra página web), y que servidor no paraba de jurar y perjurar tanto en público como en privado las magnificencias de su compatriota. Incluso, pocas semanas antes del Nobel, Kertész ocupaba la portada del suplemento cultural de El País a raíz de una entrevista que le publicaron.

¿Cómo pudo ser, entonces, que en nuestro mundillo literario, académico, periodístico, intelectual y eclesiástico apenas se supiera de él? No estoy reprochando nada a nadie. Ni siquiera estoy hablando de Kertész, y mucho menos del Nobel, un premio que sólo en la categoría de Paz resulta más azaroso que en la de Literatura. Pero hay una pista ahí que nos acerca al corazón de las tinieblas literarias de nuestra época. Y no me refiero al cuento, por lo demás aterradoramente real, de la desorientación generalizada a causa de la manipulación informativa y la sobreproducción.

 

La crítica, perdida

No seré yo quien niegue que hay demasiados libros. Pero nunca puede haber tantos como para que cada uno de nosotros no sepa, dentro de su palmo de saber, cuál resulta imprescindible. Sin embargo, por alguna razón ese saber no pasa al dominio público. Al contrario, se va perdiendo incluso lo que ya lo era: los clásicos. Para beneficio propio y ajeno, todas las bellas almas y todos los espíritus críticos de nuestra era azotan al mercado como fuente de todos los males, también en el campo cultural. Estoy con ellos. Sólo que el verdadero enemigo del buen libro no son los best sellers ni la mercantilización de la vida literaria, sino la desidia, venalidad, resignación y/o mediocridad de sus servidores.

Hace unos meses realicé un pequeño experimento en ese inofensivo laboratorio que es Lateral (nº 85, enero de 2002). Hablando de la crítica literaria, me permití la siguiente confidencia: “La casi totalidad de los libros que en la última década han logrado hundirme y luego resucitarme apenas tuvieron recepción crítica o lectora.” Y como ejemplo, puse tres títulos sin nombrar sus autores.

Adivinen ustedes, ¿cuántos lectores, colegas, amigos o parientes me han preguntado por alguno de esos libros que, sospecho, muy pocos conocían o reconocían? Han acertado. Dos: Leonardo Valencia, narrador ecuatoriano y Jefe de Redacción de Lateral, y el escritor mexicano Juan Villoro.

Naturalmente, tengo mucho más ejemplos para ilustrar ese desinterés y falta de diálogo pero, como seguirán sin hacerme caso, cito tan solo uno más. Quiso el azar que las últimas vacaciones estivales cayeran en mis manos dos extraordinarias novelas danesas de finales del siglo xix. Una de ellas, Al lado del camino de Herman Bang, está disponible en castellano (Ediciones de La Torre, 1994), la otra, debería estar. Desde entonces no he parado de hablar de mis descubrimientos escandinavos, pero no he tenido mejor resultado que con mi hit parade de las tres obras maestras ninguneadas.

Yo diría que nunca antes ocurrió esto. Hasta en las exóticas colonias españolas del Nuevo Mundo se conocía lo que hacía falta leer. Hasta en la última, la más nevada guarnición siberiana ­adonde con más frecuencia llegaban jaurías de lobos que diligencias de correos­, cualquiera sabía que para ahondar en la melancolía, nada mejor que las penas rimadas de Alfredo Musset o de Gerardo de Nerval, y para quitarse la vida, bastaba simplemente seguir las pautas del joven Werther. Como merecido premio por la sed de saber y el ansia de la periferia, no hacía falta esperar mucho para que en los salones y salitas de Europa Occidental empezaran a leer y discutir lo que se escribía en la enigmática Rusia y en las remotas Américas.

Yo no digo que ahora leamos sólo lo que sale en los suplementos, programas culturales o presentaciones de libros, aunque la verdad es que principalmente sí. Lo que estoy diciendo es que algo se ha perdido en el camino. ¿Qué ha pasado? ¿Qué falta? ¿Curiosidad, compromiso, pasión, sentido del deber, sentido del leer, ganas de hablar o ganas de escuchar? ¿O, acaso, la literatura ha dejado de ser esa noble causa por la cual sus servidores dichosamente daban la vida?

Que el rey está desnudo, ya se sabía desde hace mucho tiempo. Ahora resulta que nosotros, la corte, también nos estamos quedando en pelotas. Lo que pasa es que, a diferencia de la anatomía del soberano, nuestras partes no interesan a nadie. El inocente niño, que en el cuento descubre el regio espectáculo, jamás va a señalarnos con el dedo; el gentío, que jubiloso celebra la revelación, no se fijará en nosotros ni para reírse. Únicamente un Nobel podría devolvernos la dignidad

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