Coincido, ergo sum

(Lateral, nº 94, octubre de 2002)

 

La ilegalización del partido vasco Herri Batasuna ha tenido el apoyo de la mayoría de los partidos políticos de España, pero ha levantado una polémica entre medios nacionalistas e izquierdistas. Parece que el debate gira no tanto en torno a la conveniencia o inoportunidad de dicha prohibición, como en torno a las malas compañías que supone defender una u otra opción.

Contrariamente a lo que se dice por ahí, la explotación no es la verdadera causa del innato malestar del ser humano, como sentenciaban Marx y Engels, ni tampoco su incapacidad de quedarse quieto en su habitación, como sostenía Pascal, y ni siquiera su mala (in)conciencia que trata de reprimir instintos agresivos y autodestructivos, como lo aventuraba Freud. No, el hombre está condenado a la infelicidad porque no es capaz de compaginar su natural inclinación a coincidir con los demás miembros de su especie, y su irremediable ambición por distinguirse de ellos. Y como dicen en mi tierra, con un solo culo no se puede montar dos caballos.

Gregario en cuanto a su programación genética, su desigual evolución social se debe, sin embargo, a los exitosos intentos de romper con esa regla. Todo el mundo conoce el resultado de ese incesante empeño de cuadrar el círculo que es la historia humana. A mí tan sólo me gustaría señalar un aspecto particular de esa aspiración de ser, a la vez, idéntico y diferente: con cada elección se elige asimismo una nueva grey, donde se encontrarán una serie de coincidencias no deseadas.

Me explico con un ejemplo tan sencillo como son los hobbies. Fíjense qué desagradable, pero comparto afición tanto con Hitler (el cariño por los perros) como con Stalin (la pasión por las películas de Chaplin). Con las pasiones públicas, como es la política, el asunto se complica notablemente. El qué a menudo se mezcla con el quién. Lo que busca uno es precisamente el partido de los trabajadores o la comunidad de los okupas o quiere ser admitido por el poder que reprime a ambas colectividades. Pero como esas filiaciones ya no suelen ser tan generalizadas y, sobre todo, estables, los actos de distinguirse y/o realizarse se plasman en causas a las que uno se adhiere ocasionalmente, a sabiendas de que coincidirá con personas que no son de su agrado.

Las manifestaciones de solidaridad son una expresión mayor del fenómeno. Pongamos el caso de una marcha por la causa del pueblo palestino. Es probable que el manifestante de talante democrático que reclama justicia para los palestinos, comparta espacio con gente que odia (juntos o por separado) Occidente, el capitalismo, la democracia, Estados Unidos y, naturalmente, a los judíos y su Estado, y busca la manera de erradicarlos, juntos o por separado.

¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Dónde están los límites? ¿Qué pesa más: la buena causa o sus malas compañías? Tomemos el caso de las manifestaciones contra la globalización durante la cumbre de Barcelona el marzo pasado. En la misma marcha participaron los profesionales de la globalofobia (grupo Attack), los sindicatos (que suelen colaborar con los gobiernos), los socialistas (que suelen colaborar con la globalización) y elementos radicales (como Herri Batasuna, brazo político de ETA), dispuestos a cargarse todo y a todos contra los que se manifestaban, y a parte de los que les acompañaban en la protesta.

 

El brazo ilegal

Todo esto viene a colación porque el referido brazo acaba de ser declarado ilegal.  El proceso ha contado con el apoyo abrumadoramente mayoritario de los partidos políticos del Reino de España y con un respaldo ligeramente minoritario en la comunidad foral del País Vasco, causando, además, bastante malestar en círculos nacionalistas e izquierdistas.

Cualquiera hubiera pensado que la ilegalización de un partido que no sólo predica la violencia, sino que colabora con una organización que la ejerce, es una cuestión meramente práctica: ¿contribuye esa prohibición a debilitar a ETA, o más bien la refuerza? Pero no, resulta que para la opinión pública de las mencionadas o parecidas orientaciones políticas, se trata de una cuestión de principios. Hablan de derechos humanos, democracia, libertad y cosas parecidas. Hablan como si el balance de unos mil muertos, muchos más heridos, el cúmulo de familias destruidas, una sociedad fracturada que vive bajo el terror, la violencia cotidiana y el miedo omnipresente que impide ejercer las más elementales libertades, incluidas las de expresión y de voto, fuera un patrimonio que defender.

Tanta sensibilidad democrática me impide insistir aquí sobre la necesidad de la lucha contra ETA y, por consiguiente, HB, y demostrar que en este momento no es exactamente el Estado español el que supone un peligro para el País Vasco, sino esa sociedad criminal paralela que lograron crear ETA y sus compinches legales, y que cuenta con unos poderosos mecanismos para ejercer el terror y la amenaza desde entidades cívicas y públicas, y con un vigoroso sistema de financiación que ya no depende únicamente de las recaudaciones del impuesto revolucionario.

Me da la impresión de que esas cosas constituyen unas evidencias y que en ese caso también, tal como había establecido Locke, “el error no es una ausencia de conocimiento, sino un yerro del juicio”. Exactamente como ocurrió en su día en relación con los horrores del nazismo y del bolchevismo, ignorados, precisamente por el tipo de gente que tenía la capacidad de saberlo. Ahora, en una situación infinitamente menos grave, se repite el mismo fenómeno. ¿Por qué? ¿Por qué personas de buena fe, enemigas de la violencia y con grandes inquietudes sociales son más condescendientes con el delirio nacionalsocialista que representan HB y ETA que con el Estado que procura garantizar los marcos de una convivencia pacífica? ¿Por qué para toda esa gente resulta menos incómodo aceptar la legalidad de una organización terrorista que la de un Estado democrático gobernado por un partido político que goza de su antipatía?

Reconozco que no es nada fácil quedar bien. Si uno expresa las más mínimas objeciones a las prepotencias y/o chapucerías de la política exterior de EEUU, le identifican con el fundamentalismo islámico o los hoolligans del movimiento de antiglobalización. Pero si se atreve a censurar la violencia de ciertos antiglobos, le tildan de lacayo del imperio americano al servicio de las multinacionales…

Queda claro, pues, que no hay opciones sin malas compañías ni apuestas sin daños colaterales. Aún así, llama la atención el maniqueísmo practicado en ambos lados que, en parte, se explica por la falta de auténticos proyectos y objetivos. Se elige por omisión, e importa más con quién no coincidir que en qué, menos con quién quedar bien, que con quién quedar mal.

Por lo demás, existe una larga tradición de ese tipo de rivalidades privilegiadas entre fuerzas políticas cercanas. En los años treinta, los partidos comunistas a veces parecían más ensañados con sus compañeros de ruta que con sus auténticos enemigos, los fascistas. Esto es lo que Freud llamaba el narcisismo de las pequeñas diferencias. Por mal que les sepa a los nacionalismos democráticos y a los izquierdismos moderados, tienen mucho más que ver con el PP que con partidos que profesan la violencia. Y ésta es una idea insoportable para muchos.

Si coincidir con prójimos contrarios e incluso antagónicos es una inevitable condición de la existencia humana, lo que convendría es establecer los mínimos en que esas diferencias son, a la vez, asumibles y necesarias. El modelo podría ser aquella alianza contra natura que en un momento dado unió al conservador Churchill con el socioliberal Roosevelt y el comunista Stalin. No creo que en el caso de ETA sea tan difícil encontrar ese mínimo. Al fin y al cabo, no se trata de consensuar modelos económicos o vías políticas, sino coincidir en el rechazo inequívoco de la violencia asesina. En caso contrario, se vuelve a incurrir en el error de tratar de montar dos caballos con un solo culo.

 

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