Mujeres después de la batalla

Cronistas femeninas de situaciones límite

Conferencia en el curso “Escriptores i cultures” (Cursos de Verano Els Julios, Universidad de Barcelona, 9 de julio de 2002)

 

Ya se sabe que a las mujeres siempre les tocaba la peor parte –así en la paz como en la guerra–, pero el siglo XX, sus guerras de alta tecnología y su terror totalitario, extendía el sufrimiento a la población civil de manera nunca conocida anteriormente. A la era de la cantidad, le correspondía la multiplicación del padecimiento, al siglo de las masas, la democratización del horror. Aunque con el tiempo ese fenómeno se ha vuelto casi planetario, originariamente Europa Central y del Este fue su geografía principal. Ese subcontinente tiene el triste privilegio de haber sufrido las consecuencias más devastadoras y sangrientas de las dos Guerras Mundiales, de haber conocido más directa y letalmente la experiencia de los dos sistemas totalitarios, el comunismo y el fascismo, y de haber servido de escenario para las dos encarnaciones modernas del Mal Radical: el Holocausto y el Gulag.

No es de extrañar, pues, que para hablar de la literatura femenina sobre experiencias límite, sea necesario recurrir a escritoras cuyo destino, directa o indirectamente, estuvo ligado a ese hemisferio. Tampoco es casual –más bien se trata de una fatal lógica– que entre la abundante literatura del siglo XX escrita por mujeres, muchas de las mejores páginas correspondan precisamente a textos inspirados en dichas experiencias: campos de concentración, guerra, persecución…

El hecho de que en ese siglo tantas mujeres escribieran sobre el terror, que se convirtieran en sus cronistas, no se debe sólo a su condición de víctima, al hecho de que jamás antes las mujeres hubieran estado tan expuestas a los delirios bélicos y represivos, sino también a la paradójica circunstancia de que, al menos en Europa, mejoró mucho su situación social y educativa y que existía una burguesía ilustrada. En este sentido también Europa del Este ofrece un espacio privilegiado.

Incluso me atrevería a añadir que las realidades de Europa del Este, de alguna manera, favorecían la mayor independencia femenina, incluido el comportamiento sexual más libre. Se trataba de una mentalidad más aristocrática que burguesa, en las que los modelos y modales no fueron tan rígidamente asentados. La atrevida conducta de Tatiana, protagonista femenina de Evgueni Aneguin, el poema épico de Pushkin, por ejemplo, quien, a principios del siglo XIX, se osó declarar su amor a Evgeni, no era propia de una doncella de la alta sociedad. Y en cuanto a la burguesía, por aquellos lares solía ser de origen extranjera (básicamente alemana y judía), por tanto más desarraigada que las clases medias occidentales, condición que, entre otras cosas, implica menos ataduras sociales. Precisamente por desarraigadas, esas burguesías, sobre todo las de origen judío, solían ser culturalmente más ávidas e ideológicamente más liberales. Como la mayoría de ellas fueron asimiladas, o pretendían serlo, a menudo tenían un relación superficial con la religión, cosa que no podría decirse de las burguesías de países más desarrollados. A finales del siglo XIX, en varios países del Este (en todos los que englobaba la Monarquía Austro-Húngara) existía el divorcio civil, por ejemplo.

Los más memorables testimonios de los horrores del siglo no son meros recuentos del sufrimiento, sino que dan cuenta también del derrumbe de ese mundo burgués y liberal, que ciertamente no fue ninguna Edad de Oro, pero sí uno de los últimos momentos del humanismo europeo. Constatar lo que se había perdido, el contraste con la realidad de los infiernos modernos, hace especialmente dolorosos los textos que vamos a tratar aquí.  Pero aún resulta más terrible constatar lo frágil, indefenso y hasta falso que fue ese orden burgués, nuestra propia civilización, que sucumbió casi sin resistencia a las tentaciones totalitarias.

Comprender ese proceso es conocer una verdad fundamental de nosotros mismos, de la naturaleza humana, de la sociedad en que vivimos. Pero para comprenderlo ni ayudan las estadísticas, ni resultan insuficientes los libros de historia, y ni tiene gran cosa que decir lo que hasta entonces se conocía como Literatura. Hacían falta testimonios de una extraña, casi perversa, calidad de observación y análisis. Como los textos que se tratarán aquí esta tarde.

Después de repasar algunos aspectos de ese difícil asunto, presentaré brevemente varios libros fundamentales sobre el tema y analizaré luego en mayor profundidad, dos de ellas: el Diario de Anna Frank y Seguir viviendo de Ruth Klüger. Además de constituir testimonios extraordinarios sobre la mayor infamia de la Historia, en esas dos obras se vislumbra una gran preocupación por la condición femenina. Sin embargo, para plantear el problema con un ejemplo concreto, y a modo de introducción, no voy a referirme a un libro, sino a una película.

 

 

 

 

 

 

The Last Days

 

Hace dos años presentaron en Barcelona la documental The Last Days, basada en el testimonio de algunos supervivientes húngaros del Holocausto. Aunque producida por Spielberg y ganadora del Oscar a la mejor documental en 1998, el filme carecía del efectismo propio del sello Hollywood. Con una austeridad ejemplar y eficiente, la película recogía conversaciones con tres mujeres y dos hombres: vimos sus caras, escuchamos sus voces, reflexionamos sobre sus palabras. De vez en cuando, se mostraba algún escenario de antaño, por lo general, de su vida anterior al campo de concentración. No era la manera habitual de tratar el tema en pantalla y el efecto fue muy fuerte y duradero.

En un momento dado, a los entrevistados les tocaba evocar el proceso de su deportación. Una mujer procedente de Ungvár, pequeña ciudad de los confines orientales de la antigua Hungría habló del drama de no saber qué llevar consigo. Las víctimas no sabían nada de lo que les esperaba ni a dónde se les llevaba. Había unas instrucciones bastante vagas y variables acerca del equipaje permitido, ya que tenían que satisfacer dos necesidades opuestas: los guardias civiles húngaros, que gestionaban las deportaciones, estaban interesados en que los judíos se fueran ligeros de equipaje, para quedarse así ellos con sus valores. En cambio, los nazis promovían que las víctimas cargasen con todos sus bienes mobilizables (sobre todo, joyas, oro y dinero) para contribuir así al Tesoro del Reich y a su propio bolsillo. Para entonces, después de varios años de cada vez mayor marginación (desde la exclusión de la vida pública hasta el señalamiento con la estrella amarilla), los judíos ya fueron lo suficientemente degradados como para aceptar el desconocido destino que sus verdugos les imponían, pero todavía eran suficientemente personas que actuaban, incluso en una situación escandalosamente anormal, según los patrones emocionales y culturales normales de una persona libre. Efectivamente, estaban en el limbo del horror.

“¿Qué me llevo conmigo” recordaba la abuela norteamericana de la película que se había preguntado ante el imperativo de que el día siguiente todos los judíos de Ungvár tenían que presentarse  en un lugar señalado. “¿Qué me llevo conmigo?”, se preguntó desesperada la adolescente húngara en ese fatídico día del verano de 1944. Y no sólo desde el punto de vista práctico (¿comida, dinero, botas, manta, joyas, cuchillo…?, sin saber lo que era imposible saber: que para el viaje en los vagones del ganado lo más necesario hubiera sido llevar agua y cubos para poder hacer sus necesidades), sino también sentimental. Finalmente decidió escoger una cosa completamente absurda: un bañador que su padre le había traído de uno de sus viajes capitalinos, y que causó una pequeña y festiva revolución en la piscina local. “Los chicos me silbaban, me celebraban, me tiraban piropos…”, cuenta la anciana de la película y, para ilustrarlo, de repente aparece una fotografía: allí está ella en su bañador precioso y atrevido, junto con su hermana, que no volvería de Auschwitz; alrededor de ellas, los jóvenes galanes de la ciudad, vestidos de Tarzan. El cuadro se vuelve más idílico aún gracias a un contenido ecuménico e interétnico que ella revela al entrevistador: varios de los mozos que aparecen en la imagen fueron gentiles. El verano siguiente estos mismos chicos cristianos (y sus padres y sus parientes) son los que consienten mudos (a veces, incluso, lo celebran a gritos y a insultos) que se llevasen como un rebaño de corderos a su vecinos, compañeros de clase o de trabajo. Éste fue el verdadero shock, el sentirse traicionado, y ésta es la razón por la cual muchos de los pocos supervivientes no querían volver a su patria o pueblo después de la liberación.

La decisión de la adolescente judía de llevar un bañador a ese viaje cuyo destino todavía ignoraba, resulta extraña e, incluso, grotesca precisamente por su normalidad: bañador y viaje son dos conceptos más que asociables. Pero la guerra y el terror todo lo pervierte, todo lo invalida. Además, ella no se lo llevaba el bañador en la mochila, sino –caso claro de un acto involuntario– puesto. De manera que ella viajaba a Auschwitz en un precioso bañador debajo de su ropa. Así hizo todo ese viaje de tren que ningún memorialista deja destacar por su imborrable horror; superó la primera selección entre los que iban directamente a la cámara de gas y los que tenían una prórroga hasta la próxima; entre gritos, amenazas y golpes llegó a una sala donde iban a esquilarla y desinfectarla, y en el momento de desnudarse, de repente se encontró, en una ducha de Auschwitz, en el preciso y atrevido bañador que le había regalado su padre y que tan entusiasmados celebraron los mozos de Ungvár. Fue el momento del derrumbe pero también de la iluminación: comprendió dónde estaba y que su pasado ya no le pertenecía ni tendrá jamás ninguna validez. Y entonces, sólo entonces, se rompió a llorar.

Esta historia, contada sin teatralidad –por tanto con un efecto dramático insuperable– plantea dos preguntas fundamentales para todos los que se interesan por comprender, estudiar o, simplemente, conocer las situaciones límites a los que el siglo XX expuso parte de la humanidad. La primera es una cuestión estética, asunto delicado en relación con los campos de concentración: ¿por qué esta historia sencilla, casi trivial tiene igual o mayor impacto que las terribles imágenes de archivo, la indigerible verdad de las estadísticas, los más agudos argumentos o las anécdotas más perturbadoras? La segunda pregunta tiene que ver con la condición femenina de la narradora: ¿hubiera podido contar algo parecido un hombre?, ¿podría haber una versión masculina de la historia del bañador?

Es un asunto más sutil, que se presta a la demagogia de género que encuentra la esencia de la escritura femenina en un tono más íntimo o en la proclividad hacia los detalles. Sin embargo, la fuerza y la singularidad de esta historia obliga al estudioso repensar los relatos del Holocausto y el Gulag desde este punto de vista.

 

 

La dificultad de relatar el horror real

 

Relatar las vivencias en los campos de concentración supone un desafío extraordinariamente duro. Dos son las razones de esta dificultad específica: la singularidad de los hechos que se pretende relatar y el problema de que no existía ni un lenguaje apropiado para contarlo ni un oído capaz de escucharlo.

Aunque tanto los horrores hitlerianos como los estalinianos se realizaran en un contexto histórico concreto, con fechas, lugares y nombres, lo ocurrido fue la misma negación de cualquier experiencia propia o ajena. Acaso tan terrible como los sufrimientos físicos (hambre, golpes, frío, vejaciones…) fue la vivencia en carne propia de que absolutamente nada en lo que se basaba su vida anterior al campo de concentración tenía allí la más mínima validez, que ningún valor considerado precisamente humano (honor, valentía, educación, tolerancia, solidaridad, compasión, sinceridad, aplicación, inteligencia o cultura…) les servía para nada (más bien lo contrario) y que sus padecimientos y su aniquilación no tenía causa ni sentido.

El trato inhumano no era exclusivo de los guardianes, por lo general presos comunes. El ejercicio de la insolidaridad entre los reclusos fue un requisito indispensable de la supervivencia. De ahí que robar, por ejemplo, era necesario. De ahí también el sentimiento de culpa de los supervivientes,  la mala conciencia de que le deben la vida a otros que se murieron en su lugar y de ahí también el desprecio hacia aquellos presos, la mayoría, que no tenía acceso a algún puesto, trabajo o contacto privilegiado, por tanto, su previsión de vida fue escasa. Era un mundo donde todo funcionaba al revés o, lo que es una idea mucho más inquietante, como en una parodia maligna y letal de la racionalidad y el pragmatismo modernos, de una sociedad concebida total y totalitariamente a semejanza de la producción a gran escala.

En el proceso de deshumanización de los presos de ambos campos tuvo un papel decisivo la destrucción de la familia como unidad, la separación de sus miembros, con excepción de los adultos del mismo sexo. Se perdió así el lazo más fuerte interpersonal, sino también el que más sólidamente vinculaba a las personas con las normas de su vida libre. La rusa Lidiya Ginzburg, otra gran cronista de otro horror, la guerra, describe en su libro Diario del sitio de Leningrado lo que significaba la familia en una situación también extrema, en unas condiciones en que desde todas partes acechaba la muerte y diezmaba el hambre y el frío:

“En las circunstancias del bloqueo aparecía la familia como primer y más próximo escalón de garantía social, vínculo de sangre y de convivencia, con sus irrevocables exigencias de sacrificio. No, la cosa era mucho más complicada. el contacto de una persona con otra era tan doloroso, tan terrible, que en la proximidad, en la inmediatez, ya resultaba difícil distinguir el amor del odio hacia aquellos de quienes era imposible alejarse. Apartarse de ellos no era posible; ofenderles, menospreciarles, sí se podía. Y a pesar de todo, la relación se mantenía. Cualquier tipo de relación –de trabajo, de estudios, de amistad, de amor– caía como hojas secas, pero la familiar se mantenía viva. Sea llevados por la piedad, sea maldiciendo, la gente compartía su pan. Maldiciendo compartían, compartiendo morían. […]

En los campos de concentración no se dio siquiera esa oportunidad, y su falta, acaso tenía el más terrible efecto sobre las mujeres.

 

La mujer en los campos de concentración

 

La situación de la mujer en los campos de concentración tiene aspectos radicalmente propios, sobre todo, en el caso de las judías en los KZ nazis. Esas mujeres tenían que pasar por indescriptibles sufrimientos, que en la inmensa mayoría de los casos conducían a la muerte, en cuanto seres humanos, judías y mujeres: las anulaban como personas, las humillaban como judías y les denigraban en su feminidad.

Las macabras investigaciones científicas (sobre esterilidad, por ejemplo) se limitaron a un número proporcionalmente reducido de mujeres. Las violaciones y la prostitución, aunque inherentes al terror nazi no eran tan extendidas como se podría esperar en semejante situación. En los campos había burdeles para los SS y, según, para los presos gentiles privilegiados, y los oficiales, los guardianes, reclusos de rango, sobre todo, los Kapos de ambos sexos explotaban sexualmente a los presos y las presas más jóvenes y de mejor apariencia, para quienes, por otra parte, prostituirse podía significar la supervivencia. Pero, de manera perversamente paradójica, la misma delirante idea central del nazismo de no considerar humanos a los judíos, reducía considerablemente el número de abusos sexuales. Gracias al tabú del Rassenschande, la profanación de la raza, era menos frecuentes las violaciones (sobre todo, las masivas) que de parte de los soldados rusos, quienes abusaban libremente de la población femenina de los países enemigos recién liberados como era Hungría o Alemania, por ejemplo.

En los campos de concentración soviéticos, las violaciones estaban al orden del día y las mujeres más apetitosas fueron utilizadas como esclavas sexuales por los presos comunes, a menudo criminales peligrosos. El polaco Gustaw Herling, autor de unos de los más estremecedores testimonios sobre el Gulag, describe más de una escena de ese tipo en su libro Un mundo aparte.

Queda claro que, junto con todo lo humano, ambos sistemas represivos procuraban anular también los papeles femeninos. Tomemos el papel maternal. En los campos de exterminio nazis, la madre recién llegada tenía que superar la primera selección por la cual todos sus hijos menores de catorce años pasaron automáticamente al grupo los destinados a las cámaras de gas. Había excepciones, pero éstas tenían su propia historia (la supervivencia, afirman todos que la lograron, se debía a casualidades casi milagrosas) y por lo general no pertenecían a los convoyes regulares que suministraban las seis millones de víctimas. Llega, entonces, la madre a la famosa rampa de Auschwitz, y, si tiene suerte (sic), es separada de sus hijos, que a veces todavía son bebés. En caso de que esa mujer no seleccionada para morir inmediatamente, quisiera cumplir con su papel maternal, procuraba quedar con sus hijos que aguardaban en camiones junto con los mayores de 45 años. Los nazis no se oponían a ese tipo de reunificación familiar y, para evitar conflictos y escenas mayores, si la mujer insistía, accedían gustoso al deseo de la madre.98 De esta manera, si una madre actuaba como tal, iba directamente a la muerte. Y si no, aunque todavía no supiera de las cámaras de gas, traicionará a sus hijos, dejará de ser madre y sufrirá hasta el fin de sus días que, por lo general, fueron contadísimos.

En este mundo al revés no servía ni cumplir con la mínima ética ni traicionarla. En el relato “Damas y caballeros, pasen al gas, por favor”, el también polaco Tadeusz Borowski describe el caso de una mujer que, intuyendo o conociendo las opciones (los judíos polacos que ya habían llevado años encerrados en guetos, tenían bastante información sobre los campos), intenta huir de su hija en la estación de Auschwitz. Tampoco le sirve.

“Llega una mujer con pasos decididos y con una calma disimulada, pero se nota que camina febrilmente. Un diminuto ángel mofletudo está corriendo detrás de ella sin alcanzarla y extiende los brazos llorando: – ¡Mamá!, ¡Mamá!

– ¡Eh, tú, mujer, recoge ese niño!

– ¡No es mi hijo, de verdad que no lo es! –grita histéricamente la mujer y, tapándose la cara con las manos, se echa a correr. Quiere esconderse, colarse entre los que van a pie, no en el camión, entre los que van a vivir. Es joven, sana y hermosa, quiere vivir.

Pero el niño sigue corriendo detrás de ella y grita a todo pulmón:

– ¡Mamá!, ¡Mamá!, ¡no corras!

– ¡No es mío, no es mío!

Y corre hasta que Andrei, el marinero de Sebastopol, la alcanza. La mirada de Andrei es turbia por el alcohol y la canícula. La coge por el cuello, la tumba de un golpe duro y preciso y la agarra por el pelo cuando ella se cae. Su cara se transforma por el odio:

– Ah, ti, iebit tvoiu maty, blagy ievreiszkaia! (¡Que te den, puta judía!) ¿Huyes de tu propio hijo? ¡Ya te enseñaré yo, puta asquerosa! – La agarra por el cuello para ahogarle el grito y, como si fuera un pesado saco lleno de trigo, la tira sobre el camión. – ¡Toma! ¡Éste también es el tuyo! ¡Zorra! – y le tira con toda su fuerza al niño a los pies de ella.

Gut gemacht, así hay que castigar a las madres degeneradas – le felicita el SS que está al lado del camión – Gut, gut, ruski.

En el Gulag no hubo selección, pero la desnutrición y la congelación ofrecía también un método de aniquilación eficaz y masiva. En lugar de constituir un peligro mortal, la maternidad allí supuso unas vacaciones hospitalarias muy apreciadas, tanto que muchas mujeres procuraban quedar embarazadas las más veces posible sin importar que nunca volverán a ver el fruto de sus entrañas.

¿Significa todo esto que fue peor ser mujer que hombre en los campos de concentración? Semejante planteamiento nos llevaría a un inaceptable ranking parecido a lo que algunos pretenden establecer entre el Holocausto y el Gulag. Ni siquiera se puede establecer si habían perecido más mujeres que hombres en los campos, como tampoco se puede saber con exactitud el número exacto de las víctimas. Lo que se puede saber es que en el Holocausto, a causa de la primera selección y porque los nazis valoraban mejor a los hombres como fuerzas de trabajo, las mujeres morían antes que los hombres. Pero las estadísticas varían y tanto los nazis como los bolcheviques hicieron todo lo posible para desaparecer pruebas. Y si, a pesar de la destrucción de archivos y el secretismo absoluto, hoy conocemos bien ese universo del horror, se debe a los testimonios como los que aquí se presentan.

 

 

Las cronistas del Mal radical

 

Además del Diario de Ana Frank, las memorias de Nadiezhda Mandelstam constituyen el testimonio de mayor trascendencia sobre el terror totalitario. En principio escrito desde el punto de vista de la mujer de un gran hombre, Nadezhda se revela como un escritor excepcional que, si bien, afortunadamente, no llega a conocer los campos del Archipélago Gulag, crea un relato impresionante sobre los mecanismos de la represión totalitaria y ofrece una fascinante galería de personajes de todo tipo insertada en una novela de aventura trágica y real. Si no se analiza aquí esta obra es porque, más que el punto de vista femenino, lo que prevalece en su libro es el retrato de Osip Mandelstam, el mayor poeta su época.

Por lo demás, la literatura rusa no ofrece grandes obras sobre el tema escritas por mujeres, pero ni siquiera por hombres, descontando los casos de Solzhenitsin109, Shalámov110 y Grosman111. Como ya se ha señalado, en relación con el Gulag todavía hay demasiada confusión que, en parte, procede de su literatura. La novela autobiográfica Ana Nyikolskaia, Transmítelo constituye un buen ejemplo de ello. Habitante del Gulag entre 1937 y 1942 y confinada a Alma Ata, capital de Kazastán, el resto de su vida, esta escritora nacida en 1899 narra la historia de una compañía teatral que ella dirigía en un campo siberiano. Ya la historia misma sería inimaginable en los KZ alemanes, aun cuando allí también pudo haber orquestas, por ejemplo. Pero menos concebible sería que la persona que sufrió inocentemente una condena terrible, contara sus terribles experiencias aliviadas por esa misión cultural con una complicidad insultante hacia los verdugos (de camarada a camarada), cuya brutalidad, sin embargo, se percibe en todo momento.

Sobre el Holocausto, en cambio, hay relevantes obras femeninas. Una de ellas es Mi hermana Antígona novela autobiográfica de Grete Weil. Esa intelectual alemana nacida en 1906, que publicó ese único libro suyo a los 84 años, posiblemente escogió la figura de la heroína griega como referencia porque Antígona no fue ninguna revolucionaria, no quiso derrocar la tiranía en Tebas y ni siquiera tuvo vocación de mártir. Lo más probable es que sólo pretendiera ser una buena hermana; por eso insistió, a pesar de la prohibición, en dar sepultura a su hermano.

A la narradora de esta novela no le importan “ni tumba ni funerales”; sin embargo, está obsesionada con la figura de Antígona. Incluso, desde hace años, está intentando escribir un libro sobre ella. Le fascina que, a pesar de su intransigencia y amargura, el credo de Antígona se aquello de “no soy para el odio, sino para el amor”. Y la verdad es que ambas tienen buenas razones para odiar. Las de Antígona las conocemos, pero las de esta narradora también nos suenan: judía alemana de clase media, sobreviviente del nazismo, cargada con muertos sin sepultura, que ni es ese libre y opulento Tebas, que es la Alemania contemporánea, puede librarse de sus fantasmas y culpas de su pasado.

Aunque concebida como una novela, Mi hermana Antígona es una obra estrictamente autobiográfica, memoralística, y ese género constituye su forma organizadora y lo que le permite a Grete Weil elaborar una escritura tan directa como un diario, al menos aparentemente, ya que se trata de esa sinceridad y espontaneidad larga y sofisticadamente elaborada.

Por otra parte, gracias a la forma autobiográfica puede la autora condensar tantos tiempos y sucesos en su narración sin que ésta se desencaje. Ella tan sólo cuenta lo que le está pasando: merodea por su casa, intenta escribir un libro sobre Antígona, convive con la soledad y sus recuerdos de la época nazi (incluida la memoria obsesiva de su marido asesinado), observa ese mucho ancho y ajeno que la rodea y, simplemente, procura sobrevivir sabiendo que esta vez no lo logrará.

El resultado es una excelente novela que combina sucesos tenebrosos, lúcida reflexión, memorias y, en cuanto a Antígona, hasta un elemento ensayístico. Una novela sobre la vejez, pero también sobre una juventud eclipsada por el horror y, ante todo, sobre el ocaso de un humanismo ilustrado y librepensador del que hablé al principio.

El viaje de la polaca Ida Fink narra la historia de dos hermanas –adolescentes polaco-judías– quienes consiguen salir del gueto con papeles falsos de niñas cristianas que su padre les consigue. Pero la documentación correcta no es ninguna garantía de la supervivencia. Una de las hermanas es rubia, pero la otra, lamentablemente, es una belleza morena con marcados rasgos semíticos, por tanto, expuesta a despertar sospechas y ser desenmascarada. Obedeciendo a una intuición atrevida pero lógica, las dos hermanas deciden presentarse a trabajar en Alemania. “Los planes más enloquecidos cuentan con las mayores esperanzas de verse cumplidos”, afirma una de ellas. Su historia, como todas del Holocausto y del Gulag, es un escape story, una historia de suspense, incluso de aventura: persecuciones, interrogatorios, huidas, permanentes cambios de identidad y paradero… Pero aun cuando el lector sabe que, excepcionalmente, esta historia tiene un final feliz y las adolescentes se salvan, ni esta obra ni ninguna sobre el horror totalitario ofrece la catarsis del happy ending. Como tantas memorias sobre esas experiencias límite, este libro cuenta en realidad dos historias, o si se quiere dos viajes: lo que ocurrió en aquellos fatídicos años, y el camino de vuelta desde el presente para encontrar el pasado e intentar a narrarlo. Se trata de un empeño harto difícil, que es posible realizar únicamente con un distanciamiento casi esquizofrénico en relación con lo vivido y evocado. La objetivización de ese tortuoso proceso se llama gran literatura.

Muy distinta es La niña que no besó a Hitler de la también polaca Stella Müller. Ella fue una de las niñas de la famosa lista de Schindler. Es posible que sus tardías memorias –casi siempre, las memorias del horror llegan a escribirse muchos años, a veces décadas después de lo ocurrido–, publicadas en el año 2000, también le deban la vida a Schindler, o sea, al liberador efecto del filme de Spielberg. Hasta como si su escritura –dinámica, compuesta por escenas breves y escrita en presente– se hubiera inspirado en esa película.

Nueve años tenía esa niña de Cracovia cuando el nuevo imperio alemán la calificó de enemiga mortal y se dispuso aniquilarla. Después del gueto de Cracovia vino el campo de concentración (Plaszow y Auschwitz), pero no se produjo el fin previsible porque apareció Schindler y ella, junto con sus padres, se salvó, aunque ese final de película no logra borrar en el lector los seis años de horror diario que relata esta obra.

La increíble historia de Stella Müller no pertenece a los textos más emblemáticos sobre el Holocausto. Tal vez porque no llega a transmitir más que hechos y anécdotas, que ya es mucho. Es un libro conmovedor, de lectura a la vez hipnótica y dolorosa, y tiene escenas difíciles de olvidar, como la liquidación del gueto, por ejemplo. Pero no hay aportación nueva, no hay revelación. A veces falla también la escritura o la traducción. El título no tiene nada que ver con el original (que es Con ojos infantiles) ni con el tema. Stella Müller es de los pocos supervivientes del Holocausto que, a causa de circunstancias muy especiales, estuvo rodeado de sus familiares durante los seis años de su martirio. No es un reproche, pero su libro, que tiene perturbadoras páginas sobre las atrocidades sufridas, no transmite cómo esos horrores incidieron en las relaciones con los suyos, que figura entre las mayores virtudes de las obras de Ana Frank y de Ruth Krüger.

 

 

Dos textos emblemáticos. La historia de dos libros

 

 

El Diario de Ana Frank

Escrito entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, este diario refleja las vivencias de Ana Frank (1929-1945) desde poco antes de haberse escondido con sus padres y una hermana mayor (Margot), un matrimonio que ella llamará Van Dan con un hijo adolescente (Peter), más un hombre adulto (Düssel), en la parte de atrás del edificio de la empresa que su padre dirigía antes de la entrada en vigor de las leyes antijudías. Los Frank fueron alemanes que, a causa de las persecuciones de los nazis, se exiliaron en Holanda donde reprendieron una nueva vida con bastante éxito. Después de la ocupación del país por los alemanes, el padre empezó a preparar el paso a la clandestinidad y, sin que Ana lo supiera, durante más de un año estuvo llevando alimentos y ropas al lugar de escondite. La operación fue posible únicamente gracias a la generosa ayuda de los empleados de su ex-empresa, que seguía dirigiendo incluso desde la casa de atrás, mientras otros de los escondidos ayudaban en la administración. A destacar que, junto con Dinamarca (con incomparablemente menos judíos) Holanda fue el único país de Europa (y en cierto sentido del mundo) donde los judíos perseguidos encontraron solidaridad de parte de la sociedad civil. Sería muy importante investigar algún día las causas de semejante comportamiento anómalo. La vida claustrofóbica que llevaron los Frank y sus amigos en su escondite estaba lleno de acontecimientos (riñas, problemas, trabajo, aprendizaje, etc…) y coincidía con la transformación de Ana en una adolescente inteligentísima, sensible y ávida de saber, amar y crear.

Escrito en holandés, originalmente sólo para ella misma, el diario cambió de objetivo y escritura cuando en la primavera de 1944 Ana, a la sazón de 15 años, oyó por la radio el discurso del Ministro de Educación holandés en el exilio en el que decía que después de la guerra publicarán los documentos sobre el sufrimiento de la gente durante la ocupación. El ministro habló expressis verbis de la importancia de los diarios para testificar lo ocurrido. Entusiasmada con esa perspectiva, Ana empezó a reelaborar y pasar a limpio lo escrito hasta entonces, al mismo tiempo que seguía escribiendo su dirario original. De ahí las dos versiones de su texto. El mismo día de la detención de la familia, dos de los protectores de la familia (de hecho, las dos mujeres que no fueron detenidas) guardaron los diarios sin leerlos y después de la guerra los entregaron al padre de Ana, único superviviente de la familia y de los que se escondían en la casa de atrás. En 1947 el padre publicó una tercera versión a base de las dos anteriores. El texto publicado fue bastante abreviada a causa de la imposición de la editorial y para suprimir fragmentos demasiado atrevidos para la época y para respetar la memoria de su mujer y de otros fallecidos de los que Ana hablaba bastante mal. El padre murió en 1980 y legó los escritos originales al Instituto Holandés de Documentación de Guerra (RIOD) que los sometió a un escrupuloso examen pericial. El resultado del examen fue publicado junto con las tres versiones y la historia de la familia desde su detención hasta su aniquilación. El Fondo Ana Frank, de Basilea, heredero de Otto Frank y los derechos de autor de la hija, decidió publicar una nueva versión auténtica a cargo de la escritora y traductora alemana Mirjam Pressler, quien partió de la versión de Otto Frank añadiendo fragmentos de ambos manuscritos de Ana, aumentando así en una cuarta parte el texto que recorrió el mundo. Desde el punto de vista de conocer la fascinante personalidad de Ana, esta cuarta parte añadida es la más interesante, moderna y valiente: da cuenta de unas complicadísimas relaciones con la madre y del descubrimiento de su feminidad y sexualidad… Aunque la historia de Ana es conocida en el mundo entero, esta última y auténtica versión apenas ha sido leída a pesar de que es accesible incluso en versión castellana desde el año 1993.

 

 

Seguir viviendo de Ruth Klüger

La vienesa Ruth Klüger (1931) evoca su infancia transcurrida bajo el signo del Holocausto medio siglo después de los acontecimientos. Procedente de una familia de clase media, narra la cada vez mayor aislamiento y marginación de la familia en su ciudad natal, desde donde en 1941 la deportan, junto con su madre, a Theresienstadt, el campo de escaparate de los nazis, y, en 1942, a Auschwitz. Más tarde, después de la selección ya referida, las envían a Christianstadt, un KZ de trabajo. En los últimos meses de la guerra, durante un nuevo traslado, logra escapar con su madre y una amiga y sobreviven con papeles falsos hasta la llegada de los americanos. Después de la liberación, pasan dos años en Alemania, y finalmente se aterrizan en EEUU. Llega allí de adolescente, estudia para bibliotecaria y, ya pasados los 40, se doctora en literatura alemana y se emprende una especie de viaje de retorno a su cultura originaria y al país que fue responsable por todos los horrores que haya tenido que vivir. En 1988, o sea con 57 años, está en Gotinga de profesora invitada cuando un accidente (la atropella una bicicleta) le causa conmoción cerebral, parálisis y, por poco, la muerte. Pero se recupera y esta nueva experiencia del peligro de la muerte será el desencadenador para escribir sus memorias.

Además de su madre (que estaba con ella desde el principio hasta el fin, incluso durante largo tiempo en Estados Unidos) y la historia de la supervivencia de ambas, el libro de Ruth Klüger tiene un tercer protagonista: su padre. El padre fue médico, vetado de ejercer su profesión después del Anschluss y detenido por haber asistido un aborto, que naturalmente era ilegal en el Tercer Reich. Esa detención, más por violar una ley que por judío, desvía su destino de la típica historia de judíos bajo el nazismo que le tocó vivir también a la autora y su madre. Después de dificultosas intermediaciones a base de viejos contactos y sobornos, la familia logra sacar al padre de la cárcel, pero pueden liberarle de la condena complementaria: la expulsión del país. Sin otro medio, el padre tiene que abandonar a su mujer y su hija de diez años. Primero se va a Italia y, luego, a Francia donde más tarde será detenido, entregado a los alemanes y deportado. Murió en un campo de concentración en circunstancias nunca aclaradas pero imaginables, que serán causa de tortura para su hija a lo largo de toda su vida.

Al igual que el Diario de Ana Frank, Seguir viviendo revela, además de terribles hechos, complejas relaciones familiares y una personalidad infantil-adolescente rica, inteligente y sensible.

 

 

 

La escritura y la vida

 

Más que la diferencia de los géneros (diario versus memorias), lo que distingue radicalmente los dos textos desde el punto de vista escritural es la perspectiva respecto del material narrativo. Por una parte, la inmediatez del diario de Ana Frank ante los hechos que cuenta y en relación con el proceso de la escritura, sin apenas tener tiempo para la corrección. Por otra, los recuerdos de Ruth Klüger incubados (¿o sería mejor decir: reprimidos?) durante medio siglo, sacados a la luz a causa de un nuevo trauma en su vida, y plasmados mediante un largo proceso de maduración, elaboración y, posiblemente, vacilación, que se refleja en su escritura. El resultado no es mejor o peor en ninguno de los casos, sino distinto, de acuerdo con la función y las características de las dos escrituras: la espontaneidad y vivacidad del relato de Ana, frente a la reflexividad y sabiduría de Ruth. Podríamos referirnos aquí a diferencias tonales también, pero la amargura y el rencor de Klüger frente a la vitalidad de Ana Frank puede atribuirse tanto a la diferencia de edades al momento de escribir sus testimonios, temperamentales y, sobre todo, de la gravedad de la experiencia. Paradójicamente, las vivencias, recogidas en el diario de Ana Frank, que murió en el Holocusto, aunque terribles, son mucho menos dramáticas que las de Ruth Klüger, que lo sobrevivió.

 

 

El diario de una niña

Se trata de un texto de veras impresionante, sobre todo en la versión definitiva. Y no tanto por lo conmovedor de su historia. Hay seis millones de historias así. Como observa la ya mencionada ensayista rusa Lidiya Ginzburg en su Diario del sitio de Leningrado, “desde el punto de vista individualista, el quid de la cuestión no reside en que muera un millón de personas, sino en que muera una persona un millón de veces”. Por lo que realmente impresiona el Diario de Ana es por la arrebatadora personalidad de su autora (su inteligencia, mirada sobre las cosas y las personas, juicios, sinceridad, humor, sensibilidad, agudeza psicología), que trasciende única y exclusivamente gracias a su escritura.

El mérito es aún mayor si consideramos que este increíble texto procede de una niña y que, pensándolo fríamente, en el momento de escribir ella no disponía de las trágicas aventuras de las víctimas. Cuando la tocan esas vivencias narrativas o épicas ya no tendrá oportunidad de escribirlas. Dicho de otro modo, su Diario, cual un texto literario normal, depende mucho más de la escritura que de los hechos narrados, puesto que, en principio, no hay tema literario más aburrido que la historia de un encierro involuntario durante más de dos años en un zulo donde básicamente no ocurre nada o, como mucho, siempre la misma cosa. Convertir esta situación en una lectura fascinante es una hazaña literaria, aún cuando le añade cierta morbosidad el saber de que son notas de una persona condenada, sin saberlo, a la muerte más infame. Existe un diario parecido al de Ana en cuanto a su concepción. Es de David Rubinowicz, un niño  polaco-judío que también murió exterminado. Si hoy apenas se conoce ese texto asimismo de gran valor documental, no es tanto por la situación periférica de la literatura polaca (el holandés tampoco es una lengua universal), como por la abismal diferencia de intensidad que hay entre ambos diarios.  En fin, que es una cuestión de escritura.

El Diario de Ana Frank ofrece dos lecturas. La más obvia es interpretarla como el relato de sus días en el escondite, que no es más que un ejercicio de la supervivencia, un simulacro de vida. La otra, más subliminal, permite ver la transformación de una vivaz e inteligente niña de trece años en una adolescente de quince que reflexiona sobre la gente, la historia, el amor y el sexo y llega a tener la conciencia de una mujer independiente y creativa. Este proceso también es conmovedor.

Una gracia especial (que si fuera consciente, podríamos calificar de astucia narrativa o efectismo) le otorga al texto el hecho que está escrito como si fuera el diario normal de una niña normal, mientras que sabemos perfectamente no es así y si llegaríamos a olvidarlo, las noticias que transmite, recuerdan al lector a qué atenerse. En este registro de diario de una niña pertenecen los cotilleos sobre otros niños en las primeras páginas (“Sallie Springer es un chico terriblemente grosero y corre el rumor de que ha copulado. Sin embargo me cae simpático, porque es muy divertido.”), el hecho que a su diario le de un nombre (Kitty) y que le escriba en forma de cartas, o la solución que le da un conflicto con el profesor de matemáticas, que la castiga con hacer una redacción sobre el tema de la parlanchina. Ana se pone a pensar y luego escribe una redacción en la que explica que: “intentaría moderarme uno poco, pero que lo más probable era que la costumbre de hablar no se me quitara nunca, ya que mi madre hablaba tanto como yo, si no más, y que los rasgos hereditarios eran muy difíciles de cambiar.”

Pero aún así, se puede añadir matizaciones a este simpático registro infantil. Por ejemplo, cuando, aún antes de pasarse a la clandestinidad, pero ya señalada con la estrella amarilla, repasa, divertidísimamente, a sus compañeros de clase, el principal valor positivo que señala es la inteligencia. También llama la atención cómo formula la función de su diario: “He llegado al punto donde nace toda esta idea de escribir un diario: no tengo ninguna amiga.” Su buen humor y agudeza no la abandonan ni en el escondite y en noviembre de 1942 hace una graciosa guía de la Casa de atrás, en la que, entre otras cosas, consta respecto del “uso del idioma” que “es imperativo hablar en voz baja a todas horas; admitidas todas las lenguas civilizadas; o sea, el alemán, no.” Pero la sombra de su difícil situación también empieza llegar hasta su diario: “En todo lo que hago me acuerdo de todos los que están ausentes. Y cuando alguna cosa me da risa, me asusto y dejo de reír, pensando en que es una vergüenza que esté tan alegre. ¿pero es que tengo que pasarme el día llorando?”. Un mes después, el 13 de diciembre de 1942 anota algo parecido que Ruth Klüger ya escapado del lager pero viviendo con papeles falsos vivió al ver en una calle la marcha de judíos presos: “ayer, mirando por entre las cortinas, y como si se tratara de una de las maravillas del mundo, vi pasar a dos judíos. Fue una sensación tan extraña…, como los hubiera traicionado y estuviera espiando su desgracia.”

Con el tiempo, la melancolía y la angustia se apoderan cada vez más de ella, aunque el sentido del humor nunca la abandona. Con una cita de Goethe registra, por ejemplo, su depresión en diciembre de 1943: Himmelhoch jauchzend, su Tode betrübt (“De la más alta euforia a la más profunda aflicción”). También su escritura se vuelve mucho más madura: “Nos veo a los ocho y a la Casa de atrás, como si fuéramos un trozo de cielo azul, rodeado de nubes de lluvia negras, muy negras. La isla redonda en la que nos encontramos aún es segura, pero las nubes se van acercando, y el anillo que nos separa del peligro inminente se cierra cada vez más”, escribe en noviembre de 1943.

Sus anotaciones de 1944, además de más sombrías, son mucho más reflexivas. Ha cumplido quince años y es una adolescente precoz, acaso no sólo por carácter, sino también por las nefastas circunstancias. Esta parte del diario está lleno de agudas y melancólicas reflexiones sobre el destino de los judíos y el suyo propio; el amor y el deseo que siente por el adolescente algo mayor que ella que también viven en la Casa de atrás; sobre su feminidad; sus proyectos de ser una escritora, una mujer creativa. La última anotación es del 1 de agosto. Tres días después, a causa de una delación jamás aclarada, todos los de casa atrás y dos de sus protectores son detenidos. Y si el resto no es silencio, le debemos a su imperecedero diario.

 

Las memorias de una mujer que fue niña en Auschvitz

 

Las memorias de Ruth Klüger constituyen una obra asimismo fascinante, pero que nada tiene que ver con esa simpatía inmediata que despierta el diario de Ana Frank. Se trata de un texto reflexivo y sincero hasta la crueldad o la incomodidad, pero también rencoroso, curiosamente no tanto con los alemanes, como con los hombres (la sociedad patriarcal, el nazismo como un asunto de hombres…) y sus propios padres. Es posible leer este libro tanto en clave de memorias del Holocausto, como de un ajuste de cuentas con los padres. A la pésima relación con su madre, que describe con sinceridad clínica, se puede añadir los ambiguos recuerdos de su padre. Seguir viviendo es uno de los mejores textos sobre el Holocausto por la gran capacidad analítica de su autora y también por su absoluta falta de auto complacencia que, a veces, roza lo antipático. Los grandes textos sobre el totalitarismo suelen ser incómodos.

Un crítico alemán del libro observó que “Si unimos […] las primeras y las últimas palabras de Seguir viviendo, conseguimos una suerte de síntesis que se parece a un verso de Paul Celan: La muerte… un libro alemán.” Además de cierta, esta idea resulta doblemente curiosa. Primero, a nivel más anecdótico, porque precisamente Paul Celan no parece ser el poeta preferido de la autora. Segundo porque, efectivamente y en todos los sentidos, se trata de un libro alemán. Hasta fue escrito en esta lengua que era de sus torturadores y a la que Ruth Klüger tenía que regresar, sin duda, no sin vencer muchas dificultades, después de cuarenta años de uso del inglés. Naturalmente, no me refiero a dificultades de orden léxico. O sea, cuando muchos supervivientes abandonan la lengua de sus asesinos o tienen serios problemas en su utilización, Ruth Klüger vuelve a ella. El asunto tiene importancia para tomar en consideración al analizar los complejos y rencores que dirigen su pluma.

Volviendo a la primera frase que empieza con la palabra la muerte, ciertamente se trata de una apertura excepcional: inquietante y poética. “La muerte, no el sexo, era el secreto del que hablaban a media voz las personas mayores, el secreto del que a una le hubiese gustado oír más.” En general, el relato (entre la reconstrucción de los recuerdos de una niña y la reflexión sobre ellos) de esos días de Viena pertenece a las mejores páginas sobre el tema. Sólo ella y el húngaro Imre Kertész han sido capaces de representar artísticamente ese camino que, a paso a paso, conducía a ciudadanos de bien, temerosos de la ley y admiradores de la cultura germánica, a las cámaras de gas. Sólo ellos se atreven describir la miseria de estos judíos de clase media, su ilimitado afán de quedar bien con el poder. Sólo estos dos autores son capaces reflejar convincentemente y sin miramiento la total indiferencia de la sociedad ante la eliminación de sus compatriotas y conciudadanos.

Las personas mayores “hablaban y hablaban de lo que ellos u otros judíos deberían haber hecho de un modo diferente para no predisponer en contra al entorno. Así, por ejemplo, las judías que iban enjoyadas a un café habían hecho Risches [antisemitismo] (“¿Y para qué se compran joyas si no se las puede uno poner? ¿Por qué no estaban mal vistos, o prohibidos, los joyeros?). Para ellas, las matanzas de judíos eran historia, pasado remoto, un pasado ruso o polaco, tal vez…” “Pero yo había nacido en 1931–dice en otro lugar– y me parecía inconcebible que alguien pudiese creer que mis buenas o malas maneras pudiesen aumentar o reducir la catástrofe que ya había estallado”

El otro registro de su escritura es lo ensayístico, lo analítico. Es aguda, incisiva y terriblemente sincera. Su libro es una reflexión, muchas veces discutible, sobre todos los asuntos relativos al tema y sus propias experiencias y, en cuanto a la relación con sus padres, llega a recordar un diario psicoanalítico. Todavía en este registro ensayístico, hay que destacar su capacidad de formular sus ideas: “Pues la tortura no abandona al torturado, nunca, a lo largo de toda su vida. Mientras que los grandes dolores de parto abandonan a las madres a los pocos días hasta tal punto que piensan con alegría en el próximo hijo. Es importante el género, no sólo la intensidad, de los dolores que se padecen.”

No parece casual que el brillante ejemplo que contrapone Ruth Klüger a la tortura, sea el más femenino de los dolores, no tanto por las ideas feministas que revela a lo largo de su libro, sino porque se trata de un dolor maternal, cuando su libro deja bastante claro que su rol neurótico es el de la hija.

 

 

Hijas y padres: Edipo en el Holocausto

 

Entre los muchos enfoques desde los cuales se puede abordar las dos obras analizadas, parece central el que fueron hijas. No sólo por cuestiones cronológicas o biográficas, sino porque sus textos revelan una importancia nada común de este hecho por lo demás común, aunque siempre problemático. Desde las ideas en su día revolucionarias y desde entonces muchas veces denostadas de Freud sobre el complejo edípico hay una aceptación bastante generalizada (aunque sea con matizaciones) de otorgar una gran importancia a la relación padres-hijos en la construcción de la personalidad. La variante que ofrecen estas dos autoras es que a ellas no se les ha sido posible superar la fase edípica. En el caso de Ana Frank, por que la habían asesinado a los 15 años. Por tanto, su diario nace precisamente en esta época de ajuste de cuentas con los padres. En el caso de Ruth Klüger, el trauma del Holocausto y, muy concretamente, la pérdida del padre, le impedía superar dicha fase. En cierto sentido, su libro es un desesperado y conmovedor intento de lograrlo. Para demostrar esta hipótesis, es necesario analizar una por una sus relaciones con sus respectivos padres y con su propia identidad femenina.

 

Ana Frank: madre incomprensiva y padre bondadoso

 

“Querida Kitty:

Hoy he tenido lo se dice una «discusión» con mamá, pero lamentablemente siempre se me saltan en seguida las lágrimas, no lo puedo eviatar. Papá siempre es bueno conmigo y también mucho más comprensivo. En momento así, a mamá no la soporto y es que se le nota que soy una extraña para ella, ni siquiera sabe lo que pienso de las cosas más cotidianas”, escribe Ana el 27 de septiembre de 1942.

Poco después, el 3 octubre de 1942, describe un conflicto con su madre: “Ayer hubo otro encontronazo; mamá empezó a despotricar y le contó a papá todos mis pecados, y entonces se puso a llorar, y yo también, claro, y eso que ya tenía un dolor de cabeza horrible. Finalmente le conté a papaíto que lo quiero mucho más a él que a mamá. Entonces él dijo que ya me pasaría, pero no le creo. Es que a mamá no la puedo soportar y me tengo que esforzar muchísimo para no estar siempre soltándole bufidos y calmarme. A veces me gustaría darle una torta, no sé de dónde sale esta enorme antipatía que siento por ella.”

Sus sentimientos por su padre, en cambio, son invariablemente buenos, tanto que harían las delicias del doctor Freud. He aquí una sueño de la misma época (7 de octubre del 42):

“Me imagino que…

viajo a Suiza. Papá y yo dormimos en la misma habitación, mientras que el cuarto de estudio de los chicos [sus primos] pasa a ser mi cuarto privado, en el que recibo a las visitas”. De su mamá nadie habla…

Una anotación de furor shakespeariano del 30 de enero de 1943: “Me hierve la sangre y tengo que ocultarlo. Quisiera patalear, gritar, sacudir con fuerza a mamá, llorar y no sé qué más, por todas las palabras desagradables, las miradas burlonas, las recriminaciones que como flechas me lanzan todos los días con sus arcos tensados y que se clavan en mi cuerpo sin que pueda sacármelas […] Todos dicen que hablo de manera afectada, que soy ridícula cuando callo, descarada cuando contesto, taimada cuando tengo una buena idea, holgazana cuando estoy cansada, egoista cuando como un bocado de más, tonta, cobarde, calculadora, etc…”

Y un comentario más que freudiano casi un año después, el 24 de diciembre de 1943: “Todos los días echo de menos a esa madre que me comprenda. Por eso, en todo lo que hago y escribo, pienso que cuando tenga hijos querría ser para ellos la mamá que me imagino. la mamá que no se toma tan en serio las cosas que se dicen por ahí, pero sí se toma en serio las cosas que digo yo. Me doy cuenta de que… (me cuesta describirlo) pero la palabra «mamá» ya lo dice todo. ¿Sabes lo que se me ha ocurrido para llamar a mi madre usando una palabra parecida a «mamá»? A menudo la llamo Mansa, y de ahí se derivan Mans o Man. Es como si dijésemos una mamá imperfecta, a la que me gustaría honrar cambiándole un poco las letras al nombre que le he puesto.”

El 19 de enero de 1944 aparece la primera anotación que marca el despertar de su sensualidad y, al mismo tiempo, el primer signo de superar el amor por su padre: “Mis deseos van más allá de los besos de papá o de sus caricias.” Ese despertar le lleva al minucioso análisis y descripción de su sexo, un documento enternecedoramente revolucionario (pp. 207-208). Al mismo tiempo se revela como una feminista precoz, que no acepta los papeles tradicionales de la mujer, representados, por otra parte, por su despreciada madre:

“Sé lo que quiero, tengo una meta, una opinión formada, una religión y un amor. Que me dejen ser yo misma y me daré por satisfecha. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y con mucho valor.

Si Dios me da la vida, llegaré más lejos de lo que mamá ha llegado jamás, nos seré insignificante, trabajaré en el mundo y para la gente.” El 13 de junio, ha cumplido 15 años y hace la siguiente reflexión: “una de las preguntas que no me deja en paz por dentro es por qué en el pasado, y a menudo aún ahora, los pueblos conceden a la mujer un lugar tan inferior al que ocupa el hombre. Todos dicen que es injusto, pero con eso no me doy por contenta: lo que quisiera conocer es la causa de semejante injusticia.”

En lo sucesivo jura no conformase con ser una ama de casa, afirma que tiene una vocación, que será periodista, que quiere servir la humanidad. Nada de eso se cumple. Salvo una, que no estaba contemplado en sus atrevidas previsiones: que su diario haya pasado a la historia como uno de los grandes documentos de la vileza y dignidad humanas.

 

La mujer que culpa a los hombres

 

Ruth Klüger comparte con Ana la mala relación con su madre, quien, sin duda, debió ser una persona difícil, versión vienesa de la terrible y adorada yiddische mame, eternizada por Woody Allen, Philip Roth y otros tantos. Así recuerda la autora sus días en la Viena nazi, aun libres pero ya discriminados. “El cementerio judío era nuestro parque de juegos. Cuando yo había estado retozando al aire libre con otros niños judíos, cosa cada vez menos frecuente, y volvía a casa agotada y feliz, ella me pronosticaba una peligrosa pulmonía. me quería convencer de que yo tenía los pies planos y me hacía masajes en las plantas para prevenir futuras cojeras. Mi madre hubiese sido una enfermera abnegada de una hija enferma. me ha confesado que en sueños tiene muchas veces una hija que guarda cama y que ella está sentada a su lado. yo interpreto ese sueño como un deseo que ella quisiera ver cumplido, no como una pesadilla. Esa educación en la dependencia, la jerga psiquiátrica la denomina castración en los hijos varones, una expresión unilateral y por tanto nociva, pues no prevé que, con tales maniobras, las hijas pueden quedarse incapacitadas y privadas de poder exactamente igual que los hijos.

Cuando una vez, al final de uno de mis solitarios días, apretujé a mi madre en una efusión cariñosa, me aseguró que casi acababa de ahogarla y que a una niña que ha hecho daño a su madre, aunque haya sido por descuido, le sale la mano de la tumba. Me contaba tantas insensateces que dejé de creer lo que decía.” (p. 65)

Una vez la pequeña Ruth tenía piojos, y su madre le echó gasolina, le puso un turban y a pesar de que le picaba horrorosamente, no se lo quitó. La mañana siguiente, junto con los piojos, pero también el cuero cabelludo… “La misteriosa o más bien la angustiosa pregunta –formula la autora cuarenta años después de lo sucedido– era la siguiente: ¿por qué no reaccionó mi madre a mis quejas nocturnas?” (p. 70)

No olvidemos que la contradictoria relación con su madre, una relación que está dentro de la normalidad, se desarrolla en una situación absolutamente anormal. En el campo de concentración su madre estaba firmemente con ella, pero a su manera. La noche de la llegada, le propuso suicidarse corriendo contra la alambrada eléctrica. “Yo no daba crédito a mis oídos. Si amar la vida y aferrarse a la vida son una misma cosa, entonces yo nunca he tenido tanto amor a la vida como en el verano de 1944, en Birkenau, en el campo B2 B. Tenía doce años […] Mi madre aceptó mi negativa con la misma tranquilidad que si se hubiese tratado de una invitación a dar un pequeño paseo en tiempos de paz. ´bueno, entonces no`. Y nunca volvió a repetir la propuesta.” (117)” Pero un poco más adelante añade una corrección. “Solamente cuando yo tuve hijos me di cuenta de que se puede defender la idea de matar una misma a sus hijos en Auschwitz, en lugar de esperar.” (118)

Los conflictos entre madre e hija no son ninguna particularidad judío ni producto de una época terrorífica. Lo que sí llama la atención es la sinceridad de esas autoras (de hecho, adolescentes o ni siquiera) al enfrentarse con el problema. Y no sólo ellas dos. En Mi hermana Antígona, la anciana Grete Weil sigue interrogando su madre:

“Te he amado y odiado. Me ponías nerviosa y a veces me moría de impaciencia por estar contigo. Me reprochaste que había estropeado años de tu vida con mis impertinencias. Eran la respuesta a su siempre perceptible desengaño porque no era tan bella y dulce como mi hermana difunta.

Tú y papá no discutíais nunca. Por eso de niña tenía la opinión de que el matrimonio es la sociedad de dos personas que nunca se pelean. Más tarde, cuando supe que las peleas son parte de la convivencia, comprendí cuánto te irritaba la estoica calma de mi padre. Tu nerviosismo rebotaba contra él, cuyo bienestar se basaba en que los suyos, su mujer y sus hijos, su profesión de abogado eran inmaculadamente limpios. Tú reaccionabas, con contra mi hermano –era un hombre y, para tu generación, un ser superior–, sino contra mí.

Podías dármelo todo menos la ternura que necesitaba con urgencia. Furiosa por tu frialdad, a los dieciséis años rompí una copa sobre tu plato –sólo en el último momento algo me impidió lazarla contra tu cabeza– y dos años después, en una carretera comarcal, te hice bajar de tu propio coche y te dejé allí sola. Eras ambiciosa en lo que a mí se refería, me querías sociable, distinguida, codiciada, pero en realidad no esperabas ningún éxito mío, ni en sociedad ni en la profesión. Tus manos estranguladoras en torno de mi cuello. Lo más mortificante que me dijiste nunca: que no era capaz de educar a un hijo.

[…] en conjunto eras una buena madre. Probablemente no las hay mejores. Madre e hija: una relación complicada. Una dependencia que origina odio. Una mala conciencia permanente. Tenías mucha razón al decir que no era capaz de educa a un niño. No lo habría sido. Nadie lo es. Los mismos errores, cometidos durante siglos, transmitidos de generación en generación.” (p. 112)

En este texto se reconoce no sólo las quejas y reivindicaciones de Ana o Ruth, sino también un modelo familiar –madre dura, padre bondadoso, hijos admirados, hijas relegadas– que, al parecer era típico, cómo mínimo entre la burguesía judía.  Pero en el caso de Ruth Klüger, la pésima relación con su madre, que no cesaba ni cuando después de la liberación se fueron a vivir a los EEUU y ni tampoco cuando ya vivían a miles de kilómetros de distancia y sólo se comunicaban por teléfono, no está compensada con una buena imagen sobre el padre. Incluso, como si sus conflictos con el padre le envenenaran su relación con el mundo masculino, del cual durante todo el libro tiene palabras poco amicales. “Las guerras pertenecen a los hombres, por eso hay memorias de guerra. Y del fascismo no hablemos, ya se haya estado en pro o en contra: asunto exclusivo de hombres. Además, las mujeres no tienen pasado. O no deben tenerlo” (p.18), afirma, olvidando que sus propias palabras constituyen una construcción femenina del pasado.

Ruth Klüger llega a afirmaciones muy discutibles o, en cualquier caso difícilmente demostrables en su animadversión contra los hombres: “Se aduce que las mujeres nazis tuvieron simplemente menos ocasión de cometer crímenes que los hombres. Pero comprobable e incontestable es el hecho de que las mujeres alemanas, incluidas las mujeres nazis, cometieron menos crímenes que los hombres. No se condena a una persona por lo que, llegado el caso, haría o podría hacer, sino por lo que ha hecho realmente. Cierto es que las mujeres alemanas han aclamado al Führer con el mismo entusiasmo que los hombres. Pero esas jubilosas aclamaciones, por mucho que nos repugnen hoy, no son un crimen.

¿Es posible que esos ejemplos célebres de crueldad femenina en los campos de concentración se refieran siempre al mismo grupo, relativamente pequeño, de guardianas? ¿No se nombra siempre, con nombre y apellido, a la misma persona, Ilse Koch? [Esposa del comandante de Buchenwald –M.D.] El estado de la cuestión no es claro, habría que comparar estadísticas e informes. A falta de material exacto formulo la tesis de que en los campos de mujeres se cometían, en su conjunto, menos atrocidades que en los de hombres.”

Su rencor hacia lo masculino se extiende también al mundo libre y normal: odia a los psicoanalistas, tilda de machistas a sus profesores en la universidad estadounidense, a la religión judía y observa que “en cualquier examen ginecólogo el tío puede humillarte si le apetece hacerlo”. Incluso, llega a preguntarse: “¿quién cuenta con que la lean a una los hombres? Ellos sólo leen lo escrito por otros hombres…”

Es verdad de que Klüger tiene muchos recuerdos cálidos sobre su padre. Como aquello que, cuando en su primer día del colegio, en 1937, su padre vino a recogerla, pero no se mezclaba con la multitud que se amontonaba en la puerta, sino la estaba esperando apartado en la otra acera. Ella primero se enfadó, pero cuando él le dio una buena explicación (“para qué tanto apremio”): “Entonces él me pareció el más fino de todos…” (p.27)

Pero también le hace muchos y graves reproches. Cuando al padre expulsaron del país, tenían que pagar un montón de dinero, “así que –escribe ella–nosotras quedamos cogidas en la trampa y él pudo huir. Y sin embargo, nosotras hemos salvado la vida y él no.”

Y aquí surge la primera complicación: reproche de haberlas abandonado se mezcla con la culpa de haberle sobrevivido. Hay otras heridas también. En el almuerzo de despedida, él estaba muy nervioso, quería hablar con los mayores, y ella quería que le hiciera caso, estar con ellos. “Entonces le resulté cargante en exceso, y, delante de la amiga que lo presenció horrorizada, me dio una tanda de azotes y luego me encerró. O puede que sólo me echase fuera del comedor… Ésta es la última fuerte impresión que dejó tras de sí: miedo, violencia, un sentimiento de injusticia y humillación. No son corregibles los sentimientos almacenados en la memoria. ¿No será quizás que le tomo a mal que haya muerto porque la niña apaleada ya no tuvo ocasión de reconciliarse con él?”

Luego, en las vísperas de su viaje el padre quiso despedirse, pero ella lo interpretó de otra manera: “No podía imaginarme que no le gustara dejarme, y tenía miedo de él… No volví a verle.” Luego la madre le contó que él le gritaba que suba al tren con él, que huya, pero según ella, la madre lo inventaba… “Pero yo quería irme con él. Y pensaba, si él quisiera podría llevarme con él. Pero no quiere porque me he portado mal y porque yo sería un estorbo para él. Habría podido llevarme con su pasaporte, de eso se había hablado, yo lo olvidé después, lo reprimí, ahora mi madre ha vuelto a confirmármelo. ´Viktor te tenía en su pasaporte y quiso llevarte ya entonces con él´. ¿Y por qué no lo hizo? Eso no lo dice, lo mismo que tampoco lo dijeron entonces. O ella no quiso dejarme ir o él no quiso tenerme con él. Más posibilidades no hay.” (p. 39)

Entonces, más que ante un padre desatento, egoísta, indiferente u hostil, tenemos simplemente una hija que se siente abandonada y a partir de esa clave ser reinterpreta todo el libro. Se entiende mucho mejor su rechazo a la religión y tradición judías: “Mi siempre afable abuelo, al que sólo recuerdo con los brazos abiertos y los bolsillos llenos de regalos, parece que dijo una vez a su perro, con afectada expresión de tristeza: tú erres aquí el único que puede decir por mí el Kaddish. Así habló con el perro delante de sus hijas, y mi madre me lo contó sin criticarlo, tolerando tranquilamente la afrenta, como conviene a una hija judía. Pues él lo había dicho con humor. Si eso fuese distinto y yo pudiese, por así decir, llorar oficialmente a mis fantasmas, rezando por ejemplo Kaddish por mi padre, entonces quizás podría empezar a simpatizar con esa religión que rebaja el amor a Dios de sus hijas a mera función auxiliar de los hombres…

Tu no valoras debidamente el papel de la mujer en el judaísmo, me dice la gente.- La mujer puede encender los cirios del sábado, en la mesa del comedor…. pero yo no quiero poner mesas ni encender cirios de sábado, quiero recitar Kaddish.” (p. 31)

De esta manera, los duros reproches no son, sino sollozos de amor y de culpa. La incapacidad de resignarse, de aceptar lo que había ocurrido. “Como investigamos todo, sabemos hoy exactamente cómo se moría en las cámaras de gas. En la última agonía, los fuertes pisoteaban a los débiles, y así los cadáveres de los hombres estaban siempre arriba, los de los niños abajo del todo. ¿Pisoteó a niños mi padre, a niños como yo, cuando le faltó el aire? Pero él no sabía salirse con la suya, y el primer día del colegio estaba atrás del todo, reclinado en la reja. ¿Quien se está asfixiando ha tocado los límites de la libertad y entonces sí patea a los demás? ¿O hay también diferencias ahí, excepciones? […] Por eso, durante años, no, durante decenas de años no he querido ni podido creer que realmente muriese en la cámara de gas” […] “Pero yo conseguí rehuir obstinadamente esa idea diciéndome a mí misma que habría podido suicidarse durante el transporte y que así lo hizo, pues era médico y seguro que llevaba píldoras consigo.” (p.40)

La inconformidad con el padre es, en realidad, una inconformidad con su muerte. Así se entiende una de sus frases que podrían ser epígrafe de su libro: “sólo en mis rencores me reconozco, ellos son mi agarradero”. Le escribía poemas a su padre, “todo para no pensar, para pensar en otra cosa.” (p. 41)

“Mi mano infantil en la tuya, ancha, fría…”

“Sin ti, sollozando, tropiezo aturdida

por calles cubiertas de cristales rotos.”

“Mas tú haces caso omiso y te ríes de mí.

¿Cómo te ríes sin labios, sin lengua, sin dientes, di?” (p. 42)

“En la quinta estrofa –comenta su propio poema– me transformé en una Antígona, pero cuidado, en una Antígona en Colona, donde el padre no muere, sino que asciende en apoteosis. Yo había buscado un mito de padre-hija, en el que el padre no muere jamás […] En el fondo yo quería que me dieran a mi padre, quería tener personas que pudiesen suplirle de un modo u otro, un último intento de encontrarle, pese a todo.”

A menudo, la literatura se define como un oficio de Scheherezade, la mujer que contaba cuentos para poder “seguir viviendo”, tal como reza el título de las memorias de Ruth Klüger. Pero a esas cronistas del horror se le puede adjudicar también el papel de Antígona, figura que no casualmente aparece reiteradamente en esos textos. Se trata del deber de dar sepultura a sus seres queridos. Después de esas batallas de muertes masivas y anónimas, sólo la memoria hecha literatura es capaz de transmitirnos lo vital importancia de cumplir con ese cometido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía mínima

 

 

 

 

Slavenka Drakulic: Como si yo no estuviera (Anagrama,

Barcelona, 2001)

 

 

Ida Fink: El viaje (Mondadori, Barcelona, 1991)

 

 

Ana Frank: Diario de una adolescente (versión definitiva, Plaza y

Janés,Barcelona, desde 1993 en reedición)

 

Lidiya Ginzburg: Diario del sitio de Leningrado (Muchnik,

Barcelona, 2000)

 

Gustaw Herling: Un mundo aparte (Turpial-Amaranto, Madrid,                                           2000)

 

Ruth Klüger: Seguir viviendo (Círculo de Lectores / Galaxia

Gutenberg, Barcelona, 1997)

 

Stella Müller: La niña que no besó a Hitler (Martínez Roca

Barcelona, 2000)

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