Kertész. De Auschwitz al gulag

El País, 7 de diciembre 2002

El día en que nació Imre Kertész grandes señales no había. Corría el año 1929, y el efecto dominó de la Depresión, que tuvo sus principales víctimas en Europa Central, aún tardaba un poco en golpear. Pero cuando llegó, en Alemania se convirtió en el mejor aliado de Hitler y en Hungría volvió crítica la ya por sí precaria situación. Y no sólo en el plano económico. Este país, que en la Primera Guerra Mundial había perdido el 70% de su territorio y el 40 % de su población de lengua húngara, padecía una crónica crisis de identidad, que luego intentaría curar mediante una alianza precisamente con la Alemania Nazi.

Por lo demás, parecía que todo seguía como antes. Crecía la hierba, los proverbiales cafés, baños termales, restaurantes, teatros y cabarets de Budapest seguían siendo el eje de la vida social, y la literatura húngara estaba en uno de sus mejores momentos. Entre los astros de la época figuraba Dezső Kosztolányi (1885-1936), poeta, narrador y traductor (entre ellos, de Antonio Machado, Juan Ramón, Alberti y Lorca), cuya extraordinaria novela, Alondra ha sido traducida al castellano recientemente por Ediciones B. Sándor Márai (1900-1989) estaba en la cumbre de su carrera. De su pluma salían sin cesar artículos de gran resonancia, novelas best sellers, éxitos teatrales y dietarios muy comentados. Tenía dos casas, dos mujeres y dos coches. Fue un ídolo, una voz que marcaba su época. Nadie podía imaginar que esa estrella de la literatura magiar terminase quitándose la vida a los 89 años, después de cuatro décadas de exilio cada vez más amargo y precario. El milagroso rescate de su obra se convirtió en uno de los fenómenos editoriales de los últimos años. Sus novelas, empezando con El último encuentro, recorrieron Europa tan triunfales como en su día el fantasma del comunismo, el mismo que luego le empujara a emigrar.

Pero antes que eso, tenían que pasar cosas aún peores. En la Segunda Guerra Mundial Hungría perdió bastante más que territorios históricos: 200.000 de sus soldados perecieron en el frente ruso y unos 560.000 judíos fueron exterminados, con la intensa colaboración de las autoridades húngaras y en medio de la ominosa pasividad de la población gentil. Entre las víctimas del terror nazi había destacados intelectuales, campeones olímpicos, artistas, científicos y varios de los más grandes autores. Al mayor poeta de aquellos años, Miklós Radnóti, le sobrevivieron unos poemas, escritos en idílicos hexámetros, sobre su terrible cautiverio. Asesinaron también al ensayista y novelista Antall Szerb, cuya deliciosa El viajero y la luna fue publicada en España el año pasado.

Según los planes políticos y las previsiones estadísticas también Imre Kertész tendría que haber sido exterminado. Apenas había tenido 15 años cuando, en 1944, fue deportado a Auschwitz. Exactamente como el protagonista de Sin destino, su primera novela, e igual que su alter ego, Kertész logró sobrevivir. Pero la experiencia del Holocausto le marcó de por vida y le impuso un destino judío que él, nacido en el seno de una familia asimilada y no practicante, jamás había pensado vivir.

“Yo había vivido un destino determinado; no era mi destino pero lo había vivido.” –medita el adolescente héroe de Sin destino, cuando al volver del campo intenta entenderse con algunos supervivientes de su familia y vecindad– “No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido.”

Perversamente, no le costó demasiado conectar con algo su intransmitible vivencia. Al liberarse de Auschwitz, se encontró en medio de un nuevo horror. Para el recién instaurado régimen estalinista, él era hijo de pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Volvió a ser un enemigo: del Pueblo, del Estado, de la redentora ideología oficial. Pero al menos no querían aniquilarlo físicamente.

Kertész aventura que, paradójicamente, esa nueva esclavitud le salvaba de del destino de otros intelectuales supervivientes del Holocausto, como Paul Celan, Primo Levi, Jean Améry o Tadeusz Borowsky. Lo explica en su diario de 1991, elocuentemente titulado Diario de galera.

“Me salvó del suicidio […] la sociedad que, tras la vivencia del campo de concentración, demostró en la forma del llamado estalinismo que no se podía ni hablar de libertad, liberación, gran catarsis, etcétera, de todo aquello que los intelectuales, pensadores y filósofos de otras regiones del mundo más afortunadas no sólo mencionaban, sino en lo que a buen seguro también creían; me salvó la sociedad que me garantizaba la continuación de una vida esclavizada y que de este modo excluía también la posibilidad de cometer cualquier error”.

Después de los largos años del terror estalinista, la situación empezó mejorar sensiblemente. A partir de los sesenta, el pragmatismo y la tolerancia del comunismo goulash logró integrar buena parte de la intelligentsia magiar. Pero aún así, muchos de los más grandes –el poeta Petri, el novelista Konrád, el pensador político Bibó…– quedaron excluidos o autoexcluidos del rancho de goulash. Pero todos ellos fueron intelectuales disidentes, algo que no puede decirse de Imre Kertész. “En contraposición a la gran mayoría –explica en su ensayo “El intelectual superfluo” –, no me interesaba cómo vivir en este mundo, sino cómo describirlo. Y la forma artística mostraba este mundo tal como era para la experiencia humana: como un mundo rechazable. Por tanto, la cuestión no era para mí si con él o contra él, pues mi respuesta era la siguiente: ni con él ni contra él, sino fuera de él.”

A pesar de mantenerse rigurosamente fiel a su ars poetica, a partir de los setenta, Kertész se forjó cierta reputación como traductor, entre otros, de Nietzsche, Wittgenstein, Freud, Hofmannsthal, Canetti y Joseph Roth.  Pero tampoco esa mejora laboral cambió su esencial condición de marginado. Y eso, que para tales fechas ya había publicado su primera y mejor novela.

Trece años tardó en terminar Sin destino, que, a la primera, fue rechazada por una importante editorial con fama de permisiva. Su director, un judío, tachó a Kertész casi de antisemita. No era ni es el único, sea judío o gentil, a quien irrita esa novela nada complaciente y nada victimista, capaz de implicar nuestras pacíficas existencias con lejanos horrores con los que nunca pensábamos tener algo que ver.

Finalmente, Sin destino se editó en 1975, cuando su autor tenía ya 46 años. Pero no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco le interesaba a los lectores. Sólo algunos años después la descubrió un pequeño grupo de intelectuales y la calificó obra capital de la narrativa contemporánea. Por lo demás, la vida de Kertész seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un piso de 29 metros cuadrados. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas que, además de Sin destino, son El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias en la época estalinista, y Kaddish por el hijo no nacido (1990), cuyo título revierte el sentido de una oración judía que se reza en homenaje de los muertos.

Después de la caída del imperio soviético, Kertész se volvió algo más productivo, e incluso, empezó a vivir con cierta holgura, gracias a su tardío descubrimiento en el extranjero, principalmente en Alemania. Pero nada cambió en lo esencial: él seguía siendo un autor desconocido para la mayoría de los lectores magiares, y no reconocido –o, incluso, rechazado– por las autoridades culturales, sobre todo bajo los dos gobiernos de derechas de la década, que a menudo intentaron impedir su incipiente carrera internacional. Cuando, por ejemplo, los convocantes de un importante premio alemán querían galardonar a un autor húngaro y consultaron al correspondiente responsable ministerial magiar, se encontraron con la respuesta de que Kertész no sería el autor idóneo para dicho premio, puesto que en realidad no es húngaro, sino judío.

Tal vez puede parecer que en la vida y obra de ese autor húngaro hay un exceso de desgracias y marginaciones que le convierten en una valiosa pero ajena excepción. No es exactamente así, al menos no en el Este de Europa. Uno de los más importantes narradores húngaros actuales, Péter Nádas (1942), por ejemplo, era un niño perseguido, aunque no deportado, en la época del Holocusto y durante la época estalinista, su padre trabajó en la temida policía secreta de la dictadura. Péter Esterházy (1950), el más venerado escritor vivo en su país, procede de unas de las históricas familias de Hungría. En la corte de uno de sus antepasados, Joseph Haydn fue el director de la orquesta doméstica. El padre de este escritor fue ya un hombre venido a menos, un simple traductor, pero en los años cincuenta igualmente fueron desterrados a las más remotas provincias, como enemigos del pueblo. Este mismo año –y después de haber publicado un libro inspirado en la figura de su padre–, hurgando en los archivos de los servicios secretos, Esterházy descubrió que su progenitor había sido un informador hasta el mismo día de la caída del régimen.

Entonces, la diferencia entre Kertész y muchos otros europeos, consiste no tanto en la experiencia vital, sino en la postura ante esas vivencias. Una postura radical, que no es sino una especie de ética del fracaso, convertida en escritura, que ahora, gracias al Nobel, ha tenido un reconocimiento universal.

 

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