Penúltima crítica a la crítica

(Lateral, Nº 85, enero de 2002, http://www.lateral-ed.es)

La crítica es el género más desprestigiado. Si bien pendientes de ella, la desprecia el autor e irrita al editor. Los dos reclaman enérgicamente una crítica honesta, siempre y cuando sea elogiosa con sus propios libros. Si no es así, dicha crítica pasa a ser frívola y malintencionada, fruto de la ignorancia y de una operación de acoso y derribo. “¿Cuántos autores quedan que aún no te han retirado la palabra?”, pregunta el viejo crítico al joven según una anécdota que acaban de contarme en Cracovia en un simposio sobre Literatura y Medios. “Unos cinco”, dice el joven. “Entonces, todavía no eres buen crítico”, le contesta el viejo. A pesar de que hay quien nos acuse de excesiva generosidad, en Lateral estamos en buen camino para alcanzar el ideal del viejo crítico polaco.

 

Ni siquiera los mismos críticos le tienen estima a su propio género. El analista de procedencia académica considera una frivolidad la crítica periodística, y el crítico profesional opina que los artículos de los profesores universitarios son monótonas exposiciones positivistas o indigeribles divagaciones teóricas. Los lectores tienden a creer que tanto al uno como al otro le importa más su propio lucimiento que el libro o el autor del que hablan. Es un parecer bastante generalizado que, en lugar de crear un nexo, la crítica separa la obra del lector.

Curiosamente, casi todos los vicios de la crítica actual existen desde los albores de ese género bastardo o, según Steiner, eunuco. Uno de ellos es la subjetividad del juicio. El otro tiene que ver con los intereses creados alrededor de la cultura. El tercero, con los modelos que el crítico tiene delante para ejercer la valoración.

 

En busca del sonido Do normal

Respecto a la subjetividad, ni la crítica de arte ni la de música están expuestas a semejante arbitrariedad. Es verdad que les falta el lenguaje adecuado y utilizan una jerga, pero como su materia es la forma, manejan elementos objetivos.

En mi Hungría natal hay (o, al menos, en la época del socialismo real había) un curioso servicio telefónico cuyo número figuraba al lado del de la policía, bomberos y ambulancia. Se llamaba sonido Do normal. En momentos de incertidumbres, crisis de valores o desafinamiento del piano uno marcaba el número y, en el acto, escuchaba el sonido Do normal, un punto seguro y fijo, un kilómetro cero musical, un valor firme en la insoportable relatividad universal. Mas la literatura, y sobre todo la narrativa, no tiene ninguna medida que se parezca al sonido Do normal. Únicamente los clásicos –el canon, el Tiempo, la tradición– constituyen una suerte de escala literaria en la cual medirnos. Pero si hasta Shakespeare, el autor más incuestionable de la tierra, está cuestionado, todo intento de elevar la crítica al rango de ciencia queda en entredicho.

 

En cuanto a los intereses creados alrededor del mundo de la cultura, nada contemporáneo es capaz de superar la decadencia y corrupción que describe Balzac en Ilusiones perdidas: ni la actual concentración editorial, ni su simbiosis con los medios de comunicación, ni siquiera el hecho de que (al menos en España) la mayoría de los críticos se ganan la vida trabajando (entre otras cosas) para la industria del libro cuyos productos juzgan en sus recensiones.

 

Queda el tercer punto: los modelos que, cual palimsesto, tiene el crítico en la cabeza cuando se pone a juzgar. En una época culturalmente debilitada –en la que las humanidades tienen un papel más bien decorativo, la enseñanza de los clásicos prácticamente ha desaparecido y la democracia del mercado ha nivelado hacia abajo los conocimientos y expectativas culturales–, no todos los críticos tienen dichos modelos a su alcance. Para muchos reseñistas todo ambiente sombrío es kafkiano, todo juego con el lenguaje les remite a Joyce y toda historia con más de doscientas páginas y cuatro personajes es una novela total.

Si la situación resumida aquí sin acritud les pareciera desalentadora, quisiera recordarles que nuestra posmodernidad ha logrado aportar algunas peoras dignas de considerar. La mayoría de ellas tiene que ver con la cantidad y la velocidad.

 

En España se publican unos 54.000 nuevos títulos al año. Esto significa 4.500 libros al mes y 150 al día. Incluso si consideramos que parte de estos libros están escritos en catalán, vasco y gallego (y si nos resignamos al poco interés por lo que se publica en estas lenguas), y que parte de ellos son libros de texto, guías técnicas, etc., quedan todavía al menos 30 o 40 novedades reseñables para cada día del año, incluidos los festivos.

 

A las tradicionales funciones de la crítica se añade, entonces, una nueva con especial relevancia: la selección. En las dictaduras, sean de derechas o de izquierdas, todo el mundo sabía qué libro había que leer, incluso cuando éste no estaba publicado. En las democracias postindustriales se ignoran hasta obras maestras perfectamente editadas. La casi totalidad de los libros que en la última década han logrado hundirme y luego resucitarme (Una vida de casado, La quinta esquina, Un mundo aparte…) apenas tuvieron recepción crítica o lectora, ni siquiera entre los happy few.

 

Antes, la crítica tenía el cometido de juzgar cierto tipo de libros (casi todas las novelas, por ejemplo), dejando bien algunos y mal los otros. Como ahora esto es imposible, más importante resulta no hablar de los malos (con excepción de los bodrios avalados por grandes firmas y pingües premios), e intentar a descubrir los rescatables de la turbia marea.

 

Es cierto que al liberarse del peso de la tradición, de lo que Harold Bloom llama “la angustia de las influencias”, los lectores actuales son menos prejuiciosos y ha aumentado el interés por obras procedentes de países que hasta ahora costaba situar en el mapa. Pero este saludable avance geográfico se hace literario sólo si se logra asumir otras tradiciones, para lo que resulta indispensable conocer las nuestras propias. Queda muy bien exigir la ampliación del canon occidental, sólo que resulta dificultoso hacerlo desde su ignorancia. Ya lo sabía Goethe cuando cierto día de 1827 se le ocurrió vaticinar el fin de las  letras nacionales y el comienzo de la época de la literatura  universal. Reconociendo la ineludible necesidad de globalizar “lo chino” o “ lo serbio”, instó a volver a los griegos.

 

La verdad es que estamos mucho más lejos de Goethe que él de los griegos. Pero aún así nos quedan ciertos compromisos. La literatura es una ficción que se hace realidad con la lectura que se hace de ella. Si la crítica quiere salir del guetto gremial en el que está metida y, por tanto, está metiendo la literatura que representa, tiene que reconocer que, recurriendo a Goldoni, es servitore di due padroni: de la literatura y de sus lectores. Y esto significa asumir que, además de receptor e informador, el crítico es quien crea expectativas ante la literatura y marca sus metas, aunque sea equivocadamente. Parafraseando a Lampedusa, si la crítica pretende que todo permanezca igual –o sea, quiere desempeñar un papel tan decisivo en la transmisión de la literatura como en el pasado–, tendría que cambiarse del todo. Y como posiblemente esto es pedirle demasiado, ya nada seguirá como antes.

 

 

 

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Filed under Irodalom, Könyv, Kritika, Publicisztika, Web

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