Haz lo que te disgusta

(Lateral nº 90, junio 2002)

La posición de Le Pen como finalista en las recientes elecciones francesas y el avance general de las demás extremas derechas en toda Europa ha creado una crisis, una emergencia democrática. Entre las reacciones habituales (lamentos, acusaciones, desfiles, juramentos…) ha aparecido un eslogan nuevo. ¿Estamos, quizás, en el albor de una nueva era?

 Desde que François Rabelais le asignara a Thelema, su abadía imaginaria, el eslogan “Haz lo que quieras”, Francia es la proveedora internacional de máximas maximalistas (“Nada puede ensuciarse tanto como el lirio”, decía Chateaubriand) y sublimes metas imposibles de cumplir, como aquella de “Libertad, igualdad y fraternidad”. Ni siquiera el imperio americano ha sido capaz de desbancar a los franceses en ese terreno, aunque le haya arrebatado feudos tradicionalmente tan galos como la moda (piensen en la supremacía del chándal y las zapatillas) o la gastronomía (me refiero a la victoria definitiva del cheeseburger con doble ración de ketchup sobre la omelette aux crabes).

Resulta, entonces, completamente lógico que de Francia procediera la primera consigna de vocación universal después de los atentados islámicos fundamentalistas del 11 de septiembre y las fundamentales victorias electorales anti-islámicas y anti-inmigrantes a lo ancho y largo de Europa. Se trata de un eslogan original y, por tanto, desconcertante: Haz lo que te disgusta. Reconozco que, a la primera, el flamante lema de la izquierda francesa suena mal, pero ruego a los lectores de buena fe que no lo descalifiquen antes de considerar las circunstancias objetivas, como lo requerían los clásicos del marxismo.

Como ustedes sabrán, en la primera vuelta de las recientes elecciones en Francia, el candidato del Partido Socialista, el primer ministro Jospin, fue eliminado por Le Pen, el estrafalario líder de la extrema derecha. La novedad no fue tanto el aumento del voto xenófobo (14,4%, en las presidenciales del 88, y 17,8% ahora), como su legitimación: teóricamente Le Pen podía convertirse en presidente de la República. Todo el mundo sabía que –¡por el momento!– esto no ocurriría, pero, lógicamente, la izquierda llevó las manos (ambas) a la cabeza, y pidió el voto para Chirac, su archienemigo. Gracias a la canalización del disgusto, en la segunda vuelta Chirac ganó holgadamente. Pero sólo los más imbéciles ignoraron que la victoria auténtica fue de Le Pen.

 

Malabarismos y dialécticas

Desde el primer momento empezaron los malabarismos estadísticos y las dialécticas interpretativas. El argumento más frecuente fue: si se hubieran sumado los votos de la izquierda… Ya. Pero no se sumaron. Además, ¿a qué clase de izquierda se referían? ¿A los trotskos, por ejemplo, que conforman tres partidos y un 10% de los votos? También se dijo que Le Pen subió tan sólo 53.000 votos entre las dos vueltas, ya que el grueso de la diferencia entre sus 4,8 millones de sufragios de la primera y los 5,5 de la segunda vino prestado de los votantes de Bruno Mégret, su antiguo lugarteniente. Sin duda, así suena mucho mejor, casi reconfortante. Sobre todo, si consideramos que el 17,84% final de Le Pen se acerca al 19,71% real de Chirac en la primera vuelta.

No vale la pena seguir en esa dirección… Ya sabemos: la conmoción fue colosal, los columnistas y tertulianos hicieron su agosto, y no pararon de surgir remedios y soluciones. En fin, lo de siempre. Salvo lo referido a la invitación de hacer lo que le disgusta a uno; aunque sea tapando la nariz, añadieron las almas más sensibles (sin plantearse siquiera su relación con la referida peste).

Lo problemático de la nueva propuesta es que está en las antípodas no sólo de la recomendación de Rabelais –“Haz lo que te gusta”–, sino también de la consigna sesentaiochesca de “Sé realista: exige lo imposible”. ¿Pero acaso tiene fundamento alguno ser irrealista y exigir lo posible? Difícilmente, ya que la poética del disgusto contradice también al Lustprincip diagnosticado por Freud y, tal vez, también a la ley de la gravedad.

Que todo proyecto de futuro tendrá que pasar por el principio del placer, quedó más que demostrado. Las elecciones cayeron en unas minivacaciones. No hace falta ser un von Klausewitz de la Estadística para calcular que el 8% más de abstención en la primera vuelta (en París, 10%) mayoritariamente correspondía a votantes izquierdistas que se fueron de vacaciones. Con ellos acudiendo a las urnas, Le Pen ni siquiera habría olido la posibilidad de disputar la segunda vuelta.

Además de las posibles conclusiones sociológicas del fenómeno (ahora los votantes de la extrema derecha son los humildes y disciplinados militantes con vacaciones restringidas), hay que tomar en cuenta las circunstancias meteorológicas también. A partir de ahora, ningún gobierno democrático se atreverá a hacer coincidir el sufragio universal con las vacaciones, por más breves que sean, e incluso convendría evitar los domingos soleados. Antes de que los días festivos se conviertan en una amenaza para la democracia, sugiero aprovechar las posibilidades de la informática y las telecomunicaciones. Las elecciones del futuro se realizarían desde el teléfono-computer, con la ventaja de que se podrá programar los votos como la hora de los despertadores y que se sortearán regalos entre los acertantes del candidato ganador.

Por otra parte, al despertarse del shock, la izquierda no tardó mucho en encontrar la fórmula más adecuada: convocar una multitudinaria manifestación. Era necesaria. Tanto por su repercusión mediática, como por sus consecuencias terapéuticas. Tanto disgusto necesita su compensación. Según me contaron varios participantes “se lo pasaron realmente muy bien”, y debidamente ridiculizaron y repudiaron a la extrema derecha. Esto es positivo: después de semejante humillación cualquiera necesita mejorar su autoestima. Pero, que yo sepa, nunca en la historia los desfiles han disuadido a ningún nazi. La por lo demás comprensible autocomplaciencia no abandona a la izquierda ni en esas horas aciagas. Y no sólo en Francia. Basta pronunciar algunas palabras mágicas, como globalización, racismo, derecha, neoliberalismo, multinacionales, y ya se siente haber cumplido con la cuota de lucha por la libertad y la justicia social.

Incluso una autoridad como Jean-Marie Colombani, director de Le Monde, se jacta (en su artículo “República obliga”) de que su “diagnóstico no ha cambiado… desde hace casi 20 años”, sosteniendo que la crisis es “del vínculo político”. Desde ya le felicitamos por su coherencia inmutable. El italiano Flores d’Arcais, director de la revista MicroMega, al menos inserta el fenómeno en el contexto europeo y señala cómo algunos partidos conservadores (y eso que no habla del Este) absorben a los extremistas, pero la única culpa que le echa a la izquierda es ver “sólo un peligro, y no también una advertencia o incluso una oportunidad” en el rechazo antipolítico de tantos ciudadanos.

Por eso, por no haber sido capaz buscar respuestas válidas a los grandes fenómenos de la época (la globalización, la caída del comunismo, la mengua del proletariado tradicional, la inmigración, la seguridad ciudadana y planetaria, la marginación, el paro y la integración), la izquierda está cediendo terreno a la derecha, inclusive a la extrema. Por aferrarse a viejos eslóganes y prejuicios políticamente correctos tiene que inventar consignas nuevas y hacer lo que le disgusta.

Según un viejo chiste de Budapest, a partir del 15 de julio los jubilados pueden cruzar la calle incluso cuando el semáforo esté en rojo… y a partir del 1 de enero del año que viene, será obligatorio que lo hagan… Que no le pase lo mismo a la izquierda… Hacer lo que disgusta todavía resulta optativo. Pero si no se inventa algo muy pronto, el año que viene podrá ser obligatorio.

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