La Nueva Sexualidad (y 2)

(Lateral Nº 88, abril 2002)

La primera entrega de este minitratado sobre el nuevo código sexual intentaba interpretar el exhibicionismo erótico que caracteriza a nuestras sociedades. En esta segunda parte, el autor pretende detectar las consecuencias del desplazamiento de los tabúes, y buscar las conexiones de la inocencia exhibicionista con la pornografía posmoderna. 

No hay nada que hacer ante el exhibicionismo erótico de las sociedades postindustriales. No se puede obrar en consecuencia, imposible estar a la altura (o, según, la bajura) de las circunstancias. Imaginen al ciudadano posmoderno en pos de la plenitud sexual que se le promete, exige e impone. Imagínenlo postrarse en plena calle ante la imagen del formidable culo de una mulata o del esbelto cuerpo de un efebo rubito con paquete de caballo (para recurrir a dos fotografías omnipresentes en la España urbana de este caluroso marzo de 2002); imagínenlo proceder a cumplir el plan de masturbación trazado por la educación sexual contemporánea. Imaginen lo que ese postsujeto (ya saben: no sólo Dios está muerto; según las teorías postnietzscheianas, la palmó también el Sujeto), imaginen, digo, lo que ese sujeto, vivo o muerto, podría llegar a imaginar.

Hay que tener tolerancia, entonces, para con las caras de póker y las pestañas bajadas ante esas representaciones ubicuas de cuerpos desnudos. ¡Y si fueran sólo imágenes! De aquí a un tiempo, las ciudades occidentales se han llenado de doncellas de carne y hueso que sienten una irresistible necesidad de enseñar su barriga, ombligo incluido, a todo al que le interese o, incluso, al que no le interese.

O tomemos el ejemplo de las prendas íntimas: las bragas, los bombachos, los calzones, los blúmers Lo que en mi infancia era todo un mito erótico, y por consiguiente un tabú, ahora es dominio público, vista obligatoria. De niño merodeábamos durante horas al pie de la escalera de mi casa a ver si pillábamos el color de base de la vecinita. Actualmente, los conocimientos sobre el cuerpo ajeno, o sobre las prendas que lo cubren, no se consideran información privilegiada.

Pero entonces, ¿qué se considera como tal? ¿Qué es, en el campo sexual, lo que sigue siendo prohibido y, como querían Freud y Bataille, sagrado? Si lo visible para todos deja de ser tabú, queda poca cosa por transgredir, la verdad. Y me llena de preocupación el tramo por recorrer en el frente del acceso visual. No sé si estoy preparado yo para el siguiente paso de esa arrolladora liberación sexual que, lógicamente, trasciende el campo de lo visible.

Los riesgos del coqueteo

Como todos sabemos, el referido exhibicionismo erótico se realiza en un escenario donde reina la corrección política y el coqueteo se ha convertido en una faena sumamente arriesgada. No hay ninguna contradicción. Más bien un lazo íntimo, una relación dialéctica. El hombre cabizbajo delante de los posters cuasipornográficos es el hombre enmudecido ante un posible tanteo lúdico de orden erótico. Si antes la ocultación y la represión pudo intimidar sexualmente, ahora su opuesto logra lo mismo, acaso con mayor eficacia. No es el primer terreno en el que la democracia del consumo logra domar pacíficamente los instintos animales de las masas trabajadoras.

Las fantasías eróticas no pueden permanecer incólumes ante semejante estado de las cosas. Cada época tiene las fantasías sexuales que merece, o sea, existen desviaciones y ensueños eróticos dominantes o, como diría Lukács, típicos. En este sentido resulta sumamente significativo el enorme éxito de varios libros abanderados de una sexualidad masiva, anónima y mecánica.

El más peculiar de todos ellos es La vida sexual de Catherine M. (Anagrama, 2001), de la francesa Catherine Millet. En esta obra autobiográfica una reputada ensayista da cuenta de sus preferencias eróticas, que básicamente consisten en ser poseída por un considerable número de hombres, tal como resume uno de sus “ensueños” más recurrentes: “una garita del portero de un edificio en restauración la cama está a veces tapada por una simple cortina. De ella sólo asoman mi vientre y mis piernas, y los racimos de obreros que seguían llegando me trabajaban sin verme y sin que yo les viera, pero bajo el control del portero que dirigía el desfile.”

Hasta aquí nada particular: una conocida fantasía principalmente femenina y gay. Lo meritorio es que esa especialista en las vanguardias puso manos a la obra (es un decir), y logró convertir en realidad sus sueños (llegó a ser penetrada en una sola acostada por unos cincuenta desconocidos) y escribió la historia de sus peculiares placeres, incluido el goce de sentir su cosa completamente entumecida.

Con todos mis reconocimientos por los resultados deportivo-eróticos de la autora, me pregunto, ¿qué hay en su libro que no haya ofrecido la literatura erótica francesa en los últimos dos siglos? La respuesta es: la promesa de que no es literatura. Naturalmente, eso no es así. Por más que ella prometiera contar la verdad, el tratamiento es absolutamente ficcional y la descripción de esas aparatosas copulaciones multitudinarias es artísticamente ascéptica y depurada. No hay asomo de violencia ni peligro de enfermedades o de embarazos, pero tampoco huella de condones. Como en las más baratas películas porno, los chorros y el chapoteo tienen aquí suma importancia. En la maliciosa novela Las partículas elementales de su compatriota Houellebecq la descripción de orgías parece más realista que en la escritura testimonial de Catherine M.

Pero todo eso no importa. Su lectura resulta hipnótica porque es la historia de alguien que existe y a la que podemos ver y conocer. Esa relación con lo real significa su auténtico morbo, su verdadera conexión con la época. Y, precisamente, en su calidad de reality show pertenece al campo de la ficción, de lo virtual. Por eso, y a pesar de lo increíblemente escabroso de lo narrado, todo aquí es prefabricado y absolutamente controlado, todo lo contrario de una aventura. Y éste es el punto en el que el particularismo orgiástico de Catherine Millet se relaciona con el exhibicionismo general.

La nueva sexualidad es, entonces, democráticamente masiva y consumista, favorece la pasividad y necesita utilizar la realidad como referente; huye del riesgo y procura tener todo bajo su control; está en el lado opuesto de la aventura y le resbala la seducción. La diferencia entre el seductor o aventurero y el consumidor de la nueva sexualidad es la misma que hay entre el artista y el reproductor de obras artísticas, o entre el viajero y el turista.

El turismo (sea tradicional, sexual o político) es un concepto clave para comprender nuestra época. Ahí también juega un papel decidido la realidad como pretexto; la aventura es prefabricada, masiva y controlada; no exige méritos propios y no es nada personal. Es de todos y es de nadie. Para ilustrar la diferencia radical entre la nueva sexualidad y la de la vieja escuela, mitteleuropea o no, nada mejor que dirigirse a Milan Kundera. En La insoportable levedad del ser hay una reflexión sobre las compulsivas conquistas eróticas de su protagonista:

“No está obsesionado por las mujeres, está obsesionado por lo que hay en cada una de ellas de inimaginable, en otras palabras, está obsesionado por esa millonésima diferencial que distingue a una mujer de las demás mujeres.”

Y ¿por qué buscar en el sexo esa diferencia que puede encontrarse en tantas otras cosas? Kundera lo justifica así: “Únicamente en la sexualidad la millonésima diferencial aparece como algo extraordinario, porque no está al alcance del público y es necesario conquistarla.”

Para Kundera, el sexo es un espacio de libertad. Pero claro, él concibió esa teoría desde la perspectiva de una sociedad totalitaria. Como nosotros vivimos en sociedades democráticas, tampoco le vamos a dar un uso social a nuestra libido.

     

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