Netchaiev siempre vuelve

(Lateral nº 86, febrero de 2002)

¿Es posible colaborar con ETA y, a la vez, con la revista cultural que inició una campaña contra dicha organización? ¿Es compatible cultivar el género de la crítica literaria con el apoyo logístico de un grupo terrorista? No se trata de preguntas retóricas, sino de una reflexión sobre la condición de revolucionario a raíz de un caso concreto del que hemos sido parte.

Difícil encontrar un revolucionario más recurrente que el anarquista ruso Serguei Netchaiev (1847-1882). Los hay más célebres, peligrosos, aventureros o heroicos, pero Netchaiev es como un fantasma cumplidor que siempre vuelve. A veces, incluso, con su mismo nombre.

Su primera reencarnación tuvo lugar aún antes de morirse: él inspiró a Dostoievski –en Demonios (1871)– la figura de un siniestro revolucionario que llegó a asesinar a un camarada suyo delante de las narices de otros tres o cuatro por haber discrepado de su particular visión de cómo conquistar el poder.

Exactamente así fue asesinado cien años después el salvadoreño Roque Dalton, uno de los mayores poetas latinoamericanos de su generación (para más información, véase la entrevista a Roberto Bolaño aparecida en el nº 40 de Lateral). Y exactamente así estaba prevista la liquidación del poeta iraní Said (ni siquiera camarada de nadie, tan sólo un disidente pacífico tanto del régimen del Shah como el de los ayatolah) si su amigo y potencial asesino no hubiera sido asesinado antes (para más información, véase su carta abierta a su potencial verdugo en el nº 50 de Lateral). Otra variante de esas ejecuciones colegiales la constituye la eliminación de los que se atreven a abandonar las filas de la violencia, como ocurrió con la ex etarra Yoyes, para poner un ejemplo patrio.

¿Agente doble o pluriempleo?

Sin embargo, no es por sus indudables cualidades de pistolero que se hizo tan memorable ese revolucionario ruso sobre el cual Jorge Semprún publicara, en 1987, una novela con el amenazante título Netchaiev ha vuelto. El escritor occidental que más experiencias directas tiene sobre los dos totalitarismos plantea un nuevo aspecto del fenómeno Netchaiev (que, dicho sea de paso, se escribe así sólo a causa de la inveterada costumbre española de transcribir palabras de otros alfabetos según lo hacen en francés o inglés; la transcripción correcta sería simple y llanamente Necháiev). Semprún urde una trama a partir del conflicto de un oficial del contraespionaje francés que descubre que su hijo es un terrorista, o sea, su enemigo mortal. Algo parecido nos ocurrió –sin los tintes dramáticos propios de una película y sin las correspondientes resonancias freudianas– cuando hace algunos meses nos enteramos de que un colaborador de nuestra revista está acusado de colaborar también con ETA. Curiosamente ese doble colaborador catalán de muy comunes apellidos castellanos firmaba sus reseñas literarias en Lateral como Netchaiev. Surge la sospecha de que en su supuesta colaboración con la organización terrorista utilizara el pseudónimo Alfred Musset.

Resulta gracioso que el único medio de comunicación que inició una campaña en toda regla contra el terror de ETA  tenga un colaborador, como mínimo, simpatizante de dicha organización. Tiene casi tanta gracia como el hecho de que esa campaña nos aportó la fama de ser una revista financiada por el PP (calificando así patrimonio de la derecha el rechazo sin titubeos al asesinato, la violencia cotidiana, el chantaje político y económico). Se espera, pues, que la noticia de nuestra inesperada vinculación con ETA nos otorgue una imagen de nacionalista y/o  izquierdista radical.

Y no habría ninguna contradicción en ello. Más bien resultaría lógico. ¿Quizás no han escuchado uds. que, en realidad, ETA es obra del Partido Popular? ¡No como consecuencia o reacción! Sino directamente, como un montaje policial para mantener ese estado de quasi guerra civil que corresponde al interés no del todo precisado de la derecha española… Y seguramente conocen también el discurso sobre esos mediáticos violentos del movimiento antiglobalización que no son sino agentes policiales infiltrados que, si entiendo bien la jugada, alcanzaron el esquizofrénico récord de ser a la vez inventores, ejecutores y víctimas de su propia violencia. Esa misma lógica atribuye los atentados del 11 de septiembre al mismo país que los había sufrido. “Mira a quien beneficia y verás al culpable” señala sagazmente el eslogan que, aunque podría proceder de la extrema derecha, es tomado de la página web anarco-okupa “alasbarricadas”, en la que precisamente el Colectivo Netchaiev predica con insuperable ardor.

¿Qué tiene ese Netchaiev que no hay manera de que cese? ¿Por qué sigue inspirando novelas y reclutando seguidores? ¿Cuáles fueron sus hazañas y pecados? Más que por su ejemplar trayectoria revolucionaria (exceptuando el referido asesinato de su camarada Ivánov), el terrorista ruso es recordado por haber creado el modelo del revolucionario profesional, un tipo sacrificado y sin escrúpulos que, aún con las mejores intenciones del mundo, hará muchísimo daño en los tiempos venideros.

De origen humilde y provinciano, Netchaiev destacó en círculos estudiantiles radicales de San Petersburgo como un carismático joven de extraordinaria energía y arrojo, que lograba imponer su voluntad a los otros. En 1868 viajó a Ginebra donde conoció al viejo Bakunin, con quien firmó su única obra, El catecismo del revolucionario (1869). Según los biógrafos, Netchaiev es el auténtico autor de dicho panfleto. De vuelta a Rusia mató a Ivánov y tuvo que volver a huir a Suiza. En 1872 fue extraditado y condenado a veinte años de prisión. Murió en la cárcel diez años después.

Su extremismo implacable y fanático fue repudiado hasta por Bakunin y los bolcheviques lo declararon enemigo. Sin embargo, varios expertos consideran que él es el auténtico modelo del bolchevismo, al igual que de todos los movimientos revolucionarios extremistas. Basta echar un vistazo sobre su Catecismo:

“1) El revolucionario es un hombre condenado. No puede tener ni intereses particulares, ni asuntos privados, ni sentimientos, ni amistades, ni pertenencias, ni siquiera un nombre. Todo lo somete a un solo interés con exclusión de otro, a un pensamiento único, a una pasión: la Revolución.

2) En el fondo de su ser, no solamente en palabras, sino en actos, rompe todo nexo con el orden público, con el mundo civilizado, con las leyes, con las convenciones sociales y las reglas morales. El revolucionario es un implacable enemigo de ese mundo, y continúa viviendo en él con el único propósito de destruirlo.

3) El revolucionario no conoce más que una ciencia, la ciencia de la destrucción…”

Ni la extrema crueldad ni el fanatismo patológico de esas palabras constituyeron en su día una novedad revolucionaria, sino el hecho de que hayan formulado una coartada social al más perenne y más canalla de los principios: el fin justifica los medios. Y esto es algo que trasciende al círculo de los profesionales de la Nueva Redención. El obligatorio amor a la Humanidad y semejantes entidades difusas permiten odiar o, simplemente, obviar al prójimo. Son principios que anulan el sentido común y suspenden la ética más elemental. Un buen chico catalán se convence de que vive bajo las botas de las forces d’ocupació, un intelectual humanista siente satisfacción al caer las Torres Gemelas y un joven inquieto ve tanta injusticia en el mundo que considera necesaria una violenta intervención revolucionaria. Tendremos Netchaiev para rato.

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