Hrabal – Planeta

Bohumil Hrabal (1914-1997)

Escritor checo, cumbre de la literatura centroeuropea y uno de los narradores más importantes contemporáneos. Autor de unos sesenta libros, su obra ha sido traducida a más de una veintena de lenguas. Falleció en Praga el 3 de febrero a los ochenta y dos años, al caerse del quinto piso del hospital, donde estaba internado, mientras daba a comer a sus adoradas palomas.

La vida de Bohumil Hrabal encarna un típico destino centroeuropeo. Nació en el nefasto año de 1914 y, sin cambiar de país, ha sido, sucesivamente ciudadano de la Monarquía Austro-Húngara, de la República Checoslovaca, del Tercer Reich, otra vez de la República Checoslovaca, luego del régimen comunista y, finalmente, de la República Checa. Nunca le interesó la política y tampoco tuvo vocación de héroe, sin embargo, fue víctima de los distintos totalitarismos que sufrió su país y, sin haberlo buscado, aun en vida se convirtió  en bandera de la causa de la libertad y la democracia. La mayor parte de su carrera sufría la censura y la marginación, y sus libros estaban prohibidos, pero ni esas limitaciones pudieron impedir que se convirtiera en el autor más popular de las letras checas. Hrabal ha sido el más alto representante contemporáneo de lo que se conoce como el humor praguense, pero en realidad no era de Praga y, para ser estrictos, ni siquiera era checo.

Bohumil Hrabal nació en Brno, capital de Moravia, el 28 de marzo del mismo año en el que estalló la Primera Guerra Mundial y su país todavía pertenecía (desde la Guerra de Treinta Años, de tres siglos antes) al Imperio de los Habsburgo que a partir de 1867 se llamaba la Monarquía Austro-Húngara. Cuatro años tenía el futuro escritor cuando, en 1918, se disolvió la Monarquía y se proclamó la independencia de su patria bohemio-morava, constituyendo, junto con otro pueblo recién independizado, la República Checoslovaca. Poco después el padre de Hrabal recibió el encargo de gerente de una fábrica de cervezas en Nymburk, una pequeña ciudad de Bohemia. La soñolienta y patricia ciudad con sus costumbres burguesas y su secular culto a la cerveza será para Hrabal el paraíso de la infancia, cuyo idilio rememora luego en las tres novelas que conforman la Trilogía de Nymburg: Personajes en un paisaje de infancia (1970), La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo (1973) y Los millones de Arlequín (1979)

Sus padres constituyeron unas de esas parejas antagónicas cuya tormentosa convivencia se explica sólo por la atracción de los contrarios. Su padre era un hombre ordenado, meticuloso e introvertido, pero con una pasión loca por las motocicletas, que no paraba de montar y desmontar. Su madre era una belleza rubia a quien le encantaba llamar la atención y escandalizar. Uno de esos acontecimientos que causaron revuelo en la pequeña ciudad fue cuando decidió cortar a lo Josephine Baker su legendaria cabellera dorada que le llegaba hasta la cintura e, incluso, más abajo. Esta anécdota aparecería luego en la novela Personajes en un paisaje de infancia, que fue llevada al cine por Jiri Menzel, uno de los mejores realizadores checos, quien ha dirigido todas las versiones cinematográficas de los libros de Hrabal.

A los diez años ocurrió el acontecimiento que mayor consecuencia tuvo en su futura obra: vino a vivir con ellos el tío Pepín, hermano de su padre. Ex soldado del ejército austro–húngaro, zapatero de profesión, despedido de todos los posibles trabajos por chiflado y dado de baja de los psiquiatricos por suficientemente cuerdo, el tío Pepin encarnaba un tipo de personaje que fue universalizado por el valeroso soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, y cuyo pariente internacional más cercano es la figura de Charlot, de Chaplin. Tonto genial y parlanchín compulsivo, Pepin vino a visitarles por quince días y se quedó para siempre. El borrachín tío con sus huergas, meteduras de pata e imparables peroratas a gritos fue un suplicio para su hermano, pero un deleite para su sobrino Bohumil.

Pepin no sólo se convirtió en uno de los protagonistas de la Trilogía de Nymburk, sino que él enseñó al futuro autor el inmenso poder de las palabras. El tío creaba otra realidad con sus fascinantes fabulaciones y, naturalmente sin saberlo, empleaba una técnica que Hrabal más adelante descubriría en la escritura automática de los surrealistas.

En la época de entreguerras la joven república checoslovaca fue un modelo de democracia y progreso. Esa edad de oro no duró demasiado. Ante la rampante amenaza militar de Hitler las democracias occidentales se recapitularon y en 1938, en el marco del Pacto de Munich, entregaron Checoslovaquia a los nazis. Bohemia y Moravia se convertirá en un Protectorado del Tercer Reich. En 1939 los alemanes entraron en Praga. Ese mismo año llegó también a la capital checa el joven Hrabal para cumplir con el deseo paterno de estudiar Derecho. Unos años después los nazis cerraron las universidades y él tuvo que postergar sus aspiraciones de jurista. Ésta fue la primera de una larga cadena de retrasos que acompañaron toda su carrera. Después de la guerra retomó los estudios e, incluso, en 1946 se doctoró en Derecho, pero seguía con trabajos ocasionales y exóticos, al igual que durante la ocupación alemana.

Hacia el final de la guerra, y ante la imposibilidad de seguir estudiando, Hrabal volvió a la casa paternal y empezó a trabajar como ayudante de ferroviario en unos ferrocarriles controlados por los alemanes. Esa experiancia inspiró su novela Los trenes rigurosamente vigilados (1965), cuya versión cinematográfica realizada por Menzel fue galardonado por el Oscar en 1967. Las cuinas del tímido protagonista como patoso aspirante guerrillero antinazi y combatiente del amor son la mismas del autor. Ese rasgo autobiográfico será una constante en su obra, que si nunca pretende ser memorialista, tampoco se basa en la mera invención, en una historia no vivida.

Como tantos jóvenes intelectuales, al finalizar la guerra Hrabal se afilió al Partido Comunista. Su militancia duró tan sólo medio año, pero no así la culpa por haberlo hecho, que le ha acompañado hasta sus últimos días. Como no afín con el régimen comunista y, para colmo, de origen burgués, no tenía ninguna posibilidad de integrarse en la Nueva Sociedad que se empezó a construir. Quedaron los trabajos ocasionales, de los que jamás se arrepintió. Fue mozo de almacén, preparador de malta, pasante de notario, agente de seguros, fundidor en una fábrica de acero, figurín teatral, trabajador en una prensa de papel y algunas otras cosas más que le permitieron conocer a fondo el mundo en que le tocó vivir y recoger todas las historias que la gente contaba e inventaba por ahí. Y escribía.

Escribía sin tener la más mínima esperanza de poder publicar alguna vez. Pero en 1963 se produjo una pequeña apertura en la política cultural de Checoslovaquia y pudo publicar su primer libro: Perla en el fondo. Tenía cuarenta y nueve años. El éxito de los relatos de Perla fue tan apabullante que los próximos libros (Los palabristas, Clases de danza para mayores y avanzados, Anuncio de una casa donde no quiero vivir…), con tirajes que rondaban los cien mil ejemplares, apenas duraron horas en las librerías. Además del Oscar, un Gran Premio de Cannes también se sumó a sus glorias por la versión de su novela Alondras en el alambre.

Este nuevo y tardío idilio tampoco pudo durar mucho. Después de la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968,Hrabal fue marginado y su obra censurada. Habituado a esos procederes, seguía escribiendo. Entonces nacieron sus libros literariamente más ambiciosos y humanamente más desilusionados: Yo que he servido al rey de Inglaterra (1971) y Una soledad demasiado ruidosa (1981). A finales de los setenta algunos de sus libros (la Trilogía, por ejemplo) recibieron el nihil obstat de la censura, y otros fueron publicados en ediciones clandestinas.

Para entonces Hrabal fue era un mito, una especie de santón, cuya ermita, la cervecería El Tigre de Oro, se convirtió en lugar de peregrinación para miles de lectores que tenían que conformarse sólo con ver al maestro con sus habituales jarras. A Hrabal no le gustaba el papel de diva y no aceptaba esas reverencias. Tampoco le interesaba codearse con eminentes intelectuales. Lo suyo era la gente sencilla de la calle y de la taberna: versiones del tío Pepin, borrachines con maravillosas historias.

En cuanto a su vida privada, tampoco era propia del jet set. Incluso en los últimos años, en plena gloria, vivió en un pequeño piso de un edificio prefabricado y, como máximo lujo, tenía una destartalada dacha en las afueras de Praga. Se casó a los cuarenta y dos años y no tuvo descendencia. Tal vez por eso practicaba el amor a los animales: llegó a tener doce gatos. Cuando pudo, viajó: a su amado París, por ejemplo y, en los últimos años dos veces a España, que le fascinaba.

Cuando cayó el régimen comunista en 1989, fue glorificado y altamente compensado con reconocimientos y publicaciones. Pero él ya no encontraba su sitio en el nuevo capitalismo consumista y también su salud se debilitó. En 1987 murió su mujer, y con ella perdió el último lazo que realmente le ataba a la vida. Cada vez más abatido tanto anímicamente como por la artritis crónica que padecía en los últimos años, fue hospitalizado. Según el informe médico, la muerte le vino al perder el equilibro, mientras en la ventana del quinto piso del hospital daba de comer a las palomas. Según sus lectores, que recuerdan el suicidio del protagonista de Una soledad demasiado ruidosa (un viejo triturador de libros acorralado por la vida) no se trata sino de una digna despedida.

 

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