Destino o Libertad

Imre Kertész

La Razón, noviembre 2002

 

Imre Kertész (Budapest, 1929) no había elegido nada de lo que luego inapelablemente se convirtió en su destino. Nacido en el seno de una modesta familia judía asimilada (esto es, no practicante), por razones cronológicas y geopolíticas, le tocaba vivir un destino judío, con todas las consecuencias que a la sazón esto conllevaba, incluido su deportación a Auschwitz. Nada valía que él no se sintiera identificado con el judaísmo o que no tuviera, ni remotamente, una conciencia judía: el verano de 1944, con quince años, fue destinado, junto con unos quinientos mil compatriotas suyos, a la aniquilación. Hasta su indigna muerte iba a ser judía. Pero como Kertész figuraba entre los privilegiados que lograron sobrevivir, a su vuelta se convirtió en una víctima viviente, obviamente judía, del delirio nazi.

“Yo había vivido un destino determinado; no era mi destino pero lo había vivido.” –medita el alter ego del autor en su novela Sin destino (Plaza & Janés, 1996), cuando al volverse del campo de concentración intenta entenderse con algunos supervivientes de su familia y vecindad– “No comprendía cómo no les entraba en la cabeza que ahora tendría que vivir con ese destino, tendría que relacionarlo con algo, conectarlo con algo, al fin y al cabo ya no podía bastar con decir que había sido un error, una equivocación, un caso fortuito o que simplemente no había ocurrido.”

Se puede intuir que ese imperativo de conectar con algo la experiencia de Auschwitz era lo que convertía en escritor a Kertész, y que toda su obra constituye el testimonio, la plasmación de esa búsqueda. Lo que ocurre es que, tratándose de lo que se trata, la operación resulta sumamente problemática. Para empezar, una vivencia tan traumática en lugar de inspirar, más bien enmudece. Casi todos los cronistas del Holocausto (desde Eli Wiesel hasta Jorge Semprún) tardaron mucho en poder escribir sobre lo que habían vivido. Kertész tampoco es una excepción.     Sin destino, que es su primera obra, se publicó en 1975. Además, lejos de ser uno proceso catártico y liberador, enfrentarse con el pasado concentracionario significa revivirlo, experiencia de lo que nadie sale indemne y a muchos (a Paul Celan, Tadeusz Borowski, Jean Améry, Primo Levi, entre otros) les empuja al suicidio. Kertész aventura que, paradójicamente, lo que le salvaba de ese destino, era que al sobrevivir el totalitarismo nazi le tocó vivir (otra vez inapelablemente) bajo el totalitarismo comunista, que “me garantizó la continuidad de mi vida de prisionero”, por tanto, “no me alcanzó aquella pleamar de la desilusión que empezó a golpear en torno a personas de vivencias parecidas, pero residentes en sociedades más libres…”, escribe en el ensayo “El Holocasuto como cultura”, incluido en el volumen Un instante de silencio en el paredón (Herder, 1999).

Sin embargo, la mayor dificultad de conectar con algo el Holocausto consiste en que se escapa a cualquier experiencia humana, incluida incluso la guerra. Enlazarlo con nuestras vidas, transmitir su oscuro e indigerible mensaje resulta prácticamente imposible. Pues, el excepcional logro de Sin destino (que novela, o mejor, convierte en escritura la mera memoria, llegando a reconstruir el proceso mental del protagonista desde su estado civil de estudiante hasta su conversión en un esclavo a exterminar) es que ilumina y encarna la relación entre nuestra normalidad y el mayor crimen de la Historia. Se trata de un saber sumamente difícil de representar y muy incómodo de aceptar. Catorce años tardó Kertész en terminar esta novela tan poco complaciente, cuya dificultosa publicación se produjo en medio de la mayor indiferencia. Sólo una reedición avalada por algún colega logró varios años después el reconocimiento, siempre de una minoría, de que se trataba de una obra capital de la narrativa contemporánea.

Hasta su tardía consagración, Kertész había vivido la típica vida anodina de un intelectual no integrado del Este: marginación, periodismo con despido, trabajos físicos, y más adelante, traducción (de Nietzsche y Wittgenstein, entre otros). El reconocimiento lo vuelve productivo, pero sólo después de la caída del Muro publicará con regularidad. Entre sus obras más destacadas figuran las novelas El fiasco (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias en la época estalinista; y Kaddish por el hijo no nacido (1990, El acantilado, 2001), cuyo título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza al homenaje de los padres muertos. Toda su narrativa (pero no sus ensayos o su diarios) se caracteriza por una especie de frase pensante que, serpenteando, se corrige y se modifica a sí misma,  imponiendo así una lectura alerta.

Después de Sin destino, no vuelve tratar el Holocasto en su narrativa, si bien en el angustioso dilema de tener o no descendencia, en Kaddish, subyace su memoria. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los noventa, recogidos en Un instante de silencio en el paredón. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo es Auschwitz que, por tanto, se ha convertido en una categoría cultural. El Holocausto, afirma, constituye un valor porque “condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable; por eso esconde también una reserva moral incomensurable.”

Su postulado puede parecernos excesivamente optimista. Pero, entonces, Kertész dice que “la importancia de las cuestiones depende de si son vitales”. Y Auschwitz lo es. Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva, incluso positiva, del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. “Si existe la libertad, no puede existir el destino”, descubre el héroe adolescente de su primera novela. La vida y la obra de Imre Kertész es la sufrida y tenaz refutación de este descubrimiento.

 

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Filed under Holokauszt, Irodalom, Könyv, Kritika, Kultúra, Publicisztika, Web

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