El poeta latino que escribía novelas en húngaro

(Lateral, nº 90, junio de 2002)

Aprovechando los buenos vientos que soplan para las letras magiares, Ediciones B ha rescatado Alondra, una de las cuatro novelas, todas magistrales, de Dezsö Kosztolányi (1885-1936). Se trata de un autor multifacético, extraordinario y diferente. Un latino en las cortes de la belle époque, un espíritu romano en la confusa Europa de entreguerras.

 

Los artistas del siglo xx fueron –por temperamento, poética o ideología– revolucionarios o conservadores, activistas o huidizos, creyentes o escépticos, realistas o evasivos. Pero el escritor húngaro Dezsö Kosztolányi no correspondía a ninguna de esas coordenadas. Si vale la boutade que Borges fue un escritor inglés que escribía en español, Kosztolányi sería un auctor romano de lengua magiar. No es que no estuviera vinculado a su época, sino que había algo en sus ideales, en su sensibilidad, que recuerdan a un pensador romano, un poeta latino, un pagano exquisito. O sea, lo contrario a lo que estaba predestinado por origen, formación y Zeitgeist.

Hijo de la histórica clase media húngara –aristocrática, aburguesada, cristianísima y venida a menos– Kosztolányi nació en Szabadka, pequeña ciudad sureña hoy perteneciente a lo que queda de Yugoslavia. Su padre ostentaba los pronombres nobiliarios “alsó és felsö-kemencei, nemeskosztolányi és felsölehotai”, referentes a volatilizadas posesiones de antaño, pero se ganaba la vida como profesor de física y matemáticas en el gimnasium local, del que más tarde fue director. Su madre era hija del farmacéutico local, de lejano origen alemán, y su abuelo paterno, eterno insumiso, héroe de la revolución antihabsbúrgica de 1848. Ese escenario autobiográfico le inspiró las virtuosas ñoñerías del poemario que le llevó a la fama (Lamentos de un pobre niño, 1910) y dos de sus cuatro novelas: Alondra (1924, la que podemos leer ahora en la sugerente traducción de Judith Xantus), y Cometa de oro (1925), ambas situadas en Sárszeg (que viene a significar algo así como Villa Barrosa), entrañable y soñolienta ciudad provinciana detenida en el tiempo.

 

La ciudad de los milagros

¡Oh, no, Budapest no era así! Cuando en 1903 el joven Kosztolányi llegó a la capital, encontró una de las metrópolis más hermosas y también más bulliciosas y creativas del mundo. Los últimos directores de su ópera era Mahler, Nikisch y Hans Richter, en sus teatros estaba lo mejor de Europa. Allí se formó Theodor Herzl, el inventor del moderno Israel y von Neuman el del aún más moderno ordenador. Era la ciudad de los compositores Bartók, Kodály y Dohnányi; los cienastas Alexander Korda y Michael Curtiz; los fotógrafos André Kertész, Brassai, y más tarde, Capa; los estetas György Lukács, Arnold Hauser y Károly Kerényi; los psicoanalistas Ferenczi y Szondi; los arquitectos Brauer y Moholy-Nagy… Si el fervor literario, comparable sólo con la Viena de la época, no trascendía al extranjero era culpa de esa señera lengua húngara excepcionalmente dotada para la poesía, de la que precisamente Kosztolányi fue el mayor estilista.

Claro que la decadencia vitalista del ambiente fin de siècle no favorecía la formación romana de los jóvenes poetas húngaros. En la Budapest de la época predominaba el simbolismo mitologizante, el modernismo exquisito, el perfeccionismo parnasiano. Cuando no padecían de spleen, buscaban cómo épater le bourgeois. Lo que importaba en la poesía de esa belle époque eran los colores y la música, las impresiones y los sueños, el afán juguetón y los latidos más caprichosos del yo. Estaba triunfando la revolución menos ideológica y más pacífica de la historia, y Kosztolányi fue su Saint Just.

Curiosamente, su encuentro decisivo con la antigua Roma fue mediante el modernismo, la sensibilidad literaria más ajena al espíritu latino. En 1922 publicó su primera novela, Nerón, el poeta sangriento, obra muy de la época en cuanto narración sobre arte y artistas, pero carente ya de la inocencia art nouveau de sus primeros escritos. Hungría sufrió los cuatro años de la Gran Guerra como todos los países implicados, pero pagó sus consecuencias como nadie: perdió dos tercios de su territorio y uno de su población nativa. Como si fuera poco, en el caos del derrumbe surgió una fugaz república de los soviets, reprimida luego duramente. Era una época siniestra, muy politizada y con muchos cambios de bando.

Kosztolányi no fue activo políticamente pero la torre de marfil tampoco se encontraba entre sus aspiraciones inmobiliarias. Sencillamente empezó a desarrollar su neutralidad militante, su independencia comprometida. Nerón ilustra esa ambigua postura que tantos enemigos le consiguió de todos los bandos políticos y literarios. Su gran novedad consiste en concebir al dictador como artista frustrado, como diletante resentido. Lo que pudo parecer una exaltación modernista resultó ser una inquietante premonición histórica y psicopatológica.

“Me desprendo conmovido de su obra, esa novela de emperador y artista, porque con ella Ud. ha cumplido, e incluso ha superado las esperanzas depositadas en su talento vigoroso y exquisito … “, le escribió Thomas Mann, que en su felicitación destaca el logro del personaje de Séneca, “este sofista y poeta-cortesano magistralmente liso […], cuyas últimas horas me han conmovido como pocas cosas en la vida o en el arte.”

Precisamente mediante su Séneca, alter ego no del todo complaciente, se define por primera vez como artista romano: “Yo soy poeta latino. Odio a esos que quieren volver al mundo a la edad de los bárbaros, odio sus torvas supersticiones…”

De todas maneras, tampoco es tan descabellado hablar del latín en relación con lo húngaro. Según Antall Szerb, deslumbrante ensayista y narrador asesinado por los nazis, la húngara es una literatura románica más. Efectivamente, sus textos medievales habían sido traducidos del latín, que era la lengua de la cancillería y la administración hasta mediados del siglo xix y en tiempos de Kosztolányi todavía se enseñaba durante los ocho duros años del gimnasium.

De todas maneras, no por esa razón histórico-filológica, vinculada al cristianismo, se puede calificar de poeta latino a Kosztolányi, sino por la concisión y limpieza de su estilo, por su nihilismo filosófico, irónico y juguetón, y por una visión del mundo no sólo precristiano, carente del sentimiento de culpa, sino también pre-ilustración, carente de todo moralismo.

En un mundo confuso y grandilocuente, él reivindicaba la claridad. Lo que no se puede expresar bien, decía, no merece ser expresado. Frente a las profundidades trascendentales, reclamaba la superficie: “¿Qué te trae el buzo / cuando baja tan hondo?, / barro hay en sus manazas / eso es lo que hay en el fondo…”, escribe en el “El canto de Kornél Esti”. En otra pieza, se dirige a Marco Aurelio como “majestuoso compañero de letras, / y no apóstol bizco, / confuso profeta de Oriente…”, y en su último poema, “Fervor de septiembre”, suplica, ya vencido por el cáncer, al mismísimo sol:  “Yo no he balbuceado ruegos de escalofrío / hacia pálidos dioses, oraciones tremantes, / siempre me dirigí a ti, porque sé que hará frío, / verdad pagana, enorme lumbre del sol gigante.”

Pero Kosztolányi era un romano muy puesto al día: fue un periodista prolífico, un diplomático cultural (durante años presidente del PEN húngaro), buen conocedor de las vanguardias (cuya agitación le era ajena) y del psicoanálisis (cuyo afán de hurgar en lo irracional le atraía). Fue un crítico agudo e impresionista. Participaba en algunas batallas literarias y lingüísticas (era un guardián purista de su lengua) y fue un gran traductor, entre los poetas húngaros el único que, además de las lenguas de rigor (el griego, el latín, el alemán, francés, inglés y el italiano), aprendió también el castellano. Tradujo a Unamuno (con quien mantuvo correspondencia), a Juan Ramón, Rubén Darío, los Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda…

Gajes del oficio, él que se consideraba ante y sobre todo poeta, pasó a la inmortalidad principalmente como narrador. No es que no fuese un gran lírico, pero –con excepción de los últimos volúmenes– se quedó limitado por los horizontes infinitos de su virtuosismo formal, talante lúdico y su debilidad por las impresiones, colores y atmósferas.

 

La asesina sin causa

Paradójicamente, las cualidades poéticas –que no líricas– hacen de él un narrador único: la capacidad de crear con muy pocas palabras una situación, un personaje, un atmósfera; la ausencia de toda psicologización; la redacción concisa hasta la austeridad, en la que la imagen no sirve para adornar sino para hacer atajos.

Esas virtudes, justo en el lado opuesto de la llamada prosa poética, están presentes en sus cuentos (Lateral publicó en el nº 41 “El traductor cleptómano”, del ciclo Esti Kornél, su malicioso alter-ego)–, y cobran protagonismo en sus novelas. La más grande entre ellas es Édes Anna (Ana la Dulce, 1926) narra la historia de una joven criada de provincias, dulce y tímida, que –sin motivos aparentes– asesina a sus amos. “No he leído novela húngara más parca en palabras”, escribió uno de los grandes críticos de la época, György Bálint, también asesinado por los nazis (ver su anacrónica “¿Viva Colombia (Perú)!” en el nº 84 de Lateral), y sus palabras valen también para Alondra.

Al igual que Cometa de oro, esa novela narra íntimas tragedias provincianas. El tema, el atmósfera e incluso el tratamiento puede parecer de un realismo tradicional. Kosztolányi tiene una capacidad tan poderosa para evocar que al describir las dudas gastronómicas del viejo protagonista ante la carta de un restaurante, al lector se le hace la boca agua. Pero no se dejen engañar por el buen oficio del autor húngaro. Hay aquí mucho más que la fiel reconstrucción de una previsible ciudad de la belle époque o la historia de un matrimonio mayor que se enfrenta con la repentina ausencia de su única hija, Alondra. Lo que hace Kosztolányi con esa situación constituye una lección magistral que todo escritor, crítico y editor debería aprender. Por lo pronto, le da la vuelta a la situación: la bienamada Alondra es una solterona amargada de aspecto espantoso, la angustia del matrimonio a causa de las vacaciones de la hija se revela como una liberación, el amor que sienten por ella resulta ser odio y la consagración, un entierro en vida.

No es ésta, entonces, una lograda representación de un curioso microcosmos, sino un prodigio de la concisión, estructura y caracterización, una obra maestra irónica y amarga, desgarradora y gozosa, en que una discreta historia local alcanza el rango de lo universal. El rango, pero no el sitio. Kosztolányi pudo ser romano pero no escribió en latín, y como ustedes sabrán, no todas las obras maestras conducen a Roma.

 

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