Kosztolányi: Alondra (prólogo)

Prólogo a la edición de Ediciones B, 2002

 

A partir de cierta edad todo lector siente nostalgia por aquellos tiempos en que por primera vez leyó a Cervantes o Stendhal, a Balzac o Dickens, a Tolstoi o Hemingway, a Kafka o Borges… ¡Qué envidia es tener toda la literatura universal por delante! ¡Qué tedio hay detrás de la petulante frase de Mallarmé: “ya he leído todos los libros”! ¡Qué alivio descubrir, a veces, que él no tenía razón! No hemos leído todos los libros que valen la pena ser leídos, y no necesariamente por una cuestión generacional.

Que un gran escritor magiar del principio del siglo pasado no haya sido traducido al castellano es la cosa más previsible del mundo. Lo anómalo es que, a pesar de los pesares político-lingüísticos y literario-financieros, finalmente llegue a estas tierras y, después de la publicación de su extraordinaria Alondra (Ediciones B, 2002), aparezca ahora la que es considerada por muchos su mayor novela: Ana la Dulce.

El rescate de Kosztolányi (1885-1936) no hubiera sido posible sin la reciente revelación internacional de la narrativa húngara, que empezó con el éxito póstumo de Sándor Márai (1900-1989) y culminó el año pasado con el Nobel de Imre Kertész (1929). Entre todos esos narradores descubiertos retrospectivamente gracias a la moda magiar, Kosztolányi resulta el más complejo, el más difícil de clasificar. Pero no, como suele ser en estos casos, por ser un escritor raro, sino al contrario, por ser un autor literalmente clásico. Si vale la boutade que Borges fue un escritor inglés que escribía en español, Kosztolányi sería un auctor romano de lengua magiar. No porque no estuviera vinculado a su época, sino porque había algo en sus ideales, en su sensibilidad, en su actitud ante la vida y la literatura que recuerdan a un pensador romano, un poeta latino, un intelectual pagano. O sea, lo contrario a lo que estaba predestinado por origen, formación y Zeitgeist.

Hijo de la histórica clase media húngara –aristocrática, aburguesada, cristianísima y venida a menos– Kosztolányi nació en Szabadka, pequeña ciudad sureña hoy perteneciente a lo que queda de Yugoslavia. Su padre ostentaba sonantes pronombres nobiliarios, pero se ganaba la vida como profesor de física y matemáticas en el gimnasium local, del que más tarde fue director. Su madre era hija del farmacéutico, de lejano origen alemán, y su abuelo paterno, héroe de la revolución anti habsbúrgica de 1848. Ese escenario autobiográfico le inspiró las virtuosas ñoñerías del poemario que le llevó a la fama (Lamentos de un pobre niño, 1910) y dos de sus cuatro novelas: Alondra (1924) y Cometa de oro (1925), ambas situadas en Sárszeg (que viene a significar algo así como Villa Barrosa), entrañable y soñolienta ciudad provinciana detenida en el tiempo.

¡Oh, no, Budapest no era así! Cuando en 1903 el joven Kosztolányi llegó a la capital, encontró una de las metrópolis más hermosas y bulliciosas del mundo. Los últimos directores de su ópera habían sido Mahler, Nikisch y Hans Richter, y en sus teatros estaba lo mejor de Europa. Allí se formó Theodor Herzl, el inventor del moderno Israel, y Eugene von Neuman, el del aún más moderno ordenador. Era la ciudad de los compositores Bartók, Kodály y Dohnányi; los cienastas Alexander Korda y Michael Curtiz; los fotógrafos André Kertész, Brassai, y más tarde, Capa; los estetas György Lukács, Arnold Hauser y Károly Kerényi; los psicoanalistas Ferenczi y Szondi; los arquitectos Brauer y Moholy-Nagy… Si el fervor literario, comparable sólo con la Viena de la época, no trascendía al extranjero era culpa de esa solitaria lengua de los húngaros excepcionalmente dotada para la poesía, de la que precisamente Kosztolányi fue el mayor estilista.

En ese ambiente de decadencia vitalista predominaba el simbolismo mitologizante, el modernismo exquisito, el perfeccionismo parnasiano. Cuando no padecían de spleen, buscaban cómo épater le bourgeois. Lo que importaba en la poesía de esa belle époque eran los colores y la música, las impresiones y los sueños, el afán juguetón y los latidos más caprichosos del yo. Estaba triunfando la revolución menos ideológica y más pacífica de la historia, y el joven Kosztolányi combatía con destreza y valor en las más gloriosas barricadas literarias.

Curiosamente, su encuentro decisivo con la antigua Roma fue mediante el modernismo, la sensibilidad literaria más ajena al espíritu latino. En 1922 publicó su primera novela, Nerón, el poeta sangriento, característica narración de fin de siècle sobre artistas, pero carente ya de la inocencia art nouveau de sus primeros escritos. Hungría sufrió los cuatro años de la Gran Guerra como todos los países implicados, pero pagó sus consecuencias como nadie: perdió dos tercios de su territorio y uno de su población nativa. Por si fuera poco, en el caos del derrumbe surgió en 1919 la fugaz república de los soviets bajo el liderazgo de Béla Kun, reprimida luego duramente por el régimen contrarrevolucionario del almirante Horthy. Era una época siniestra, muy politizada y con muchos cambios de bando. Tal como aparece, descrito con sabia ironía, en Ana la Dulce.

Kosztolányi no fue jamás un activista político, pero la torre de marfil tampoco se encontraba entre sus aspiraciones inmobiliarias. Simplemente, desarrolló una neutralidad militante y una independencia comprometida. Nerón ilustra esa ambigua postura que tantos enemigos le consiguió en todos los bandos políticos y literarios. La gran novedad de esta novela consiste en concebir al tirano como un artista frustrado, como un diletante resentido. Lo que en su momento pudo parecer una exaltación modernista resultó ser una inquietante premonición histórica y psicopatológica.

“Me desprendo conmovido de su obra, esa novela de emperador y artista, porque con ella Ud. ha cumplido, e incluso ha superado, las esperanzas depositadas en su talento vigoroso y exquisito…”, le felicitó Thomas Mann, destacando también el logro del personaje de Séneca, “este sofista y poeta-cortesano magistralmente liso […], cuyas últimas horas me han conmovido como pocas cosas en la vida o en el arte.”

Precisamente a través de la figura de Séneca –un alter ego no del todo complaciente– se define por primera vez como artista romano: “Yo soy poeta latino. Odio a esos que quieren volver al mundo a la edad de los bárbaros, odio sus torvas supersticiones…”

De todas maneras, tampoco es tan descabellado hablar del latín en relación con lo húngaro. Según Antal Szerb, deslumbrante ensayista y narrador asesinado por los nazis, la húngara es una literatura románica más. Efectivamente, sus textos medievales habían sido traducidos del latín, que era la lengua de la cancillería y la administración hasta mediados del siglo XIX, y en tiempos de Kosztolányi todavía se enseñaba, junto con el griego clásico, durante los ocho duros años del gimnasium.

Sin embargo, no por esas razones históricas y filológicas –en parte vinculadas al cristianismo, en parte al imperio de los Habsburgo– se puede calificar de autor latino a Kosztolányi, sino por la concisión y limpieza de su estilo, por su nihilismo filosófico, irónico y juguetón, y por una visión del mundo como precristiana, carente del sentimiento de culpa, pero también pre-ilustración, carente de todo moralismo.

En un mundo confuso y grandilocuente, él reivindicaba la claridad. Lo que no se puede expresar bien, decía, no merece ser expresado. Frente a las profundidades trascendentales, reclamaba la superficie: “¿Qué te trae el buzo / cuando baja tan hondo?, / barro hay en sus manazas / eso es lo que hay en el fondo…”, escribe en el “El canto de Kornél Esti”.

Pero Kosztolányi fue un romano muy puesto al día: un periodista prolífico e innovador (ensayaba, por ejemplo, con esos reportajes literarios e impersonales que luego inventara el new journalism); un diplomático cultural hábil (durante años presidió el PEN húngaro); buen conocedor de las vanguardias (cuya agitación le era ajena) y del psicoanálisis (cuyo afán de hurgar en lo irracional le atraía). Fue también un crítico agudo e impresionista. Participaba en algunas batallas literarias y lingüísticas (ejercía de guardián celoso y purista de la lengua magiar) y fue un gran traductor, el único entre los poetas húngaros que, además de los idiomas de rigor (el griego, el latín, el alemán, francés, inglés y el italiano), aprendió también el castellano. Tradujo a Unamuno (con quien mantuvo correspondencia), a Juan Ramón, Rubén Darío, los Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda…

Gajes del oficio, él que se consideraba ante y sobre todo poeta, pasó a la inmortalidad principalmente como narrador. No es que no fuese un gran lírico, pero –con excepción de los últimos volúmenes– se quedó limitado por los horizontes infinitos de su virtuosismo formal, su talante lúdico y su debilidad por las impresiones, colores y atmósferas. Paradójicamente, las cualidades poéticas hacen de él un narrador único: la capacidad de crear con muy pocas palabras una situación, un personaje, una atmósfera; la ausencia de toda psicologización; la redacción concisa hasta la austeridad, en la que la imagen no sirve para adornar sino para tender atajos.

Estas virtudes –situadas en el lado opuesto de la así llamada prosa poética–  están presentes en sus cuentos y cobran protagonismo en sus novelas. Una de las más logradas entre ellas es Alondra. Al igual que Cometa de oro, Alondra narra íntimas tragedias provincianas. El tema, el ambiente e incluso el tratamiento pueden parecer de un realismo tradicional. Kosztolányi tiene una capacidad tan poderosa de evocar que, al describir las dudas gastronómicas del viejo protagonista ante la carta de un restaurante, al lector se le hace la boca agua. Pero no se dejen engañar por el buen oficio de ese autor húngaro. Hay aquí mucho más que la fiel reconstrucción de una previsible ciudad de la belle époque o la historia de un matrimonio mayor que se enfrenta con la repentina ausencia de su única hija, Alondra. Lo que hace Kosztolányi con esa situación constituye una lección magistral que todo escritor, crítico y editor debería aprender. Por lo pronto, le da la vuelta a la situación: la bienamada Alondra es una solterona amargada de aspecto espantoso, la angustia del matrimonio a causa de las vacaciones de la hija se revela como una liberación, el amor que sienten por ella resulta ser odio y la consagración, un entierro en vida. No es ésta, entonces, una lograda representación de un curioso microcosmos, sino un prodigio de la concisión, estructura y caracterización, una obra maestra irónica y amarga, desgarradora y gozosa.

 

La asesina sin causa

Alondra tiene la perfección de un soneto y la economía de un trío de música clásica. Kosztolányi es así: su irónica elegancia resulta a veces tan incuestionable que parece una limitación. Literariamente hablando, él nunca pierde la cabeza. En Ana la Dulce (Édes Anna, 1926), en cambio, hace algo que sólo los más grandes se atreven hacer: alterar sus propias reglas.

“No he leído novela húngara más parca en palabras”, escribió György Bálint, uno de los grandes críticos de la época, también asesinado por los nazis. De acuerdo con sus palabras, más que una excepción, Ana la dulce significa una culminación en la obra de Kosztolányi. Pero los dos conceptos no son excluyentes: además de casi todas las virtudes de su prosa, en este libro se encuentran también inesperadas novedades. Empezando con el tema: la historia de una joven criada, dulce y tímida como su apellido, que asesina a sus amos.

Hasta Ana la Dulce, la prosa de Kosztolányi se alimentaba con productos de cosecha propia, como en Alondra, o con inventos poéticos insertados en un decorado histórico, como en Nerón. Pero incluso la atormentada alma del emperador romano debió ser más familiar para él, al menos en su calidad de poeta malo, que el mundo interior de una criada homicida. Por eso –y ahí tenemos ya una irregularidad–, por primera vez en su carrera se preparaba para elaborar el personaje de Ana, como pudo haberlo hecho un periodista. Sándor Márai, a la sazón un joven colega que vivía en el mismo barrio, hace un retrato delicioso de Kosztolányi realizando diarias investigaciones de campo en la garita del portero de un edificio vecino.

De todas maneras –y he aquí la segunda irregularidad–, la auténtica protagonista de la novela no es la dulce asesina que se anuncia desde el título, sino sus víctimas y su entorno: un matrimonio de la clase media alta de Budapest; el pequeño zoológico humano formado por los vecinos del edificio en el que vive la pareja; el señorial barrio de Krisztina a la falda del castillo de Buda, el mismo del que era habitante el autor; el patético seductor de Ana y el banco donde trabajaba, presentado como una solemne catedral de aquellos tiempos; esa Hungría de 1919 y 1920, en fin, que resucitó rencorosa y ávida de entre las ruinas de la Primera Guerra Mundial, los mutiladoras tratados de Paz y la comuna soviética de Béla Kun.

Ese país posbélico y posrevolucionario donde triunfó vengativo el así llamado curso cristiano, tiene obvias similitudes con la España de 1939 y 1940. Más sorprendente resulta que las tenga también con la actual: un mundo de intereses y ambiciones, de relaciones sociales hipertróficas y de afectos personales raquíticos; de discursos edificantes y de actuaciones más o menos delincuentes; un mundo hechizado por el progreso, la velocidad y el hedonismo, donde, al mismo tiempo, campan a sus anchas improbables fantasmas del pasado.

No es ésta, sin embargo, una novela social. Ni su crítica se limita a las clases pudientes, aunque sean su blanco preferente, ni la injusticia económica ocupa el lugar central. Kosztolányi va mucho más allá de la denuncia. En las primeras páginas hay un diálogo entre el consejero ministerial Vizy, futuro amo de Ana, y Ficsor, su portero. Es el día en que el poder cambia de manos: caen los rojos de la república de los soviets y resucitan los poderosos, hasta ahora agazapados. Se trata del equivalente magiar de la entrada de las tropas nacionales en la España de 1939; una situación, por tanto, recurrente, que nadie ha sabido contar con tan maliciosa sabiduría como Kosztolányi. Es una escena histórica: las cortesías representan una nueva etapa de la lucha de clases y las aguas crecidas de la revuelta social están volviendo a su cauce: Vizy, hasta ahora pusilánime cripto-explotador del pueblo, se transforma en el altivo señor que había sido siempre, y Ficsor, temido representante del proletariado durante la Comuna, vuelve a ser el servil portero de antes:

“—¡Ilustrísimo señor! —exclamó el hombrecito en voz muy alta, para que lo oyeran todos los vecinos del edificio, y lo repitió—: ¡Ilustrísimo señor!

—¡Camarada! —repuso Vizy, y a continuación preguntó—: ¿En qué puedo serle útil, camarada?

—¡Su humilde servidor, ilustrísimo señor!

—Entre usted, camarada Ficsor…”

Resulta igualmente esclarecedora la escena anterior, la viñeta que abre la novela. También trata el último día de la Comuna. El comisario jefe Béla Kun está huyendo en un aeroplano. Vuela muy bajo por encima del barrio de Krisztina. Hasta se le ve la cara, pálida y mal afeitada. Lleva encima todo lo que pudo robar: joyas, tesoros, pasteles exquisitos… Y, cosa increíble, se le cae una cadena de oro. Alguien incluso llega a recogerla. “Por lo menos eso se decía en el barrio de Krisztina”, añade irónico Kosztolányi, y esas pocas palabras bastan al lector para situarse en el tiempo y el lugar.

Sobre este fondo de colores grotescos se va tejiendo la tragedia gris de esa perfecta criada, cuya humilde laboriosidad despertaba la envidia de todas las señoras pudientes del barrio y quien, inexplicablemente, asesina a sus amos. Al menos, Kosztolányi no explica el porqué. Muchos debates suscitó en su día el enigmático móvil del crimen. El matrimonio Vizy en ningún momento la trató mal: le daba de comer, le guardaba el sueldo en el banco, un día incluso la señora le regaló un pañuelo usado. Tampoco se entendían las razones la policía y el juez.  Se buscaron motivos políticos, económicos, personales… Hasta la crítica estaba algo desconcertada al respecto. La explicación más aceptada fue la que dio en el juicio un vecino, el viejo y enfermo doctor Moviszter a quien su joven esposa le ponía los cuernos con poetas aún más jóvenes que ella misma:

“Tengo la sensación de que no la trataban como a un ser humano, sino como si fuese una máquina. La convirtieron en una máquina…”

El anciano doctor tenía toda la razón, pero, de todas maneras, ¿qué explicación aceptable puede haber para un asesinato? Por ese lado no hay mucho que hurgar. Importan más los aspectos literarios del crimen que, al fin y al cabo, son los que deciden si resulta convincente para el lector. Pero Kosztolányi no explicita los motivos. Apenas nada sabemos de lo que piensa Ana, y cabe preguntarse a qué se debe tanta omisión. He aquí una sugerencia: a las mismas razones por las que tampoco hay explicaciones en El extranjero de Camus respecto a la actuación igualmente enajenada, maquinal e inexpresiva de su protagonista. Muy moderno es, pues, el crimen de esa criada húngara de principios del siglo pasado, que, cómo no, tiene su lejano paralelismo también con Los santos inocentes de Delibes.

Tanto Ana como Mersault de Camus son una especie de paralíticos emocionales, extranjeros incluso para sí mismos, a diferencia de los personajes de Kafka, por ejemplo, que lo son para los otros. Se trata de una diferencia notable, de un pequeño paso más en la evolución humana: hombres metamorfoseados en escarabajos sin tener conciencia de ello. Lo que pasa es que el protagonista de Camus es un monstruo y la de Kosztolányi, una desgraciada que goza de la simpatía e, incluso, el cariño de su creador.

Precisamente a ese afecto se puede atribuir la irregularidad más sorprendente de la novela: la intervención apasionada del siempre distante e irónico autor en la acción. En una de las últimas escenas, la del juicio, la voz neutral que narra la historia de repente pide a gritos al viejo doctor que intente vencer su edad, cansancio y enfermedad, que se levante y defienda a Ana. Es el momento más conmovedor de una novela más bien irónica, un auténtico tour de force, porque, en efecto, el agonizante doctor se levanta y hace lo que le pide el autor y lo que espera de él el lector.

Hay más vueltas de tuerca aquí (por ejemplo, como si fuera un guiño al Quijote, en el último capítulo Kosztolányi aparece como personaje de su novela), pero vale la pena detenerse en la supuesta dulzura de la asesina. El autor la presenta como una persona digna y buena; como una víctima. Pero no tanto de la injusticia social, como de la injusticia espiritual: de la falta de piedad, compasión y solidaridad. Todos los bandos quieren servir a la Humanidad, salvar la Nación, encontrar una Solución para los Problemas del Mundo.  En una conversación de sobremesa, alguien se pone a predicar en nombre de la Humanidad. El viejo doctor Moviszter le interrumpe:

“—No amo a la humanidad porque ni la he visto ni la conozco. La humanidad es un concepto abstracto. Fíjese usted en que todos los impostores aman a la humanidad. Los egoístas, los que no le dan ni un trozo de pan a su hermano, los maliciosos suelen tener como ideal a la humanidad. Cuelgan y asesinan a los seres humanos, pero aman a la humanidad. Ensucian su altar familiar, echan a la calle a sus mujeres, no se preocupan ni por sus padres ni por sus hijos, pero aman a la humanidad. Es lo más cómodo que existe. Al fin y al cabo, no obliga a nada. Jamás se ha presentado nadie ante mí diciendo que se llamaba «humanidad». La humanidad no pide pan, ni ropa, sino que permanece a una distancia prudencial, en un segundo plano, con una aureola sobre la augusta cabeza. Sólo existen Péter y Pál. Sólo existen los seres humanos.”

Además de constituir una suerte de ars poetica o, mejor, ars etica del mismo Kosztolányi, el monólogo del viejo doctor es acaso el primer discurso de la historia sobre la corrección política, un concepto central en nuestros tiempos que en aquella época no tenía aún nombre propio. Una vez más, el tradicionalista Kosztolányi resulta premonitoriamente actual. Será por esa precursora posmodernidad suya, será por una nostalgia del clasicismo, pero la añeja prosa del autor húngaro se presenta ahora cautivadoramente contemporánea. Caso curioso: en una época en que toda novedad envejece de prisa y los clásicos parecen imponentes estatuas de un museo que nadie quiere visitar, Kosztolányi ha crecido con los años. Siempre había sido un gran escritor; ahora parece un gigante. Y usted, curioso lector, tiene el privilegio de comprobarlo ahora mismo. Será como leer por primera vez a Cervantes o Stendhal, a Balzac o Dickens, a Tolstoi o Hemingway, a Kafka o Borges… Será como volver a vivir el primer amor.

 

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