Los confines de Europa

 

Ponencia en el simposio La Frontera. Lengua, cultura e identidad

(ICCI, UB, Barcelona, 30 noviembre de 2001)

 

Cuando cayó el muro o se levantó el telón (que parecía de acero y resultó ser de cera) el mundo compacto, uniforme, apacible y gris del bloque soviético en seguida se tornó en lo que realmente era: un mundo variopinto, desfasado y sumamente conflictivo. De esa masa nebulosa que aparentaba el imperio soviético de repente surgieron países, naciones, lenguas, pueblos, etnias, culturas, diferencias y hostilidades apenas o nada conocidos. ¿De dónde surgieron? ¿Quiénes son en realidad? ¿Por qué sus conflictos? Son europeos, pero obviamente no de la misma manera que los franceses o ingleses, por ejemplo. Son periféricos. En este sentido se parecen a los pueblos de América Latina, que también pertenecen a la órbita de la cultura europea, hablan –aunque no exclusivamente– lenguas europeas, forman parte de la civilización judeocristiana, pero no de su Centro, no de los países desarrollados.

Existen, sin embargo, algunas diferencias fundamentales entre esos dos subcontinentes, más allá de sus distintas evoluciones históricas y culturales: Europa del Este es ese lugar tristemente privilegiado que había tenido la experiencia de los dos sistemas totalitarios, del comunismo y del fascismo. De hecho, en Occidente sólo este hemisferio llegó a conocer de verdad, hasta sus últimas consecuencias, el régimen estalinista, y allí logró las mayores y más letales destrucciones el nazismo. Si exceptuamos a la ex Alemania del Este, ningún lugar del mundo había sufrido de manera tan determinante los dos mayores males del siglo veinte. Todas esas terribles experiencias se incorporaron a una milenaria historia de derrotas, invasiones y pérdidas, y reforzaron entre esos pueblos la sensación de aislamiento y exclusión por parte del mundo desarrollado, creando así una identidad insegura, que debatía entre el amor y el odio hacia Occidente. Y como la mayoría de los pueblos del Este apenas tuvieron experiencia del capitalismo industrial, durante las décadas del socialismo real nació una especia de ansia mezclada con nostalgia embellecedora no tanto por la democracia parlamentaria sino por el sistema capitalista. Sólo así se explica que para la gente de Europa Oriental se convirtiera en el oscuro objeto del deseo lo que para la izquierda del mundo entero equivale a injusticia, explotación y falta de solidaridad. Sólo así es posible que se llamase precisamente Solidaridad un movimiento sindical (el más numeroso jamás existido en la clandestinidad) que luchaba no contra sino por el capitalismo. Una vez más, Este y Oeste no hablaban la misma lengua. El capitalismo idealizado de los orientales de Europa era como el comunismo de los marxistas occidentales: resultado de fantasías e ignorancia, producto del wishful thinking.

 

Las dos Europas

Existe una larga relación entre los dos hemisferios de Europa, basada en la desigualdad y la dependencia. Hay también una diferencia abismal entre lo que significa el uno para el otro. Para el Este, Europa occidental era mucho más que un conjunto de países más desarrollados: era la misma encarnación del Progreso. Pero este amor nunca ha sido correspondido. Indiferencia e ignorancia han caracterizado la actitud de Occidente hacia el Este que, como mucho, le interesaba para su expansión territorial y económica. Es larga la lista de los casos cuando estos pueblos esperaron en balde la salvación de Occidente, y la traición de los países centroeuropeos por las democracias más ejemplares en Munich y Yalta todavía sigue presente en la memoria de la gente. Hay una anécdota que ilustra el problema. En medio de la Segunda Guerra Mundial los británicos decidieron quitarle el apoyo a la guerrilla monárquica serbia y apostar por el más exitoso movimiento de resistencia comunista liderado por Tito. Uno de los colaboradores de Churchill expresó sus temores acerca de que esta manera, después de la derrota de los nazis, podría instalarse un régimen comunista en Yugoslavia. “¿Por qué –le preguntó Churchill– usted piensa viajar a Yugoslavia después de la guerra?”. “No –titubeó su subordinado– no lo he planteado”. “Pues, yo tampoco”, cerró el asunto el Primer Ministro.

Hoy en día ya no vale semejante actitud. Como la relación entre las dos Europas no cambie paulatinamente hacia un nexo más cooperativo, la Comunidad, cual un imperio más, siempre tendrá sus bárbaros ante portam, prestos a aguarle cualquier fiesta. El desafío tiene una trascendencia universal, debido a que si bien Europa perdió hace tiempo su papel dominante en la política, economía y cultura mundiales, sigue siendo crisol de los problemas más acuciantes. El mismo fracaso del comunismo, igual que su ascenso, constituye una lección magistral de valor universal de la que muchos a los que atañe –partidos de la izquierda tradicional y movimientos sociales– no parecen estar interesados en aprender.

Basta ver el desconcertante éxito del golpista presidente de Venezuela y su recepción comprensiva o aprobatoria por una parte de la intelligentsia latinoamericana. La exaltación del movimiento zapatista y el endiosamiento de su líder a quien varios intelectuales europeos y estadounidenses proponían encabezar un gobierno planetario. Lo mismo se puede decir sobre la recepción de los atentados del 11 de septiembre.

El via crucis de los países poscomunistas hacia la economía de mercado, pasando por el capitalismo salvaje, también da para reflexiones instructivas. Asimismo, en Europa está presente en toda su plenitud el problema de la inmigración con sus connotaciones racistas, y ya están levantándose los nuevos muros, las nuevas fronteras que se basan en la separación religiosa, social y étnica, en lugar de la política.

Cualquier especialista en el tema que se precie rechaza la interpretación así llamada historicista de los actuales conflictos del Este, enfoque que ha predominado en los medios de comunicación. Efectivamente, explicar las causas de la reciente limpieza étnica de los albaneses en Serbia por una derrota medieval en el Campo de los Mirlos, que es la traducción de Kosovo, sería, como mínimo, una simplificación. No por las infinitas heridas seculares se está sufriendo en los Balcanes, sino por las llagas del presente; cosas tan triviales como la falta de una democracia auténtica y de una clase media sólida y pudiente. Es obvio que más que las glorias del pasado, al caudillo serbio Milosevic le interesaban los honores y bienes del presente, pero para alcanzarlos necesitaba recurrir a un nacionalismo beligerante, nostálgico y victimista que en un país desvertebrado y empobrecido suele tener predicamento. Es así es como vuelven a aparecer los fantasmas del pasado.

Por otra parte, cuando se produjeron las escisiones de Checoslovaquia y Yugoslavia al principio de la década poscomunista, resultaba difícil no recordar que ambos países habían sido creaciones artificiales de los vencedores de la Primera Guerra Mundial sobre las ruinas del Imperio Austro-húngaro. Algo tendrá que ver también con la Historia que los cuatro primeros países candidatos para ingresar en la Comunidad Europea –Eslovenia, República Checa, Hungría y Polonia– pertenezcan a la esfera occidental y católica del hemisferio del Este. Además, los cuatro formaron parte del Imperio de los Habsburgo (aunque Polonia sólo en parte y por menos tiempo) y, con excepción de Eslovenia, siempre Habsburgo, habían constituido los reinados más duraderos y sólidos de Centroeuropa. En fin, algo común hay entre ellos.

Es cierto que por las mismas razones Croacia debería figurar en el club de los elegidos. Si no figura es porque las tradiciones tan sólo condicionan, predisponen y no significan un fatum. El éxito del presidente autoritario de Croacia y la desgracia de su país tiene que ver con esa otra guerra fracasada de Milosevic en contra suya, cuyos desastres patrióticos ayudaron a consolidarse en el poder a ambos dirigentes.

No se trata, entonces, de excusar el presente con el pasado, sino de buscar una perspectiva mayor desde donde los confusos y arbitrarios acontecimientos de la actualidad se presenten en una configuración histórica. Mirando de esta manera, se reconocen algunas constantes. Por ejemplo, la liberación de los pueblos del Este no como logro propio sino como algo que se les cayó encima desde el cielo soviético.

Casi todos los acontecimientos trascendentes de su historia, desde la evangelización hasta la instauración del difunto sistema marxista-leninista, vienen impuestos desde fuera y casi siempre se presentan en el marco de una rivalidad continental entre Oriente y Oeste. Este Oriente primero se llamaba Bizancio, luego Imperio otomano, ruso y, finalmente, Unión Soviética. El Oeste, aunque siempre germánico, se presentaba también bajo varios nombres para esos pueblos: Sacro Imperio Germánico Romano, Habsburgo, la monarquía Austro-húngara, que venía siendo el mismo imperio de los Austrias, y, finalmente el Tercer Reich. Ahora el Occidente del Este se llama Comunidad Europea, de la cual sigue siendo la presencia alemana lo que más directamente atañe a estos países.

No se puede comprender los problemas de estos pufferstaaten (países de choque), de esta Zwischeneuropa (Europa intermedia), como preferían llamarla los nazis, sin esa realidad o fatalidad geopolítica, que vino a ser también geo-cultural. El poeta polaco Czeslaw Milosz, quien nació en Vilnius y entre cuyos familiares se encuentran lituanos ilustres, decía que es oriundo de las tierras fronterizas de Roma y Bizancio, de los confines del catolicismo. El más sarcástico Gombrowicz resumió su pertenencia de la siguiente manera: “¿Qué es Polonia? Un país entre el Este y el Oeste donde Europa casi termina; un país de tránsito donde Este y Oeste se debilitan mutuamente”. Lo mismo vale para los otros países del hemisferio, incluida Rusia, debatiéndose eternamente entre su condición europea y asiática.

Está claro que el Este de Europa tenía una evolución distinta al resto del continente. Existen varias teorías al respecto. La mayoría de ellas parte de la idea de una bipolaridad, que supone un arquetipo occidental y otro oriental. Esto es lo que plantean todas las teorías basadas en las diferencias religiosas o étnicas, o aquéllas que originan ese dualismo desde las fronteras del Imperio romano o las del carolingio. Hay quien considera que la diferencia se debe a la radiación tardía del feudalismo original (esto es, occidental) a esta región. Otra tesis refuta la idea de la bipolaridad afirmando que la auténtica ruptura viene a partir de la aparición de la economía mundial europea en el siglo XVI, que divide el continente en un centro y en sus periferias, entre las cuales no figuraría sólo el hemisferio del Este sino, con el tiempo, también la península Ibérica. Tampoco faltan los que miden las diferencias según criterios culturales: la existencia del Renacimiento o de la Ilustración, por ejemplo; y hay quien establece un determinismo antropológico según las dominantes estructuras familiares de la época preindustrial, más comunitarias y autoritarias en algunos lugares, y más individualistas y liberales, en otros. En lo que explícita o implícitamente coinciden todas las teorías es en que a lo largo de más de mil años de convivencia ha habido un continuo desfase entre las dos mitades de Europa. En este sentido, pues, se sigue sin novedad en el frente.

Que ese desfase varía según los lugares y las épocas es un hecho importante que es preciso analizar en cada caso, pero para establecer una tipología continental tiene tan poca importancia como el reconocimiento de que Europa occidental no es uniforme ni siempre y en todas partes necesariamente desarrollada. Lo que cuenta aquí es que, para Europa Oriental, Occidente siempre ha sido una realidad externa, y naturalmente esa sensación de otredad es recíproca. En la praxis política, Occidente se ha encarnado principalmente en una vecindad germánica, por tanto, poco importaba si Irlanda, para poner un ejemplo, era tan poco europea como los países del Este. En todo el continente existen pueblos que pretenden ser más europeos que los otros. Durante algunos siglos Bohemia había pertenecido al Sacro Imperio Romano Germánico, incluso Praga llegó ser su rutilante capital. Estos gloriosos recuerdos no deberían hacer olvidar, sin embargo, que el resplandor capitalino fue tan sólo un hermoso instante; que el papel de Bohemia en el Sacro Imperio había sido más bien secundario; que su integración en el Imperio de los Habsburgo en el siglo XVI y la pérdida total de su independencia en el siguiente convirtieron en más que conflictiva su relación con ese Occidente al que pertenecía, reducida a la calidad de una provincia próspera, hasta el siglo XX, cuando, una vez recobrada la independencia por obra básicamente de la política anti-alemana y anti-austriaca de Francia, tuvo que someterse al dominio de la Alemania nazi, primero, y al soviético después. En argumentos de parecido índole se basa el carácter más europeo, esto es más occidental, de los húngaros, polacos o croatas.

El peligro de las tesis mitteleuropeistas consiste en que le otorga un valor de superioridad, un derecho de pertenencia a Occidente, a las diferencias geopolíticas, económicas y culturales que existen entre los países centroeuropeos y el resto del hemisferio Este. La idea de Milan Kundera acerca del rapto de Europa, según la cual su país fue arrebatado de Occidente por el asiático imperio ruso-soviético no convence porque, tal como señaló el poeta Yosif Brodsky en un ácido artículo, Rusia también fue raptada de Europa por el poder comunista que, por cierto, era una ideología de origen eminentemente occidental, y, por otra parte, no existe ningún argumento serio a favor de que Jaroslav Hašek o Karel Čapek fueran escritores más europeos, más presentes en la conciencia europea, que Tolstoi o Dostoievski.

Como valor y concepto Europa es una y caben en ella todas las contradictorias realidades que la han forjado. La distinción entre Occidente y Oriente, y luego entre los diferentes arquetipos subcontinentales no significa, o no debería, establecer ciudadanías de primera y segunda clase aun cuando esas diferencias realmente existan. Al contrario, sirve una mayor comprensión, que constituye al menos un punto de partida. A estos efectos hay que tipificar lo que lo que separa el Este del Oeste. Como primer elemento de diferenciación se ha mencionado el desfase.

Todos los pueblos de la Europa Oriental aparecen muy tarde en el escenario europeo, inclusive aquellos, los eslavos, por ejemplo, que presumiblemente habían estado siempre allí. De los pueblos que ahora conforman la Europa oriental no hablan las crónicas de la Antigüedad: Plinio no les dedica atención, Tácito los ignora. Se vuelven europeos con siglos de retraso y con la condición de pasar por el aro del cristianismo, el Fondo Monetario político-espiritual de la época, la única vía posible para entrar en el selecto club de los señores feudales. Además del considerable desfase (frente a los germanos y otros bárbaros cuya conversión se inicia desde finales del siglo V, la evangelización de los eslavos empieza en el siglo IX, la de los húngaros se realiza alrededor del año 1000 y la de los lituanos finaliza en el siglo XIII), desde ese primer encuentro con Europa los futuros pueblos del Este se topan con la necesidad de resignarse a lo que se les impone desde el exterior, aunque fuese con mediación de sus propios líderes. No es que la evangelización de los otros pueblos de Europa se haya realizado sin conflictos y sin consideraciones políticas. Pero cuando en el año 496 el rey franco Clodoveo acepta el bautizo de las manos del obispo de Reims, simplemente se acomoda a la realidad de sus tierras. El elemento extraño fueron él y sus tribus. Convertirse al cristianismo significó adaptarse a lo establecido, aprovechar las estructuras económicas y políticas más desarrolladas, la religión de la mayoría. En el caso de los nuevos pueblos que aparecen en los confines orientales del desaparecido imperio romano, ocurrió al revés: tenían que entregarse para ser adaptados. La diferencia estriba entre colonizar o ser colonizado. O bien, con un agravante social, entre los invasores que se convierten a la lengua de la mayoría local (caso de de los visigodos o de los búlgaros de origen turk) y los que convierten las masas autóctonas a su lengua (la colonización en América Latina, por ejemplo). El símil con América Latina, otro apéndice periférico de Occidente, adonde Europa fue exportada, es lícito y da para muchos paralelos, empezando, precisamente con el de su evangelización.

 

El eterno desencuentro

Vale la pena detenerse en este primer momento europeo de los actuales pueblos del Este, porque ya ahí se habían configurado algunos motivos recurrentes de su historia. En cuanto al retraso, todo avance, todo progreso llegó tarde, en caso de que llegase, desde el Renacimiento y la Ilustración hasta la industrialización o la democracia. Una vez más, existen diferencias que no cambian, sin embargo, la esencia. De Renacimiento y Humanismo, por ejemplo, podemos hablar en algunos países centroeuropeos, pero, con la excepción de Polonia, en todos fue un efímero fenómeno cortesano injertado en una realidad ajena. De la misma manera, donde habían llegado ecos de la Ilustración (a los Balcanes, bajo dominación turca, naturalmente no) parecían más el susurro de conspiración masónica que las voces de un movimiento intelectual. El extremo caso de una frustrada sublevación progresista contra el zar en 1825 ilustra de manera caricaturesca el problema: los soldados rasos implicados en la insurrección de los cadetes ilustrados tenían que jurar por la constitución todavía por redactar, por tanto, creían que iban a luchar por una princesa llamada Constitución.

Se puede añadir que en Bohemia sí que se formó una burguesía a lo occidental o que en el Romanticismo, por fin, toda Europa del Este se reconoció e hizo oír su propia voz mediante poetas absolutamente equiparables con los grandes románticos franceses, ingleses o alemanes. Pero más que matizar la afirmación de que al Este todo llegó tarde, es preciso resaltar su predicado. Llegó, es decir, no se generó, sino que vino desde fuera ya hecho y prefabricado. Y esto sería el segundo leit-motiv de esos pueblos, experiencia que no es ajena a otros.

Algunas ideas y corrientes llegaron como influencia; otras, como imposición. Una de ellas fue la misma religión. Y no sólo en su primera versión evangelizadora. Entre los pueblos de Europa del Este, con excepción del mundo ortodoxo, tuvo gran predicamento la Reforma, y nobleza y pueblo llano masivamente abrazaron la fe de Lutero o Calvino. Pero la Contrarreforma y sus jesuitas pudieron más. Y donde no, las armas de los Habsburgo restablecieron la fe de Roma. Las imposiciones se suceden hasta la instauración del sistema comunista e, incluso, hasta hoy, salvo si se consideran los dictámenes del Fondo Monetario Internacional como una mera invitación a un fastuoso baile comunitario.

La implantación de las nuevas ideas y corrientes artísticas fue dificultosa también en Occidente, hemisferio que asimismo conoce perfectamente las imposiciones de todo orden. Sin embargo, existe una gran diferencia. Todas esas novedades fueron bien generadas allí, bien implantadas en una realidad madura para recibirlas. Cuando el Renacimiento, por ejemplo, llega a los Países Bajos, se transforma, se adapta y se hace propio. Aunque oriental, el mismo cristianismo se propaga como consecuencia de un proceso evolutivo interno. Lo mismo se puede decir de las transformaciones sociales. Frente al tradicional inmovilismo de las sociedades orientales, Occidente permanentemente evoluciona, aunque sea con retrocesos y desviaciones. Las diferentes luchas de emancipación y liberación se presentan asimismo como logros propios. En cambio, las liberaciones de los pueblos del Este, aunque lucharan con más valentía y sacrificio que otros, casi nunca han sido mérito propio. Los tártaros se retiraron. Los turcos fueron expulsados por los Habsburgo o por los rusos, depende del caso. Polonia, Bohemia, Croacia, Eslovenia o Eslovaquia consiguen la independencia gracias a un cataclismo universal y las maquinaciones de las potencias vencedoras. Europa del Este se libera de los nazis gracias a los soviéticos; y de éstos, gracias al derrumbe de su imperio. Todo esto tiene su debida explicación, pero lo que viene al caso aquí es que muy pocas veces estos pueblos han tomado las riendas de su destino, y cuando sí, fracasaron en el intento.

Es llamativo también que Europa occidental no conozca invasiones desde la entrada de los árabes en la península Ibérica y la retirada de los vikingos de sus costas atlánticas. En el más difuso y abierto hemisferio oriental, en cambio, las invasiones se sucedían hasta anteayer. Pero no es la casi permanente dominación externa lo que interesa aquí, sino la destrucción que conllevaba, la constante necesidad de volver a empezar desde cero, de replantear todo, de ver censurados o aniquilados los valores en que se basaba su identidad. Con el cristianismo no sólo se sustituyen a los dioses paganos, sino que se erradican también las estructuras sociales de las tribus. Éste será el tercer leit-motiv de su historia.

En el último siglo y medio, por ejemplo, cada generación de Europa central tenía que construir una nueva identidad, forjar una nueva conciencia, adaptarse a un nuevo orden. La generación de las revoluciones de 1848 había vivido con el espíritu de una especie de romanticismo político, una fe inquebrantable en los valores nacionales y una moral de resistencia. Resignada a la imposibilidad de lograr la libertad por las armas, la siguiente generación se vio en la necesidad de elaborar otros valores: en lugar de héroes revolucionarios, escogieron ser pragmáticos reformadores; constantes, en vez de valientes; más que doblegar al poderoso enemigo ruso o austriaco, según el caso, preferían colaborar con él; despreciaron el pasado glorioso que había sido la estrella que guiaba a sus antecesores; dejaron de sentirse mártires y elegidos para ser obreros laboriosos y realistas de un futuro mejor; querían construir y educar, no guiar y predicar, elevar su nación, en lugar de resucitarla. Fue la época del positivismo polaco, del austroeslavismo checo y del compromiso húngaro a finales del siglo XIX.

Sin embargo, inesperadamente, a la siguiente generación le tocó en suerte conocer la independencia inesperada como premio por los horrores de la Primera Guerra Mundial y por apoyar a los vencedores (o mejor, ser enemigo de los vencidos austrohúngaros y alemanes, a su vez enemigos de los ganadores), y, pronto tuvieron que comprender que liberación no se traduce automáticamente en libertad y mucho menos en bienestar. Igual que en el presente, no es que predominara una nostalgia por el pasado, pero se acusaba una decepción y, a veces, un deterioro. En cualquier caso, fue un nuevo orden, otro volver a empezar, que se repitió de manera brutal con la ocupación nazi. La vida de la siguiente generación estuvo marcada por la memoria del fascismo y la implantación del comunismo, que significó mucho más que un cambio político radical. Ninguna experiencia ni valor anterior servía en ese mundo nuevo. Pero los hijos de los que se formaron en el socialismo real pertenecen ya a un mundo poscomunista y no sabrían qué hacer con las vivencias e ideales de sus padres aun en el caso de que les interesara.

El hemisferio occidental también ha conocido terribles vicisitudes durante el mismo período, pero en ningún lugar se puede encontrar algo parecido a un checo, por ejemplo, de la generación de Bohumil Hrabal, quien había tenido seis nacionalidades diferentes sin moverse jamás de su país. Y este contexto ofrece otras constantes fundamentales.

 

La nueva conversión

Dentro de la llamada vía oriental, sea bipolar o periférica, existen dos grandes arquetipos, dos identidades supranacionales: la cristiandad occidental o católica, representada por Roma, y la oriental u ortodoxa, liderada primero por Bizancio y, después de la caída de éste en 1453, por Moscú. Aunque el cisma oficialmente se produce en el siglo XI, la confrontación entre las dos iglesias es muy anterior y corresponde más a conflictos de intereses que a diferencias teológicas. La rivalidad ya había existido en los tiempos de la evangelización de los pueblos del Este. Merece la pena evocar el momento. En el siglo IX se había formado en la cuenca de los Cárpatos (esto es, en el actual territorio de Eslovaquia, Hungría, Croacia y la franja norteña de Serbia) un principado eslavo llamado Gran Moravia, cuya conversión habían disputado Roma y la iglesia ortodoxa. Traducido a términos políticos esto quiere decir que los poderosos vecinos del principado eslavo decidieron extender su zona influencia a su territorio y los moravos tenían que elegir, so pretexto de una u otra vía de evangelización, entre Bizancio y los germanos. El príncipe de los moravos, un tal Ratislav, finalmente se inclinó hacia el más lejano Bizancio, que en el 863 le envió una misión evangelizadora dirigida por Cirlio y Metodio, dos hermanos de Salonika que no sólo hablaban eslavo, sino que habían preparado un alfabeto especial para esos pueblos. La operación, que pasó a la historia como la misión eslava, tuvo una extraordinaria importancia cultural para los eslavos que, a diferencia de los fieles de Occidente, podían escuchar y leer los textos sagrados en una lengua que entendían. Lo que perdura de todo esto, sin embargo, no es el florecimiento cultural de algunos siglos que se extendía también a Bulgaria, Serbia y Rusia, sino la inevitabilidad de vivir entre dos imperios, sin que existiera siempre la opción de elegir el mal menor. La Gran Moravia sucumbió unas décadas después con la invasión de las tribus magiares, que un siglo más tarde se encontraron ante el mismo dilema, eligiendo la vía romana y, con ella, la protección germana. Muy pronto la realidad geopolítica se impuso también en la religión de los eslavos. Los pueblos limítrofes con los alemanes (los checos, los croatas y polacos) pasaron al lado de Roma, y los del Sur se mantenían en su fe ortodoxa.

Son conocidos los pasos y consecuencias de esa rivalidad entre Oriente y Occidente a costa de los pueblos que están en medio. Baste constatar que la expansión del comunismo significó la supremacía de un imperio oriental en la región, mientras que la caída del Muro de Berlín supone el aumento de influencia de Occidente. Visto así, los acontecimientos actuales en el Este no sólo se insertan en un esquema milenario, sino que nos llevan al meollo del debate actual sobre el poscomunismo. La ansiada libertad causó decepción en la mayoría de los ciudadanos del Este y también muchos comentaristas occidentales miran con franca hostilidad los traspiés de estos países hacia la democracia y una economía de mercado. Tal vez porque este proceso carece de causa en el sentido del que nos tenían acostumbrados las grandes causas de la Modernidad. Nadie está dispuesto morir por implantar la economía de mercado; la creación de una clase media no reúne masas a quien arengar, la reconversión industrial no es un ideal al que consagrarse y, con excepción de las portavoces de los gobiernos, nadie hace agitación y propaganda por la aplicación de un tratamiento de choque económico. En fin, los grandes desafíos del poscomunismo no tranquilizan la mala conciencia, no hacen sentirse más noble y no otorgan título de resistente. Las consecuencias más visibles de esta transición, en cambio, son feas y fáciles de desenmascarar. He aquí donde la vieja guardia izquierdista de Occidente encuentra una plataforma común con la nueva demagogia populista y nacionalista del Este: atacar ese capitalismo salvaje, ese mercantilismo voraz y sin ideales.

La historia reciente de los países del Este da mucho por lo que preocuparse y las democracias occidentales mucho que criticar, pero cuestionar todo lo que ha ocurrido a partir de la caída del Muro, además de injusto y falso, es profundamente demagógico. Es la postura del chaman de una de esas tribus de Europa oriental que se rebela contra la imposición de la fe cristiana. Y, a lo mejor, con razón (me refiero al chaman, y no al intelectual que despotrica indiscriminadamente contra la conversión a la fe capitalista), ya que es probable que el paganismo tribal ofreciera más libertad y una vida más llevadera que el feudalismo cristiano. No se puede decir lo mismo de los regímenes comunistas que no tienen nada que salvar ni en el sentido práctico ni en el teológico. Y es necesario insistir en ello porque la relativización de lo que radicalmente está mal puede conducir al reconocimiento de la calidad y utilidad de las autopistas de Hitler o su buena gestión en el recorte del paro. Pero incluso si hubiera algo que rescatar del comunismo, que no es el caso, no es ésta la cuestión. Tal como las tribus paganas del Este en su día, las naciones ex comunistas no tienen otra opción que, mal o menos mal, adaptarse a los tiempos, que esta vez requieren una transformación capitalista. Todos aquellos que ven en esa conversión sólo el triunfo del pensamiento único, ¿se irritaban, o se irritarían, también ante la victoria de la Verdad Absoluta cuando ésta se vestía de marxista-leninista? Los que fustigan las drásticas reformas neoliberales y las terapias de choque al más repugnante estilo de la escuela de Chicago ¿pretenden, tal vez, que se mantuviese lo que acababa de colapsar? ¿Cambiar todo para que todo siga igual? ¿O preferirían una tercera vía? ¿Algo intermedio entre el sistema comunista y el capitalismo? Lo que más se parecería a ese mutante fue la Serbia de Milosevic; sin duda, un ejemplo a seguir.

Es hora de enfrentarse con el incómodo hecho de que el altísimo coste social de dichas reformas resulta mucho más bajo que su no aplicación. La nueva conversión de los países del hemisferio oriental de Europa no es solamente una ineludible necesidad, sino también una oportunidad: el imperativo menos agresivo y la oportunidad más grande en la historia de estos pueblos.

Se puede oponer a esta idea moderadamente optimista que dicha oportunidad no es sino un paso más en un largo, un interminable camino circular (o, si se prefiere, espiral), que es la historia del Eterno Retorno, la encarnación histórica de la parábola de Zenón de Elea sobre la perpetua carrera de Aquiles y la torpe tortuga a quien, sin embargo, nunca alcanzará el veloz héroe. Integrarse en Europa, la Europa próspera, comunitaria e inevitablemente occidental, sería entonces, un desafío de Sísifo, pero de un Sísifo dichoso, como quería Camus. Porque, a diferencia de la caída del muro y otros decisivos acontecimientos históricos, los frágiles resultados y los timoratos logros de esa maldecida década poscomunista decididamente son méritos propios de esos pueblos. La función de Occidente en este difícil proceso debería ser la misma que en el caso de los países miembros de la Comunidad Europea y sus propios ciudadanos: procurar darles las mismas oportunidades y compensar sus diferencias. Pero los pueblos del Este no son sus conciudadanos y, con la excepción de algunos, posiblemente nunca lo serán. Queda entonces la posibilidad de una cooperación constructiva, de la que depende tanto la supervivencia de las incipientes democracias poscomunistas como la estabilidad de Europa Occidental. Parafraseando a Gombrowicz, queda entonces el desafío de que Este y Oeste, en lugar de debilitarse mutuamente, se refuercen. Sería un modelo a seguir también en relación con otros continentes.

 

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