Suicidios ejemplares

(Lateral, nº 82, octubre de 2001)

A partir de las acciones kamikazes contra Estados Unidos, el autor sobre el impulso suicida de una parte de la intelligentsia occidental. Se trata de un mal que se manifiesta desde hace más de dos siglos, y que ahora, en la posmodernidad, se ha globalizado y ha sufrido algunas mutaciones. 

De las Torres Gemelas prefiero no opinar” ­dijo la ejecutiva cincuentona con una sonrisita coqueta y abriendo las manos en señal de lo siento, pero esto es lo que hay­, “ya sabéis que siempre he sido pro-palestina.” Lo que venía a transmitir la no-opinión de la opulenta ex comunista catalana era que ­en nombre de una causa que le parecía justa­ veía razonable un asesinato de masas y la destrucción parcial de la ciudad a la cual solía realizar peregrinaciones de carácter marcadamente consumista.

El poeta francés, en cambio, no llegó tan lejos como para establecer una relación causa-efecto directa entre el conflicto palestino-ísraelí y los atentados contra Estados Unidos. Tal paralelismo incluso al autor intelectual y financiero de los sangrientos acontecimientos se le ocurrió sólo a posteriori. Hasta hace poco, Bin Laden no mostraba demasidado interés por esa causa abanderada por un movimiento con cierta proclividad a aplastar con sangre, fuego y maña a sus rivales islamistas.

Pero a mi amigo francés, el poeta, no se le puede impresionar con argumentos tan efímeros y politizados. Él encontró satisfacción en los atentados por razones mucho más poéticas, añadiendo, faltaría más, que se trataba de algo horrendo.. Lo que pasa es que le fascinó la contundencia y simplicidad del ataque contra el poder supremo. Basta comparar, me decía, el agresivo nerviosismo del presidente Bush y la belleza de los calmados gestos de Bin Laden tomando té, para ver la diferencia entre las dos civilizaciones…

El psicoanalista y el filólogo

Había también alegrías más modositas y reproches más prosaicos. Según un psicoanalista argentino y judío, y perdonen la redundancia, la madre de todas las batallas musulmanas no es ya una u otra política israelí hacia los palestinos o la supuesta complicidad pro-judía de los EEUU, sino directamente “la anomalía que supone el Estado de Israel”. Hoy en día ya ni Arafat se atrevería a afirmar una cosa así, al menos no públicamente. En lugar de servirse de las sugerencias que ofrece su oficio (“Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” de Freud o Caín, violador de la ley de Szondi, pongamos), mi amigo psicoanalista recurre a la consabida retórica de las buenas conciencias occidentales, y ve las convulsiones del mundo islámico (incluida la invasión de Kuwait por Irak) como manifestaciones comprensibles y, hasta cierto punto, legítimas de una grandísima verdad, en cualquier caso, de una verdad mayor que la que representa el egoista y desalmado Occidente.

Más audaz resultó la declaración pública del brillante germanista, para quien los kamikazes de Bin Laden son mártires con causa frente a los estadounidenses que no serían capaces de dar la vida por nada… Más allá del detalle que había por ahí algún que otro bombero y policia neoyorquino que sacrificó su vida, la aseveración del conocido filólogo coloca en superioridad moral a cualquier asesino con causas politicas, religiosas o raciales (incluido al matón etarra) en relación con sus víctimas.

Llevo semanas escuchando estas justificaciones y originalidades, las primeras con las ruinas de las Twin Towers todavía echando humo y apenas empezado el rescate de los casi seis mil muertos. En realidad son años y décadas que se escuchan estas cosas a propósito de las Causas de turno: la URSS, la guerra de Vitenam, el foquismo del Ché ­precursor laíco del Santo Laden­, la Revolución Cubana, la guerra de Irak contra Kuwait, la Intifada, la intervención (o no) de Occidente en los Balcanes, en África, en donde sea… En realidad hay poca diferencia entre los discursos actuales y anteriores, lo que pasa es que en las causas de antaño era posible creer, aunque sea por error, falta de información o necesidad ética. En Bin Laden y su misión de administrar personalmente la venganza divina no creen ni los talibanes que ahora, por su culpa, perderán el poder. ¿Qué ocurre, entonces? ¿Por qué lo defienden implícitamente tantos intelectuales occidentales?

Todos mis personajes (y los cientos de miles que comparten sus ideas) pertenecen, activa o residualmente, al ámbito de la Izquierda. Esto no quiere decir que desde el lado derecho no se oyen barbaridades. Hay quien exige arrasar a los musulmanes, árabes o lo que haga falta. Otros ­como Oriana Fallacci, hasta hace poco heroína de todas las bellas almas europeas­ ofrecen clases magistrales sobre la superioridad cultural de Occidente, demostrando con argumentos imbatibles que, frente al yermo intelectual-artístico de las masas islámicas, el campesinado occidental tiene a su servicio a Dante, Stockhausen y los presocráticos. Lo que pasa es que no son éstas las voces que dominan los medios de comunicación en un momento en que hasta los gobernantes hablan de replanteamientos políticos y económicos a escala global.

De todos modos, no son esas voces trasnochadas reclamando una cruzada occidental las que interesan intelectualmente. Que yo sepa, no es la Derecha, perenne, que necesitaba reinventarse y reubicarse después del derrumbe del imperio soviético. Una asignatura que sigue pendiente. Por eso es posible que el izquierdista que justifica el terrorismo islámico y ­al mismo tiempo, con una dialéctica envidiable­ culpa de él aquellos que lo sufren, coincide en sus posturas únicamente con la extrema derecha.

Por otra parte, llama la atención la manifiesta levedad de las citadas opiniones sobre asuntos tan graves. Las causas posmodernas de Occidente no piden sacrificio o consagración a sus acólitos. Las guerras ideológicas, igual que las verdaderas, se han profesionalizado. Comandos antiglobalizadores recorren el planeta en representación de las malas conciencias del Primer Mundo, que sólo piden una cosa a cambio de su apoyo moral y verbal: que no se les pida nada más.

Esa delegación de la responsabilidad individual favorece las causas lejanas y enrevesadas hasta la incomprensión. En mis círculos, por ejemplo, preocupa bastante más el conflicto palestino-israelí que el terrorismo de ETA, que es un asunto mucho más claro y tiene la (des)gracia de que se puede hacer algo para aliviarlo, aunque sea tan poca cosa como no votar partidos que indirectamente lo sostienen, no frecuentar establecimientos donde expongan su proganda o no consentir ­en charlas privadas­ su justificación o apología.

Existe otro rasgo que comparten mis personajes: todos son potenciales víctimas del fundamentalismo islámico que de alguna manera respaldan, la mayoría de ellos, incluso, por cargos acumulados: la ejecutiva por fumadora, bebedora, ser una mujer independiente y tener (o, más bien, haber tenido) amantes; el poeta por librepensador y anarquista; el psicoanalista por judío y, tal vez, por psicoanalista; el germanista por homosexual, y todos ellos por ser impíos, ateos y de izquierdas.

Eso de defender a tu futuro verdugo, exigirle libertades y derechos, al tiempo de repudiar con saña los poderes y las instituciones que mal o bien (más bien mal) te representan es una exclusividad de la civilización judeocristiana. Se trata de una tradición noble, pero algo costosa en cuanto a vidas humanas se refiere. Hay una sola cosa que resulta más vigorosa todavía que el instinto suicida de nuestra intelligentsia: su rencor antioccidental. Que quede claro: no propongo renunciar a la crítica del sistema, ni siquiera censuro la ambición de su mismísima sustitución. Sólo sugiero no hacerlo en nombre de algo que sabemos que es mucho peor. Y que no se respalde ese algo. Pero esto es lo que está ocurriendo. A la proverbial pregunta de Kavafis sobre qué haremos sin los bárbaros, ya tenemos la respuesta: no hay que preocuparse; no sólo los hemos reinventado, sino que ya estamos preparados para volver a ofrecernos a ellos en sacrificio.

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Filed under Közélet, Politika, Publicisztika, Web

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