Celebraciones bélicas

 

(Lateral, nº 82, octubre de 2001)

 

Sobre los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono se ha dicho todo. Tal vez demasiado. Pero este artículo se refiere a algunos aspectos menos tratados, como una soterrada satisfacción en ciertos medios de opinión occidentales, y el desconocimiento del verdadero alcance mediático del primer espectáculo bélico del siglo XXI.

 

Si le hacemos caso a los titulares y los e-mails colectivos de protesta, dentro de unos días aquí habrá una buena guerra, a lo mejor, incluso, directamente la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, en la calle no se percibe la más mínima señal de una psicosis bélica. Por mucho menos, mi abuela empezó a acaparar harina y azúcar.

Escribo estas líneas la víspera de que este número entre en imprenta (el viernes, 22 de septiembre de 2001) y mi opinión se hará pública cuando la guerra habrá estallado o, en su falta, ya se estarán anunciando nuevas catástrofes. Es que últimamente resulta difícil concentrarse en un solo desastre y mantener la sensibilidad ante lo que ocurrió anteayer. La transmisión en directo de acontecimientos del calibre del derrumbamiento de la torre de Babel o la destrucción de las ciudades gemelas de Sodoma y Gomorra no se olvida fácilmente, pero me pregunto si de aquí a un mes serán todavía publicables aquellas reflexiones sobre esta tragedia que no han cabido en el presente número.

¿Quién habla hoy de aquel congreso, por ejemplo, donde –hace apenas quince días– más de tres mil organizaciones sociales y humanitarias del mundo se pusieran de acuerdo en los decisivos asuntos de cómo mejorar el mundo (básicamente dos: reclamar una compensación dineraria a los países europeos por la esclavitud pretérita y señalar a Israel como el país racista en el planeta tierra), mientras buques fantasmas plegados de cientos de esclavos contemporáneos recorrían los mares sin que haya un solo país, rico o pobre, que les ofreciera cobijo? Y eso, cuando no fueran directamente arrojados al mar.

 

Globalizar el complejo edípico

Por otra parte, ni la mala memoria ni la aceleración están reñidas con la posibilidad de una guerra que carece de sentido tanto política como militarmente y tampoco tiene motivaciones económicas de peso. Perversamente, nunca desde su victoria sobre el fascismo, Estados Unidos ha tenido tan óptima imagen en el mundo como ahora, gracias al atentado. Una operación militar convertiría la víctima (un papel inusual para ese país) en verdugo, que para muchos es su rol natural.

Tampoco se justifica una respuesta militar a una acción de ámbito policial por más espectacular y sangrienta que ésta fuera. Es posible que los atentados contra las Twin Towers y el Pentágono sirvan de pretexto para imponer medidas de seguridad extremas (un chip de PIN incorporado en nuestro organismo, pongamos), pero parece poco probable que empiece una época en que cada acción terrorista se responda con un bombardeo.

Con tantas razones más que razonables confiemos en que no habrá guerra o, como mucho, sólo una acción-Rambo envuelta en una cortina de humo militar. Pero todo depende de quién manda realmente en Washington. Si fuera Bush-hijo, todo sería posible. Las fotografías del padre durante la Guerra del Golfo, en compañía de sus dos principales consejeros, y las del hijo ahora, con los mismos hombres como su propio vicepresidente y ministro de exteriores, respectivamente, sugieren una extraña y peligrosa versión del complejo edípico, consistente en globalizar el impulso de matar al padre.

Dicho esto y, espero, satisfechas todas las nobles almas que prefieren la paz a la guerra, la vida a la muerte, la sonrisa al puñetazo, la fragancia a la peste.., aprovecho la oportunidad para expresar mi extrañeza por cierto carácter festivo que ha acompañado uno de los acontecimientos más graves de los últimos tiempos.

Para empezar, su presentación tuvo algo  de un grandioso espectáculo macabro y fascinante. Y de veras fue como una de esas películas catastrofistas con efectos especiales que uno tanto detesta. Hasta ahora nuestra cotidianidad ha ido pareciéndose cada vez más a una americanada. A partir de ahora, también nuestras tragedias colectivas. Los escenarios conocidísimos (sobre todo el futurista perfil de Manhattan transformada en una anublada visión apocalíptica) y la hipnótica repetición del impacto del avión en el rascacielos ya ardiente y el hundimiento de las dos torres como castillos de naipe reforzaba esta sensación de ficción. Uno de los pocos elementos que indicaban que se trataba de algo real fue el recurrente aviso de que el partido del Real Madrid se podría ver en otro canal.

Era como estar en un cine donde en principio uno no quería ir pero que luego ya no podía abandonar. Lo que pasa es que en el caso del cine uno más o menos sabe lo que va a ver. Resultó especialmente desconcertante esta falta de conocimiento previo. Todo el mundo contaba lo visto desde esta óptica: yo no sabía nada…

Para no aumentar el pánico, la transmisión televisiva y, luego, los fotorreportajes evitaban mostrar los horrores auténticos, la sangre, las mutilaciones, los cadáveres. Todo ha sido estéticamente terrible.

 

¿Se lo buscaron?

Tal vez por estas mismas características, el letal atentado ha causado mayor impresión y perplejidad que auténtica conmoción solidaria. Llama la atención cuánta gente aprovechó el trágico momento para dar rienda suelta a su antiamericanismo. No me refiero a los extremos: fundamentalistas religiosos, izquierdistas, derechistas o nacionalistas radicales de cualquier país que más o menos abiertamente se congratularon de que Estados Unidos haya recibido su merecido, sino a gente moderada que empezó con los peros que tan bien conocemos en relación con los asesinatos de ETA.

Que Estados Unidos tiene que repensar su papel, cambiar su política exterior, reflexionar sobre… En fin, lo que en el fondo quieren decir estas opiniones es que Estados Unidos se lo buscó. Y ésta es una falacia. Primero porque no es el momento. Esperen con las lecciones de política exterior y justicia social al menos el recuento de los cadáveres. Segundo porque estas opiniones relativizan y, de algún modo, justifican la barbarie terrorista. Finalmente, porque es un error pensar que se puede quedar bien con los terroristas sin renunciar a principios democráticos. Ningún demócrata aspire a conquistar el corazón de Hitler.

En cuanto a repensar el mundo, repartir la riqueza de manera justa, cambiar las relaciones entre países ricos y países pobres, claro que es una tarea prioritaria, pero no sólo para Estados Unidos y ni siquiera  para los países desarrollados. La decepcionante experiencia del Congreso contra el Racismo sirve de buen ejemplo como oportunidad desaprovechada. Pero en este extraño momento entre una tragedia real y una guerra posible creo que haría falta abandonar momentáneamente las abstracciones políticas y los prejuicios ideológicos, y procurar pensar en concreto. Y en este momento no hay nada más concreto que las víctimas. Y la verdad es que no entiendo cómo no sentir piedad por ellas.

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Filed under Közélet, Politika, Publicisztika, Web

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