La nueva clandestinidad

Conquista de espacios para una opinión pública

Lateral 79-80, julio-agosto 2001

 

 

El autor de este artículo ha detectado un extraño fenómeno

mediático-cultural que se está gestando en la más estricta

clandestinidad. Siguiendo la pista subterránea, que aquí por fin

se hace pública, le pareció detectar una clave de nuestra época:

la insoportable levedad de poder decirlo todo o, al revés, la

melancólica gravedad de no poder decir nada que valga la pena

 

Primero fue una fotocopia que me pasó un amigo al enterarse de que todavía no conocía su contenido. “Tienes que leértelo”, me dijo mirándome fijamente en los ojos, como intentando sacarme una promesa que en ningún momento me negaba a cumplir. Luego empezaron a llegar los correos electrónicos. El mismo texto de la fotocopia, sólo el tono de su recomendación variaba. Un conocido crítico literario (a quien, sin embargo, yo no tenía el gusto de conocerle, al menos personalmente) se lo envió radiante y jocoso a los componentes de un selecto mail box puestos a los ojos de los receptores, al que, para mi sorpresa, yo también pertenecía. No fue nada personal, pues; tan sólo proselitismo. Unipersonal fue, en cambio, la cálida recomendación de una amiga madrileña quien me lo presentó directamente como una revelación que necesitaba compartir conmigo.

Para entonces se multiplicaron los envíos y entregas, circulaba por doquier la subversiva información y pronto ya no hacía falta siquiera materializar el reparto. Bastaba intercambiar sonrisas cómplices, constatar el conocimiento mutuo. ¿Lo has leído?, era la contraseña, que no hacía falta completar porque todos lo habíamos leído y todos contribuimos (por activa o por pasiva) a su propagación. A todas luces, un nuevo credo estaba germinando, una nueva alianza estaba a punto de nacer. Por razones obvias, todavía en la más estricta clandestinidad.

 

El secreto de la Buena Nueva

Pero ¿cuál era, exactamente, la Buena Nueva que anunciaba dicho texto?, ¿quién era su profeta? y ¿qué terribles y/o consoladoras verdades predicaba? Me temo que nunca lo adivinaríais, apacible lector, sin aportaros un dato muy especial: ese documento de amplia circulación subterránea

había aparecido originariamente en el diario de mayor tiraje de España. Conociendo este detalle, la secreta trama se revela por sí misma: se trata del artículo de Juan Goytisolo “Vamos a menos”, publicado hace algunos meses en El País, en el que el veterano escritor nacido en Barcelona y afincado en Marrakesh venía a afirmar que la vida cultural española está podrida, reina en ella el amiguismo y la codicia, que es venal y mediocre, y cosas por el estilo. Como mayor novedad y extremo atrevimiento, Goytisolo criticaba también Babelia, el influyente suplemento cultural del mismo periódico en que salió su artículo, de servir de plataforma de promoción de las también influyentes editoriales del Grupo al que pertenece.

Total, el artículo de vibrante trayectoria underground no decía nada que no supiera todo el mundo, o mejor, mundillo, ya que de estas cosas el público ni se entera ni le importa. La única discrepancia que suele suscitar la salud de la cultura española es acerca de si cojea del pie izquierdo o derecho. Pero esta diferencia no necesariamente tiene una lectura política. En este asunto basta y sobra lo personal.

Dicho consenso de fondo se refleja en una de las contadas reacciones públicas al artículo de Goytisolo, en la que el joven Benjamín Prado no encontró otra manera de rebatir las agrias afirmaciones del viejo maestro que, por una parte, relativizar su gravedad (diciendo, más o menos, que en todas partes y todos los tiempos cuecen habas, y hasta compilaba una lista, algo inexacta, para demostrar su atrevida afirmación) y, por otra, señalar oportunamente que Goytisolo es también muy amigo de sus amigos Carlos Fuentes y Julián Ríos. Prado tiene toda la razón del mundo, e incluso del mundillo: la mediocracia, la venalidad, el amiguismo no es ninguna exclusividad de nuestros tiempos. Pero se le escapa ese detalle propio y particular que hace único e irrepetible la corrupción cultural de cada época y lugar, y que en nuestro caso, sospecho, se manifiesta en el factor clandestino.

Que un texto público, retransmitido y remunerado requiera y genere un destino clandestino en una sociedad en que la palabra libertad es la más frecuentemente usada después de joder y hostia, es un fenómeno tan propio de nuestros tiempos y lares como la visión de todo tipo de individuos esparcidos en lugares públicos tapando una oreja y hablando y gesticulando solos.

No se crea que estoy magnificando un caso aislado. Desde que en el último número de Lateral saliera un artículo inusualmente crítico con Antonio Muñoz Molina, apenas podemos con las felicitaciones y las muestras de solidaridad. He recibido tantas palmadas que me salió un moretón en el hombro y un editor madrileño, incluso, aseguró perdonarme todo como reconocimiento por la inmensa valentía de dar espacio a un texto adverso a Muñoz Molina dentro de un dossier más que elogioso.

Yo no sabía que había tanta gente odiando a Muñoz Molina, puesto que ese rencor pertenece al ámbito clandestino. Así se entiende por qué nadie me haya felicitado por el resto del dossier, que insiste en los méritos del autor, y por qué nos hayan llegado únicamente apologías y defensas con fines de publicación.

 

Honores morales y económicos.

El asunto de la nueva clandestinidad resulta tanto más formidable cuanto uno de los fenómenos más novedosos de las democracias posmodernas es que no sólo encajan generosamente cualquier embestida crítica, sino que, incluso, la alientan, creando así una élite intelectual que vive de fustigar el sistema. Por lo mismo que en cualquier época anterior se encontraba uno en una celda mal iluminada, en la hoguera, en el paredón o, en el mejor de los casos, en el exilio, ahora es una celebridad con los máximos honores morales y económicos. Y da lo mismo que si su denuncia es honesta o hipócrita, lúcida o moralizante si procede de una atoridad intelectual que cotiza en el mercado.

El artículo de Goytisolo, de la variante honesta y lúcida, tampoco es ninguna excepción de esta regla, pero ¿cómo se explica, entonces, su dimensión clandestina, ciertamente no prevista por el autor? ¿En qué quedamos, pues, existe una libertad sin riberas o padecemos de una nueva forma de censura que obliga expresar todo referente a lo público sólo en privado?

Además de la perenne ley de quod licet Iovi, non licet bovi (o sea, no vas a pretender que te permitan lo mismo que a Goytisolo), se trata, como siempre, de una cuestión de poder. La impunidad en atacar a gobiernos, partidos, instituciones, personajes públicos, acciones internacionales o medidas económicas no es sólo un signo de libertad, sino de que el blanco de las denuncias no representa un auténtico poder o, en cualquier caso, representa un poder rival. Fíjense qué poco critican nuestros intelectuales a los grupos mediáticos (con excepción de si trabaja para la competencia), los holdings editoriales, las entidades financieras concretas o su política de fundación.

Llegando a este punto, el misterio de la clandestinidad democrática resulta diáfana: público es por lo que hay demanda en el mercado y (por tanto) no hace ni cosquillas al poder; clandestino e invisible queda lo que no se cotiza y lo que no se atreve. Pero como en ninguno de los dos casos pasa nada, ruego no multiplicar de manera ilegal este volante.

 

 

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Filed under Irodalom, Közélet, Kritika, Kultúra, Web

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