Renuncia definitiva a Inglaterra

(Lateral, nº 84, diciembre de 2001)

Una pequeña noticia periodística obliga al autor a renunciar a un viejo sueño. La crónica de erráticos viajes en la época de la Guerra Fría se mezcla en este artículo con realidades de nuestra guerra caliente. ¿Quién se acuerda ya de cómo se viajaba desde un país comunista a Occidente? ¿Qué tiene que ver ese pasado con los inmigrantes de hoy y los terroristas de ayer?

 

Ya sé que nadie me ha preguntado sobre mis intenciones de viaje y que mi declaración no causará alarma social, pero el sentido del deber y la firme convicción de que mi mensaje tiene cierto interés público me obliga a declarar por la presente que renuncio, de manera inapelable e irrevocable, a ir a Inglaterra. La verdad es que no tenía previsto visitar dicho país en los próximos diez años, ni tampoco figuraba en mis itinerarios internacionales en los últimos diez. Mas algunas veces hay que saber tomar decisiones definitivas que, a mis cincuenta y un años, ni siquiera se puede considerarlas de largo plazo.

Seguramente habrá algún que otro lector que se preguntará por las razones de mi decisión de trascendencia internacional. ¿No me gusta, quizás, la lengua inglesa? Negativo. El idioma inglés me encanta y, a pesar de los pesares, seguiré cantando She loves you, yee, yee, yee bajo la ducha. ¿No me gusta, entonces, la nebulosa Albión, patria de Shakespeare, Churchill y John Lennon? Pues, no sé qué decirles, ya que nunca he puesto mis pies en el suelo de Gran Bretaña, por tanto, no puedo ni debo opinar. Ahora bien, si por casualidad uds. me preguntaran que cómo es posible que a lo largo de una vida dilatada nunca haya sentido la tentación de visitar dicho país, debería confesarles que no sólo que la había sentido sino que varias veces, incluso, había intentado ir allí. Lo que pasa es que no tuve éxito.

¿Dónde vamos a ir a parar?

Todo esto viene a colación por una inquietante noticia que salió el 4 de octubre, apenas estrenadas las dos nuevas guerras: la de por bombardeo en Afganistán y la de por correspondencia en Estados Unidos. Según esa noticia “los sospechosos de terrorismo no podrán pedir asilo en el Reino Unido”.

No soy un activista político, pero estas noticias me preocupan. Ya se sabe cómo va eso: primero se le niega el asilo a los terroristas y luego se negará el terrorismo a los asilos. Pero ¿dónde vamos a ir a parar? No podemos permanecer mudos ante semejantes restricciones que, en definitiva, nos restringen a nosotros. Recuerden el poema correspondiente de Brecht: empiezan a ir por los terroristas pero terminan viniendo por nosotros, que ponemos cara de bobo y no entendemos nada.

Es cierto que en mi caso, y en el de mis amigos latinoamericanos y del Este, ocurrió al revés: primero vinieron por nosotros. Yo sólo puedo contarles mi caso, y siempre en relación con Inglaterra, objeto de mi más rotunda renuncia.

La primera vez que intenté ir a Gran Bretaña fue a principios de los setenta. Un universitario húngaro obviamente no cumplía los requisitos para visitar una nación libre, donde a la sazón predicaba el ayatollah Jomeini, para poner un ejemplo. Pude entrar a Francia, donde pasé dos inolvidables meses que apenas recuerdo, pero con Inglaterra no hubo caso.

Tomando buena nota de la experiencia, me puse afanosamente a preparar mi segundo asalto a los baluartes británicos. Durante tres o cuatro veranos me dediqué a trabajar de guía turístico. Recorrí tantas veces los monumentos de Budapest que ya se me consideraba parte de ellos. Pero al final logré amasar una pequeña fortuna en dólares. El joven bárbaro estaba preparado para la conquista de Inglaterra.

No iba a ser una operación fácil. Primero tuve que engañar a las autoridades magiares, que no podían saber de mis dólares y miraban con desconfianza a un joven que ansiaba ir a Inglaterra. Lo que debía demostrar era que alguien –un pariente mío en Canadá que no quería saber nada de mí– me pagaba un viaje de tres meses por Europa Occidental. Con maña y persistencia, esas cosas se consiguen. Luego tuve que convencer a las autoridades francesas también que esa falsa invitación era real. Las convencí. Sólo me faltaba conseguir el visado británico. Decidí a hacerlo desde París, donde ya podía demostrar que soy un joven acaudalado y donde no había por qué acusarme de que quería ir a Inglaterra para pedir asilo político…

Corría el año 1976, en esa época empezó Bin Laden a interesarse por el fundamentalismo islámico y, por esa razón, a realizar viajes a Occidente. En Inglaterra Jomeini estaba afinando el delirio teocrático que tres años más tarde llevaría a cabo. El terrorista venezolano Carlos, el movimiento El Fatah y otros redentores campaban a sus anchas. Para todos ellos Occidente era un campo de tiro libre.

En París me presenté en el consulado británico con mi chequera. Después de un interrogatorio exhaustivo, dijeron que me avisarían, sin precisar la fecha. Pasaban algunas semanas, y yo llevaba una vida que se lleva en estos casos en París, hice un viaje a Bélgica y Holanda, pero al volver aún no había respuesta. Pasaron otras semanas y, después de incrédulas insistencias, me comunicaron en una entrevista personal que se me negó el visado, ya que no disponía del billete de vuelta, indicio claro de querer quedarme en Inglaterra…

¡Pinches ingleses, otra vez me desenmascararon! No hubo nada que hacer al respecto, pero después de seis semanas de espera en París ya no quería seguir allí y, con lo que me costaba salir de Hungría, tampoco me apetecía volver todavía. Empezó entonces una aventura demasiado complicada como para resumirla aquí. Baste que mis complicaciones burocráticas se multiplicaron y en todas partes me miraban como un agente del KGB. Si no, ¿qué hacía yo tan pancho en Occidente?

Años después, a punto de caer el Muro de Berlín y en vísperas de que la Unión Soviética se retirase de Afganistán acosada por una guerrilla islámica financiada en parte por la CIA, volví intentar a viajar a Inglaterra. En realidad, a mí jamás se me hubiera ocurrido semejante desfachatez, pero para algo se casa uno, y un día me vi involucrado en un plan de viaje navideño a Londres en compañía de matrimonios amigos. Ocurrió en 1988, yo ya residente oficial en España y casado con una española, pero aún ciudadano húngaro, por tanto, sospechoso de ser comunista y también de querer de dejar de serlo… En fin, que necesitaba un visado. Como es lógico, las autoridades británicas correspondientes exigieron certificar mi alojamiento en Londres. Ningún problema. Luego necesitaban comprobar los billetes. Allí pinchó la cosa. Teníamos confirmada la ida, pero en cuanto a la vuelta, estábamos en lista de espera. ¡Ay, si no fuera por esos billetes de vuelta! Además, fíjense, siempre es la vuelta. Como comprenderán, las autoridades británicas, tan avizoras, descubrieron a la primera la íntima relación entre mis dos supuestos e indefinidos regresos y volvieron a pillarme. Estaba claro que, bajo el pretexto de un viaje navideño, lo que estaba en realidad preparando yo con nocturnidad y alevosía era quedarme a vivir en Inglaterra para poder liberarme de mi mujer, del asqueroso clima de Barcelona y de mis trabajos en España…

Tardé mucho en comprender que fue un error haber querido impresionar a los ingleses con que era estudiante o turista. El mismo error cometen esos inmigrantes de los cuales un fastidioso porcentaje muere en los mares y las carreteras al intentar entrar en Europa so pretexto de que en ese continente ningún aborigen está dispuesto a hacer los trabajos sucios y que necesitan millones de mano de obra.

Para hacer un curso de inglés in situ, hubiera sido mejor inventarme algo más sofisticado. Tal como lo hicieron tantos combatientes de diversas guerras santas que viven entre nosotros. Por eso es que me pone en alerta la noticia de que los sospechosos de terrorismo tendrán ciertas dificultades para establecerse en democracias occidentales. Ellos ya se espabilarán cambiando de identidad y estrategia, pero yo figuro al menos en tres listas viejas como presunto implicado. Más me vale renunciar para siempre a la vieja Inglaterra.

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