Saul Bellow (1915)

(Anuario de Planeta de Agostini, 2001)

Escritor estadounidense, representante destacado del realismo moderno de temática urbana, una de las cumbres de la narrativa norteamericana de la posguerra. Autor de diez novelas y varios volúmenes de relatos y ensayos, premio Nobel de Literatura en 1976, su obra ha sido traducida a más de treinta las lenguas. A sus 82 años, Bellow volvió a dar muestra de su magisterio con la novela breve La verdadera, publicada en 1997 y aparecida en España el año pasado.

Cuando hace algunos años el diario Sunday Times de Londres pidió a un selecto grupo de autores y críticos que nombraran al mayor novelista vivo en lengua inglesa, Saul Bellow ganó la encuesta con diferencia. De hecho, pocos son los escritores, y no sólo en el ámbito inglés, que pueden competir en prestigio y reconocimiento con Saul Bellow. Es uno de los autores estadounidenses más conocidos internacionalmente, y, además del Nobel, ha sido galardonado con todos los premios importantes de su país, entre ellos un Pulitzer y tres National Book Awards, equivalente al Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, este hijo adoptivo de Chicago con aire de gentleman yanqui, que para muchos encarna el destino más alto de un escritor norteamericano, no nació en Estados Unidos; como de tantos otros creadores de aquel país, sus raíces están en la cultura judía de Europa del Este, concretamente en Rusia.

El padre de Saul Bellow era un modesto comerciante de San Petersburgo que intentaba hacer fortuna importando cebollas egipcias. Pero en la ciudad de las noches blancas no debía haber demasiado demanda para semejantes delicatessen oriental porque en 1913 decidió emigrar a Canadá. Allí nació dos años más tarde el futuro escritor el 10 de junio en un pueblo de Québec llamado Lachine. Fue el tercer hijo varón, y luego tendría una hermana. Poco después la familia se trasladó a Montreal, donde se establecieron en un viejo barrio venido a menos. La infancia de Bellow transcurrió entre el ambiente francófono de la ciudad y la cultura judía de su familia. Recibió una educación religiosa y, además del francés, aprendió el hebreo y el yiddish, el ladino de los judíos del Este. El perfecto dominio del inglés lo obtuvo cuando en 1924 la familia se trasladó a Chicago.

Esta ciudad será el lugar al que pertenece casi la totalidad de su vida y obra, donde finalizará su educación sentimental y donde, a los trece años, decidirá que quiere ser escritor. Pero para dedicarse exclusivamente a la escritura todavía faltaba un trecho.

Sus padres llegaron al Nuevo Mundo un año antes de la Primera Guerra Mundial y cuatro antes de la Revolución Bolchevique. Rusia estaba en el centro de las conversaciones familiares, en las que la revolución liderada por Lenin y Trotski fue uno de los temas recurrentes. Varios de sus parientes eran fervorosos marxistas y el adolescente Saul Bellow tampoco pudo permanecer indiferente ante la epopeya revolucionaria de su época. Estuvo a punto de afiliarse al Partido Comunista cuando la lectura de un panfleto de Trotski en 1932 le curó para siempre del marxismo y, en general, de toda militancia política. Aunque sensible a los problemas sociales y comprometido con asuntos de derechos civiles, la lucha contra el racismo y la solidaridad con los marginados, el hecho de que nunca se definiese en términos de partidos políticos y que en cuestiones culturales fuera defensor de los valores tradicionales, le dio fama de conservador acérrimo. Pero él rechaza las etiquetas: “Ni izquierda, ni derecha, ni centro. Son categorías propias de la Revolución Francesa. Digamos, pues, que soy novelista.”

Superada la tentación de la militancia política, en 1933 empezó a estudiar sociología y antropología, primero en la Universidad de Chicago y luego en la Northwestern University, donde se diplomó, con matrícula de honor, en 1937. Tenía veintidos años y todas las razones, entre ellas la de una beca, para hacer una carrera científica como antropólogo. El mismo año entró a la Universidad de Wisconsin, en Madison, para hacer su doctorado, pero lo abandonó después de unos meses, porque cada vez que se sentaba a trabajar en su tesis, le salía un cuento. Había otra razón para que abandonase sus estudios: ese mismo año se casó con Anita Groshkin, una trabajadora social. Fue el primer matrimonio entre un total de cinco, de los cuales el último y todavía vigente, lo contrajo bien entrado en los setenta. De cada uno de los tres primeros nació un hijo varón.

Ambas ataduras, el matrimonio y la vocación de ser escritor, requerían una independencia económica. Bellow trabajó cuatro años en un instituto, colaboró con editoriales. En 1943 fue llamado a la Marina Mercante, donde terminó su primera novela, Dangling Man (Hombre en suspenso, 1944). La novela, que expresa los sentimientos de una generación que creció durante la depresión y la guerra, pasó desapercibida, a pesar del elogio de algún crítico. Parecido destino tuvo la segunda novela, La víctima (1947), tal vez porque trataba de un tema incómodo: el antisemitismo en Estados Unidos.

Imperturbable ante la falta de éxito, Bellow estaba decidido dedicarse a la escritura. La fortuna vino en su ayuda: en 1948 una beca de la Fundación Guggenheim le permitió viajar por Europa durante dos años. Habiendo fijado su residencia en París, recorrió varios países, entre ellos, España. Pero el resultado más provechoso de su permanencia en el viejo continente fue Las aventuras de Augie March (1953), la novela que le dio su primer National Book Award. Tres años después publicó la novela breve Carpe diem (1956), una obra maestra del género; y luego de otros tres años, Henderson, rey de la lluvia, novela que ya forma parte de la historia de la literatura estadounidense. Aún así, no llegó a despegar del todo. Ya había un relativo consenso acerca de que se trataba de uno de los mejores escritores de la época, pero en aquellos años la literatura norteamericana vivía en una especie de psicosis consistente en encontrar el relevo de la Gran Generación. Se buscaba nada menos que al heredero de Faulkner y Hemingway. Nadie pudo salir bien parado de semejantes comparaciones. Nadie, excepto Saul Bellow. Pero para que esto ocurriera, hacía falta que publicase Herzog.

Herzog apareció en 1964 y desempeñó el mismo papel en su obra que Cien años de soledad en la de García Márquez, hasta entonces también un valor reconocido sólo por unos pocos. A diferencia de la novela colombiana, Herzog no tiene ningún elemento exótico. Siguiendo la fórmula de sus otras obras, se trata del análisis realista-irónico de un individuo judío, esta vez un profesor universitario, en plena crisis. Y las crisis de Bellow dan para mucho, porque tienen la función de un imán para los grandes problemas –soledad, ausencia de valores, inestabilidad afectiva…– del hombre contemporáneo. Todo esto podría pasar por el temario de un estudio sociológico o psicológico, si Bellow no fuera un excepcional creador de personajes. Sus inolvidables protagonistas, siempre judíos y urbanitas, suelen ser unos entrañables figuras quijotescas que afanosamente buscan una verdad suprema, un sentido, un objetivo moral en medio de sus calamidades cotidianas. El humor desempeña un papel esencial en la obra de Bellow, quien, junto con Malamud, Joseph Heller, Norman Mailer o Philip Roth, conforma la pléyade de  escritores judeo-americanos de la posguerrra.

Desde principios de los cincuenta Bellow compartió la escritura con la docencia, impartiendo clases de literatura inglesa en Princeton, Bard College, la Universidad de Puerto Rico y, más largamente, en la de Chicago. Además de un relajado sustento de vida, los cursos universitarios le permitían repensar la tradición literaria en lengua inglesa. Insatisfecho del manierismo formal de la narrativa moderna, recurre a estructuras más elementales: la picaresca, el diario, la forma epistolar (Herzog, por ejemplo, escribe cartas a todo dios, incluido Dios mismo), la simple primera persona o la tercera tradicional.

Una vez aclarada la sucesión de Faulkner y Hemingway, Bellow no descansó en los laureles: las novelas El planeta de Mr. Sammler (1970), El legado de Humboldt (1975), El diciembre del decano (1982); Son más los que mueren de desamor (1987?), La conexión Bellarosa (19??); los cuentos de Un recuerdo que dejo (199?) o El hombre que hablaba demasiado (1991), son muestras de un talento inagotable. Pero siempre aparecen detractores. Y como por la vía artística resultaría demasiado arduo atacarle, los golpes venían del lado de la corrección política. Más o menos por la misma fecha en que la encuesta del Sunday Times le definía como el mayor escritor estadouninse de nuestros tiempos, Bellow recibió los ataques furibundos de un joven autor de color porque en algunos libros del anciano maestro aparecen tacos en relación los negros, por cierto, en boca de personajes difícilmente considerables portavoces del autor, como un mafioso, por ejemplo. Poco después se encontró en el ojo de otro huracán: en una entrevista telefónica, y respondiendo a una pregunta provocativa sobre multiculturalismo, dijo que los zulus no tienen su Tolstoi. Tal fue la tormenta que desató que, a sus 79 años, tuvo que explicar públicamente que no tenía nada contra los zulus.

Estos casos parecían el triste colofón de una luminosa carrera y cuando en 1995 Bellow sufrió una intoxicación gastro-intestinal que atacaba su sistema nervioso, sólo cabía la esperanza de que se recuperase físicamente. Pero no sólo se recuperó, sino que dos años después publicó La verdadera, una magistral novela breve. A una edad en que los escritores, en caso de que la alcanzasen, suelen ser epígonos de sí mismos, Bellow era capaz de renovarse y crear un narración cuya sutileza formal y concisión supera cualquier obra suya. La verdadera narra, enfocada en un solo día, una historia de amor que duraba toda la vida y en sus pocas páginas caben destinos enteros y relaciones complejas.

La verdadera no parece ser la despedida de Saul Bellow, quien sigue impartiendo sus clases de literatura en la Universidad de Boston, acaba de fundar una revista literaria, The Republic of Letters, y, cómo no, sigue escribiendo.

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Filed under Irodalom, Könyv, Kultúra, Web

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